By

Yo te saludo, África

Cuando el viajero recorre por primera vez los caminos de Centroáfrica, no puede evitar quedar sorprendido por la intensidad que llegan a adquirir los intercambios de saludos con las gentes a las que encuentra. Si atraviesa el país en coche, bastará un sencillo movimiento de manos alzadas para que los lugareños, al borde del camino, reconozcan el gesto y lo devuelvan multiplicado, mediante un sonoro y risueño «Merciiiii!», mientras el vehículo continúa avanzando sin remedio sobre la tierra ocre y los ecos del agradecimiento se pierden en el aire. Si, por el contrario, transita a pie, contará con algunos segundos más para mirar a los ojos de la persona con la que se cruza y, aun sin conocerla, dirigirle en lengua sango un sencillo «Bara ala» (Yo le saludo), que seguramente desencadenará parecida reacción.

En ambos casos, lo habitual es que el viajero se sienta gratamente reconfortado por los benéficos efectos de su voluntad de acercarse, tímidamente siquiera, a quienes siempre tuvo tan lejos. Es difícil que ese «Merciiiii!» no llegue a sus oídos con una mezcla de calidez y reconocimiento. Quienes lo pronuncian parecen hacerlo con tanta alegría como sorpresa: los has mirado, los has identificado, los has hecho visibles, los has traído a tu vida por un instante.

Pongamos ahora que el viajero es, además, un cooperante o un misionero. Alguien que llega a servir, a ofrecer su tiempo y sus manos entre aquellos que ya le anticipan su gratitud. ¡Qué mejor manera de arrancar su experiencia, de saberse acogido, de creer que el primer paso está dado! La anécdota, sin duda, resultará hermosa entre las fotos que en Europa todos aguardan: las del mercado caótico y bullicioso con telas de mil colores colgando de cada puesto, las de los niños sonrientes de mirada traviesa, las de los atardeceres que hacen arder la selva de naranja. Las que yo también envío, de cuando en cuando.

¿Porque esto es África?

No, las cosas no son tan sencillas. Afortunadamente.

Alguien especial me prometió, unos meses antes de venir, que África iba a modelarme, que me haría regresar distinto. Lo que no me recordó, lo que me permitió descubrir por mis propios medios, es que, para modelar el barro, es preciso primero derretirlo, deshacerlo. Des-hacerlo. Es decir, acabar con aquello que ya parecía hecho, perfilado, terminado… para volver a empezar. Para recrear lo que se había secado y fosilizado, humedeciéndolo y dándole nueva forma.

Yo me des-hago un poquito en este rinconcito del mundo cada vez que siento la derrota de mi cuerpo y de mis fuerzas, las que yo creía tan a prueba de casi todo. El calor húmedo y sofocante, el acecho de las enfermedades, la vulnerabilidad de tus defensas ―que todavía han de tomar la medida a la nueva latitud―, ese sutil pero incesante cansancio que acompaña invariablemente tus pasos a lo largo del día… son como gotas de agua que, cayendo desde lo alto, van horadando poco a poco tus rocosas seguridades, ¿tu pétrea vanidad? Te ponen a ras de suelo, te vuelven del color de la tierra, curan tus expectativas, relativizan tus agobios ―¿qué significará entonces cargar con la cruz del sida?― y te dejan desnudo ante tu humilde condición: no lo puedes todo, eres barro frágil, ahora no tienes que «hacer»: sólo «déjate hacer».

Y sí: yo me des-hago otro poco en este rinconcito del mundo cuando recojo la admiración con la que otros miráis mi presencia aquí, esta apuesta a ojos cerrados, y pongo en el otro platillo de la balanza la infinita pequeñez con la que afronto cada jornada mis quehaceres y mis silencios. Lo que cuentas es que viniste a vivir entre los más pobres de la tierra y lo que vives, sin embargo, tiene exceso de comodidad y poco de desprendimiento, mucho de fatiga y bastante menos de entrega a fondo perdido. Cada vez que acojo falto de paciencia y de ternura a uno de esos niños que, por decenas, vienen desde el amanecer a nuestra puerta para pedir un poco de agua o un cuaderno; cada vez que prefiero quedarme plácidamente encerrado en casa, en vez de salir al encuentro de quienes hoy serán olvidados por casi todos; ¿no escojo, en el fondo, seguir buscándome a mí mismo, por mucho que envuelva tal búsqueda en los atrayentes colores de la solidaridad? Definitivamente, la vasija que soy, la que ha de ir desmigajándose para que el Señor pueda modelar algo nuevo, ha llegado a África sobrada de grietas.

