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Conversación de fin de año en la cola del super

En lo cotidiano de nuestro ajetreo, no estamos demasiado acostumbrados a mirar o a escuchar más allá de nosotros mismos. Por eso te reconoceré, querido amigo, que al principio, aun sin yo quererlo, me has incomodado. Solo al principio.

Ahí estaba yo, esta mañana, acalorado, apresurado, enfilando la cola de la caja en el supermercado de la esquina. Runrún de compras de última hora, pasillos llenos, calor enlatado de calefacción dentro, frío descarnado afuera, mi abrigo entorpeciéndome, papeles entre mis manos, la cesta, las prisas y un insufrible disco de villancicos martilleando despertares.

En la fila, a pesar de todo, acierto a dejar pasar delante de mí a un señor mayor. Entonces apareces tú. Elogias el gesto y das las gracias por el ejemplo. Y, mientras prosigue el desfile de códigos de barras, comienzas a charlar conmigo. Sin venir a cuento. Rompiendo esa norma tácita que nos hace a todos sentirnos cómodos cuando actuamos como silenciosos autómatas en nuestras junglas de hormigón. Porque en el asiento del autobús, el trayecto del ascensor o la cola del super, los auriculares a todo volumen o la mirada hacia el ombligo son nuestros mejores aliados ante cada tensa espera, el seguro a todo riesgo de dejarnos enredar.

Me hablas de cómo ayer viste a aquella anciana que no se daba cuenta de que venía el tranvía. Te acercas diligente a la cajera cuando ves que se ha quedado sin cambio para el cliente anterior, porque no te importa ofrecerle tu calderilla. Me enseñas las botellas de refresco que estás a punto de adquirir para todos los niños que esta noche van a hacer de tu Nochevieja una auténtica fiesta. Y, viéndome apurado y desarbolado entre mis papeles, mi abrigo y mis prisas, me ayudas a colocar la compra en la caja, poniendo cuidado en dejar las botellas tumbadas «porque, si no, la cinta las tira al avanzar».

Luego pago, hago amago de irme, pero me dejo los benditos papeles y ahí estás tú para tendérmelos mientras me deseas un feliz Año Nuevo con tu mejor sonrisa. Y yo no sé cómo te llamas ni de dónde vienes. Por tu acento te llamarán extranjero; quizá ahora tu amabilidad no merezca ni tan siquiera una tarjeta sanitaria. Pero esta mañana, durante cinco minutos que podrían haber sido de silencio y ombligo, te has implicado —co-(im)-plicado— en lo cotidiano de mi camino para hacerlo un poquito más cómodo, un poquito más vivible, un poquito mejor.

Y yo no puedo evitar pensar que debe de ser así, de forma tan sencilla y casual, como se inician las pequeñas cadenas de humanidad que rompen la indiferencia y ayudan a cambiar, como gotas de lluvia fresca sobre los campos en estío, no inútilmente, este mundo…

 

¡Feliz 2013! ¡Felices pequeños gestos que
nos reconcilian con la ternura del Hombre!

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Una mirada en silencio

¿Será tal vez inevitable? Tú, que llegaste como cooperante a África con tu batería de humildades cortada a medida, no puedes en tantas ocasiones resistirte: caer en la tentación que te acompaña sin descanso porque eres quien eres y viniste de donde viniste. Mira que lo habías dicho demasiado, repitiéndolo como un estribillo machacón para intentar grabarlo a fuego en lo más hondo: estamos para «dejarnos hacer», somos presencias humildes, antes escuchar y empaparnos que aspirar a enseñar, acojamos todo como un don y una oportunidad de encuentro… Sin embargo, tu fragilidad se impone, a veces de viva voz; otras, en lo secreto, allá donde las buenas palabras que aprendiste un día a pronunciar se desprenden de todos los adornos y se muestran menos perfectas, más crudas, en profunda lucha.

