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Camino de Kumasi

bus-ghana.jpgEn estas semanas en las que las horas y los minutos parecen escapárseme de entre las manos, en estos días que nos vuelven a algunos aún más esclavos del inexorable avance de las agujas del reloj, me gusta recordar que muchos hermanos alrededor del planeta saben ofrecernos otra mirada sobre ese aliado que a veces, sin querer, convertimos en enemigo: nuestro tiempo. Así pudo comprobarlo el celebrado periodista polaco Ryszard Kapuściński cuando, a mediados de los años sesenta, viajaba como corresponsal por el África Negra y, mientras presenciaba el alumbramiento de un mosaico de nuevas esperanzas, se detenía con sensibilidad infinita ante los pequeños detalles de un mundo distinto que también es el nuestro…

Basta con aparecer en la plaza en que se amontonan decenas de autobuses para que nos rodee un enjambre de niños gritando, a cual más fuerte, la pregunta de adónde queremos ir: ¿a Kumasi, a Takoradi o a Tamale?

–A Kumasi.

Los que pescan a los pasajeros que van a Kumasi nos dan la mano y, saltando de alegría, nos conducen al autobús adecuado. Están contentos porque, por el hecho de haber encontrado pasajeros, recibirán del conductor una naranja o un plátano.

Nos subimos al autobús y ocupamos los asientos. En este momento puede producirse una colisión entre dos culturas, un choque, un conflicto. Esto sucederá si el pasajero es un forastero que no conoce África. Alguien así empezará a removerse en el asiento, a mirar en todas direcciones y a preguntar: «¿Cuándo arrancará el autobús?» «¿Cómo que cuándo?», le contestará, asombrado, el conductor, «cuando se reúna tanta gente que lo llene del todo.»

tiempo.jpgEl europeo y el africano tienen un sentido del tiempo totalmente diferente: lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: «Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior.» El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y sus exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).

El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.

Todo lo contrario de la manera de pensar europea.

Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: «¿Cuándo se celebrará la reunión?» La respuesta se conoce de antemano: «Cuando acuda la gente.»

RYSZARD KAPUŚCIŃSKI, Ébano

tiempo.pngCuánto podríamos aprender unos y otros del sentido que damos en nuestras sociedades al tiempo. De nuestra eficiencia y capacidad de previsión, de su visión elástica y abierta. Pero hoy, ante todo, quiero empaparme de la enseñanza que nos regalan los viajeros de Kumasi, tan capaces de relativizar la amenaza de los plazos, de liberarse de las cuentas atrás, de mirar con renovada sencillez el discurrir de la vida, de creer que, en el fondo, seguimos siendo dueños de nuestro tiempo.

Y que, por eso, podemos hacer de él un don que se reparte y se entrega a manos llenas, sin medida, sin límite, sin fecha de caducidad.

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El rostro que nace del corazón

escalera-espejo.jpgTodos tenemos un rostro que nace al calor de lo más íntimo de nuestro corazón. Un rostro, más o menos oculto, que nos acaricia en lo secreto, con el que de verdad somos nosotros mismos…

Pero un rostro que también nos hace abrir los ojos, que se rebela contra el otro rostro que lucimos como fachada, que no quiere ver una máscara sobre nuestras facciones, que anhela salir de lo oculto y poder mirar a la vida de frente. Es el rostro de lo auténticamente tuyo, de lo auténticamente mío. El que en verdad habla de ti, habla de mí, por encima de miedos, de complejos, de convencionalismos, de inseguridades, de imposiciones, de desconfianzas. El que revela quiénes somos en lo profundo, tan lleno de pobrezas, tan lleno de riquezas. El que es digno de ser amado sin condiciones.

¿Nos atreveremos a sacarlo a luz, a vivir con autenticidad, compartiendo con valentía el que es nuestro verdadero y más sincero rostro? Al admirar los ocho minutos de magia con los que nos obsequia el mimo Jerome Murat en esta prodigiosa actuación, yo me siento invitado…

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Encrucijadas

El camino representa de manera admirable y misteriosa el ser mismo del hombre y la mujer: una vida en tránsito, en perpetuo trascenderse a sí misma.

