Mirar con otro enfoque


 

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«En el colegio nos están pidiendo ya que nos hagamos una idea de qué carrera vamos a estudiar y cada vez queda menos tiempo para decidir. Tengo mucho miedo de escoger mal: al fin y al cabo me juego mi futuro.»

De la carta de una amiga, hace unos pocos días.

«Es como un desvío. Como cuando vas por la carrertera y hay un desvío hacia otro sitio pero a lo mejor vas hablando por el móvil, o estás discutiendo o pensando en lo que sea, y no te das cuenta y se te pasa. Y te jodiste porque ya no puedes volver atrás. Pues ese día es lo mismo: un desvío. Y es muy importante, porque puedes elegir por dónde va a seguir todo. Si por ese camino que es nuevo o no. Por eso tenemos que estar muy atentas, Zule, muy atentas. Porque hay muy pocas cosas buenas, y si encima se te pasan porque estás hablando con el móvil o pensando en otra cosa, sería una mierda, una mierda completa.»

De la película Princesas (F. León de Aranoa, 2005).
Diálogo rescatado en el estupendo blog de Fernando,
hace unas pocas semanas.

«El tren sólo pasa una vez en la vida.»

De ayer, de hoy y de siempre. Y de un buen amigo.

Viajar a través de la belleza de Guatemala puede convertirse, si el forastero es capaz de mirar con otro enfoque, en una permanente lección de vida.

Como una de las visitas imprescindibles para quien se acerca a aquellas tierras se erige, sin duda, la magnífica ciudad de Tikal, ruinas de gloria maya alzadas con majestuosidad entre la tupida arboleda que da forma a la selva húmeda y exuberante del Petén. Pero Tikal es un enclave aislado, alcanzable tan solo a través de una modesta carretera desde Flores, la hermosa capital departamental que, varada junto al infinito lago Petén Itzá, ejerce como principal nudo de comunicaciones de la región.bus-guatemala.jpg Por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde se organizan todas las excursiones hacia Tikal. Y, por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde el viajero que ya haya admirado la belleza de sus pirámides (y que desee regresar al centro o al sur del país) deberá tomar una importante decisión. Porque, en efecto, dos serán las alternativas que encontrará para volver al corazón de Guatemala: La más cómoda permite viajar en un autobús con abundantes plazas que, seguramente, décadas atrás lo fue de alguna escuela infantil estadounidense. La más interesante, quizá, la ofrecen los conductores de los pequeños colectivos que, con una mayor frecuencia, parten de la estación central…

El colectivo está a punto de salir hacia la Alta Verapaz y tenemos la suerte de llegar justo a tiempo a la estación. De haber tardado unos pocos minutos más, lo habríamos perdido, pensamos. El vehículo que nos espera no difiere demasiado de los que ya hemos conocido estacion-colectivos.jpgen nuestros trayectos por Cobán, la ciudad que nos acoge: se trata de una furgoneta bajita y de no más de doce plazas en la que, sin embargo, suelen entrar muchos más viajeros, componiendo escenas a medio camino entre lo pintoresco y lo asfixiante, en las que no suelen faltar mujeres dando el pecho a sus bebés, mercancías de los tipos más diversos y, en ocasiones, tampoco alguna que otra gallina. Pero esta vez nos sentimos afortunados: somos cuatro los voluntarios que viajamos y tan solo un par de personas más se unen a la expedición. Por lo menos podremos estirarnos cómodamente hasta la próxima estación, para la que, con un poco de suerte, todavía nos quedarán unos cuantos kilómetros.