Me refiero a la humildad buscada y tantas veces perdida. A los juicios severos y los estereotipos que ganan raíces bien adentro. A las miradas menos misericordiosas y al cariño que por algún frente descuidaste. A los esquemas que no se rompen, que no dejan paso a una manera diferente de mirar la vida y exigen, por el contrario, que las cosas se amolden a lo que uno está preparado para asimilar. A las lecciones que, de cuando en cuando, te gusta dar. A las soluciones exprés que fabricas a vuelapluma sin apenas conocer la trama vital que te rodea y que lleva tiempo tejiéndose sin ti ―¡y sin echarte de menos!―. A tu creer, aun no queriéndolo, que eres tú quien viene del lado bueno de la historia… y que los demás se suban al carro si quieren. A ese no saber leer entre líneas cuando experimentas el rechazo, la incomprensión o, sencillamente, la constante evidencia de que eres el diferente, el extranjero: aquí, el que es demasiado y, al mismo tiempo, no podrá nunca llegar a ser del todo.

Entonces sabes que quisiste ir un poco deprisa y creíste estar seguro de demasiadas cosas. Porque ¡qué difícil para este soldado aprender a poner corazón a tierra! ¡Qué dura la batalla que se libra en tus ojos, más acostumbrados a la valoración, al escrutinio, que a la sencilla contemplación! ¡Cuánta batería de mortero somos capaces de desplegar ―en lo visible o en lo invisible, con la palabra dicha o pensada― ante aquellas realidades que nos confunden, que nos trastocan las convicciones, que nos rompen por dentro! Qué complicado se vuelve, por el contrario, reconocernos superados, pobremente desbaratados… y ricamente llamados, por tanto, a traspasar las fronteras de nuestros mundos estrechos. A salir al encuentro de lo distinto, donde el Amor también ―y, quizá, sobre todo― nos espera desde antiguo.

Así, ¿cómo educar a nuestra mirada para que, posada en el otro y en lo otro, se vuelva abrazo tierno antes que juicio, evaluación o enmienda? ¿Cómo grabar a fuego en lo más hondo la certeza de que todo encuentro nace abierto al misterio de lo eterno y, por tanto, se encamina a un infinito mucho más grande que el campo de visión de nuestros pequeños anteojos? ¡A veces cuesta tanto!: esa mayoría de alumnos que nunca hace los deberes y parece desconectada de todo lo que intentas hacer por ella, la gente que se llega sin descanso a tu casa para pedir y más pedir, la crueldad con la que tantas veces son tratados los más sufrientes en un rincón del mundo donde la pobreza apenas deja espacio a las ternuras… Pero, a pesar de todo, ¿de cuánto equipaje inútil habré de desprenderme para poder mostrar a todos mis brazos y mi alma ―tan pobres y egoístas también― verdaderamente disponibles? Definitivamente creo que, en este tiempo de refrescante desierto, el corazón de África me llama más que nunca a intentar cumplir con el consejo que tantos misioneros han recibido en su camino hacia tierra extranjera: «si llegaste el último, ante todo, ver, oír y callar».

Suena duro, pero es lúcido. ¿Implica renunciar a la lucha? En todo caso, a aquella que nace de tu pobreza, de tu limitación, de tu ansiedad, de tu sed de reconocimiento… aún necesitadas de hacer camino junto a quien te acoge, con cuyo amor y cuya espera todavía no te has encontrado. Ver, oír y callar, entonces, para que el corazón no se llene enseguida de demasiadas imágenes dibujadas a tu medida o de demasiadas palabras inútiles. Ver, oír y callar para que el otro pueda escuchar de verdad su voz en tus entrañas, sentirse bienvenido a tu vida desde lo que es y lo que te puede dar. Ver, oír y callar para recordarte sin descanso que todo puede volverse sorpresa y milagro cuando tú dejas de creerte el maestro de ceremonias. Ver, oír y callar, en fin, para que este pasar por la historia no se convierta en mera caja de resonancia de mis búsquedas chiquitas; sino en eco de un Amor más grande que brota por doquier, que nos habita desde siempre y que puede liberarnos para siempre.

