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Una mirada en silencio

¿Será tal vez inevitable? Tú, que llegaste como cooperante a África con tu batería de humildades cortada a medida, no puedes en tantas ocasiones resistirte: caer en la tentación que te acompaña sin descanso porque eres quien eres y viniste de donde viniste. Mira que lo habías dicho demasiado, repitiéndolo como un estribillo machacón para intentar grabarlo a fuego en lo más hondo: estamos para «dejarnos hacer», somos presencias humildes, antes escuchar y empaparnos que aspirar a enseñar, acojamos todo como un don y una oportunidad de encuentro… Sin embargo, tu fragilidad se impone, a veces de viva voz; otras, en lo secreto, allá donde las buenas palabras que aprendiste un día a pronunciar se desprenden de todos los adornos y se muestran menos perfectas, más crudas, en profunda lucha.

Me refiero a la humildad buscada y tantas veces perdida. A los juicios severos y los estereotipos que ganan raíces bien adentro. A las miradas menos misericordiosas y al cariño que por algún frente descuidaste. A los esquemas que no se rompen, que no dejan paso a una manera diferente de mirar la vida y exigen, por el contrario, que las cosas se amolden a lo que uno está preparado para asimilar. A las lecciones que, de cuando en cuando, te gusta dar. A las soluciones exprés que fabricas a vuelapluma sin apenas conocer la trama vital que te rodea y que lleva tiempo tejiéndose sin ti ―¡y sin echarte de menos!―. A tu creer, aun no queriéndolo, que eres tú quien viene del lado bueno de la historia… y que los demás se suban al carro si quieren. A ese no saber leer entre líneas cuando experimentas el rechazo, la incomprensión o, sencillamente, la constante evidencia de que eres el diferente, el extranjero: aquí, el que es demasiado y, al mismo tiempo, no podrá nunca llegar a ser del todo.

Entonces sabes que quisiste ir un poco deprisa y creíste estar seguro de demasiadas cosas. Porque ¡qué difícil para este soldado aprender a poner corazón a tierra! ¡Qué dura la batalla que se libra en tus ojos, más acostumbrados a la valoración, al escrutinio, que a la sencilla contemplación! ¡Cuánta batería de mortero somos capaces de desplegar ―en lo visible o en lo invisible, con la palabra dicha o pensada― ante aquellas realidades que nos confunden, que nos trastocan las convicciones, que nos rompen por dentro! Qué complicado se vuelve, por el contrario, reconocernos superados, pobremente desbaratados… y ricamente llamados, por tanto, a traspasar las fronteras de nuestros mundos estrechos. A salir al encuentro de lo distinto, donde el Amor también ―y, quizá, sobre todo― nos espera desde antiguo.

Así, ¿cómo educar a nuestra mirada para que, posada en el otro y en lo otro, se vuelva abrazo tierno antes que juicio, evaluación o enmienda? ¿Cómo grabar a fuego en lo más hondo la certeza de que todo encuentro nace abierto al misterio de lo eterno y, por tanto, se encamina a un infinito mucho más grande que el campo de visión de nuestros pequeños anteojos? ¡A veces cuesta tanto!: esa mayoría de alumnos que nunca hace los deberes y parece desconectada de todo lo que intentas hacer por ella, la gente que se llega sin descanso a tu casa para pedir y más pedir, la crueldad con la que tantas veces son tratados los más sufrientes en un rincón del mundo donde la pobreza apenas deja espacio a las ternuras… Pero, a pesar de todo, ¿de cuánto equipaje inútil habré de desprenderme para poder mostrar a todos mis brazos y mi alma ―tan pobres y egoístas también― verdaderamente disponibles? Definitivamente creo que, en este tiempo de refrescante desierto, el corazón de África me llama más que nunca a intentar cumplir con el consejo que tantos misioneros han recibido en su camino hacia tierra extranjera: «si llegaste el último, ante todo, ver, oír y callar».

Suena duro, pero es lúcido. ¿Implica renunciar a la lucha? En todo caso, a aquella que nace de tu pobreza, de tu limitación, de tu ansiedad, de tu sed de reconocimiento… aún necesitadas de hacer camino junto a quien te acoge, con cuyo amor y cuya espera todavía no te has encontrado. Ver, oír y callar, entonces, para que el corazón no se llene enseguida de demasiadas imágenes dibujadas a tu medida o de demasiadas palabras inútiles. Ver, oír y callar para que el otro pueda escuchar de verdad su voz en tus entrañas, sentirse bienvenido a tu vida desde lo que es y lo que te puede dar. Ver, oír y callar para recordarte sin descanso que todo puede volverse sorpresa y milagro cuando tú dejas de creerte el maestro de ceremonias. Ver, oír y callar, en fin, para que este pasar por la historia no se convierta en mera caja de resonancia de mis búsquedas chiquitas; sino en eco de un Amor más grande que brota por doquier, que nos habita desde siempre y que puede liberarnos para siempre.

Ver, oír y callar.

O, aun mejor, mirar, escuchar y hacer silencio

VER (MIRAR)

Abrir los ojos. Abrirlos de verdad. Abrirlos también a lo que no te es propio. Salir de la casa donde te sientes en seguro bastión, de las compañías con las que ya sabes moverte, de las comodidades que vuelven cercano el hogar lejano. Pasear las calles, salir a los barrios, comprar a las mamás la fruta, embriagarte de olores. Mirar a los que otros solo ven y casi nadie se acerca. Prepararles la mejor sonrisa y una caricia en la mejilla. Contemplar la belleza de este país sosegado y vitamínico: la tierra ocre de los caminos sin asfalto, los árboles alzados con desmesura, los mangos brotando por doquier, el ocaso que incendia el horizonte. Mirar y ad-mirar.