ANDRÉS TORRES QUEIRUGA

Quienes hemos tenido la oportunidad de peregrinar hacia Compostela solemos compartir un sentimiento que brota de nuestros corazones con sorprendente fuerza: el Camino de Santiago es una verdadera metáfora de la vida, encrucijada.pngy quien lo recorre tratando de dar un sentido a cada paso se sitúa en un espacio y un tiempo privilegiados, sagrados, que lo abren a un encuentro con lo más profundo de su ser.

Y, aunque todos tenemos la percepción de que los caminos de Santiago son ya itinerarios bien definidos y señalizados, donde resulta casi imposible perderse y que apenas nos enfrentan a la posibilidad de elegir por dónde queremos avanzar, aún hoy la Ruta Jacobea continúa situando al peregrino ante algunas encrucijadas. Entonces, como en la vida, hay que optar. Mojarse. Quizá, incluso, arriesgarse.

Una de las encrucijadas más célebres del Camino Francés a Santiago es la que nos encontramos a la salida de Villafranca del Bierzo (León), cuando ya rozamos Galicia con los dedos y soñamos con la mágica ascensión al Cebreiro. La ruta histórica, que atravesaba el fondo del angosto valle, había sido sepultada por el asfalto de la carretera nacional y traicionada por el rugir del intenso tráfico. Por eso, muchos peregrinos de antaño buscaron una alternativa por la montaña. dos_caminos.jpgHoy, con la autovía a Galicia ya finalizada y tras haberse habilitado un andadero a la vera de la nacional, ambas opciones resultan ya seguras para el peregrino. Pero la encrucijada no ha desaparecido. Todavía podemos elegir.

La ruta de Pradela, la que evita la carretera por la montaña es, sin lugar a dudas, mucho más exigente que la tradicional. Su primera rampa –en la misma encrucijada, aún entre las callejuelas de Villafranca– es todo un preludio de lo que le espera al caminante: una dura ascensión en continuo sube y baja, escasamente señalizada, cuyo sinuoso y rápido descenso por laderas pedregosas puede ser letal para más de un tobillo. No es de extrañar, por tanto, que los veteranos del Camino, las guías de viaje, los hospitaleros de los albergues y las gentes del pueblo opten mayoritariamente por aconsejar la ruta de Pereje –por el valle–, que va ascendiendo suavemente sin que apenas lo noten las piernas, a través de un itinerario en el que resulta imposible perderse y que, además, es mucho más corto.

alto_pradela.jpgCuando, hace ahora dos años, tuve el privilegio de acompañar, junto a mis amigos Pilar y José, a mi grupo de chavales de Chamis en su peregrinación a Santiago, les ofrecí, ante la encrucijada de Villafranca, la posibilidad de elegir por qué alternativa deseaban avanzar hacia Galicia. Algunos optaron por seguir las recomendaciones habituales y ahorrar energías, pensando quizá en la etapa del día siguiente. Otros, por el contrario, prefirieron arriesgarse. Y así nos separamos, para no volver a encontrarnos hasta Vega de Valcarce.

Fue al reunirnos de nuevo cuando comprendimos. Quienes habían escogido la ruta de Pereje, el camino aparentemente cómodo y sencillo, lamentaban la monotonía y el cansancio en los que habían quedado sumidos tras casi quince kilómetros de arcén amarillo, separados apenas de la carretera por un frío muro de cemento.arcen_trabadelo.jpg A pesar de que habían atravesado un precioso valle, el tráfico de coches y camiones, el desfile de peregrinos casi puestos en fila, la dureza del asfalto y la desoladora visión de los colosales viaductos de la autovía, construidos entre su mirada y el cielo, les habían impedido gozar de una etapa que podría haber sido maravillosa.