Ver, oír y callar.

O, aun mejor, mirar, escuchar y hacer silencio

VER (MIRAR)

Abrir los ojos. Abrirlos de verdad. Abrirlos también a lo que no te es propio. Salir de la casa donde te sientes en seguro bastión, de las compañías con las que ya sabes moverte, de las comodidades que vuelven cercano el hogar lejano. Pasear las calles, salir a los barrios, comprar a las mamás la fruta, embriagarte de olores. Mirar a los que otros solo ven y casi nadie se acerca. Prepararles la mejor sonrisa y una caricia en la mejilla. Contemplar la belleza de este país sosegado y vitamínico: la tierra ocre de los caminos sin asfalto, los árboles alzados con desmesura, los mangos brotando por doquier, el ocaso que incendia el horizonte. Mirar y ad-mirar.

Fue así, quizás, como descubrimos ―lo sabíamos, pero hacía falta verlo― que Ibrahim pasa sus tardes deambulando de aquí para allá con una garrafa de vino de palma para su venta. O que, en el mercado vespertino de Tokoyo, el pequeño Younouss alterna en su bandeja los jabones y las cerillas mientras trata de abrirse paso entre los recovecos del bullicio por dos o tres monedas. O que Alice pone siempre a nuestra disposición buenos panes de trigo; el puesto abierto, por mucho que en ocasiones la cruel malaria le quite las ganas, hasta que caiga la noche. Cuando todos volverán a su casa, donde a oscuras dirán adiós a otro día de duro trabajo.

He ahí nuestros alumnos, que casi nunca hacen los deberes.

OÍR (ESCUCHAR)

Antes de hablar. Antes incluso de creer que tienes algo importante que decir. Escuchar a las gentes, escuchar en sus miradas y en sus gestos, en su protestar y en su bromear, en su pedir y en su dar, en su despreciarte o en su darte la bienvenida. Aprender la lengua que te solicita y te busca a diestro y siniestro, aquella que hace de verdad palpitar el corazón de este pueblo. Entrar en la lógica de un idioma hermoso donde centro se dice corazón y el corazón está en el centro de la vida: el corazón que duele, el corazón que está dulce, el corazón que golpea, el corazón que se hace uno con otro corazón. Acoger con sorpresa la incesante retahíla de cantos, bailes, palmas y tambores que nos acompaña a todas horas y que celebra con gozo esta existencia en medio de tantas ausencias, de tantas traiciones al don mismo de la vida. Escuchar… y guardar cada palabra como importante, como testimonio del caminar del otro que se entrecruza, siquiera un momento, con el nuestro.

Fue así, tal vez, como pudimos entender los gritos de Émilienne, cuando nos abordó súbitamente en la cárcel a sabiendas de que la Misión Católica trata de liberar, de cuidar y de guardar en lugar seguro a quienes, por su frágil situación, sirven como chivos expiatorios de la ira colectiva: los que son acusados de brujería, linchados en los barrios, encerrados en la pestilente e inhumana prisión local sin derecho a defenderse. Émilienne era una más: acababa de llegar y protestaba vehementemente, tratando de llamar nuestra atención. Pedía la liberación, pero no se preocupaba por la suya. Junto a ella había llegado Madeleine, ya anciana, con evidentes signos de desnutrición y las heridas de la brutal paliza aún supurando en sus entrañas…

«¡Es a ella a quien tenéis que sacar! ¡A ella primero! ¡Lo necesita!», repetía, sorprendiéndonos y alertándonos al tiempo. Se hacía así voz de quien ya no podía articular palabra, de quien apenas se atrevía a mostrar su rostro y prefería esconderse de todo y de todos dentro del mísero habitáculo en el que había quedado confinada. Y sí: también Émilienne había sido acusada de brujería, también a ella la habían apresado las cadenas de la injusticia, también tenía derecho a buscar su vía de escape… pero, en este pedacito de mundo donde tantas veces sobrevivir ya es un premio, quiso invertir todas sus energías en asegurarse de que, en cualquier caso, sería otra, otra que lo necesitaba más, quien saldría primero. Quien saldría, seguramente, sin que nadie más pudiera acompañarla.