Fue así, quizás, como descubrimos ―lo sabíamos, pero hacía falta verlo― que Ibrahim pasa sus tardes deambulando de aquí para allá con una garrafa de vino de palma para su venta. O que, en el mercado vespertino de Tokoyo, el pequeño Younouss alterna en su bandeja los jabones y las cerillas mientras trata de abrirse paso entre los recovecos del bullicio por dos o tres monedas. O que Alice pone siempre a nuestra disposición buenos panes de trigo; el puesto abierto, por mucho que en ocasiones la cruel malaria le quite las ganas, hasta que caiga la noche. Cuando todos volverán a su casa, donde a oscuras dirán adiós a otro día de duro trabajo.

He ahí nuestros alumnos, que casi nunca hacen los deberes.

OÍR (ESCUCHAR)

Antes de hablar. Antes incluso de creer que tienes algo importante que decir. Escuchar a las gentes, escuchar en sus miradas y en sus gestos, en su protestar y en su bromear, en su pedir y en su dar, en su despreciarte o en su darte la bienvenida. Aprender la lengua que te solicita y te busca a diestro y siniestro, aquella que hace de verdad palpitar el corazón de este pueblo. Entrar en la lógica de un idioma hermoso donde centro se dice corazón y el corazón está en el centro de la vida: el corazón que duele, el corazón que está dulce, el corazón que golpea, el corazón que se hace uno con otro corazón. Acoger con sorpresa la incesante retahíla de cantos, bailes, palmas y tambores que nos acompaña a todas horas y que celebra con gozo esta existencia en medio de tantas ausencias, de tantas traiciones al don mismo de la vida. Escuchar… y guardar cada palabra como importante, como testimonio del caminar del otro que se entrecruza, siquiera un momento, con el nuestro.

Fue así, tal vez, como pudimos entender los gritos de Émilienne, cuando nos abordó súbitamente en la cárcel a sabiendas de que la Misión Católica trata de liberar, de cuidar y de guardar en lugar seguro a quienes, por su frágil situación, sirven como chivos expiatorios de la ira colectiva: los que son acusados de brujería, linchados en los barrios, encerrados en la pestilente e inhumana prisión local sin derecho a defenderse. Émilienne era una más: acababa de llegar y protestaba vehementemente, tratando de llamar nuestra atención. Pedía la liberación, pero no se preocupaba por la suya. Junto a ella había llegado Madeleine, ya anciana, con evidentes signos de desnutrición y las heridas de la brutal paliza aún supurando en sus entrañas…

«¡Es a ella a quien tenéis que sacar! ¡A ella primero! ¡Lo necesita!», repetía, sorprendiéndonos y alertándonos al tiempo. Se hacía así voz de quien ya no podía articular palabra, de quien apenas se atrevía a mostrar su rostro y prefería esconderse de todo y de todos dentro del mísero habitáculo en el que había quedado confinada. Y sí: también Émilienne había sido acusada de brujería, también a ella la habían apresado las cadenas de la injusticia, también tenía derecho a buscar su vía de escape… pero, en este pedacito de mundo donde tantas veces sobrevivir ya es un premio, quiso invertir todas sus energías en asegurarse de que, en cualquier caso, sería otra, otra que lo necesitaba más, quien saldría primero. Quien saldría, seguramente, sin que nadie más pudiera acompañarla.

He ahí las peticiones que nos desbordan, rompiendo tantas veces las lógicas del «sálvese quien pueda», desnudando nuestro egoísmo y vistiéndolo de dignidad.

CALLAR (HACER SILENCIO)

No buscar demasiadas palabras propias para explicar lo que todavía te es, de algún modo, ajeno. No traicionar con tus lenguajes made-in-Europe tantas sutilezas, tantos matices, tantos movimientos de la vida… para cuya comprensión sigues preparándote en lo profundo. Elegir no responder a la ofensa, porque es más profético acogerla con una sonrisa tierna y misericordiosa. Decidir no proponer demasiado, no comentar demasiado, no sugerir demasiado, no trazar demasiados planes… para aprender dentro de ti que aquí son otros los que saben, los que conocen, los que pueden. Para recordarte que primero has de hacer camino con ellos. Intentar, entonces, guardar todo en tu corazón, apartarlo del fragor de la batalla para darle la oportunidad de crecer al calor del fuego lento, donde Otro siempre le da mejores sentidos…

Mientras yo sigo sin callarme y continúo escribiendo esta carta, cómodamente sentado frente a la pantalla —noche oscura, lluvia fina, pueblo durmiente—, ella estará arrancando su todoterreno para atravesar, por última vez en el día de hoy, los caminos tortuosos de mucho barro y ninguna farola que separan su comunidad del hospital diocesano. Le aguardan sus más queridos, cuya vida se apaga lentamente entre las garras del sida y muchas soledades. Va a darles las buenas noches, a rezar con ellos, a tomarlos unos minutos más de la mano. Al mismo tiempo, otra ella descansa de una larga jornada de entrega a los últimos de esta tierra, a todas las Madeleines cuya piel limpiaron sus manos, cuyo alimento preparó con cariño, cuyas tristezas escuchó con tierna paciencia.