También me des-hago, cómo no, al experimentar en propia carne lo que significa ―aun en mi privilegiada condición― ser el distinto: el que pudo pagarse el largo viaje hasta aquí, el que a duras penas todavía habla la lengua del pueblo, el que se muestra tantas veces incapaz de comprender la cultura local, el que permanece al otro lado de la frontera… El que tiene, sobre todo, un raro color de piel. El blanco de todas las miradas: acogedoras, curiosas, cotillas, exigentes, burlonas o despectivas; pero siempre inevitables y descaradas. Y sólo a veces ―pero también― el blanco del rencor por una historia no reconciliada: la de aquellos, tan blancos como yo, que antes sojuzgaron este continente colonizándolo brutalmente y ahora lo sojuzgan colonizándolo económicamente. Que ¿no? es lo mismo.

Con infinita simplicidad, un muchacho me decía el otro día: «El mundo está mal hecho. Los blancos inventasteis el avión para poder venir aquí cuando quisierais, pero nosotros no tenemos permitido ir donde vosotros.» Y yo, pasado el primer trago, daba gracias en lo profundo. Felizmente, alguien venía a recordarme eso que siempre decimos con mayor convicción de la que sinceramente albergamos: que no estamos aquí para salvar a nadie. Que no nos han llamado, que no nos esperaban, que la vida pasa sin nosotros, que no tiene sentido creernos mínimamente necesarios. Que esto no es un decorado levantado a mayor gloria nuestra y que nadie lo desmontará cuando tomemos el vuelo de regreso. Que somos presencias insignificantes en medio de un sinfín de historias que van y vienen. Que cada una de ellas ya tiene ―y seguirá teniendo― su propio afán. Que no he venido aquí, en definitiva, para modelar ningún futuro ajeno, sino para dejar modelar primero mi barro por Aquel hecho carne entre quienes, a pesar de todo, abren un huequecito para darme la bienvenida al filo de sus luchas, sus penas y sus esperanzas.

…Y me des-hago, ojalá, porque no es justo. Porque todavía no hemos traído a la luz el Reino del amor y la fraternidad por el que cantamos y bailamos festivamente, con gozo inmenso, cada domingo. Porque es imposible no deshacerse, siquiera un poquito.

Este es mi barro. Esta es mi debilidad. Estos son los agujeros y las brechas por los que empieza, tal vez, a derretirse algo de lo viejo. O, por lo menos, estas son las palabras que intentan contarlo. Sobre ellas navego en este momento hacia mis primeros recuerdos de Centroáfrica, para traer de nuevo a mi corazón los sonoros y risueños «Merciiiii!» con que los lugareños, los que se quedaban al borde del camino, correspondían a mis saludos desde el coche. Para sentir ahora que no era yo quien los reconocía, quien los hacía visibles, quien los acogía con la mirada:

¡Eran ellos conmigo!

Con el pequeñito. Con el frágil. Con el que también necesita ser salvado.

Esto tampoco es África. Pero sí el pedacito de África al que voy dando, poco a poco, sentido. Saberme agrietado, presto a derretirme, me quita muchas etiquetas: la de útil, la de necesario, la de competente, la de experimentado, la de cooperante. La de servidor, incluso. Pero me hace saborear la dicha inmensa de que puedo empezar a sentirme en casa…

Humildemente, a echar raíces.

By

No hay en el mundo una fuerza

Atardecer en Bangassou

No hay en el mundo una fuerza
capaz de arriar mis banderas
ni existe allá fuera poder
ante el que rendir todas mis patrias.
No hay, parece, razón
por la cual derribar estos muros,
motivo para dejar atrás
el baluarte de mis dioptrías cansadas,
porqué que invite a vivir
desviviéndome en otra frontera.

No hay en el mundo una fuerza
que prometa eternidades cotidianas,
resurrección de la primavera entre el frío,
un milagro a la vuelta de la esquina,
un sentido fuera de mis planes,
un tren hacia lo incierto,
un incierto que sana.