Nuestra sorpresa llegará nada más salir de la terminal, cuando el niño que acompaña al conductor (el gritón) saque por primera vez su cabeza por la ventana para anunciar el destino de la camioneta. Lo hace con voz rasgada y sin apenas darse tiempo para pronunciar el nombre completo de la ciudad antes de volver a empezarlo de nuevo: «¡Cobáncobáncobáncobáncobánnnnn!». Y entonces nos percatamos de que la próxima estación es cada calle, cada esquina, cada rincón donde aparezca alguien que (sea premeditamente, sea por un extraño y súbito impulso) mercado-carcha.jpgquiera viajar hacia el sur. El colectivo dibuja, pues, un sinuoso trazado sobre el plano de Santa Elena (la prolongación sobre tierra de la ciudad cuyo corazón late en la isla de Flores), sin evitar ni tan siquiera las estrechas calles del mercado. Cada vez que un pasajero lo detenga, se repetirá inevitablemente el mismo ritual: el gritón descenderá de la camioneta rápidamente y, con un movimiento sencillo y ágil, abrirá la puerta corredera de la cabina para, en menos de tres segundos, dejar acomodado al nuevo compañero de viaje. Y así sucederá hasta salir de la ciudad e, incluso, cuando el vehículo atraviese cualquier enclave mínimamente habitado o el conductor aviste algún distraído caminante, perdido en las soledades de la carretera. Nuestra pretendida e ingenua comodidad, desde luego, quedó arruinada muy pronto.

Primera enseñanza: Las estaciones no solo están donde siempre nos habían dicho que estaban. Cualquier lugar es bueno para subirse al tren si ardes en deseos de viajar. Si no llegaste a tiempo a la parada, ¡prueba a detenerlo!

Estamos atravesando las verdes llanuras del sur del Petén y la camioneta no deja de llenarse. Incluso en los lugares más recónditos aparecen trabajadores del campo; humildes vendedores que prueban suerte con su mercancía hoy a este lado de la carretera, mañana al otro; mujeres con sus niños pequeños en brazos. Los ocupantes del colectivo comenzamos a sufrir las consecuentes estrecheces: el calor y la humedad (de por sí sofocantes en esta zona de Guatemala) se hacen un poco más insoportables, y nuestra amiga I. colectivo-flores-sayaxche.jpgsiente cada vez más cerca el contundente machete para segar la hierba que cuelga del jornalero que viaja pegado a su izquierda. Una hora más tarde, somos más de treinta dentro: algunos sentados, la mayoría de pie y en las posiciones más inverosímiles. El gritón viaja ya con medio cuerpo fuera del vehículo, pero, para nuestro asombro, ello no le impide seguir anunciando con fuerza la disponibilidad del servicio. «¡Sayaxché, Libertad! ¡Hay plazaaaaaaaas!» Los cuatro voluntarios nos miramos atónitos mientras, a nuestro alrededor, nuestros compañeros de expedición (guatemaltecos todos y, deducimos, asiduos a esta línea) asisten impasibles a la escena. Pues sí: parece que todavía hay plazas.

Segunda enseñanza: El tren no es solo para unos pocos elegidos. O para los que llegaron a tiempo. O para los que lo cogieron primero. Por muy lleno que esté, si quieres viajar, siempre hay un espacio para ti.

Llegamos a Sayaxché, al sur del Petén. Todavía no hemos cubierto ni la mitad del camino pero, alcanzada esta altura del trayecto, el conductor se detiene y nos invita a bajar. sayaxche-rio-pasion.jpgFrente a nuestros ojos, una imagen que, no por ya conocida, nos resulta menos impactante: estamos frente al río de la Pasión, un torrente majestuoso de vida que se abre paso mansamente a través de un ancho cauce al que abrazan veredas de árboles tropicales. Ningún puente se ha atrevido a abrirle una cicatriz; tal es el miedo a lastimar su belleza. ¡No!, no hay puentes, ni tan siquiera en esta ciudad de más de cincuenta mil habitantes, en este importante cruce de caminos. Bien es cierto que el colectivo podría vadear el envite situándose sobre la ingeniosa plataforma móvil que va desplazándose alternativamente entre una y otra orilla, pero parece que, llegados a este punto, le resulta más rentable regresar a Flores. Nos aseguran, de todas formas, que un vehículo idéntico nos espera al otro lado de la Pasión. Cruzamos el río en una barcaza y lo encontramos, efectivamente, dispuesto. Muy pocos nos subimos, pero ahora ya estamos seguros de que ello no nos asegurará ni más comodidad ni una mayor dosis de aire puro en el habitáculo. Entramos en el casco urbano de Sayaxché y le damos dos vueltas. El nuevo gritón repite el ritual, la camioneta se llena y nosotros nos sentimos ya un poco menos extranjeros.