Ellas, que nunca se han preocupado de contarnos nada de esto, de darse la más mínima importancia, no querrían, claro, que dijera su nombre. Ni ellas ni muchos otros que entregan su vida desbordantemente en las Áfricas del mundo ―no un año o dos, sino hasta el final― sin preocuparse de enviar tantas líneas de fina redacción ni de recibir los agradecimientos y parabienes que nos llegan por doquier a los que nada hacemos. Sirven en lo secreto, haciendo silencio en lo íntimo, alimentando sus fuerzas de aquello, de aquellos, de Aquel, que verdaderamente construyen y renuevan.

He ahí el milagro que se hace posible cuando nuestras vanidades, nuestros miedos, nuestras grietas y nuestros fardos se acallan. Cuando nos permitimos, sencillamente, mirar, escuchar y guardar en el corazón. Cuando nos sabemos los últimos entre los últimos, que serán ―ellos― los primeros.

Que África siga enseñándonos, entonces, a mirar en silencio.

Vengo a ti, hermano. Me costará, tal vez. Pero, desde el primer momento en que se entrecrucen los caminos de nuestros ojos, arderé en deseos de acogerte entero, de rendirte mi abrazo.

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Pongamos que hablo de Madrid

1. Se llama Lucas y su sonrisa es luz en medio de los edificios grises, los trajes grises, las prisas grises y los sueños grises del distrito financiero de Madrid. Quien sea habitual de los bajos de AZCA o conozca el trasiego matutino entre el Paseo de La Habana y la estación de Nuevos Ministerios habrá reparado seguramente en ese muchacho jovial y travieso que aborda con alegría a los viandantes, saluda a diestro y siniestro, y anda siempre dando conversación a los habituales de un barrio que ya ha hecho un poco suyo. Mientras las acciones suben o caen al vacío en los teléfonos móviles de los que no se detienen, mientras las bolsas de El Corte Inglés se chocan unas con otras en un frenesí de pisadas bajo el chorro de aire caliente, mientras tanta gente bien de esta zona bien suda bajo los visones y pasa de largo regalando indiferencia, mientras el estrés devora a ejecutivos con mucho MBA y pocas ganas de ser felices… Lucas, sencillamente, canta, se ríe y te desarma deseándote —a voz en grito— «¡buen día, amigo!».

En algún lugar entre la Castellana y el tráfico incesante, entre las carteras llenas y las miradas vacías, en el bulevar de los sueños rotos, hay alguien que no se cansa de abrir los labios para compartir contigo una sonrisa y recordarte que sí, que éste también puede ser un buen día. Lucas, que vino del calor de Nigeria a este frío de diseño. Lucas, sin papeles. Lucas, que no tiene otra ropa que ponerse. Lucas, un vendedor de La Farola.

2. Lo tengo a mi lado en la fila de la copistería, a pocos metros de la sonrisa de Lucas. Se mueve despacio, ha saludado afablemente, contará más de ochenta años. Con dificultad va desplegando sobre el mostrador viejas revistas de divulgación científica y un par de libros manoseados: un pequeño tesoro —imagino para mis adentros— reunido con paciencia en alguna biblioteca que lo tendrá por su socio más veterano y fiel. Viene a hacer fotocopias en color y parece que no es la primera vez. Ha señalado meticulosamente las páginas que le interesa conservar. Nada de textos: sólo imágenes a gran formato. Todas son fotografías de la superficie de Marte, que contempla con admiración y vista cansada antes de entregárselas al dependiente. Las miro de reojo y muchas me parecen similares, pero a él esto no parece importarle. Seguramente encuentra en cada una de ellas un motivo de emoción que a mí, torpemente, se me escapa. Ruge la fotocopiadora.

Cumplida la misión, mi compañero de mostrador va guardando cuidadosamente las imágenes en una carpeta que había traído consigo. Lo hace con movimientos suaves, como si estuviera manipulando una delicada mercancía o tuviera miedo de perder su recién conquistado planeta. Después se despide con la misma amabilidad con la que se nos había presentado y enfila la calle, camino quizá de esa biblioteca en la que, detrás de un nuevo mostrador, alguien lo saludará por su nombre. Y yo, en silencio, contemplo y admiro. Porque todavía hay quien cree que la pasión no se agota con los años. Porque aún hay viejitos de manos temblorosas que sueñan con ser astronautas.

3. A la hora del crepúsculo, mayores y pequeños, enamorados y desconsolados, castizos y viajantes, transeúntes y acomodados… se congregan junto al Templo de Debod para contemplar la belleza sobrecogedora de un cielo en llamas. En el horizonte, manto blanco sobre la sierra. Junto a nosotros, misterios sagrados del Antiguo Egipto varados a escasos metros del tráfago que palpita en la Gran Vía. Una lámina de agua refleja por igual la piedra milenaria y la majestuosidad del disco solar en retirada. A poniente, abundancia de bosques donde no llegó el hormigón. La bóveda infinita cambia en pocos minutos de color. El astro rey se pasea inmenso y ardiente; cada vez le cuesta más atardecerse. Callamos.

