A veces basta un pequeño y sencillo símbolo para llevar en silencio palabras de vida a quien más las necesita…
Cuentan que un hombre amante de la naturaleza contemplaba un día asombrado cómo una mariposa trataba de liberarse del capullo, haciendo fuerza contra sus paredes, para poder al fin echar a volar. Habían transcurrido ya unas cuantas horas desde que apareciera la primera abertura en el esqueleto externo de la crisálida y, llegado cierto momento, nuestro protagonista concluyó que el hermoso insecto no sería capaz de progresar más por sí solo.
Así pues, decidido a ayudarla y a evitarle mayores sufrimientos, aquel curioso observador sacó del bolsillo una navaja y rasgó el capullo, para que la criatura pudiera salir fácilmente al exterior. Esperaba verla desplegar sus alas y agitarlas con frenesí. Sin embargo, el cuerpo de la mariposa estaba atrofiado y sus alas, aplastadas. Apenas podía moverse. Ya nunca sería capaz de volar.
Tiempo más tarde, aquel hombre descubriría que el terrible esfuerzo que durante horas estuvo contemplando, el que finalmente él había decidido evitar con un preciso corte de navaja, es precisamente el mecanismo que ha dispuesto la naturaleza para que las mariposas puedan robustecer su cuerpo y salir de la crisálida preparadas para emprender el vuelo.
Luchar por atravesar la pequeña abertura (pasar por la puerta estrecha) es la única forma que tienen de conseguir el vigor suficiente para iniciar el camino que están llamadas a vivir. En esa debilidad, se hacen fuertes.
Hace apenas dos meses, esta sabia enseñanza de la naturaleza, que en su día había compartido conmigo un buen amigo, se cruzó de nuevo en mi peregrinar por el mundo. Fue en Guatemala, cuando paseaba por las calles de Cobán y pensaba en cómo hablar de un Dios que se hace hombre a nuestro lado, también en las dificultades y en el sufrimiento, a chicos que, desafortunadamente, se han visto obligados a encarnar el dolor, la injusticia, la violencia, la falta de cariño o la pérdida de la inocencia en su día a día cotidiano. ¿Cómo encontrar palabras? ¿Cómo no sonar vacío?
Un escaparate repleto de mariposas de colores, en una pequeña tienda de artesanía, me dio la respuesta. Mariposas de cerámica pintadas a mano, cada una con tonalidades distintas, cada una de un tamaño diferente. Cada una especial. En su compañía oramos con los chicos y chicas del colegio Nuestra Señora de la Esperanza, para, al final, regalárnoslas en un gesto de amor y mirada amable al futuro. Días después, se habían convertido ya en un símbolo lleno de complicidad entre nosotros, en ese pequeño recuerdo que fija en nuestro corazón
la confianza profunda de que Dios nos acompaña siempre y da sentido a todo lo que encontramos en nuestro caminar. Incluso a los obstáculos, que nos ayudan a volar más alto, a saltar más lejos.
Entonces sobrevinieron las terribles inundaciones que sacudieron la Alta Verapaz a mediados de agosto. Y entonces bastó traer de nuevo a la vida de A. la mariposa que había perdido entre el lodo y la desolación para decirle: Te quiero. Estoy contigo. Cuenta conmigo. Tú puedes. Dios te acompaña, aquí y ahora. Lo mejor está por venir. Y nos abrazamos. Profundamente. Ya no hacían falta las palabras.
Semanas después regresé a España, con algunas mariposas en la maleta para compartir con personas queridas. La misma noche en que una de ellas la recibió con sumo cariño en su casa, ponían una serie de éxito en la tele: Perdidos. Y, caprichos de la Providencia, justo en el capítulo que emitían ese día sucedía esto…
Pedí fuerzas… y Dios me dio dificultades para hacerme fuerte.
Pedí sabiduría… y Dios me dio problemas para resolver.
Pedí prosperidad… y Dios me dio talentos para trabajar.
Pedí coraje… y Dios me dio obstáculos para superar.
Pedí favores… y Dios me dio oportunidades.
Pedí amor… y Dios me dio personas a las que entregarme.Quizá incluso no recibí nada de lo que pedí…
pero recibí todo lo que precisaba.
Hay una mariposa que nos mantiene unidos con nuestros chicos de Cobán, del colegio Nuestra Señora de la Esperanza, allende el océano. Y os contaré un secreto: cuando yo pensaba en cómo hablarles de un Dios que se hace hombre a nuestro lado, también en las dificultades y en el sufrimiento, creía que me tocaba a mí ser portador de la enseñanza y dejarla volar en su corazón. Pero, al final, fueron ellos los que se anticiparon. Porque su testimonio de fe, su lucha, su ilusión por un futuro nuevo y su voluntad de seguir adelante, a pesar de tanto y tanto dolor que ha atravesado sus vidas, logró rasgar en dos mitades todo aquello que yo podría haber querido decir. Y, sencillamente, me abrió al regalo de su presencia en mi vida, y de Su presencia en la de todos. Sobre todo, en los más sencillos. Los que todo te lo entregan.
A veces basta un pequeño y sencillo símbolo para llevar en silencio palabras de vida a quien más las necesita… Yo las necesitaba. En Guatemala dejé decenas de mariposas, pero me traje el vuelo ardiente y vibrante de otras tantas, que me impulsa cada día a confiar en un mañana nuevo, en el vino bueno que está por venir.
Ahora nos toca a todos, a ambos lados del océano, contarlo con nuestra vida. Para que el mundo se vea sacudido por un terremoto de amor.
Quizá será eso lo que llaman el efecto mariposa.
Confiar y Creer en la educación y Mirar con otro enfoque
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Mirar con otro enfoque
En estas semanas en las que las horas y los minutos parecen escapárseme de entre las manos, en estos días que nos vuelven a algunos aún más esclavos del inexorable avance de las agujas del reloj, me gusta recordar que muchos hermanos alrededor del planeta saben ofrecernos otra mirada sobre ese aliado que a veces, sin querer, convertimos en enemigo: nuestro tiempo. Así pudo comprobarlo el celebrado periodista polaco Ryszard Kapuściński cuando, a mediados de los años sesenta, viajaba como corresponsal por el África Negra y, mientras presenciaba el alumbramiento de un mosaico de nuevas esperanzas, se detenía con sensibilidad infinita ante los pequeños detalles de un mundo distinto que también es el nuestro…
El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo totalmente diferente: lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: «Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior.» El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y sus exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.
Cuánto podríamos aprender unos y otros del sentido que damos en nuestras sociedades al tiempo. De nuestra eficiencia y capacidad de previsión, de su visión elástica y abierta. Pero hoy, ante todo, quiero empaparme de la enseñanza que nos regalan los viajeros de Kumasi, tan capaces de relativizar la amenaza de los plazos, de liberarse de las cuentas atrás, de mirar con renovada sencillez el discurrir de la vida, de creer que, en el fondo, seguimos siendo dueños de nuestro tiempo.