He ahí las peticiones que nos desbordan, rompiendo tantas veces las lógicas del «sálvese quien pueda», desnudando nuestro egoísmo y vistiéndolo de dignidad.

CALLAR (HACER SILENCIO)

No buscar demasiadas palabras propias para explicar lo que todavía te es, de algún modo, ajeno. No traicionar con tus lenguajes made-in-Europe tantas sutilezas, tantos matices, tantos movimientos de la vida… para cuya comprensión sigues preparándote en lo profundo. Elegir no responder a la ofensa, porque es más profético acogerla con una sonrisa tierna y misericordiosa. Decidir no proponer demasiado, no comentar demasiado, no sugerir demasiado, no trazar demasiados planes… para aprender dentro de ti que aquí son otros los que saben, los que conocen, los que pueden. Para recordarte que primero has de hacer camino con ellos. Intentar, entonces, guardar todo en tu corazón, apartarlo del fragor de la batalla para darle la oportunidad de crecer al calor del fuego lento, donde Otro siempre le da mejores sentidos…

Mientras yo sigo sin callarme y continúo escribiendo esta carta, cómodamente sentado frente a la pantalla —noche oscura, lluvia fina, pueblo durmiente—, ella estará arrancando su todoterreno para atravesar, por última vez en el día de hoy, los caminos tortuosos de mucho barro y ninguna farola que separan su comunidad del hospital diocesano. Le aguardan sus más queridos, cuya vida se apaga lentamente entre las garras del sida y muchas soledades. Va a darles las buenas noches, a rezar con ellos, a tomarlos unos minutos más de la mano. Al mismo tiempo, otra ella descansa de una larga jornada de entrega a los últimos de esta tierra, a todas las Madeleines cuya piel limpiaron sus manos, cuyo alimento preparó con cariño, cuyas tristezas escuchó con tierna paciencia.

Ellas, que nunca se han preocupado de contarnos nada de esto, de darse la más mínima importancia, no querrían, claro, que dijera su nombre. Ni ellas ni muchos otros que entregan su vida desbordantemente en las Áfricas del mundo ―no un año o dos, sino hasta el final― sin preocuparse de enviar tantas líneas de fina redacción ni de recibir los agradecimientos y parabienes que nos llegan por doquier a los que nada hacemos. Sirven en lo secreto, haciendo silencio en lo íntimo, alimentando sus fuerzas de aquello, de aquellos, de Aquel, que verdaderamente construyen y renuevan.

He ahí el milagro que se hace posible cuando nuestras vanidades, nuestros miedos, nuestras grietas y nuestros fardos se acallan. Cuando nos permitimos, sencillamente, mirar, escuchar y guardar en el corazón. Cuando nos sabemos los últimos entre los últimos, que serán ―ellos― los primeros.

Que África siga enseñándonos, entonces, a mirar en silencio.

Vengo a ti, hermano. Me costará, tal vez. Pero, desde el primer momento en que se entrecrucen los caminos de nuestros ojos, arderé en deseos de acogerte entero, de rendirte mi abrazo.

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En lo infinito de mi debilidad

Cuando la lluvia ya no empape la tierra
y se apaguen los frutos de los limoneros;
cuando reposen todos los fuegos
y venza a los rescoldos el viento de la noche;
cuando el guarda apague las luces de la feria
y nada sea ciertamente perfecto,
cuando perfectamente todo podría ser más
y empieces a echarme, sin querer, de menos;
allí, en lo infinito de mi debilidad,
donde ya no puedo y, sin embargo, crezco,
pequeño y entero te amaré.