Ante el milagro, todos nos hacemos uno. Vengamos de donde vengamos, busquemos lo que busquemos, creamos en lo que creamos… lo que supera nuestro entendimiento nos congrega sin remedio en un festival de rostros admirados y silencios agradecidos, en la sintonía de quienes se saben unidos por una pequeñez necesitada siquiera de algunos minutos de eternidad.

Con la noche en ciernes, se activan las prisas, regresan las voces, se reemprende la vida. Pongamos que hablé de Madrid. En realidad, sólo quería contar la historia de esa ciudad cualquiera, de ese barrio cualquiera, de esa calle cualquiera, donde que se agolpan, cada día a la vuelta de la esquina, los prodigios y las cosas bellas que nos reconcilian con el camino. Que nos recuerdan que vale la pena.

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Pedacitos de Reino, entre el cielo y la tierra

croce-monte-subasio.jpg

cielo-terra-subasio.jpgCómo querría que un desborde caudal
viniera a redimirla
y la empapara con su sol en hervor
o sus lunas ondeadas
y las recorriera palmo a palmo
y la entendiera palma a palma

o que descendiera la lluvia inaugurándola
y le dejara cicatrices como zanjones
y un barro oscuro y dulce
con ojos como charcos

o que en su biografía
pobre madre reseca
irrumpiera de pronto el pueblo fértil
con azadones y argumentos
y arados y sudor y buenas nuevas
y las semillas de estreno recogieran
el legado de viejas raíces

como querrían que se escucharan
su verde gratitud y su orgasmo nutricio
y que el alambrado recogiera sus púas
ya que por fin sería nuestra y una

MARIO BENEDETTI, Hombre que mira la tierra

Una vez más, la mochila a la espalda, el pañuelo en la cabeza, los cordones prietos. Y el gozo de sentirme de nuevo peregrino. Es sábado, el sol acaricia con desvergonzada pasión los campos de trigo verde y Santa Maria degli Angeli va desapareciendo a mis espaldas assisi.jpgmientras la bella Asís se precipita desde el horizonte.

Conozco bien el camino. Por la Puerta de los Capuchinos escaparé de la marea de turistas que este fin de semana han venido al encuentro de la tierra de Francisco. A la izquierda, el sendero comenzará a ascender con decisión desde los primeros metros, abriéndose paso entre la tupida arboleda, alumbrando los más precoces arroyos de sudor, anticipando la enseñanza: el camino fácil nunca lleva a la cima. En una hora de marcha habré alcanzado el eremo.jpgEremo delle Carceri, discreto y hermoso monasterio medieval que, aferrado a la roca de la montaña, se asoma al vacío de la llanura umbra mientras el tiempo parece detenerse. Después, vendrán la soledad y el silencio de las últimas rampas, las que conducen entre la explosión del bosque a la cima del Monte Subasio; las que hace ocho siglos, quizá, llevaban en volandas al Poverello hasta su atalaya secreta. La montaña a la que tantas veces se retiró, buscando acercarse al cielo, mirando siempre hacia abajo.

Baja y subirás volando
al cielo de tu consuelo,
porque para subir al cielo,
se sube siempre bajando.

JUAN ANTONIO VALLEJO-NÁGERA,
Concierto para instrumentos desafinados

panorama-subasio.jpg

La cima del Subasio se revela de golpe y apenas concede tiempo para reaccionar. Después de varios kilómetros encerrado entre los árboles (inconsciente de la altitud que está alcanzando, incapaz de imaginar la perspectiva que se va modelando junto a él a cada paso), el peregrino se descubre de repente frente a una pradera tan verde como desnuda a las puertas del cielo. Y, cuando reúne suficiente valor para girar la cabeza, no puede sino admirar la vista que se abre ante sus ojos: una llanura infinita que se despliega invadiendo los cuatro puntos cardinales, sin que ni tan siquiera una sola colina, un mínimo cerro, osen perturbar su armoniosa composición. El horizonte se delinea lejos; te permite abrazar con tu mirar toda la tierra que seas capaz de admirar. Entonces estás solo y sientes como si el mundo entero quisiera contemplando.jpgencontrarse contigo en un instante de complicidad secreta. Como si se te ofreciera entero, bien abajo para que lo puedas contemplar en plenitud desde arriba, tú que has subido para descubrir que el cielo está siempre… bajando.

Y, tras el asombro inicial, queda el silencio, poniendo voz al duelo que ya se está librando en tu corazón. Donde se juegan las cosas importantes. A este lado, la inmensidad del mundo. Al otro, tú. Y nada ni nadie más en la cima desnuda, salvo una cruz tosca de madera al borde del abismo. La encrucijada de dos maderos: el que se sostiene paralelo a la tierra, el que apoyado sobre esa misma tierra mira al firmamento (o quizá, baja de lo alto para traernos el cielo). Entonces, ¿dónde está en realidad el Reino?