No es posible que exista ese nervio;
feliz era yo sin destinos movedizos.
No puede haber en el mundo potencia
que rasgando mi certeza me salve,
como hoja caduca que cae
para alfombrar de hermosura los campos.
No hay en el mundo una fuerza
que, al romper, por siempre repare.

No hay en el mundo una fuerza
salvo una.

Tú,
Él en ti.

Luna llena

By

Pedacitos de eternidad

Era Pascua y yo pensaba que, si el amor nunca muere,
entonces cada gesto de amor nuestro es un pedacito de eternidad
que fecunda este presente y anticipa una primavera sin inviernos.

Montaje elaborado a partir de la canción «Sólo el amor», compuesta por Silvio Rodríguez
e interpretada por León Gieco. Algunas de las imágenes han sido tomadas del corto de
animación «El alfarero», cuyo visionado os recomiendo vivamente.

By

Rosa de Alejandría

Ahora, de improviso, reconocía en los pensamientos de un desconocido aquello que décadas antes le era querido…

VASILI GROSSMAN, Vida y destino

rosa-amarilla.jpgLa historia es sencilla. O no. Un amigo que se llega hasta la bandeja de entrada de mi correo electrónico; él, lector querido de este blog. Para decirme que lo que un desconocido dejó escrito hace años y lo que yo he compartido a lo largo del último en esta alfarería de barros en construcción… se entrelazan. Se complementan. Se explican. Tienen sentido lo uno al lado de lo otro. Como si en realidad hubieran salido del mismo corazón o constituyeran el recuerdo, negro sobre blanco, de idénticas experiencias. Me escriben, en definitiva, porque otro reescribió antes lo que yo había escrito después. O algo así.

Misterio.

El desconocido no lo es tanto. Se llama Manolo García, y tiene mucho arte. Y es verdad: él nunca lo sabrá, pero en los versos y en las notas de su «Rosa de Alejandría» consiguió sincronizar con la precisión del fino relojero aquello que ha hecho palpitar fuerte mi corazón a lo largo de estos meses de búsqueda en Roma. De mi querer adentrarme en el tiempo de las luces. De mi desear ser trigo en las eras (y nunca polvo en las aceras)…

[gplayer href=”http://alexsegrelles.marianistas.org/wp-content/audio/rosa_de_alejandria.mp3″ ][/gplayer]
«Rosa de Alejandría»
(Manolo García :: ver letra)

By

Un año y un día

Siempre estás tú escanciándome, llenándome este vaso de barro, hasta arriba, con el fresco brebaje de tu vino multicolor, de mil aromas. (…)
No, nunca cerraré las puertas de mis sentidos. (…)
Todas mis ilusiones arderán en fiesta de alegría, y todos mis deseos madurarán en frutos de amor.

RABINDRANATH TAGORE, Gitanjali

Hace algunas semanas leía a un amigo que ha leído a Roger Bartra. No sabía que Roger Bartra fuese un importante antropólogo. Pero eso no importa.

Roger Bartra dice en uno de sus libros que cierta variedad de aves necesita del contacto constante con otros miembros de la misma especie para poder mantener la calidad de su canto. Se ha demostrado que, si aislamos a un ejemplar cualquiera y le impedimos que escuche a sus compañeros, sus melodías irán desafinándose progresivamente. E, incluso, existe la posibilidad de que al cabo de un tiempo acabe olvidando cómo cantar. Es la escucha a los otros lo que permite a cada pájaro de tan peculiar especie seguir creando su música y regalándola al bosque. Sin el eco de quienes están a su lado, terminan quedándose mudos.

Hoy te confieso que, escribiendo en este pequeño rincón, me siento muchas veces pájaro a la busca de ecos con los que recordar la belleza del canto. Porque este compartir lanzando palabras al viento no tendría ningún sentido sin las que llegan de regreso, haciendo escala en tu corazón. Son muchas las huellas que encuentro tras cada mensaje y, recorriendo conmigo la silueta de cada una con las yemas de los dedos, me dejas intuir, siquiera un poquito, cómo ha podido resonar en ti (de qué forma única y especial) lo que, tan torpemente y desde tantas pobrezas, me he atrevido a contarte. Pero, sobre todo, son incontables las veces en que tu respuesta (tu abrirte sincero y generoso), me ha ayudado a llenar de sentidos nuevos, de vida abundante, lo que ya empezaba a fosilizar entre líneas más o menos bonitas; bajo la coraza que inevitablemente hacen crecer algunos miedos, no pocos complejos y nuestras siempre engañosas vanidades. Así, las palabras han conseguido convertirse en abrazo sentido, a pesar de la distancia y, en muchos casos, también del desconocimiento. Y nos han unido de una forma misteriosa que no deja de asombrarme y de modelar en mí una profunda alegría.