Porque no es jamás, menos ahora,
tiempo de sequía o de ausencia,
ni el turno de lo oscuro o del silencio.
Sólo es que las grietas no son pocas:
¡mejor, digo yo, barro que hormigón!
Te confesaré, de todas las maneras,
que es entre los vanos de esta vasija
por donde se cuela el agua fecunda
que encenderá mañana nuevos frutos.
Te desnudo entonces mis rendijas
para que la luz no encuentre obstáculo
y así el fuego siga avivándonos
la bendita dicha de amarnos imperfectos,
frágil y eternamente bienaventurados.

No puede ser sino para siempre. Incondicionalmente ojalá.

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Yo te saludo, África

Cuando el viajero recorre por primera vez los caminos de Centroáfrica, no puede evitar quedar sorprendido por la intensidad que llegan a adquirir los intercambios de saludos con las gentes a las que encuentra. Si atraviesa el país en coche, bastará un sencillo movimiento de manos alzadas para que los lugareños, al borde del camino, reconozcan el gesto y lo devuelvan multiplicado, mediante un sonoro y risueño «Merciiiii!», mientras el vehículo continúa avanzando sin remedio sobre la tierra ocre y los ecos del agradecimiento se pierden en el aire. Si, por el contrario, transita a pie, contará con algunos segundos más para mirar a los ojos de la persona con la que se cruza y, aun sin conocerla, dirigirle en lengua sango un sencillo «Bara ala» (Yo le saludo), que seguramente desencadenará parecida reacción.

En ambos casos, lo habitual es que el viajero se sienta gratamente reconfortado por los benéficos efectos de su voluntad de acercarse, tímidamente siquiera, a quienes siempre tuvo tan lejos. Es difícil que ese «Merciiiii!» no llegue a sus oídos con una mezcla de calidez y reconocimiento. Quienes lo pronuncian parecen hacerlo con tanta alegría como sorpresa: los has mirado, los has identificado, los has hecho visibles, los has traído a tu vida por un instante.

Pongamos ahora que el viajero es, además, un cooperante o un misionero. Alguien que llega a servir, a ofrecer su tiempo y sus manos entre aquellos que ya le anticipan su gratitud. ¡Qué mejor manera de arrancar su experiencia, de saberse acogido, de creer que el primer paso está dado! La anécdota, sin duda, resultará hermosa entre las fotos que en Europa todos aguardan: las del mercado caótico y bullicioso con telas de mil colores colgando de cada puesto, las de los niños sonrientes de mirada traviesa, las de los atardeceres que hacen arder la selva de naranja. Las que yo también envío, de cuando en cuando.

¿Porque esto es África?

No, las cosas no son tan sencillas. Afortunadamente.

Alguien especial me prometió, unos meses antes de venir, que África iba a modelarme, que me haría regresar distinto. Lo que no me recordó, lo que me permitió descubrir por mis propios medios, es que, para modelar el barro, es preciso primero derretirlo, deshacerlo. Des-hacerlo. Es decir, acabar con aquello que ya parecía hecho, perfilado, terminado… para volver a empezar. Para recrear lo que se había secado y fosilizado, humedeciéndolo y dándole nueva forma.

Yo me des-hago un poquito en este rinconcito del mundo cada vez que siento la derrota de mi cuerpo y de mis fuerzas, las que yo creía tan a prueba de casi todo. El calor húmedo y sofocante, el acecho de las enfermedades, la vulnerabilidad de tus defensas ―que todavía han de tomar la medida a la nueva latitud―, ese sutil pero incesante cansancio que acompaña invariablemente tus pasos a lo largo del día… son como gotas de agua que, cayendo desde lo alto, van horadando poco a poco tus rocosas seguridades, ¿tu pétrea vanidad? Te ponen a ras de suelo, te vuelven del color de la tierra, curan tus expectativas, relativizan tus agobios ―¿qué significará entonces cargar con la cruz del sida?― y te dejan desnudo ante tu humilde condición: no lo puedes todo, eres barro frágil, ahora no tienes que «hacer»: sólo «déjate hacer».

