
¿Será tal vez inevitable? Tú, que llegaste como cooperante a África con tu batería de humildades cortada a medida, no puedes en tantas ocasiones resistirte: caer en la tentación que te acompaña sin descanso porque eres quien eres y viniste de donde viniste. Mira que lo habías dicho demasiado, repitiéndolo como un estribillo machacón para intentar grabarlo a fuego en lo más hondo: estamos para «dejarnos hacer», somos presencias humildes, antes escuchar y empaparnos que aspirar a enseñar, acojamos todo como un don y una oportunidad de encuentro… Sin embargo, tu fragilidad se impone, a veces de viva voz; otras, en lo secreto, allá donde las buenas palabras que aprendiste un día a pronunciar se desprenden de todos los adornos y se muestran menos perfectas, más crudas, en profunda lucha.
Me refiero a la humildad buscada y tantas veces perdida. A los juicios severos y los estereotipos que ganan raíces bien adentro. A las miradas menos misericordiosas y al cariño que por algún frente descuidaste. A los esquemas que no se rompen, que no dejan paso a una manera diferente de mirar la vida y exigen, por el contrario, que las cosas se amolden a lo que uno está preparado para asimilar. A las lecciones que, de cuando en cuando, te gusta dar. A las soluciones exprés que fabricas a vuelapluma sin apenas conocer la trama vital que te rodea y que lleva tiempo tejiéndose sin ti ―¡y sin echarte de menos!―. A tu creer, aun no queriéndolo, que eres tú quien viene del lado bueno de la historia… y que los demás se suban al carro si quieren. A ese no saber leer entre líneas cuando experimentas el rechazo, la incomprensión o, sencillamente, la constante evidencia de que eres el diferente, el extranjero: aquí, el que es demasiado y, al mismo tiempo, no podrá nunca llegar a ser del todo.
Entonces sabes que quisiste ir un poco deprisa y creíste estar seguro de demasiadas cosas. Porque ¡qué difícil para este soldado aprender a poner corazón a tierra! ¡Qué dura la batalla que se libra en tus ojos, más acostumbrados a la valoración, al escrutinio, que a la sencilla contemplación! ¡Cuánta batería de mortero somos capaces de desplegar ―en lo visible o en lo invisible, con la palabra dicha o pensada― ante aquellas realidades que nos confunden, que nos trastocan las convicciones, que nos rompen por dentro! Qué complicado se vuelve,
por el contrario, reconocernos superados, pobremente desbaratados… y ricamente llamados, por tanto, a traspasar las fronteras de nuestros mundos estrechos. A salir al encuentro de lo distinto, donde el Amor también ―y, quizá, sobre todo― nos espera desde antiguo.
Así, ¿cómo educar a nuestra mirada para que, posada en el otro y en lo otro, se vuelva abrazo tierno antes que juicio, evaluación o enmienda? ¿Cómo grabar a fuego en lo más hondo la certeza de que todo encuentro nace abierto al misterio de lo eterno y, por tanto, se encamina a un infinito mucho más grande que el campo de visión de nuestros pequeños anteojos? ¡A veces cuesta tanto!: esa mayoría de alumnos que nunca hace los deberes y parece desconectada de todo lo que intentas hacer por ella, la gente que se llega sin descanso a tu casa para pedir y más pedir, la crueldad con la que tantas veces son tratados los más sufrientes en un rincón del mundo donde la pobreza apenas deja espacio a las ternuras… Pero, a pesar de todo, ¿de cuánto equipaje inútil habré de desprenderme para poder mostrar a todos mis brazos y mi alma ―tan pobres y egoístas también― verdaderamente disponibles? Definitivamente creo que, en este tiempo de refrescante desierto, el corazón de África me llama más que nunca a intentar cumplir con el consejo que tantos misioneros han recibido en su camino hacia tierra extranjera: «si llegaste el último, ante todo, ver, oír y callar».
