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El Amor en un lugar invisible

santacruz.jpgLa escena nos sorprende a las afueras de un pueblecito cualquiera de Orense, una tarde cualquiera de julio. Estamos acompañando a personas con discapacidades psíquicas muy profundas. Nos están acompañando personas con discapacidades psíquicas muy profundas.

Llega el momento de ayudarlos a comer. La habitación es un ir y venir de aullidos imprevistos y silencios ensordecedores. Cuando entramos por primera vez, mi amiga se preguntaba y me preguntaba descorazonada qué sentido podía tener la vida de aquellos hermanos nuestros.

Nos acercamos a ayudar a uno de los residentes. Pongamos que se llama Josiño. Siempre sonríe, pero no puede evitar mover con mucha violencia su mano derecha, por lo que resulta complicado acercarle la cuchara a la boca. Su compañero –pongamos que se llama Manoliño– lo mira de lejos, pendiente, atento. A Manoliño le gusta que lo saquen a dar paseos y no se deja ganar a las cartas… a no ser que su rival sea una dama. Todo un galán.
manos.pngHoy Josiño está más nervioso que de costumbre; nos cuesta darle de comer. Manoliño, que nos ve en dificultades desde el otro lado de la mesa, mueve decidido su silla de ruedas hasta donde estamos nosotros, mira fíjamente a Josiño y toma con fuerza su mano. Luego, nos viene a decir con su mirada y con su sonrisa: «Yo os ayudo; intentadlo ahora». Gracias a su colaboración conseguimos terminar el plato.

Cuando ya se acerca el postre, a Josiño se le resbala una de sus sandalias. Manoliño, que sabe bien cómo cuidar a quien ha sido su compañero de habitación por muchos años, hace un esfuerzo ímprobo para alcanzar desde la silla el zapato y volverlo a colocar en el pie de su amigo. Josiño sonríe de nuevo y acerca su mano al rostro del príncipe azul más auténtico que jamás haya visto. Y lo acaricia con ternura infinita.

Mi amiga y yo nos miramos.

Y comprendemos. Y nos rompemos.

Muchos creyeron que habíamos viajado hasta Orense para ayudar.

Y, al final, ¿quién ayudaba a quién?

8 Responses to El Amor en un lugar invisible

  1. Fernando says:

    Uno de los testimonios de Vida más hermosos que he oído nunca. Me emocioné en lo más profundo cuando me lo contaste hace unos meses. Y me emociono ahora con la misma fuerza al leerlo en tus cálidas palabras. Muchísimas gracias.

  2. Cris says:

    Estoy de acuerdo con Fernando: es un testimonio de Vida precioso.

  3. Manu says:

    Álex, aún me acuerdo cuando estabais haciendo ese servicio. Nosotros estabamos en otro, en Alloz. La verdad es que cuando hablamos, todos deciamos lo mismo. “Cuanto hemos aprendido”, “Cuanto nos han enseñado”. Siempre recibes más de lo que puedes dar.

    Prueba de los testimonios que dimos en su día sobre estos servicios que hicimos, está este foro http://foros.marianistas.org/showthread.php?t=4905

    ¡Que buenos recuerdos! Algunos repiten. Vale la pena!!

  4. Noe says:

    ¡¡Cuánto y qué bueno nos dan a veces los más “preferidos” de Dios!!…si es que Él se nos manifiesta en sus manos, en sus mosqueos, en sus sonrisas, en sus llantos, en sus ojos…
    Gracias, precioso testimonio sin duda.

  5. Elena says:

    Leyendo tus palabras me he sentido identificada.Para mí el campo de trabajo ha sido un antes y un después.No me he hecho mejor persona, ni siquiera he cambiado gran cosa;pero ha hecho que algo se mueva en mí.

    Me ha hecho consciente de que hay mucho que hacer,que cada chaval tiene su historia, su cosa que le hace especial, y te hace llegar hasta él y entenderle un poquito más…he aprendido que una sonrisa, o una palabra puede significar muchísimo…

    Bueno, seguiría hablando y hablando…me encanta hablar de aspace, de los chavales, del campa próximo que voy a ir,de los que han pasado ya…y ver que la misión es necesaria hoy y siempre.
    Gracias Álex

    (tb escribí en mi blog de esto: http://elenapajuelo.blogspot.com/2007/04/amando-en-cada-gesto.html y http://elenapajuelo.blogspot.com/2006/08/alloz-06-campo-de-trabajo.html)

  6. Antonio says:

    Muchas gracias por compartir ese hermoso testimonio, Álex. Remueve la conciencia, ¿eh?
    Me recuerda un testimonio de Louis Lochet que leí hace poquito en una revista. Contaba una anécdota sobre la Primera Comunión de un disminuido psíquico, llamado Francisco. En medio de la alegría de la comida, el padrino formuló un desafortunado comentario: “Lástima que este pobre inocente no haya comprendido nada”. De repente, toda aquella alegría de los padres y presentes se convirtió en tristeza. Francisco -dice el texto- sabe muy bien de qué y de quién se habla. Se acerca a su madre, le da un abrazo y le dice sencillamente: “Eso no importa, Dios me ama así”.
    Y es que Dios se manifiesta a los sencillos, y ellos son nuestros maestros para conocer a Jesús.
    ¡Un fuerte abrazo a todos!

  7. Prats says:

    Yo me acuerdo de haber hasta hablado en varias ocasiones de ese sentido de la vida de los más sufridores… La gente sofocada y apurada, muchos hablaban indignados, de cómo podía ser que Dios “permitiera” algo así… Esas eran las impresiones de los primerísimos días
    Pero después de estar con ellos unas horas más esa discusión dejó de existir… Desapareció por completo, al principio es verdad que los ves de lejos y piensas: “pobres, están discapacitados y así no se puede vivir” pero cuando te acercas y sientes lo que tú Álex y lo que tu amiga (me ha gustado mucho que le hayas llamado amiga) realmente sientes que el sentido de la vida puede encontrarse en una zapatilla perdida o en una caricia fugaz

    Realmente fue una suerte poder disfrutar de ese campo de trabajo, de esa experiencia de misión y comunidad (mejor dicho)… Ahora yo me estoy planteando compartir con los mayores que necesiten compañía para hablar y para sentirse alguna tarde y en verdad creo que sin esa vivencia hubiese sido más difícil llegar a esta decisión.

    Así que no solo agradezco tu post sino que además te agradezco, a Dios por tí, por habernos acompañado en algo tan importante

  8. Álex says:

    No conocía el testimonio de Lochet que has compartido, Antonio. ¡Muchas gracias por traerlo hasta aquí! Verdaderamente Dios nos sorprende a cada instante.

    Elena, Manu, ¡qué alegría leeros y recordar con vosotros las experiencias de misión que tanto nos marcaron el pasado verano a todos los grupos Guinomai! Gracias por los enlaces a vuestros testimonios, que hablan de VIDA con mayúsculas.

    Carlos, me emociona especialmente leerte y comprobar cómo nuestra experiencia de misión y comunidad (qué bien suena) no se ha quedado en una anécdota, en una foto bonita colgada en cada una de nuestras corcheras… sino que va sedimentando posos de ilusión, de vocación de servicio, de inconformismo, de esperanza. Para mí fue un verdadero regalo compartir aquellas dos semanas en Velle con vosotros. También son momentos grabados a fuego en mi corazón.

    ¡Gracias a todas, a todos, por vuestras palabras! Arrojan luz sobre mis pequeñas grandes oscuridades.

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