Y sí: yo me des-hago otro poco en este rinconcito del mundo cuando recojo la admiración con la que otros miráis mi presencia aquí, esta apuesta a ojos cerrados, y pongo en el otro platillo de la balanza la infinita pequeñez con la que afronto cada jornada mis quehaceres y mis silencios. Lo que cuentas es que viniste a vivir entre los más pobres de la tierra y lo que vives, sin embargo, tiene exceso de comodidad y poco de desprendimiento, mucho de fatiga y bastante menos de entrega a fondo perdido. Cada vez que acojo falto de paciencia y de ternura a uno de esos niños que, por decenas, vienen desde el amanecer a nuestra puerta para pedir un poco de agua o un cuaderno; cada vez que prefiero quedarme plácidamente encerrado en casa, en vez de salir al encuentro de quienes hoy serán olvidados por casi todos; ¿no escojo, en el fondo, seguir buscándome a mí mismo, por mucho que envuelva tal búsqueda en los atrayentes colores de la solidaridad? Definitivamente, la vasija que soy, la que ha de ir desmigajándose para que el Señor pueda modelar algo nuevo, ha llegado a África sobrada de grietas.

También me des-hago, cómo no, al experimentar en propia carne lo que significa ―aun en mi privilegiada condición― ser el distinto: el que pudo pagarse el largo viaje hasta aquí, el que a duras penas todavía habla la lengua del pueblo, el que se muestra tantas veces incapaz de comprender la cultura local, el que permanece al otro lado de la frontera… El que tiene, sobre todo, un raro color de piel. El blanco de todas las miradas: acogedoras, curiosas, cotillas, exigentes, burlonas o despectivas; pero siempre inevitables y descaradas. Y sólo a veces ―pero también― el blanco del rencor por una historia no reconciliada: la de aquellos, tan blancos como yo, que antes sojuzgaron este continente colonizándolo brutalmente y ahora lo sojuzgan colonizándolo económicamente. Que ¿no? es lo mismo.

Con infinita simplicidad, un muchacho me decía el otro día: «El mundo está mal hecho. Los blancos inventasteis el avión para poder venir aquí cuando quisierais, pero nosotros no tenemos permitido ir donde vosotros.» Y yo, pasado el primer trago, daba gracias en lo profundo. Felizmente, alguien venía a recordarme eso que siempre decimos con mayor convicción de la que sinceramente albergamos: que no estamos aquí para salvar a nadie. Que no nos han llamado, que no nos esperaban, que la vida pasa sin nosotros, que no tiene sentido creernos mínimamente necesarios. Que esto no es un decorado levantado a mayor gloria nuestra y que nadie lo desmontará cuando tomemos el vuelo de regreso. Que somos presencias insignificantes en medio de un sinfín de historias que van y vienen. Que cada una de ellas ya tiene ―y seguirá teniendo― su propio afán. Que no he venido aquí, en definitiva, para modelar ningún futuro ajeno, sino para dejar modelar primero mi barro por Aquel hecho carne entre quienes, a pesar de todo, abren un huequecito para darme la bienvenida al filo de sus luchas, sus penas y sus esperanzas.

…Y me des-hago, ojalá, porque no es justo. Porque todavía no hemos traído a la luz el Reino del amor y la fraternidad por el que cantamos y bailamos festivamente, con gozo inmenso, cada domingo. Porque es imposible no deshacerse, siquiera un poquito.