Vuelves a contemplar el panorama. Empiezas a percibir con más precisión los matices: las ciudades, los pueblos, las parcelas delimitadas y los campos abiertos, las huertas generosas y los suelos incultos, los coches que surcan veloces la autopista, los que se mueven y los que se quedan, los muros que separan, los caminos que encuentran. assisi-dal-subasio.jpgTe das cuenta de que solamente subiendo tan alto puedes abarcar la grandiosidad del mundo. Pero también recuerdas que el mundo se ha de habitar bien cerquita, donde la vida se goza y duele, donde la realidad se hace detalle, donde cada pequeño detalle cambia el destino: abajo. Es entonces cuando resuena con fuerza dentro de ti la pregunta que, en verdad, te está desafiando. La que, ojalá, siga impulsándote siempre a volver a cualquier paraíso cómplice donde se crucen los caminos de la tierra y el cielo.

umbria-subasio.jpgLa pregunta es: ¿Cuál es mi lugar en el mundo? De todas las maravillas que pones ante mis ojos, Señor, cuando subo alto… ¿cuál, pequeñita, espera hoy que baje a su encuentro? ¿Dónde hacen falta un torrente de amor, una pizca de valentía, una mirada de ternura, una apuesta por la justicia, un guiño de reconciliación? ¿Dónde una invitación a la escucha, un testimonio de paz, un motivo para el perdón, un signo de esperanza, un susurro de aliento? ¿Y cómo puedo llevarlos yo, tan débil e inconstante, tan lleno de palabras y falto de talentos… tan ciego? ¿Adónde voy cuando descienda este monte? ¿Cuál es mi pedacito de Reino, de Reino por construir remangado, apasionado, mirando al espejo del cielo?

El viento sopla con fuerza en la cima del Subasio. Quizá sea ése el motivo de su desnudez. fiori-appia-subasio.jpgO quizá sea una forma de recordar al peregrino que para subir al cielo, se sube siempre bajando. Así que recojo la mochila, anudo una vez más el pañuelo a la cabeza y me dispongo a regresar allá donde el corazón me lleve. Entonces reparo en ellas. Habían estado ahí todo el tiempo, donde yo únicamente veía pradera sin refugio.

Naciendo entre las rocas. Amarillas y violetas.

Como en la Appia. Iguales.

Las flores.

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Mi deseo más profundo, la Via Appia, las flores

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Por los caminos de Francisco

tau-gialla.jpgEn el verano de 2006 tuve el privilegio de compartir una experiencia inolvidable junto a mi amigo y hermano Miguel: la de peregrinar tras las huellas del Pobre de Asís a lo largo del Camino de San Francisco; una hermosa ruta que, desde las montañas de la Toscana hasta el valle de Rieti, custodia y hace resonar el eco de una vida entregada como pocas al amor. Hoy Miguel me sorprende con un precioso vídeo que condensa algunos de los mejores aromas de aquel viaje; aromas que consiguen despertar el recuerdo dormido, devolver al corazón los fascinantes regalos que nos trajimos de vuelta en la mochila que no se carga a la espalda.

Y yo, con un gracias infinito en mis labios, no puedo sino compartirlo contigo, así como él lo ha compartido conmigo…


Vía “Fragmentos del camino” (blog de Miguel Perles, “perlegrino”)

Si algún día te animas a recorrer los caminos de Francisco, estaremos encantados de ayudarte y orientarte en este foro.

Ultreia et suseia.

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Ligeros de equipaje

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Mi deseo más profundo, la Via Appia, las flores

fiori-via-appia-antica.jpg

Comienzo a comprender −dijo el principito−. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado…

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY, El principito

La Via Appia tiene más de dos mil trescientos años, pero yo siempre creo que todavía están a punto de colocar su último adoquín. Para los antiguos era la regina viarium, la reina de las calzadas. No en vano, atravesaba todo el sur de la Península Itálica para conectar Roma con la Campania, la Calabria y la Apulia, abriendo paso a aquella civilización de la que tantos somos, de alguna forma, herederos. Sobre el mismo pavimento que sintió las pisadas firmes de legionarios, colonos, via-quintili-appia-antica.jpgcomerciantes y peregrinos de un ayer tan lejano, hoy caminamos los que preferimos no someternos al imperio… del tráfico y de las prisas. Al menos, por unas cuantas horas.

La Via Appia es hermosa, increíblemente hermosa. Sobre todo, cuando a sus lados desaparecen las catacumbas, las iglesias, los «pase por aquí con su entrada». Cuando ya no hay coches que resistan los vaivenes que tan poco importaban a los carros. Cuando sólo quedan la piedra firme de su adoquinado eterno; los cipreses y los pinos abrazados en lo alto; las ruinas milenarias que, rotas y dispersas, te hablan desde su silencio. Y, más allá, los campos serenos, rozando al filo del horizonte el cielo. Donde Roma deja de hacer de Roma, para ser más Roma que en ninguna otra parte. Donde uno se escapa… para encontrarse, más que nunca, dentro.

targa-via-appia-antica.jpgEs domingo, quiere llover sobre Roma y he venido a caminar por la Appia. Soy de los privilegiados que la ve nacer a dos pasos de casa y es hora de aprovechar bien tan hermoso regalo. Tengo, además, un buen motivo. Me lo dio ese amigo que, hace unos días, atravesó mi vida con un interrogante sencillo. O sea, de los que tocan y rasgan. Cuál era mi deseo más profundo: ésa fue su pregunta. Y no supe contestarle. Ni supe contestarme. Diría tantos… tantos y ninguno. Cuando arden muchos fuegos adentro, el ímpetu de las llamas no permite muchas veces contemplar lo que están alumbrando. Pero la incógnita persevera y se hace inevitable; necesitamos encontrar en nuestro corazón las palabras, la respuesta: ¿cuál es tu deseo más profundo? Hoy quiero empezar a buscar el mío. Bajo la lluvia. En la Appia.