Suena duro, pero es lúcido. ¿Implica renunciar a la lucha? En todo caso, a aquella que nace de tu pobreza, de tu limitación, de tu ansiedad, de tu sed de reconocimiento… aún necesitadas de hacer camino junto a quien te acoge, con cuyo amor y cuya espera todavía no te has encontrado. Ver, oír y callar, entonces, para que el corazón no se llene enseguida de demasiadas imágenes dibujadas a tu medida o de demasiadas palabras inútiles. Ver, oír y callar para que el otro pueda escuchar de verdad su voz en tus entrañas, sentirse bienvenido a tu vida desde lo que es y lo que te puede dar. Ver, oír y callar para recordarte sin descanso que todo puede volverse sorpresa y milagro cuando tú dejas de creerte el maestro de ceremonias. Ver, oír y callar, en fin, para que este pasar por la historia no se convierta en mera caja de resonancia de mis búsquedas chiquitas; sino en eco de un Amor más grande que brota por doquier, que nos habita desde siempre y que puede liberarnos para siempre.
Ver, oír y callar.
O, aun mejor, mirar, escuchar y hacer silencio…
VER (MIRAR)
Abrir los ojos. Abrirlos de verdad. Abrirlos también a lo que no te es propio. Salir de la casa donde te sientes en seguro bastión, de las compañías con las que ya sabes moverte, de las comodidades que vuelven cercano el hogar lejano. Pasear las calles, salir a los barrios, comprar a las mamás la fruta, embriagarte de olores. Mirar a los que otros solo ven y casi nadie se acerca. Prepararles la mejor sonrisa y una caricia en la mejilla. Contemplar la belleza de este país sosegado y vitamínico: la tierra ocre de los caminos sin asfalto, los árboles alzados con desmesura, los mangos brotando por doquier, el ocaso que incendia el horizonte. Mirar y ad-mirar.
Fue así, quizás, como descubrimos ―lo sabíamos, pero hacía falta verlo― que Ibrahim pasa sus tardes deambulando de aquí para allá con una garrafa de vino de palma para su venta. O que, en el mercado vespertino de Tokoyo, el pequeño Younouss alterna en su bandeja los jabones y las cerillas mientras trata de abrirse paso entre los recovecos del bullicio por dos o tres monedas. O que Alice pone siempre a nuestra disposición buenos panes de trigo; el puesto abierto, por mucho que en ocasiones la cruel malaria le quite las ganas, hasta que caiga la noche. Cuando todos volverán a su casa, donde a oscuras dirán adiós a otro día de duro trabajo.
He ahí nuestros alumnos, que casi nunca hacen los deberes.
OÍR (ESCUCHAR)
Antes de hablar. Antes incluso de creer que tienes algo importante que decir. Escuchar a las gentes, escuchar en sus miradas y en sus gestos, en su protestar y en su bromear, en su pedir y en su dar, en su despreciarte o en su darte la bienvenida. Aprender la lengua que te solicita y te busca a diestro y siniestro, aquella que hace de verdad palpitar el corazón de este pueblo. Entrar en la lógica de un idioma hermoso donde centro se dice corazón y el corazón está en el centro de la vida: el corazón que duele, el corazón
que está dulce, el corazón que golpea, el corazón que se hace uno con otro corazón. Acoger con sorpresa la incesante retahíla de cantos, bailes, palmas y tambores que nos acompaña a todas horas y que celebra con gozo esta existencia en medio de tantas ausencias, de tantas traiciones al don mismo de la vida. Escuchar… y guardar cada palabra como importante, como testimonio del caminar del otro que se entrecruza, siquiera un momento, con el nuestro.
