Confiar


 

Estamos en Italia, en agosto de 2006. Mi amigo y hermano Miguel, y yo. Peregrinamos por el Camino de San Francisco, tras las huellas del Pobre de Asís. Se trata de una ruta prácticamente desconocida que ahora comienza a encontrar su eco, haciendo realidad el credenziale.jpgsueño de una mujer excepcional, Angela Seracchioli, y gracias a la cariñosa acogida que dispensan los hermanos franciscanos y mucha gente buena. Pero los lugareños aún no están acostumbrados a ver pasar peregrinos a la vera de sus casas: muchas veces parecen confundirnos con deportistas o, incluso, con vividores ambulantes. Una guitarra, un diábolo, una Biblia, la ropa justa y nuestros sacos de dormir son prácticamente nuestro único equipaje.

Se cumple el cuarto día con la mochila al hombro; acabamos de cruzar el límite entre la Toscana y la Umbría en dirección a Città di Castello, y todavía no hemos conocido a nadie que comparta camino con nosotros. A pesar de que Angela y otros voluntarios están entregándose con generosidad infinita a pintar flechas en forma de tau por todo el itinerario, cubo y pintura amarilla en mano, la señalización es todavía precaria en muchos umbria.jpgtramos. Quizá por ello hoy no hemos sabido encontrar el camino que nos habría llevado por el monte evitando el asfalto. Ahora toca continuar hasta el próximo desvío. Perdernos para encontrarnos.

Es mediodía y, a la altura de Vingone, un pequeño grupo de casas desparramadas en torno a la carretera, pasamos frente a un bar, en cuyo porche descansa y comparte risas un grupo de jóvenes. Notamos que nos miran y nos señalan; uno de ellos cruza la calzada y se acerca hasta nosotros, dicharachero y sonriente. «¿Queréis comer?», nos pregunta. Entonces sale a relucir en mí esa mentalidad urbanita y desconfiada que tantas veces nos acobarda: «Es el dueño del bar y quiere hacer negocio», pienso. Pero él insiste: «¿Queréis comer? ¡Venid a mi casa; seguro que estáis hambrientos!» Nos quedamos atónitos ante el valiente ofrecimiento de quien acaba de conocernos, mientras él reconoce la tau que cuelga de nuestro cuello y da saltos de alegría por poder abrir las puertas de su hogar a vingone.jpgdos peregrinos.

Se llama Manuele. Su esposa, Erika, es salvadoreña y está embarazada. Nos reciben con una enorme sonrisa. Compartimos mesa, mantel y confidencias con ellos y con sus padres. Nos hablan de su historia de amor y de su experiencia de fe. Nos hacen miles de preguntas sobre nuestra peregrinación y nuestro ser marianista. Se ponen a nuestra disposición para lo que necesitemos. Nos acogen durante horas, porque fuera ha empezado a llover con fuerza. Y nos preparan una pasta deliciosa, que sabe como nunca (ese día, por cierto, no llevábamos absolutamente nada de alimento en nuestras mochilas, a pesar de que intuíamos que en el camino podían escasear las tiendas). Finalmente, nos despedimos con regalos cruzados, abrazos cariñosos, y un sentimiento compartido de profunda y sencilla alegría.

Nosotros no teníamos nada que comer y ellos sí. Nosotros no teníamos un techo y ellos sí. Nosotros teníamos algo que contar y ellos también. Por eso nos acogieron. Por eso manos.jpgquisimos ser acogidos. Por eso pasamos una tarde juntos, aun siendo perfectos desconocidos los unos para los otros. Nada tan natural…

…Y nada, al mismo tiempo, tan extraño en nuestros días. Quizá porque solemos caminar con los bolsillos llenos y la demanda de necesidades aparentemente satisfecha. Quizá porque nos cuesta desnudarnos de nuestras comodidades para permitir que la Providencia nos sorprenda en la generosidad del hermano, incluso del hermano desconocido. Quizá porque solo quien camina ligero de equipaje puede vivir verdaderamente abierto al regalo del otro, a la mirada del otro, al anhelo del otro, al tesoro del otro, al llanto del otro, a la esperanza del otro.

Y por eso, tal vez, habiendo tantas personas a nuestro alrededor que de verdad no tienen nada que comer ni un techo bajo el que resguardarse… nosotros preferimos seguir mirando hacia otro lado.

