
Cómo querría que un desborde caudal
viniera a redimirla
y la empapara con su sol en hervor
o sus lunas ondeadas
y las recorriera palmo a palmo
y la entendiera palma a palmao que descendiera la lluvia inaugurándola
y le dejara cicatrices como zanjones
y un barro oscuro y dulce
con ojos como charcoso que en su biografía
pobre madre reseca
irrumpiera de pronto el pueblo fértil
con azadones y argumentos
y arados y sudor y buenas nuevas
y las semillas de estreno recogieran
el legado de viejas raícescomo querrían que se escucharan
su verde gratitud y su orgasmo nutricio
y que el alambrado recogiera sus púas
ya que por fin sería nuestra y unaMARIO BENEDETTI, Hombre que mira la tierra
Una vez más, la mochila a la espalda, el pañuelo en la cabeza, los cordones prietos. Y el gozo de sentirme de nuevo peregrino. Es sábado, el sol acaricia con desvergonzada pasión los campos de trigo verde y Santa Maria degli Angeli va desapareciendo a mis espaldas
mientras la bella Asís se precipita desde el horizonte.
Conozco bien el camino. Por la Puerta de los Capuchinos escaparé de la marea de turistas que este fin de semana han venido al encuentro de la tierra de Francisco. A la izquierda, el sendero comenzará a ascender con decisión desde los primeros metros, abriéndose paso entre la tupida arboleda, alumbrando los más precoces arroyos de sudor, anticipando la enseñanza: el camino fácil nunca lleva a la cima. En una hora de marcha habré alcanzado el
Eremo delle Carceri, discreto y hermoso monasterio medieval que, aferrado a la roca de la montaña, se asoma al vacío de la llanura umbra mientras el tiempo parece detenerse. Después, vendrán la soledad y el silencio de las últimas rampas, las que conducen entre la explosión del bosque a la cima del Monte Subasio; las que hace ocho siglos, quizá, llevaban en volandas al Poverello hasta su atalaya secreta. La montaña a la que tantas veces se retiró, buscando acercarse al cielo, mirando siempre hacia abajo.

Baja y subirás volando
al cielo de tu consuelo,
porque para subir al cielo,
se sube siempre bajando.JUAN ANTONIO VALLEJO-NÁGERA,
Concierto para instrumentos desafinados

La cima del Subasio se revela de golpe y apenas concede tiempo para reaccionar. Después de varios kilómetros encerrado entre los árboles (inconsciente de la altitud que está alcanzando, incapaz de imaginar la perspectiva que se va modelando junto a él a cada paso), el peregrino se descubre de repente frente a una pradera tan verde como desnuda a las puertas del cielo. Y, cuando reúne suficiente valor para girar la cabeza, no puede sino admirar la vista que se abre ante sus ojos: una llanura infinita que se despliega invadiendo los cuatro puntos cardinales, sin que ni tan siquiera una sola colina, un mínimo cerro, osen perturbar su armoniosa composición. El horizonte se delinea lejos; te permite abrazar con tu mirar toda la tierra que seas capaz de admirar. Entonces estás solo y sientes como si el mundo entero quisiera
encontrarse contigo en un instante de complicidad secreta. Como si se te ofreciera entero, bien abajo para que lo puedas contemplar en plenitud desde arriba, tú que has subido para descubrir que el cielo está siempre… bajando.
Y, tras el asombro inicial, queda el silencio, poniendo voz al duelo que ya se está librando en tu corazón. Donde se juegan las cosas importantes. A este lado, la inmensidad del mundo. Al otro, tú. Y nada ni nadie más en la cima desnuda, salvo una cruz tosca de madera al borde del abismo. La encrucijada de dos maderos: el que se sostiene paralelo a la tierra, el que apoyado sobre esa misma tierra mira al firmamento (o quizá, baja de lo alto para traernos el cielo). Entonces, ¿dónde está en realidad el Reino?
Vuelves a contemplar el panorama. Empiezas a percibir con más precisión los matices: las ciudades, los pueblos, las parcelas delimitadas y los campos abiertos, las huertas generosas y los suelos incultos, los coches que surcan veloces la autopista, los que se mueven y los que se quedan, los muros que separan, los caminos que encuentran.
