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Empezar de nuevo

Quizá no nos habían dicho lo bastante
que, detrás de cada rincón,
la vida puede, sencillamente,
volver a empezar…


Montaje de elaboración propia a partir de una escena de la película
«El curioso caso de Benjamin Button»

 

¡Feliz recién nacer!

¡Él vendrá
y nos salvará!

 

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El kiwi que quiso volar

kiwi.gifUn kiwi no tiene alas. Mejor dicho: las pequeñas alas que la naturaleza le ha regalado, apenas un par de apéndices, son difíciles de apreciar, escondidas como quedan bajo su plumaje. Por eso, un kiwi nunca podrá volar.

¿Nunca?

–Qué pequeña eres, brizna de hierba.
–Sí, pero tengo a toda la Tierra bajo mis pies.

RABINDRANATH TAGORE

pajaros-barro.jpgNo hay sueños imposibles. Pero volar sobre la realidad presente para poder abrazar la utopía exige dedicación, constancia, cariño, paciencia, confianza… el corazón en el cielo y las manos en el barro.

Y fe. Porque los milagros acontecen a cada paso para quien sabe descubrirlos.

Y tú, ¿quieres volar?

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Encrucijadas

El camino representa de manera admirable y misteriosa el ser mismo del hombre y la mujer: una vida en tránsito, en perpetuo trascenderse a sí misma.

ANDRÉS TORRES QUEIRUGA

Quienes hemos tenido la oportunidad de peregrinar hacia Compostela solemos compartir un sentimiento que brota de nuestros corazones con sorprendente fuerza: el Camino de Santiago es una verdadera metáfora de la vida, encrucijada.pngy quien lo recorre tratando de dar un sentido a cada paso se sitúa en un espacio y un tiempo privilegiados, sagrados, que lo abren a un encuentro con lo más profundo de su ser.

Y, aunque todos tenemos la percepción de que los caminos de Santiago son ya itinerarios bien definidos y señalizados, donde resulta casi imposible perderse y que apenas nos enfrentan a la posibilidad de elegir por dónde queremos avanzar, aún hoy la Ruta Jacobea continúa situando al peregrino ante algunas encrucijadas. Entonces, como en la vida, hay que optar. Mojarse. Quizá, incluso, arriesgarse.

Una de las encrucijadas más célebres del Camino Francés a Santiago es la que nos encontramos a la salida de Villafranca del Bierzo (León), cuando ya rozamos Galicia con los dedos y soñamos con la mágica ascensión al Cebreiro. La ruta histórica, que atravesaba el fondo del angosto valle, había sido sepultada por el asfalto de la carretera nacional y traicionada por el rugir del intenso tráfico. Por eso, muchos peregrinos de antaño buscaron una alternativa por la montaña. dos_caminos.jpgHoy, con la autovía a Galicia ya finalizada y tras haberse habilitado un andadero a la vera de la nacional, ambas opciones resultan ya seguras para el peregrino. Pero la encrucijada no ha desaparecido. Todavía podemos elegir.

La ruta de Pradela, la que evita la carretera por la montaña es, sin lugar a dudas, mucho más exigente que la tradicional. Su primera rampa –en la misma encrucijada, aún entre las callejuelas de Villafranca– es todo un preludio de lo que le espera al caminante: una dura ascensión en continuo sube y baja, escasamente señalizada, cuyo sinuoso y rápido descenso por laderas pedregosas puede ser letal para más de un tobillo. No es de extrañar, por tanto, que los veteranos del Camino, las guías de viaje, los hospitaleros de los albergues y las gentes del pueblo opten mayoritariamente por aconsejar la ruta de Pereje –por el valle–, que va ascendiendo suavemente sin que apenas lo noten las piernas, a través de un itinerario en el que resulta imposible perderse y que, además, es mucho más corto.

alto_pradela.jpgCuando, hace ahora dos años, tuve el privilegio de acompañar, junto a mis amigos Pilar y José, a mi grupo de chavales de Chamis en su peregrinación a Santiago, les ofrecí, ante la encrucijada de Villafranca, la posibilidad de elegir por qué alternativa deseaban avanzar hacia Galicia. Algunos optaron por seguir las recomendaciones habituales y ahorrar energías, pensando quizá en la etapa del día siguiente. Otros, por el contrario, prefirieron arriesgarse. Y así nos separamos, para no volver a encontrarnos hasta Vega de Valcarce.

Fue al reunirnos de nuevo cuando comprendimos. Quienes habían escogido la ruta de Pereje, el camino aparentemente cómodo y sencillo, lamentaban la monotonía y el cansancio en los que habían quedado sumidos tras casi quince kilómetros de arcén amarillo, separados apenas de la carretera por un frío muro de cemento.arcen_trabadelo.jpg A pesar de que habían atravesado un precioso valle, el tráfico de coches y camiones, el desfile de peregrinos casi puestos en fila, la dureza del asfalto y la desoladora visión de los colosales viaductos de la autovía, construidos entre su mirada y el cielo, les habían impedido gozar de una etapa que podría haber sido maravillosa.

Por el contrario, los que prefirieron no seguir la ruta fácil, los que se sintieron llamados a ascender por la montaña de la que ya casi nadie se acuerda, vivieron una jornada de hermosa paz, de profunda intimidad, de hermoso compartir, a través de bellísimos paisajes que se les regalaban en una explosión de verdor. Y así pudieron gozar de vistas espectaculares, de aldeas perdidas, de bosques mágicos, de castaños imponentes, de praderas en flor. El valle del Valcarce, mientras tanto, se abría ante sus ojos desde una perspectiva única, como pocos peregrinos pueden ya imaginárselo. castanos.jpgY solo a lo lejos podía apreciarse la traza de lo que parecía, tal vez, un duro arcén de asfalto pintado de amarillo.

El Camino es una metáfora poderosa de la vida, sí. Porque en la vida también nos encontramos con encrucijadas que pueden llevarnos a través de caminos cómodos y seguros, por los que la mayoría desfila tratando de no desgastarse ni de perder demasiadas energías, o de senderos poco transitados en los que el riesgo de perderse, lesionarse o fatigarse es quizá mucho mayor. Como el sendero del Evangelio, que nos rompe por dentro y nos pone contra las cuerdas al pedirnos que amemos sin medida (aunque duela), que perdonemos sin medida (aunque cueste), que demos la vida sin medida (aunque perdamos nuestras fuerzas en el empeño). Porque, para poder ensanchar nuestra visión y mirar desde lo alto, siempre hay que optar por el camino que sube. Porque, para llegar a sentirnos plenos –y no solamente llenos–, no valen los itinerarios fáciles ni las alternativas baratas. Porque, para poder experimentar un amor profundo y verdadero, es preciso haber dado mucho de nosotros primero. Por eso, en la encrucijada, el susurro de Jesús no nos conduce nunca hacia la ruta cómoda y sencilla. Nos pide que arriesguemos la vida. Él vino a traer la guerra y no la paz.

Pero entonces ocurre el milagro: las vistas espectaculares, las aldeas perdidas, los bosques mágicos, los castaños imponentes, las praderas en flor. Y, al fondo del valle, quien acaba lamentando (quienes acabamos lamentando, tantas veces) la monotonía de ese arcén pintado de amarillo.

Vida tiene quien vida dio.