Tercera enseñanza: El viaje es largo y se manifiesta siempre repleto de pasiones. Pasiones que unas veces toca vadear; otras, abrazar; y siempre, afrontar. En todo caso, nuestros trenes, por sí solos, se demuestran incapaces de vencer todos los obstáculos. Haber logrado montarnos en uno no nos garantiza la tranquilidad de un futuro que ya solo dependa de cómo seamos capaces de mantenernos a bordo.

Hemos entrado ya en la Alta Verapaz y confiamos en que, a pesar de las estrecheces, no nos toque vivir nuevos sobresaltos hasta nuestra llegada a Chisec, la localidad en la que nuestros amigos nos van a recoger para llevarnos a un pequeño paraíso: las mágicas y recoletas cuevas de Candelaria. La ciudad en la que hemos de apearnos nos es desconocida pero, una vez bajemos de la camioneta, pensamos orientarnos con la ayuda del conductor antes de que el colectivo siga su camino hacia Cobán, el destino que los gritones llevan anunciando desde que salimos, hace ya unas cuantas horas, de Flores.encrucijada-chisec.jpg Muy pronto, sin embargo, la juguetona trama de este viaje habrá de zarandearnos con un nuevo imprevisto. Porque, en realidad, este servicio no lleva a Cobán y ni tan siquiera alcanza Chisec, nos informan nuestros vecinos. Tan solo nos dejará en el siguiente cruce de caminos, donde otras furgonetas, dicen, aguardan a la espera de viajeros que quieran dirigirse, no solo hacia el sur (la única ruta posible, según nuestra limitada perspectiva), sino también a otros puntos de la geografía más cercana. Nos vemos empujados, pues, a lo que parece una interminable carrera de relevos, en la que cada bifurcación nos obligará a buscar de nuevo asiento en otra camioneta, a parapetarnos en un nuevo reducto de aire más o menos respirable… a preguntarnos, en fin, adónde estamos yendo realmente.

Cuarta enseñanza: Ninguno de nuestros trenes, tan humanos, tan limitados, nos lleva hasta un destino final e inexorable. No hay decisión, por muy definitiva que la consideremos, que tarde o temprano no se vea obligada a pararse ante una nueva encrucijada.

Hay trenes que pasan solo una vez a lo largo de nuestra existencia, quizá. Hay, sin duda, opciones, elecciones, que nos marcan profundamente para el resto de nuestros días; que escriben con tinta indeleble la historia personal de la que somos siempre, y al mismo tiempo, hijos y padres, llave.jpgdeudores y agraciados. Y hay, cómo no, momentos en la vida en los que un arrebato de valentía, una apuesta por la generosidad o un hálito de lucidez, pueden marcar la diferencia para mucho tiempo. Pero me resisto a creer, como la Caye de Princesas, que un instante de despiste (se condense éste en un segundo o en quién sabe cuántos años) pueda sellar nuestro destino y dejarlo visto para sentencia. Como me resisto a creer, mi querida amiga, que te vayas a jugar todo tu futuro en la carta que ese crupier impaciente llamado convencionalismo social te obliga ahora a apostar. Como no puedo concebir, en definitiva, que un Dios que nos ama hasta el infinito no nos conceda (en nuestros dones, en nuestros talentos, en nuestra sensibilidad para escuchar su llamada) la posibilidad inagotable de volver a construir de nuevo el mañana, por mucho que ayer erráramos el camino.

Porque no hay decisión que no traiga consigo nuevas encrucijadas. Porque nuestros billetes hacia felicidades efímeras no son capaces por sí solos de sortear los obstáculos. Porque para tus sueños no hay hora de salida ni estación de embarque predeterminada. Porque en el único tren que de verdad lleva a la plenitud, milagrosamente y por muy lleno que circule…

…siempre, esperándote, ¡hay plazaaaaaaaas!

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El Infinito es Amor.