Camino despacio, mochila al hombro, dos manzanas como alimento. La calzada es una fiesta que se va mudando, discretamente, en silencio íntimo y punzante. Las familias con sus niños, los japoneses y sus cámaras, los señores y las señoras respetables con sus collares aún más respetables, los ciclistas, los fieles, los locos… via-appia-antica.jpgvan abandonando poco a poco la escena, según avanza la Appia hacia el sur, crece la altura de los cipreses y las ruinas dejan de merecer una reseña en la Lonely Planet. Roma ya no se adivina en la distancia y las elegantes villas dan paso a llanuras infinitas por las que hace no mucho pasó el arado. Nos hemos quedado solos. La pregunta y yo.

Conozco bien lo que va a suceder. Comenzará el bombardeo de sentimientos. Se me agolparán montones de ideas; el corazón latirá fuerte. Enfocaré la mirada hacia el horizonte, convencido del poder clarividente de la pose. Me imaginaré el futuro. Lo habitaré. Brotarán palabras más o menos bonitas, más o menos sensibles; palabras que, en cualquier modo, podrían solventarme las próximas tres o cuatro entradas de este blog. Pensaré en lugar de sentir; escribiré en lugar de pensar. Y, al final, todo sonará hueco. Por eso, alcanzados los límites de Roma, renuncio a la batalla. Y, ya de regreso, cuando llego a la altura del montículo que abre la vista de la llanura, a un lado, y de la Villa dei Quintili, al otro, me detengo. Subo despacio. El sol se cuela entre las nubes y la tierra parece responder a su estímulo en este sereno atardecer. Me siento en lo alto para poner sobre el papel alguna idea. Y rezo por esa señal que me abra las puertas de una búsqueda auténtica, no de mis torpes zarandeos.

pianura-via-appia-antica.jpg

Entonces llega ella. Una niña sonriente que, no sin esfuerzo, alcanza la pequeña altura desde la que contemplo estos campos olvidados. Parece buscar algo. Desaparece de mi vista para, a continuación, gritar con enorme alegría. Ya lo ha encontrado. Llama a sus padres que, desde abajo, la esperan, impacientes: «¡Tenéis que venir, tenéis que ver esto!» Ellos se resisten, pero su hija los reclama cada vez con más fuerza. «¡Mirad qué flores tan bonitas! ¡Son las más bonitas que he visto nunca!» La madre la amenaza con un posible robo de su bicicleta, que ha dejado tirada en medio de la Appia. Pero para ella ahora no hay nada más importante que esas flores, en las que yo no había ni tan siquiera reparado. fiore-via-appia-antica.jpgY, en efecto, se ven hermosas, las violetas y las amarillas, acariciando la vida mientras, al fondo, el sol camina hacia el ocaso. Definitivamente, son unas flores bellísimas, que brotan como regalo del cielo en un escenario privilegiado.

La insistencia de la pequeña obtiene su premio. El padre sube y, displicente, escucha la feliz explicación de por qué éstas son las flores más bonitas que jamás alguien haya visto. Es tal el éxtasis de su hija que, terminado el discurso, no puede sino invitarla a que arranque unas cuantas para llevárselas de recuerdo. Ella se lo piensa, divertida, pizpireta. Pero decide no hacerlo: «Così quando tornerò li vedrò ancora più belli!»

«¡Así, cuando vuelva, las podré ver aún más bonitas!»

Ella tiene flores hermosas. Y, cuando las cuida, nada hay más tramonto-via-appia-antica.jpgimportante en el mundo. Pero nunca las arrancará.

Porque ella volverá. Porque ella quiere volver. Porque ella volverá siempre. Y siempre que vuelva encontrará sus flores, por obra de un misterioso milagro, cada vez más hermosas.

Y yo, por primera vez en este domingo en que sobre Roma quiso llover, sonrío con una profunda alegría. Cierro el cuaderno, me levanto, vuelvo a poner mis pies sobre la piedra milenaria y, dando gracias a cada minuto, enfilo el camino de regreso a casa, hacia el mañana, hacia mis flores que crecen en silencio, ¿hacia mi deseo más profundo?

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De Flores a Chisec, pasando por Sayaxché:
cuatro enseñanzas

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«En el colegio nos están pidiendo ya que nos hagamos una idea de qué carrera vamos a estudiar y cada vez queda menos tiempo para decidir. Tengo mucho miedo de escoger mal: al fin y al cabo me juego mi futuro.»

De la carta de una amiga, hace unos pocos días.

«Es como un desvío. Como cuando vas por la carrertera y hay un desvío hacia otro sitio pero a lo mejor vas hablando por el móvil, o estás discutiendo o pensando en lo que sea, y no te das cuenta y se te pasa. Y te jodiste porque ya no puedes volver atrás. Pues ese día es lo mismo: un desvío. Y es muy importante, porque puedes elegir por dónde va a seguir todo. Si por ese camino que es nuevo o no. Por eso tenemos que estar muy atentas, Zule, muy atentas. Porque hay muy pocas cosas buenas, y si encima se te pasan porque estás hablando con el móvil o pensando en otra cosa, sería una mierda, una mierda completa.»

De la película Princesas (F. León de Aranoa, 2005).
Diálogo rescatado en el estupendo blog de Fernando,
hace unas pocas semanas.

«El tren sólo pasa una vez en la vida.»

De ayer, de hoy y de siempre. Y de un buen amigo.

Viajar a través de la belleza de Guatemala puede convertirse, si el forastero es capaz de mirar con otro enfoque, en una permanente lección de vida.