Fue así, tal vez, como pudimos entender los gritos de Émilienne, cuando nos abordó súbitamente en la cárcel a sabiendas de que la Misión Católica trata de liberar, de cuidar y de guardar en lugar seguro a quienes, por su frágil situación, sirven como chivos expiatorios de la ira colectiva: los que son acusados de brujería, linchados en los barrios, encerrados en la pestilente e inhumana prisión local sin derecho a defenderse. Émilienne era una más: acababa de llegar y protestaba vehementemente, tratando de llamar nuestra atención. Pedía la liberación, pero no se preocupaba por la suya. Junto a ella había llegado Madeleine,
ya anciana, con evidentes signos de desnutrición y las heridas de la brutal paliza aún supurando en sus entrañas…
«¡Es a ella a quien tenéis que sacar! ¡A ella primero! ¡Lo necesita!», repetía, sorprendiéndonos y alertándonos al tiempo. Se hacía así voz de quien ya no podía articular palabra, de quien apenas se atrevía a mostrar su rostro y prefería esconderse de todo y de todos dentro del mísero habitáculo en el que había quedado confinada. Y sí: también Émilienne había sido acusada de brujería, también a ella la habían apresado las cadenas de la injusticia, también tenía derecho a buscar su vía de escape… pero, en este pedacito de mundo donde tantas veces sobrevivir ya es un premio, quiso invertir todas sus energías en asegurarse de que, en cualquier caso, sería otra, otra que lo necesitaba más, quien saldría primero. Quien saldría, seguramente, sin que nadie más pudiera acompañarla.
He ahí las peticiones que nos desbordan, rompiendo tantas veces las lógicas del «sálvese quien pueda», desnudando nuestro egoísmo y vistiéndolo de dignidad.
CALLAR (HACER SILENCIO)
No buscar demasiadas palabras propias para explicar lo que todavía te es, de algún modo, ajeno. No traicionar con tus lenguajes made-in-Europe tantas sutilezas, tantos matices, tantos movimientos de la vida… para cuya comprensión sigues preparándote en lo profundo. Elegir no responder a la ofensa, porque es más profético acogerla con una sonrisa tierna y misericordiosa. Decidir no proponer demasiado, no comentar demasiado, no sugerir demasiado, no trazar demasiados planes… para aprender dentro de ti que aquí son otros los que saben, los que conocen, los que pueden. Para recordarte que primero has de hacer camino con ellos.
Intentar, entonces, guardar todo en tu corazón, apartarlo del fragor de la batalla para darle la oportunidad de crecer al calor del fuego lento, donde Otro siempre le da mejores sentidos…
Mientras yo sigo sin callarme y continúo escribiendo esta carta, cómodamente sentado frente a la pantalla —noche oscura, lluvia fina, pueblo durmiente—, ella estará arrancando su todoterreno para atravesar, por última vez en el día de hoy, los caminos tortuosos de mucho barro y ninguna farola que separan su comunidad del hospital diocesano. Le aguardan sus más queridos, cuya vida se apaga lentamente entre las garras del sida y muchas soledades. Va a darles las buenas noches, a rezar con ellos, a tomarlos unos minutos más de la mano. Al mismo tiempo, otra ella descansa de una larga jornada de entrega a los últimos de esta tierra, a todas las Madeleines cuya piel limpiaron sus manos, cuyo alimento preparó con cariño, cuyas tristezas escuchó con tierna paciencia.
Ellas, que nunca se han preocupado de contarnos nada de esto, de darse la más mínima importancia, no querrían, claro, que dijera su nombre. Ni ellas ni muchos otros que entregan su vida desbordantemente en las Áfricas del mundo ―no un año o dos, sino hasta el final― sin preocuparse de enviar tantas líneas de fina redacción ni de recibir los agradecimientos y parabienes que nos llegan por doquier a los que nada hacemos. Sirven en lo secreto, haciendo silencio en lo íntimo, alimentando sus fuerzas de aquello, de aquellos, de Aquel, que verdaderamente construyen y renuevan.
He ahí el milagro que se hace posible cuando nuestras vanidades, nuestros miedos, nuestras grietas y nuestros fardos se acallan. Cuando nos permitimos, sencillamente, mirar, escuchar y guardar en el corazón. Cuando nos sabemos los últimos entre los últimos, que serán ―ellos― los primeros.
Que África siga enseñándonos, entonces, a mirar en silencio.