Te das cuenta de que solamente subiendo tan alto puedes abarcar la grandiosidad del mundo. Pero también recuerdas que el mundo se ha de habitar bien cerquita, donde la vida se goza y duele, donde la realidad se hace detalle, donde cada pequeño detalle cambia el destino: abajo. Es entonces cuando resuena con fuerza dentro de ti la pregunta que, en verdad, te está desafiando. La que, ojalá, siga impulsándote siempre a volver a cualquier paraíso cómplice donde se crucen los caminos de la tierra y el cielo.
La pregunta es: ¿Cuál es mi lugar en el mundo? De todas las maravillas que pones ante mis ojos, Señor, cuando subo alto… ¿cuál, pequeñita, espera hoy que baje a su encuentro? ¿Dónde hacen falta un torrente de amor, una pizca de valentía, una mirada de ternura, una apuesta por la justicia, un guiño de reconciliación? ¿Dónde una invitación a la escucha, un testimonio de paz, un motivo para el perdón, un signo de esperanza, un susurro de aliento? ¿Y cómo puedo llevarlos yo, tan débil e inconstante, tan lleno de palabras y falto de talentos… tan ciego? ¿Adónde voy cuando descienda este monte? ¿Cuál es mi pedacito de Reino, de Reino por construir remangado, apasionado, mirando al espejo del cielo?
El viento sopla con fuerza en la cima del Subasio. Quizá sea ése el motivo de su desnudez.
O quizá sea una forma de recordar al peregrino que para subir al cielo, se sube siempre bajando. Así que recojo la mochila, anudo una vez más el pañuelo a la cabeza y me dispongo a regresar allá donde el corazón me lleve. Entonces reparo en ellas. Habían estado ahí todo el tiempo, donde yo únicamente veía pradera sin refugio.
Naciendo entre las rocas. Amarillas y violetas.
Como en la Appia. Iguales.
Las flores.
» Vasijas antiguas…
Mi deseo más profundo, la Via Appia, las flores
Contemplar y Escuchar al corazón y Peregrinar y Soñar una tierra nueva
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Cómo querría que un desborde caudal
En el verano de 2006 tuve el privilegio de compartir una experiencia inolvidable junto a mi amigo y hermano Miguel: la de peregrinar tras las huellas del 
comerciantes y peregrinos de un ayer tan lejano, hoy caminamos los que preferimos no someternos al imperio… del tráfico y de las prisas. Al menos, por unas cuantas horas.
Es domingo, quiere llover sobre Roma y he venido a caminar por la Appia. Soy de los privilegiados que la ve nacer a dos pasos de casa y es hora de aprovechar bien tan hermoso regalo. Tengo, además, un buen motivo. Me lo dio ese amigo que, hace unos días, atravesó mi vida con un interrogante sencillo. O sea, de los que tocan y rasgan. Cuál era mi deseo más profundo: ésa fue su pregunta. Y no supe contestarle. Ni supe contestarme. Diría tantos… tantos y ninguno. Cuando arden muchos fuegos adentro, el ímpetu de las llamas no permite muchas veces contemplar lo que están alumbrando. Pero la incógnita persevera y se hace inevitable; necesitamos encontrar en nuestro corazón las palabras, la respuesta: ¿cuál es tu deseo más profundo? Hoy quiero empezar a buscar el mío. Bajo la lluvia. En la Appia.
van abandonando poco a poco la escena, según avanza la Appia hacia el sur, crece la altura de los cipreses y las ruinas dejan de merecer una reseña en la Lonely Planet. Roma ya no se adivina en la distancia y las elegantes villas dan paso a llanuras infinitas por las que hace no mucho pasó el arado. Nos hemos quedado solos. La pregunta y yo.
Y, en efecto, se ven hermosas, las violetas y las amarillas, acariciando la vida mientras, al fondo, el sol camina hacia el ocaso. Definitivamente, son unas flores bellísimas, que brotan como regalo del cielo en un escenario privilegiado.
importante en el mundo. Pero nunca las arrancará.


Más sencilla… más sencilla.
En la
En nuestra sociedad… nosotros… tú… yo.