Como muy bien sabemos por experiencia propia, el amor consiste en darse y no en coger… Somos una vasija demasiado pequeña para poder contener el Infinito. El amor es extásis. Nos hace ser más, haciéndonos salir de nosotros mismos. Y el Infinito puede expresarse totalmente en él.

Cuando me preguntan por qué hemos nacido, respondo simplemente: «¡Para aprender a amar!».

¡Sí!, La vida me ha enseñado que vivir es un poco de tiempo concedido a nuestras libertades para prepararse al eterno encuentro con el Amor Eterno. Por eso, si hoy puedo transmitir alguna certeza a los que van a luchar para poner más humanidad en todo, es ésta –decididamente, no sé decir otra cosa–: «La vida consiste en aprender a amar».

ABBÉ PIERRE, Testamento (adaptación)

Año Nuevo: tiempo de propósitos, dicen. Aunque yo nunca fui de los que se los plantean y escriben en una lista…

Dice la Real Academia que un despropósito puede ser algo dicho o hecho fuera de conveniencia. Esto me gusta más. Porquelista.jpg dice también la Real Academia que la conveniencia se puede entender como utilidad o provecho. Y como el amor no entiende ni de utilidades ni de provechos, acabo de decidir que este año, por primera vez, quiero tener una lista… de des-propósitos.

Es ésta:

1. Recordar que «somos una vasija demasiado pequeña para contener el Infinito».

2. Salir de mi vasija (para poder empaparme del Amor, con mayúscula).

3. Intentar encontrar en cada segundo, en cada instante, en cada persona, en cada situación, en cada alegría, en cada decepción, en cada mirada, en cada abrazo, en cada injusticia, en cada espalda vuelta, en cada rostro que se muestra… una oportunidad para seguir aprendiendo a amar. O sea, para seguir viviendo.

Y no es para el 2008. Es para la vida. Para esta vida de barro.

¡Feliz Año Nuevo!

Felices 366 nuevos amaneceres, que se nos regalan para mirarlo todo…

…como si siempre fuera la primera vez.

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Hoy, tan solo dos fotos y seis versos.

1. Mis amigos de la revista digital FAST (estupenda) tienen el cariñoso detalle de publicar el humilde poema que me nació frente al atardecer de Spoleto, pero escogen otras fotografías para acompañarlo. Y me encantan. Ésta en especial:

ver-creer.jpg

En el libro de la calle encontramos a veces los pensamientos más sabios.

2. Me reencuentro una vez más con el arte y la sensibilidad de Antonio Mas. Con el pensamiento callejero en el corazón, me impresionan, sobre todo, una fotografía (el rostro oculto de un mendigo) y los versos con los que ilumina otra de sus instantáneas, otra imagen totalmente distinta. Sin su permiso y con su permiso, yo también juego a mezclarlos y a confundirlos, para recién nacerlos dentro de mí…

mendigo-calle.jpg

No busques lejos
a quien te roza la piel.

No busques fuera
a quien está dentro.

No mires arriba,
mira a tu alrededor.


Vidas entrelazadas, puentes tendidos, caminos de ida y vuelta… Siempre más allá de lo que vemos, siempre más acá de…

» Vasijas antiguas…
Si creyera tan solo en lo que veo

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mattina_a_monteluco.jpg

Si creyera tan solo en lo que veo,
creería tan poco,
tan poco…

No creería en la aurora
que, oculta entre los grises colosos
de nuestras ciudades anónimas,
cada mañana resucita la vida.

No creería en la levadura,
fermento humilde del pan
que día a día obra,
discreta y olvidada,
el milagro de saciarnos.

No creería en la semilla
ni en la fuerza apasionada que la impulsa desde la tierra
para que pueda abrirse paso y darnos fruto
desde lo pequeño, lo sencillo, lo oculto.

Ni creería en los bosques,
en su crecer tranquilo y sereno
frente al ruido que nos aturde
cuando unos pocos árboles caen
y ellos callan.