Vengo a ti, hermano. Me costará, tal vez. Pero, desde el primer momento en que se entrecrucen los caminos de nuestros ojos, arderé en deseos de acogerte entero, de rendirte mi abrazo.
Comprender, Contemplar, Des-centrarnos, Mirar con otro enfoque
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Contemplar





Cómo querría que un desborde caudal
mientras la bella Asís se precipita desde el horizonte.


encontrarse contigo en un instante de complicidad secreta. Como si se te ofreciera entero, bien abajo para que lo puedas contemplar en plenitud desde arriba, tú que has subido para descubrir que el cielo está siempre… bajando.
Te das cuenta de que solamente subiendo tan alto puedes abarcar la grandiosidad del mundo. Pero también recuerdas que el mundo se ha de habitar bien cerquita, donde la vida se goza y duele, donde la realidad se hace detalle, donde cada pequeño detalle cambia el destino: abajo. Es entonces cuando resuena con fuerza dentro de ti la pregunta que, en verdad, te está desafiando. La que, ojalá, siga impulsándote siempre a volver a cualquier paraíso cómplice donde se crucen los caminos de la tierra y el cielo.
La pregunta es: ¿Cuál es mi lugar en el mundo? De todas las maravillas que pones ante mis ojos, Señor, cuando subo alto… ¿cuál, pequeñita, espera hoy que baje a su encuentro? ¿Dónde hacen falta un torrente de amor, una pizca de valentía, una mirada de ternura, una apuesta por la justicia, un guiño de reconciliación? ¿Dónde una invitación a la escucha, un testimonio de paz, un motivo para el perdón, un signo de esperanza, un susurro de aliento? ¿Y cómo puedo llevarlos yo, tan débil e inconstante, tan lleno de palabras y falto de talentos… tan ciego? ¿Adónde voy cuando descienda este monte? ¿Cuál es mi pedacito de Reino, de Reino por construir remangado, apasionado, mirando al espejo del cielo?
O quizá sea una forma de recordar al peregrino que para subir al cielo, se sube siempre bajando. Así que recojo la mochila, anudo una vez más el pañuelo a la cabeza y me dispongo a regresar allá donde el corazón me lleve. Entonces reparo en ellas. Habían estado ahí todo el tiempo, donde yo únicamente veía pradera sin refugio.
» Vasijas antiguas…
En el verano de 2006 tuve el privilegio de compartir una experiencia inolvidable junto a mi amigo y hermano Miguel: la de peregrinar tras las huellas del 
comerciantes y peregrinos de un ayer tan lejano, hoy caminamos los que preferimos no someternos al imperio… del tráfico y de las prisas. Al menos, por unas cuantas horas.
Es domingo, quiere llover sobre Roma y he venido a caminar por la Appia. Soy de los privilegiados que la ve nacer a dos pasos de casa y es hora de aprovechar bien tan hermoso regalo. Tengo, además, un buen motivo. Me lo dio ese amigo que, hace unos días, atravesó mi vida con un interrogante sencillo. O sea, de los que tocan y rasgan. Cuál era mi deseo más profundo: ésa fue su pregunta. Y no supe contestarle. Ni supe contestarme. Diría tantos… tantos y ninguno. Cuando arden muchos fuegos adentro, el ímpetu de las llamas no permite muchas veces contemplar lo que están alumbrando. Pero la incógnita persevera y se hace inevitable; necesitamos encontrar en nuestro corazón las palabras, la respuesta: ¿cuál es tu deseo más profundo? Hoy quiero empezar a buscar el mío. Bajo la lluvia. En la Appia.
van abandonando poco a poco la escena, según avanza la Appia hacia el sur, crece la altura de los cipreses y las ruinas dejan de merecer una reseña en la Lonely Planet. Roma ya no se adivina en la distancia y las elegantes villas dan paso a llanuras infinitas por las que hace no mucho pasó el arado. Nos hemos quedado solos. La pregunta y yo.