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Coleccionar milagros y Confiar y Peregrinar

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gioconda.jpgTantas veces en nuestra vida buscamos caminos seguros, agarraderos fuertes, contornos definidos, líneas claras, planes detallados, trayectorias coherentes, trazos bien marcados… Nos asusta no tener todo bajo el control de nuestras fuerzas, no saber con seguridad qué nos deparará el mañana, no poder prever si tendrá éxito una empresa que deseamos acometer, no ser capaces de entender al milímetro todo lo que nos bulle por dentro. Tal vez es por ello que, en ocasiones, preferimos conservar antes que arriesgar, nos quedamos con lo malo conocido frente a lo bueno por conocer, anteponemos el pragmatismo a nuestros sueños y respondemos con los brazos caídos al desafío de la utopía. Para que nada se salga de la silueta de nuestras aparentes seguridades.

Paradójicamente, una de las más grandes obras de arte de todos los tiempos nos enseña que a veces lo más real, lo más vivo, lo más auténticamente humano… no se construye con trazos firmes, sino con sombras difuminadas. Que solo logramos representarnos con fidelidad cuando renunciamos a encerrarnos en las líneas y los contornos que nosotros mismos hemos creído imaginar…

Fama tan grande como la de Mona Lisa de Leonardo no es una verdadera bendición para una obra de arte. Acabamos por hastiarnos de verla tan frecuentemente en las tarjetas postales, e incluso en tantos anuncios, y nos resulta difícil considerarla como obra de un hombre de carne y hueso en la que éste representó a una persona también de verdad. Pero merece la pena que nos olvidemos de lo que sabemos acerca del cuadro y lo contemplemos como si fuésemos las primeras personas que pusieran sus ojos en él.

Lo que al pronto nos sorprende es el grado asombroso en que Mona Lisa parece vivir. Realmente se diría que nos observa y que piensa por sí misma. Como un ser vivo, parece cambiar ante nuestros ojos y mirar de manera distinta cada vez que volvemos a ella. Incluso ante las fotografías del cuadro experimentamos esta extraña sensación, pero frente al original el hecho es aún más extraordinario. Unas veces parece reírse de nosotros; otras, cuando volvemos a mirarla nos parece advertir cierta amargura en su sonrisa. Todo esto resulta un tanto misterioso, y así es, realmente, el efecto propio de toda gran obra de arte.

Sin embargo, Leonardo pensó conscientemente en cómo conseguir este efecto y por qué medios. El gran observador de la naturaleza supo más acerca del modo de emplear sus ojos que cualquiera de los que vivieron antes de él. Vio claramente un problema que la conquista de la naturaleza había planteado a los artistas. Las grandes obras de los maestros del Quattrocento tenían algo en común: sus figuras parecían algo rígidas y esquinadas, casi de madera. Lo curioso es que, evidentemente, no era responsable de este efecto la falta de paciencia o de conocimientos. Nadie más paciente en las imitaciones de la naturaleza que Van Eyck; nadie que supiera más acerca de la corrección en el dibujo y la perspectiva que Mantegna. Y, sin embargo, a pesar de toda la grandiosidad y lo sugerente de sus representaciones, sus figuras parecen más estatuas que seres vivos. La razón de ello puede proceder de que, cuando más conscientemente copiamos una figura, línea a línea, detalle por detalle, menos podemos imaginarnos cómo se mueve y respira realmente. Parece como si, de pronto, el pintor hubiera arrojado un espejo sobre ella y la hubiera encerrado allí para siempre, como ocurre en el cuento de La bella durmiente.

Los artistas intentaron vencer esta dificultad de diversos modos. Pero sólo Leonardo encontró la verdadera solución al problema. El pintor debía abandonar al espectador algo por adivinar. Si los contornos no estaban tan estrictamente dibujados, si la forma era dejada con cierta vaguedad, como si desapareciera en la sombra, la impresión de dureza y rigidez sería evitada. Esta es la famosa invención de Leonardo que los italianos denominan sfumato, el contorno borroso y los colores suavizados que permiten fundir una sombra con otra y que siempre dejan algo a nuestra imaginación.

ERNST H. GOMBRICH, La Historia del Arte

pincel.jpgTantas veces en nuestra vida buscamos caminos seguros, agarraderos fuertes, contornos definidos, líneas claras, planes detallados, trayectorias coherentes, trazos bien marcados… Pero, al final, lo humano siempre se manifiesta en sfumato. Porque la perfección nos asfixiaría. Porque solo así nuestra vida no queda encerrada en las siluetas que nuestro torpe lápiz es capaz de dibujar, sino que, pudiendo ya rozar el infinito, se abre expectante al pincel sabio del Padre.

Y entonces… solo queda confiar.

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