Y es que si creyera tan solo en lo que veo,
creería tan poco,
tan poco…

mattina_a_monteluco.jpg

No creería en los maestros,
porque ellos no creerían
en la sonrisa que todavía no es,
en la ilusión que solo es cuando sonríe.

Ni creería en el silencio;
ni querría aprender a escucharlo,
a sentir la voz de lo profundo
cuando enmudecen mis historias y mis histerias,
mis ruidos y mis miedos.

No creería en la paz ni en la justicia,
ni en el poder de la alegría
ni en la fuerza del ejemplo.
Tampoco en el viento.

No creería en el futuro
que tenemos entre nuestras manos,
en la esperanza de hacerlo nuevo.
De hacerlo bueno.

Ni creería en las estrellas que no vemos
desde este edén de sueños y hormigón.

Si creyera tan solo en lo que veo,
no creería en este atardecer de la Umbría
que se pierden casi todos,
mientras nuestro amor crece,
y tú no lo sabes,
frente al tramonto, en Spoleto.

Y no creería en Ti,
que me haces ver todo en todos
y a Ti en todo.
Y así creer en lo que veo.

tramonto_da_monteluco.jpg

A partir de unos versos de Valeska C.
En Monteluco (Spoleto), un domingo cualquiera de noviembre. Al atardecer.

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necesitados.jpg

Etiquetas que sirven para muy poco, nombres que confuden nuestra mirada y equivocan nuestro caminar. Porque, ¿quiénes son hoy los necesitados de nuestro mundo?

Cuando duermo todas las noches,
¿cómo me llamo o no me llamo?
¿Y cuando me despierto quién soy
si no era yo cuando dormía?

Esto quiere decir que apenas
desembarcamos en la vida,
que venimos recién naciendo,
que no nos llenemos la boca
con tantos nombres inseguros,
con tantas etiquetas tristes,
con tantas letras rimbombantes,
con tanto tuyo y tanto mío,
con tanta firma en los papeles.

Yo pienso confundir las cosas,
unirlas y recién nacerlas
entreverarlas, desvestirlas,
hasta que la luz del mundo
tenga la unidad del océano,
una integridad generosa,
una fragancia crepitante.

PABLO NERUDA, Demasiados nombres

Hagamos recién nacer la tierra, para que nuestras cómodas palabras, nuestras apoltronadas etiquetas, acaben por confundirse. Para que no haya necesitados.

Tan solo así lograremos que otros también dejemos de estar tan… necesitados.

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mariposa.gifA veces basta un pequeño y sencillo símbolo para llevar en silencio palabras de vida a quien más las necesita…

Cuentan que un hombre amante de la naturaleza contemplaba un día asombrado cómo una mariposa trataba de liberarse del capullo, haciendo fuerza contra sus paredes, para poder al fin echar a volar. Habían transcurrido ya unas cuantas horas desde que apareciera la primera abertura en el esqueleto externo de la crisálida y, llegado cierto momento, nuestro protagonista concluyó que el hermoso insecto no sería capaz de progresar más por sí solo. crisalida.jpgAsí pues, decidido a ayudarla y a evitarle mayores sufrimientos, aquel curioso observador sacó del bolsillo una navaja y rasgó el capullo, para que la criatura pudiera salir fácilmente al exterior. Esperaba verla desplegar sus alas y agitarlas con frenesí. Sin embargo, el cuerpo de la mariposa estaba atrofiado y sus alas, aplastadas. Apenas podía moverse. Ya nunca sería capaz de volar.

Tiempo más tarde, aquel hombre descubriría que el terrible esfuerzo que durante horas estuvo contemplando, el que finalmente él había decidido evitar con un preciso corte de navaja, es precisamente el mecanismo que ha dispuesto la naturaleza para que las mariposas puedan robustecer su cuerpo y salir de la crisálida preparadas para emprender el vuelo. colegio.jpgLuchar por atravesar la pequeña abertura (pasar por la puerta estrecha) es la única forma que tienen de conseguir el vigor suficiente para iniciar el camino que están llamadas a vivir. En esa debilidad, se hacen fuertes.