Como una de las visitas imprescindibles para quien se acerca a aquellas tierras se erige, sin duda, la magnífica ciudad de Tikal, ruinas de gloria maya alzadas con majestuosidad entre la tupida arboleda que da forma a la selva húmeda y exuberante del Petén. Pero Tikal es un enclave aislado, alcanzable tan solo a través de una modesta carretera desde Flores, la hermosa capital departamental que, varada junto al infinito lago Petén Itzá, ejerce como principal nudo de comunicaciones de la región.bus-guatemala.jpg Por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde se organizan todas las excursiones hacia Tikal. Y, por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde el viajero que ya haya admirado la belleza de sus pirámides (y que desee regresar al centro o al sur del país) deberá tomar una importante decisión. Porque, en efecto, dos serán las alternativas que encontrará para volver al corazón de Guatemala: La más cómoda permite viajar en un autobús con abundantes plazas que, seguramente, décadas atrás lo fue de alguna escuela infantil estadounidense. La más interesante, quizá, la ofrecen los conductores de los pequeños colectivos que, con una mayor frecuencia, parten de la estación central…

El colectivo está a punto de salir hacia la Alta Verapaz y tenemos la suerte de llegar justo a tiempo a la estación. De haber tardado unos pocos minutos más, lo habríamos perdido, pensamos. El vehículo que nos espera no difiere demasiado de los que ya hemos conocido estacion-colectivos.jpgen nuestros trayectos por Cobán, la ciudad que nos acoge: se trata de una furgoneta bajita y de no más de doce plazas en la que, sin embargo, suelen entrar muchos más viajeros, componiendo escenas a medio camino entre lo pintoresco y lo asfixiante, en las que no suelen faltar mujeres dando el pecho a sus bebés, mercancías de los tipos más diversos y, en ocasiones, tampoco alguna que otra gallina. Pero esta vez nos sentimos afortunados: somos cuatro los voluntarios que viajamos y tan solo un par de personas más se unen a la expedición. Por lo menos podremos estirarnos cómodamente hasta la próxima estación, para la que, con un poco de suerte, todavía nos quedarán unos cuantos kilómetros.

Nuestra sorpresa llegará nada más salir de la terminal, cuando el niño que acompaña al conductor (el gritón) saque por primera vez su cabeza por la ventana para anunciar el destino de la camioneta. Lo hace con voz rasgada y sin apenas darse tiempo para pronunciar el nombre completo de la ciudad antes de volver a empezarlo de nuevo: «¡Cobáncobáncobáncobáncobánnnnn!». Y entonces nos percatamos de que la próxima estación es cada calle, cada esquina, cada rincón donde aparezca alguien que (sea premeditamente, sea por un extraño y súbito impulso) mercado-carcha.jpgquiera viajar hacia el sur. El colectivo dibuja, pues, un sinuoso trazado sobre el plano de Santa Elena (la prolongación sobre tierra de la ciudad cuyo corazón late en la isla de Flores), sin evitar ni tan siquiera las estrechas calles del mercado. Cada vez que un pasajero lo detenga, se repetirá inevitablemente el mismo ritual: el gritón descenderá de la camioneta rápidamente y, con un movimiento sencillo y ágil, abrirá la puerta corredera de la cabina para, en menos de tres segundos, dejar acomodado al nuevo compañero de viaje. Y así sucederá hasta salir de la ciudad e, incluso, cuando el vehículo atraviese cualquier enclave mínimamente habitado o el conductor aviste algún distraído caminante, perdido en las soledades de la carretera. Nuestra pretendida e ingenua comodidad, desde luego, quedó arruinada muy pronto.

Primera enseñanza: Las estaciones no solo están donde siempre nos habían dicho que estaban. Cualquier lugar es bueno para subirse al tren si ardes en deseos de viajar. Si no llegaste a tiempo a la parada, ¡prueba a detenerlo!

Estamos atravesando las verdes llanuras del sur del Petén y la camioneta no deja de llenarse. Incluso en los lugares más recónditos aparecen trabajadores del campo; humildes vendedores que prueban suerte con su mercancía hoy a este lado de la carretera, mañana al otro; mujeres con sus niños pequeños en brazos. Los ocupantes del colectivo comenzamos a sufrir las consecuentes estrecheces: el calor y la humedad (de por sí sofocantes en esta zona de Guatemala) se hacen un poco más insoportables, y nuestra amiga I. colectivo-flores-sayaxche.jpgsiente cada vez más cerca el contundente machete para segar la hierba que cuelga del jornalero que viaja pegado a su izquierda. Una hora más tarde, somos más de treinta dentro: algunos sentados, la mayoría de pie y en las posiciones más inverosímiles. El gritón viaja ya con medio cuerpo fuera del vehículo, pero, para nuestro asombro, ello no le impide seguir anunciando con fuerza la disponibilidad del servicio. «¡Sayaxché, Libertad! ¡Hay plazaaaaaaaas!» Los cuatro voluntarios nos miramos atónitos mientras, a nuestro alrededor, nuestros compañeros de expedición (guatemaltecos todos y, deducimos, asiduos a esta línea) asisten impasibles a la escena. Pues sí: parece que todavía hay plazas.

Segunda enseñanza: El tren no es solo para unos pocos elegidos. O para los que llegaron a tiempo. O para los que lo cogieron primero. Por muy lleno que esté, si quieres viajar, siempre hay un espacio para ti.