Por el contrario, los que prefirieron no seguir la ruta fácil, los que se sintieron llamados a ascender por la montaña de la que ya casi nadie se acuerda, vivieron una jornada de hermosa paz, de profunda intimidad, de hermoso compartir, a través de bellísimos paisajes que se les regalaban en una explosión de verdor. Y así pudieron gozar de vistas espectaculares, de aldeas perdidas, de bosques mágicos, de castaños imponentes, de praderas en flor. El valle del Valcarce, mientras tanto, se abría ante sus ojos desde una perspectiva única, como pocos peregrinos pueden ya imaginárselo. castanos.jpgY solo a lo lejos podía apreciarse la traza de lo que parecía, tal vez, un duro arcén de asfalto pintado de amarillo.

El Camino es una metáfora poderosa de la vida, sí. Porque en la vida también nos encontramos con encrucijadas que pueden llevarnos a través de caminos cómodos y seguros, por los que la mayoría desfila tratando de no desgastarse ni de perder demasiadas energías, o de senderos poco transitados en los que el riesgo de perderse, lesionarse o fatigarse es quizá mucho mayor. Como el sendero del Evangelio, que nos rompe por dentro y nos pone contra las cuerdas al pedirnos que amemos sin medida (aunque duela), que perdonemos sin medida (aunque cueste), que demos la vida sin medida (aunque perdamos nuestras fuerzas en el empeño). Porque, para poder ensanchar nuestra visión y mirar desde lo alto, siempre hay que optar por el camino que sube. Porque, para llegar a sentirnos plenos –y no solamente llenos–, no valen los itinerarios fáciles ni las alternativas baratas. Porque, para poder experimentar un amor profundo y verdadero, es preciso haber dado mucho de nosotros primero. Por eso, en la encrucijada, el susurro de Jesús no nos conduce nunca hacia la ruta cómoda y sencilla. Nos pide que arriesguemos la vida. Él vino a traer la guerra y no la paz.

Pero entonces ocurre el milagro: las vistas espectaculares, las aldeas perdidas, los bosques mágicos, los castaños imponentes, las praderas en flor. Y, al fondo del valle, quien acaba lamentando (quienes acabamos lamentando, tantas veces) la monotonía de ese arcén pintado de amarillo.

Vida tiene quien vida dio.

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Outlandish

outlandish.jpgLenny Martínez, Waqas Ali Qadri e Isam Bachiri pasaron su infancia en un suburbio al oeste de Copenhague. Su profunda amistad se forjó entre los clubes juveniles y los campos de fútbol del barrio en el que crecieron. Lenny es hondureño; Waqas e Isam nacieron en la capital danesa, pero las raíces de sus familias se hunden, respectivamente, en Pakistán y Marruecos. En 1997 formaron un grupo que comenzó a explorar a partir del hip hop y del R&B la fusión musical y cultural con otros estilos, desde el pop árabe a las bandas sonoras de Bollywood, desde el soul a los ritmos latinos. Cantaban en inglés, castellano, danés, urdu y árabe. Y pensaban que…

Vivimos en tiempos en que las posiciones políticas se están polarizando y las culturas pasan a ser consideradas entidades cercadas que no pueden unirse. El mundo es frecuentemente concebido a través de un prisma defectuoso, que nos divide a «nosotros» de «ellos». Por eso, siempre resulta un alivio para la tensión que haya personas que dediquen su tiempo y su talento a recordarnos que todos somos seres humanos. Que la sangre que corre por tus venas no es diferente de la que fluye por el cuerpo de tu vecino, incluso si no compartes con él la misma condición social, las mismas ideas políticas o las mismas convicciones religiosas; incluso si no procedéis de la misma latitud o longitud.

Los tres son profundamente creyentes. Lenny es católico; Waqas e Isam, musulmanes. Se hacen llamar Outlandish (en inglés, estrafalario) y han publicado ya cuatro álbumes a lo largo y ancho del mundo. Ésta es la historia que late detrás de su éxito entre crítica y público. Y ésta es la historia que les movió, hace dos años, a versionar una vez más a León Gieco para pedirle a Dios que la guerra, la injusticia y el futuro no nos sean indiferentes…

Los niños que jugaban juntos en los patios de los suburbios no sabían que hubiera un «nosotros» y un «ellos». Sobre todo, cuando acababa el partido.