Por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde se organizan todas las excursiones hacia Tikal. Y, por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde el viajero que ya haya admirado la belleza de sus pirámides (y que desee regresar al centro o al sur del país) deberá tomar una importante decisión. Porque, en efecto, dos serán las alternativas que encontrará para volver al corazón de Guatemala: La más cómoda permite viajar en un autobús con abundantes plazas que, seguramente, décadas atrás lo fue de alguna escuela infantil estadounidense. La más interesante, quizá, la ofrecen los conductores de los pequeños colectivos que, con una mayor frecuencia, parten de la estación central…
en nuestros trayectos por
quiera viajar hacia el sur. El colectivo dibuja, pues, un sinuoso trazado sobre el plano de Santa Elena (la prolongación sobre tierra de la ciudad cuyo corazón late en la
siente cada vez más cerca el contundente machete para segar la hierba que cuelga del jornalero que viaja pegado a su izquierda. Una hora más tarde, somos más de treinta dentro: algunos sentados, la mayoría de pie y en las posiciones más inverosímiles. El gritón viaja ya con medio cuerpo fuera del vehículo, pero, para nuestro asombro, ello no le impide seguir anunciando con fuerza la disponibilidad del servicio. «¡Sayaxché, Libertad! ¡Hay plazaaaaaaaas!» Los cuatro voluntarios nos miramos atónitos mientras, a nuestro alrededor, nuestros compañeros de expedición (guatemaltecos todos y, deducimos, asiduos a esta línea) asisten impasibles a la escena. Pues sí: parece que todavía hay plazas.
Frente a nuestros ojos, una imagen que, no por ya conocida, nos resulta menos impactante: estamos frente al río de la Pasión, un torrente majestuoso de vida que se abre paso mansamente a través de un ancho cauce al que abrazan veredas de árboles tropicales. Ningún puente se ha atrevido a abrirle una cicatriz; tal es el miedo a lastimar su belleza. ¡No!, no hay puentes, ni tan siquiera en esta ciudad de más de cincuenta mil habitantes, en este importante cruce de caminos. Bien es cierto que el colectivo podría vadear el envite situándose sobre la ingeniosa plataforma móvil que va desplazándose alternativamente entre una y otra orilla, pero parece que, llegados a este punto, le resulta más rentable regresar a Flores. Nos aseguran, de todas formas, que un vehículo idéntico nos espera al otro lado de la Pasión. Cruzamos el río en una barcaza y lo encontramos, efectivamente, dispuesto. Muy pocos nos subimos, pero ahora ya estamos seguros de que ello no nos asegurará ni más comodidad ni una mayor dosis de aire puro en el habitáculo. Entramos en el casco urbano de Sayaxché y le damos dos vueltas. El nuevo gritón repite el ritual, la camioneta se llena y nosotros nos sentimos ya un poco menos extranjeros.
Muy pronto, sin embargo, la juguetona trama de este viaje habrá de zarandearnos con un nuevo imprevisto. Porque, en realidad, este servicio no lleva a Cobán y ni tan siquiera alcanza Chisec, nos informan nuestros vecinos. Tan solo nos dejará en el siguiente cruce de caminos, donde otras furgonetas, dicen, aguardan a la espera de viajeros que quieran dirigirse, no solo hacia el sur (la única ruta posible, según nuestra limitada perspectiva), sino también a otros puntos de la geografía más cercana. Nos vemos empujados, pues, a lo que parece una interminable carrera de relevos, en la que cada bifurcación nos obligará a buscar de nuevo asiento en otra camioneta, a parapetarnos en un nuevo reducto de aire más o menos respirable… a preguntarnos, en fin, adónde estamos yendo realmente.
deudores y agraciados. Y hay, cómo no, momentos en la vida en los que un arrebato de valentía, una apuesta por la generosidad o un hálito de lucidez, pueden marcar la diferencia para mucho tiempo. Pero me resisto a creer, como la Caye de Princesas, que un instante de despiste (se condense éste en un segundo o en quién sabe cuántos años) pueda sellar nuestro destino y dejarlo visto para sentencia. Como me resisto a creer, mi querida amiga, que te vayas a jugar todo tu futuro en la carta que ese crupier impaciente llamado convencionalismo social te obliga ahora a apostar. Como no puedo concebir, en definitiva, que un Dios que nos ama hasta el infinito no nos conceda (en nuestros dones, en nuestros talentos, en nuestra sensibilidad para escuchar su llamada) la posibilidad inagotable de volver a construir de nuevo el mañana, por mucho que ayer erráramos el camino.