Hace apenas dos meses, esta sabia enseñanza de la naturaleza, que en su día había compartido conmigo un buen amigo, se cruzó de nuevo en mi peregrinar por el mundo. Fue en Guatemala, cuando paseaba por las calles de Cobán y pensaba en cómo hablar de un Dios que se hace hombre a nuestro lado, también en las dificultades y en el sufrimiento, a chicos que, desafortunadamente, se han visto obligados a encarnar el dolor, la injusticia, la violencia, la falta de cariño o la pérdida de la inocencia en su día a día cotidiano. ¿Cómo encontrar palabras? ¿Cómo no sonar vacío?

mariposas.gifUn escaparate repleto de mariposas de colores, en una pequeña tienda de artesanía, me dio la respuesta. Mariposas de cerámica pintadas a mano, cada una con tonalidades distintas, cada una de un tamaño diferente. Cada una especial. En su compañía oramos con los chicos y chicas del colegio Nuestra Señora de la Esperanza, para, al final, regalárnoslas en un gesto de amor y mirada amable al futuro. Días después, se habían convertido ya en un símbolo lleno de complicidad entre nosotros, en ese pequeño recuerdo que fija en nuestro corazón creacion.jpgla confianza profunda de que Dios nos acompaña siempre y da sentido a todo lo que encontramos en nuestro caminar. Incluso a los obstáculos, que nos ayudan a volar más alto, a saltar más lejos.

Entonces sobrevinieron las terribles inundaciones que sacudieron la Alta Verapaz a mediados de agosto. Y entonces bastó traer de nuevo a la vida de A. la mariposa que había perdido entre el lodo y la desolación para decirle: Te quiero. Estoy contigo. Cuenta conmigo. Tú puedes. Dios te acompaña, aquí y ahora. Lo mejor está por venir. Y nos abrazamos. Profundamente. Ya no hacían falta las palabras.

Semanas después regresé a España, con algunas mariposas en la maleta para compartir con personas queridas. La misma noche en que una de ellas la recibió con sumo cariño en su casa, ponían una serie de éxito en la tele: Perdidos. Y, caprichos de la Providencia, justo en el capítulo que emitían ese día sucedía esto…


Pedí fuerzas… y Dios me dio dificultades para hacerme fuerte.
Pedí sabiduría… y Dios me dio problemas para resolver.
Pedí prosperidad… y Dios me dio talentos para trabajar.
Pedí coraje… y Dios me dio obstáculos para superar.
Pedí favores… y Dios me dio oportunidades.
Pedí amor… y Dios me dio personas a las que entregarme.

Quizá incluso no recibí nada de lo que pedí…
pero recibí todo lo que precisaba.

clase.jpgHay una mariposa que nos mantiene unidos con nuestros chicos de Cobán, del colegio Nuestra Señora de la Esperanza, allende el océano. Y os contaré un secreto: cuando yo pensaba en cómo hablarles de un Dios que se hace hombre a nuestro lado, también en las dificultades y en el sufrimiento, creía que me tocaba a mí ser portador de la enseñanza y dejarla volar en su corazón. Pero, al final, fueron ellos los que se anticiparon. Porque su testimonio de fe, su lucha, su ilusión por un futuro nuevo y su voluntad de seguir adelante, a pesar de tanto y tanto dolor que ha atravesado sus vidas, logró rasgar en dos mitades todo aquello que yo podría haber querido decir. Y, sencillamente, me abrió al regalo de su presencia en mi vida, y de Su presencia en la de todos. Sobre todo, en los más sencillos. Los que todo te lo entregan.

mariposa-tikal.jpgA veces basta un pequeño y sencillo símbolo para llevar en silencio palabras de vida a quien más las necesita… Yo las necesitaba. En Guatemala dejé decenas de mariposas, pero me traje el vuelo ardiente y vibrante de otras tantas, que me impulsa cada día a confiar en un mañana nuevo, en el vino bueno que está por venir.

Ahora nos toca a todos, a ambos lados del océano, contarlo con nuestra vida. Para que el mundo se vea sacudido por un terremoto de amor.

Quizá será eso lo que llaman el efecto mariposa.

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