Ojalá la fe profunda de los que creen en la unidad y la comunión de la familia humana resulte cada vez menos estrafalaria.

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Cien metros, dos minutos

guitarra.jpgIba caminando por el parque y el son de tu guitarra acompañó durante cien metros mis pasos. Era ya de noche, tú estabas escondido entre las enredaderas del recoleto jardín que quedaba al borde del camino y, sencillamente, tocabas. Sin nadie a tu alrededor que aparentemente pudiera escucharte. Quizá sin mayor pretensión que la de lanzar tus notas al viento, para que algún desconocido pudiera acogerlas dentro de sí. Yo lo hice. Te arrancabas por Albéniz y tu punteo llenaba de vida esos cien metros de paseo, esos dos minutos que transcurrían por la Avenida de los Bearneses entre tu guitarra y la luz de la luna, entre la serena paz que se respiraba y tu música, que la volvía aún más encantadora.

Hay personas que, sin saberlo, consiguen iluminar y convertir en un milagro los pequeños trayectos de nuestro peregrinar por el mundo. Esos cien metros, esos dos minutos, en los que se hacen presentes, nos regalan lo mejor que tienen dentro y se van con la misma naturalidad con la que vinieron.

El valiente que se atreve a iniciar una conversación en los tímidos y silenciosos ascensores de nuestras facultades. La bibliotecaria que me guiña el ojo y me sonríe cada vez que devuelvo tarde un libro y evito por los pelos una sanción. El músico ambulante que acaricia su violín con mimo en medio de las prisas y la indiferencia. El profesor que pregunta a sus alumnos por sus expectativas, sus ilusiones, sus proyectos de futuro… y no solo por la lección del día anterior. Los ancianos que se detienen en los jardines a empaparse del aroma de las flores en primavera. La vendedora del mercado que conoce a cada cliente por su nombre y luce una sonrisa de oreja a oreja a pesar de que llevafarola.jpg trabajando desde la madrugada. El amigo lejano que pierde (¿o gana?) su tiempo para escribirme una carta cariñosa.

Hoy son mis héroes.

Iba caminando por el parque y el son de tu guitarra acompañó durante cien metros mis pasos. Era ya de noche; las farolas iluminaban la preciosa avenida y entretejían su luz con las hojas de los plátanos. Regalaban su luz. Una luz limitada, sí. Una luz que quizá no sea capaz de alumbrar más allá de cien metros de calle o de dos minutos de paseo. Una luz como la tuya, desconocido guitarrista del jardín. Como la de cada uno de mis pequeños héroes de hoy. Como las nuestras. Como la mía, ojalá.

Pero una luz que, abrazada a otra luz y a otra y a otra… es capaz de encender este mundo, de llenarlo de calor, de vencer a la oscuridad, de convertir la vida en un milagro constante.

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¿Crecemos?

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Vivir en paraísos de hormigón. Tener que apagar las farolas para que puedan encenderse las estrellas. Sentirnos obligados a renunciar a los sueños que no caben en la horma de convencionalismos artificiales. Caminar por la vida con miedo a que alguien nos quite lo que hemos acumulado. No saber muy bien para qué lo hemos acumulado. Torcer la mirada cuando el necesitado clava en nuestros ojos la suya. Renunciar a entender que nuestro Norte opulento se construye sobre los esfuerzos de un Sur. Olvidar que hay Sur en nuestro Norte, debajo del puente y sin salir de tu barrio. Recordarlo y contemplar a quienes sufren la injusticia con una mueca de condescendencia o como un mero deber ético. No reconocer el rostro de Dios y la fuente de su amor en quienes son sus preferidos. Creer que tú y yo no podemos hacer nada.

Los pequeños cánceres cotidianos de este Norte que, dicen los que saben de economía, sigue creciendo a buen ritmo.

Cuidado con la metástasis del bienestar. Puede provocar indiferencia.