Llegamos a Sayaxché, al sur del Petén. Todavía no hemos cubierto ni la mitad del camino pero, alcanzada esta altura del trayecto, el conductor se detiene y nos invita a bajar. sayaxche-rio-pasion.jpgFrente a nuestros ojos, una imagen que, no por ya conocida, nos resulta menos impactante: estamos frente al río de la Pasión, un torrente majestuoso de vida que se abre paso mansamente a través de un ancho cauce al que abrazan veredas de árboles tropicales. Ningún puente se ha atrevido a abrirle una cicatriz; tal es el miedo a lastimar su belleza. ¡No!, no hay puentes, ni tan siquiera en esta ciudad de más de cincuenta mil habitantes, en este importante cruce de caminos. Bien es cierto que el colectivo podría vadear el envite situándose sobre la ingeniosa plataforma móvil que va desplazándose alternativamente entre una y otra orilla, pero parece que, llegados a este punto, le resulta más rentable regresar a Flores. Nos aseguran, de todas formas, que un vehículo idéntico nos espera al otro lado de la Pasión. Cruzamos el río en una barcaza y lo encontramos, efectivamente, dispuesto. Muy pocos nos subimos, pero ahora ya estamos seguros de que ello no nos asegurará ni más comodidad ni una mayor dosis de aire puro en el habitáculo. Entramos en el casco urbano de Sayaxché y le damos dos vueltas. El nuevo gritón repite el ritual, la camioneta se llena y nosotros nos sentimos ya un poco menos extranjeros.

Tercera enseñanza: El viaje es largo y se manifiesta siempre repleto de pasiones. Pasiones que unas veces toca vadear; otras, abrazar; y siempre, afrontar. En todo caso, nuestros trenes, por sí solos, se demuestran incapaces de vencer todos los obstáculos. Haber logrado montarnos en uno no nos garantiza la tranquilidad de un futuro que ya solo dependa de cómo seamos capaces de mantenernos a bordo.

Hemos entrado ya en la Alta Verapaz y confiamos en que, a pesar de las estrecheces, no nos toque vivir nuevos sobresaltos hasta nuestra llegada a Chisec, la localidad en la que nuestros amigos nos van a recoger para llevarnos a un pequeño paraíso: las mágicas y recoletas cuevas de Candelaria. La ciudad en la que hemos de apearnos nos es desconocida pero, una vez bajemos de la camioneta, pensamos orientarnos con la ayuda del conductor antes de que el colectivo siga su camino hacia Cobán, el destino que los gritones llevan anunciando desde que salimos, hace ya unas cuantas horas, de Flores.encrucijada-chisec.jpg Muy pronto, sin embargo, la juguetona trama de este viaje habrá de zarandearnos con un nuevo imprevisto. Porque, en realidad, este servicio no lleva a Cobán y ni tan siquiera alcanza Chisec, nos informan nuestros vecinos. Tan solo nos dejará en el siguiente cruce de caminos, donde otras furgonetas, dicen, aguardan a la espera de viajeros que quieran dirigirse, no solo hacia el sur (la única ruta posible, según nuestra limitada perspectiva), sino también a otros puntos de la geografía más cercana. Nos vemos empujados, pues, a lo que parece una interminable carrera de relevos, en la que cada bifurcación nos obligará a buscar de nuevo asiento en otra camioneta, a parapetarnos en un nuevo reducto de aire más o menos respirable… a preguntarnos, en fin, adónde estamos yendo realmente.

Cuarta enseñanza: Ninguno de nuestros trenes, tan humanos, tan limitados, nos lleva hasta un destino final e inexorable. No hay decisión, por muy definitiva que la consideremos, que tarde o temprano no se vea obligada a pararse ante una nueva encrucijada.

Hay trenes que pasan solo una vez a lo largo de nuestra existencia, quizá. Hay, sin duda, opciones, elecciones, que nos marcan profundamente para el resto de nuestros días; que escriben con tinta indeleble la historia personal de la que somos siempre, y al mismo tiempo, hijos y padres, llave.jpgdeudores y agraciados. Y hay, cómo no, momentos en la vida en los que un arrebato de valentía, una apuesta por la generosidad o un hálito de lucidez, pueden marcar la diferencia para mucho tiempo. Pero me resisto a creer, como la Caye de Princesas, que un instante de despiste (se condense éste en un segundo o en quién sabe cuántos años) pueda sellar nuestro destino y dejarlo visto para sentencia. Como me resisto a creer, mi querida amiga, que te vayas a jugar todo tu futuro en la carta que ese crupier impaciente llamado convencionalismo social te obliga ahora a apostar. Como no puedo concebir, en definitiva, que un Dios que nos ama hasta el infinito no nos conceda (en nuestros dones, en nuestros talentos, en nuestra sensibilidad para escuchar su llamada) la posibilidad inagotable de volver a construir de nuevo el mañana, por mucho que ayer erráramos el camino.

Porque no hay decisión que no traiga consigo nuevas encrucijadas. Porque nuestros billetes hacia felicidades efímeras no son capaces por sí solos de sortear los obstáculos. Porque para tus sueños no hay hora de salida ni estación de embarque predeterminada. Porque en el único tren que de verdad lleva a la plenitud, milagrosamente y por muy lleno que circule…

…siempre, esperándote, ¡hay plazaaaaaaaas!