Y, en efecto, se ven hermosas, las violetas y las amarillas, acariciando la vida mientras, al fondo, el sol camina hacia el ocaso. Definitivamente, son unas flores bellísimas, que brotan como regalo del cielo en un escenario privilegiado.
importante en el mundo. Pero nunca las arrancará.
Por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde se organizan todas las excursiones hacia Tikal. Y, por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde el viajero que ya haya admirado la belleza de sus pirámides (y que desee regresar al centro o al sur del país) deberá tomar una importante decisión. Porque, en efecto, dos serán las alternativas que encontrará para volver al corazón de Guatemala: La más cómoda permite viajar en un autobús con abundantes plazas que, seguramente, décadas atrás lo fue de alguna escuela infantil estadounidense. La más interesante, quizá, la ofrecen los conductores de los pequeños colectivos que, con una mayor frecuencia, parten de la estación central…
en nuestros trayectos por
quiera viajar hacia el sur. El colectivo dibuja, pues, un sinuoso trazado sobre el plano de Santa Elena (la prolongación sobre tierra de la ciudad cuyo corazón late en la
siente cada vez más cerca el contundente machete para segar la hierba que cuelga del jornalero que viaja pegado a su izquierda. Una hora más tarde, somos más de treinta dentro: algunos sentados, la mayoría de pie y en las posiciones más inverosímiles. El gritón viaja ya con medio cuerpo fuera del vehículo, pero, para nuestro asombro, ello no le impide seguir anunciando con fuerza la disponibilidad del servicio. «¡Sayaxché, Libertad! ¡Hay plazaaaaaaaas!» Los cuatro voluntarios nos miramos atónitos mientras, a nuestro alrededor, nuestros compañeros de expedición (guatemaltecos todos y, deducimos, asiduos a esta línea) asisten impasibles a la escena. Pues sí: parece que todavía hay plazas.
Frente a nuestros ojos, una imagen que, no por ya conocida, nos resulta menos impactante: estamos frente al río de la Pasión, un torrente majestuoso de vida que se abre paso mansamente a través de un ancho cauce al que abrazan veredas de árboles tropicales. Ningún puente se ha atrevido a abrirle una cicatriz; tal es el miedo a lastimar su belleza. ¡No!, no hay puentes, ni tan siquiera en esta ciudad de más de cincuenta mil habitantes, en este importante cruce de caminos. Bien es cierto que el colectivo podría vadear el envite situándose sobre la ingeniosa plataforma móvil que va desplazándose alternativamente entre una y otra orilla, pero parece que, llegados a este punto, le resulta más rentable regresar a Flores. Nos aseguran, de todas formas, que un vehículo idéntico nos espera al otro lado de la Pasión. Cruzamos el río en una barcaza y lo encontramos, efectivamente, dispuesto. Muy pocos nos subimos, pero ahora ya estamos seguros de que ello no nos asegurará ni más comodidad ni una mayor dosis de aire puro en el habitáculo. Entramos en el casco urbano de Sayaxché y le damos dos vueltas. El nuevo gritón repite el ritual, la camioneta se llena y nosotros nos sentimos ya un poco menos extranjeros.
Muy pronto, sin embargo, la juguetona trama de este viaje habrá de zarandearnos con un nuevo imprevisto. Porque, en realidad, este servicio no lleva a Cobán y ni tan siquiera alcanza Chisec, nos informan nuestros vecinos. Tan solo nos dejará en el siguiente cruce de caminos, donde otras furgonetas, dicen, aguardan a la espera de viajeros que quieran dirigirse, no solo hacia el sur (la única ruta posible, según nuestra limitada perspectiva), sino también a otros puntos de la geografía más cercana. Nos vemos empujados, pues, a lo que parece una interminable carrera de relevos, en la que cada bifurcación nos obligará a buscar de nuevo asiento en otra camioneta, a parapetarnos en un nuevo reducto de aire más o menos respirable… a preguntarnos, en fin, adónde estamos yendo realmente.