Por todo ello, querida lectora, querido lector, quiero decirte desde bien adentro, donde se obra el milagro: GRACIAS.

Hoy hace un año y un día que escribí por primera vez en este blog. Y siempre has estado Tú, llenándome este vaso de barro de mil aromas; trayendo a beber de él a tantos pájaros que combaten mi debilidad y mi olvido con su canto; invitándome (invitándonos) a modelarlo con la fuerza de nuestros deseos, que han de madurar en frutos de amor para este mundo que los anhela.

By

Dorar mi barro al calor de tu abrazo

alfarero.jpgDos amigos muy queridos pensaron en mí estas últimas semanas al encontrarse, ella con una canción, él con un texto, lanzados al vuelo con el mismo impulso del que intenté contagiarme cuando puse en marcha este pequeño rincón de la red. Y quisieron regalármelos. Para invitarme, para invitarnos, una vez más a ser barro húmedo en manos del Alfarero: a dejarnos modelar por ese amor que todo lo sobrepasa, abandonados a él con plena confianza.

Estos dos amigos no se conocen y sus respectivos regalos nacieron separados por casi dos milenios de historia. Pero hoy ambos se abrazan y se llenan de sentido al encontrarse en este espacio y en este tiempo; al susurrarse (y susurrarnos), con voces distintas pero idéntico espíritu, que estamos llamados, más que a hacer, a dejarnos hacer. Ése es nuestro desafío. Pero también nuestra esperanza.

Las palabras que interrogan…

Y si eres obra de Dios, contempla la mano de tu artífice, que hace todas las cosas en el tiempo oportuno, y de igual manera obrará oportunamente en cuanto a ti respecta. Pon en sus manos un corazón blando y moldeable, y conserva la imagen según la cual el Artista te plasmó; guarda en ti la humedad, no vaya a ser que, si te endureces, pierdas las huella de sus dedos. Conservando tu forma subirás a lo perfecto, pues el arte de Dios esconde el barro que hay en ti. Su mano plasmó tu ser, te reviste por dentro y por fuera con plata y oro puro, y tanto te adornará que el Rey deseará tu belleza. Mas si, endureciéndote, rechazas su arte y te muestras ingrato a aquel que te hizo un ser humano, al hacerte ingrato a Dios pierdes al mismo tiempo el arte con que te hizo y la vida que te dio: hacer es propio de la bondad de Dios, ser hecho es propio de la naturaleza humana. Y por este motivo, si le entregas lo que es tuyo, es decir tu fe y obediencia a él, entonces recibirás de él su arte, que te convertirá en obra perfecta de Dios.

SAN IRENEO (s. II)

…y la canción que responde. De Fray Nacho, sacerdote mercedario entregado a la pastoral penitenciaria, capellán de una prisión y, como el mismo se define, joven aprendiz de cantor:
[gplayer href=”http://alexsegrelles.marianistas.org/wp-content/audio/quedarme_a_tu_lado.mp3″][/gplayer]

Al final traigo este barro
tras torpes modelados de alfarero aficionado,
tras la lluvia de esta vida, que la llena de charcos;
a la hora del ocaso vuelvo a tu lado.
Al atardecer, cuando el día se retira ya cansado
y este barro pide a gritos modelarlo,
al calor del hogar que produce tu abrazo,
al sonido de la hoguera vuelvo a tu lado.
Hoy vuelvo a ti, vuelvo a tu lado,
cansado, perdido y agotado.
Y, en esta búsqueda, dame consuelo,
que ando perdido, que ando esperando,
quedarme a tu lado.
Y, al calor que tu das, seca este barro,
que quiero dorarme al calor de tu abrazo,
y quedarme a tu lado.

Gracias, Noe. Gracias, Paco. Por permitir que estas líneas sean el lazo que una lo que toca vuestro corazón y el mío. Nuestro barro.

» Vasijas antiguas…
En tus manos, Alfarero