Este es mi barro. Esta es mi debilidad. Estos son los agujeros y las brechas por los que empieza, tal vez, a derretirse algo de lo viejo. O, por lo menos, estas son las palabras que intentan contarlo. Sobre ellas navego en este momento hacia mis primeros recuerdos de Centroáfrica, para traer de nuevo a mi corazón los sonoros y risueños «Merciiiii!» con que los lugareños, los que se quedaban al borde del camino, correspondían a mis saludos desde el coche. Para sentir ahora que no era yo quien los reconocía, quien los hacía visibles, quien los acogía con la mirada:

¡Eran ellos conmigo!

Con el pequeñito. Con el frágil. Con el que también necesita ser salvado.

Esto tampoco es África. Pero sí el pedacito de África al que voy dando, poco a poco, sentido. Saberme agrietado, presto a derretirme, me quita muchas etiquetas: la de útil, la de necesario, la de competente, la de experimentado, la de cooperante. La de servidor, incluso. Pero me hace saborear la dicha inmensa de que puedo empezar a sentirme en casa…

Humildemente, a echar raíces.

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La paz contigo

¿Y si ganar la paz comenzara
por la cumbre bilateral del abrazo,
por el valle de las lágrimas compartidas,
por ojos que hablaran ternura
y besaran heridas de guerra?

¿Y si ganar tu paz significa
volverme todo yo almohada,
descanso para tus inviernos de hoy,
refugio de incondicional centinela,
peregrino descalzo en tu piel,
un contigo sin mí, en ti mi morada?

Te esperaré con la lumbre encendida
para combatir el frío de tu batalla,
buscaré en el baúl que no tengo
algunos silencios dicientes
y todas las palabras mullidas,
pediré que Él nos habite
para hacer de cada paso un hogar,
cruzaremos juntos el ocaso
hacia el mar que enciende las estrellas.

Todo para ser, por fin,
la paz contigo.

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De ayunos y moradas

Y digo yo que esto de ayunar será una invitación a aligerar un poco nuestros equipajes, a descubrir lo mucho en lo poco, a desprendernos de tanto abrigo inútil, a prendarnos de quien sin prendas camina en el frío. Que no se tratará tanto de dejar la carne como de pedir un corazón de carne, unos ojos sensibles, con menos gafas oscuras y menos impermeables. Que nos toca abstenernos de egoísmos, privarnos de lo privado, olvidar por un tiempo nuestras miras chiquitas, sufrir… con cada vida que sufre y no encuentra refugio.

Queremos, sí, estómagos saciados, pero no ombligos que muevan el mundo ni tripas hastiadas de nada. Que esto del ayuno sea, entonces, cambiar el enfoque, derrocar la dictadura del tener, liberarnos de mochilas inútiles, sentir descansada la espalda, salirnos del centro del universo, poner al otro en el centro de nuestro caminar, perder un poquito el norte. Porque difícil será reconstruir moradas si nos afanamos en ponernos morados. Porque sólo es capaz de avistar las brechas de esta humanidad herida quien logra abrir brecha primero en su propia piedra, ésa que protege nuestras luchas pero aprisiona nuestra verdad.

Y digo yo, pues, que esto de ayunar será como un visado para habitar la tierra del otro, como un pasaporte hacia las vidas sin pan, como un vacío que clama por nuevos sentidos, como un abrir esa mano que antaño cerrábamos para defender lo nuestro, como un desnudarnos que nos acerque a los desnudados y expoliados de la historia. Como un silencio necesitado, entonces sí, de escuchar nuevas voces. Las de aquellos que hoy ven apagada la suya entre tanto consumo que nos consume, entre tanto bien mal repartido, entre tanta abundancia desconsolada.

No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea, el día en que el hombre se mortifica? Mover la cabeza como un junco, acostarse sobre estera y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no despreocuparte de tu hermano. Entonces brillará tu luz como la aurora, tus heridas sanarán rápidamente; tu justicia te abrirá camino, detrás irá la gloria del Señor. Y reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre los cimientos de antaño; te llamarán reparador de brechas y restaurador de moradas por habitar.

(del libro de Isaías, capítulo 58)

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