¿Quién construyo Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?(BERTOLT BRECHT)
Teresa, a mi lado, me toma el pelo diciéndome que tengo la cabeza llena de nombres propios. Deformación, quizás, de quien se apasionó estudiando la historia del mundo. O, mejor, una cierta historia del mundo.
En las últimas semanas, el paisaje centroafricano se ha llenado también de nombres propios. Tiempo de campaña electoral, baile de candidatos en las camisetas y las gorras que compran los votos de hoy y venden las promesas de siempre. Por los caminos de tierra rojiza circulan de boca en boca los apellidos y las frivolidades de los akota zo ―literalmente, los hombres grandes: los importantes, los potentados, los que tienen dinero, los
facilitadores de apaños y favores, quienes aparentemente hacen aquí las cosas posibles―. Los que pasarán, de alguna manera, a la historia oficial de este país; bautizarán sus calles olvidadas, llenarán de negro las páginas de los anales por escribir, y darán nombre a períodos y eras para que no se queden sin brújula los futuros navegantes del tiempo pasado. Hombres grandes de palabras generalmente pequeñas ―y de actos más pequeños todavía― que imponen el ritmo de nuestras tertulias y nos hacen creer que con ellos nos jugamos lo más importante.
Entre tanto ruido y tan pocas nueces, hemos conocido a Nicolas. Un kete zo, un hombre pequeño. Tan pequeño que se había vuelto menos que las gallinas que compartían patio con él en la prisión de Bangassou. A las gallinas, al menos, se las alimenta y cuida, se las protege y guarda.
Nicolas es otro de tantos. Otro anciano, pobre y sucio, que sobrevive agachando la cabeza en las periferias de una historia que, parece, no lo recordará. Otro nadie de esta tierra convertido en chivo expiatorio de la ira, la ignorancia y la injusticia. Otro residuo prescindible de la vida de Bangassou desechado al vertedero de la cárcel: el cemento pestilente como único lecho, los garrotazos de los gendarmes como mal menor. Y el miedo en la sala de espera de su corazón. El miedo a volver a ser libre: libre para pasear las calles de su barrio, libre para dejarse ver ante quienes le tienen preparado un nuevo linchamiento colectivo y sin piedad. Porque Nicolas es, para sus vecinos, un brujo, el causante de quién sabe qué desgracia, el culpable necesario, el hombre más pequeño, aquel sobre el que resulta más fácil descargar la frustración y la cólera: el que merece ser apaleado primero; arrastrado después hasta el calabozo; en fin, borrado allí para siempre del tiempo y de la memoria.
A Nicolas, desde luego, no lo aguardaban en la prisión ni una mínima higiene ni algo que llevarse a la boca ni sus derechos. Mucho menos un juicio justo; ni tan siquiera un juicio a secas, a pesar de que los hombres grandes que escriben el Código Penal de Centroáfrica siguen contemplando la brujería como un delito. Por eso, cuando una semana después de su ingreso nos encontramos por primera vez con él, sólo podía habitarle el silencio. Silencio aun a pesar de la celda nauseabunda, del maltrato de los vigilantes, del brazo roto y desencajado que le colgaba ya inerte como recuerdo de la paliza, de la imposibilidad de articular ni el más sencillo movimiento, de todas las manos que no estuvieron dispuestas a llevarlo al baño, del hambre y la sed que a nadie importaron, de la ausencia de cualquier explicación.
Silencio y nada más. La mirada al suelo. La condena al olvido.
Ninguna calle para ti, Nicolas.
No para darle tu nombre, claro.
Ninguna calle para que puedas, siquiera, existir.

Con profundo respeto hacia tu vida, Nicolas ―ojalá también con la humildad que ha de revestir a quien se permite contar al mundo una bocanada de tu historia sin que tú lo sepas y sin haber llegado de verdad a comprenderla―, me atrevo a decir que lo peor, lo más doloroso, no fue encontrarte con el brazo dislocado, punzante de dolor, inútil. O con el estómago vacío. O con la ropa maloliente. O con tu dignidad aplastada. Lo peor, desde esta mirada privilegiada y torpe, fue entender que ya no esperabas nada. Que toda lucha era inútil a tus ojos. Que eras demasiado consciente de cómo tu grito habría quedado,
en cualquier caso, ensordecido. Que por eso tocaba, sencillamente, callar y dejar morir el tiempo.
Te sabías ya exiliado para siempre de tu tierra, de tu historia y de la historia, aunque de ninguna de ellas hubieras salido en realidad.
Con los tuyos, sin embargo, más renglones hurtados a la biografía del mundo que habitamos. No olvidados. No pasados por alto. Renglones borrados. Deliberadamente. Existencias pequeñas que nos resultan molestas, chinitas sobre el encerado del salón de baile donde coreografían los nombres propios, los hombres grandes, las palabras esdrújulas.
También las mías. También estas.

¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados!: no muchos sabios en lo humano, no muchos poderosos, no muchos nobles. Ha escogido Dios más bien a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a los débiles del mundo para confundir a los fuertes. A los plebeyos y despreciados del mundo ha elegido Dios, a los que nada son.
(1 Cor 1, 26-28)
Nicolas reposa ya en el hospital de la diócesis de Bangassou. Manos amorosas sin eco en los telediarios lo han curado, lavado, limpiado, alimentado y acompañado. Y ahora anda confundiéndonos con su sonrisa de dignidad restaurada, de nadie reconocido alguien, a los que aquí somos mirados como nobles, sabios y fuertes. Él da gracias por que Dios nos ha enviado a rescatarlo. La verdad, no obstante, se nos revela bien distinta:
él es el elegido, aquel que nos hace sentir más cerca del Amor que nunca termina. Él es quien hace carne hoy, aquí, en medio de esta presencia nuestra tan pobre y limitada, en lo más profundo de nuestras entrañas realmente endurecidas, la revolución silenciosa del Evangelio. De esa Buena Noticia que grabó en nuestros anales para siempre todos los renglones borrados, a todos los hombres comunes. Que erigió en protagonistas de nuestra salvación a los tullidos, los leprosos, las mujeres rechazadas y los pobres de la Tierra. Que nos invita ahora a hacer visible un Reino con menos nombres propios y más servidores de paños fajados, donde ya no haya grandes y las calles de la historia puedan ser, simplemente, para todos.
En la radio siguen escuchándose a cada minuto los nombres propios de los fuertes y los nobles de este tiempo. Se proclaman los resultados de las elecciones y el futuro parece quedar en manos, una vez más, de los akota zo que rotulan los bulevares y creen designar la trayectoria de este mundo nuestro. Mientras el locutor va desgranando los datos del recuento y repitiendo la misma retahíla de apellidos que no deja de estar en boca de todos, en el corazón guardamos y contemplamos en silencio la sonrisa ¿anónima? de Nicolas. El hombre pequeño que nos devolvió esta semana, sin saberlo, al verdadero movimiento de la historia.
Cuya pequeñez se nos antoja, por eso, tan inmensa y tan sagrada.
Mirar con otro enfoque, Servir, Soñar una tierra nueva, Volver a empezar
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Servir



a pesar de que otros no pedían sino su castigo. Nos falló a la primera. Cuando todos dormían, lo descubrí entre el licor y la marihuana, lo llevé al salón de la casa y lo reprendí sin estridencias, pero severamente. Tanto que rompió a llorar sin control, como se rompe una vasija quebrada cuando lo que ya no cabe dentro desborda. Su llanto me impresionó. Le dije entonces que lo quería, que exigirle no significaba dejar de amarle y de buscar su bien. Fue en ese momento cuando se abalanzó sobre mí para aferrarse a mi pecho, para abrazarme con toda su fuerza, para pronunciar ―como un niño pequeño, aún balbuceante― aquella palabra que me desconcertó:
¿Cómo actuar ante todas las alumnas que por vergüenza se niegan a responderte, ante todos los chicos a quienes has de mantener dentro de la sala por mucho que molesten ―porque fuera, mirando por la ventana, sería peor―, o ante aquellos que se burlan de ti cada vez que te cuesta pronunciar una palabra en francés? ¿Es posible que uno no se sienta desbordado al comprobar cómo en tantas ocasiones se tratan estos jóvenes con dureza, cómo no dudan en acusar rápidamente al otro antes incluso de que tú preguntes ―y aun antes de que tú sepas que ha pasado algo malo―, cómo se vuelven implacables contra quien comete un error ―basta una letra mal deslizada en la pizarra―, cómo les cuesta compartir una simple hoja de papel? En fin, ¿existe algún modo de superar esa frontera por la que nunca dejo de ser a sus ojos el profesor exótico, el que contempla todo esto con tanta esperanza como desconcierto, el que echa de menos un ambiente algo más dulce y cariñoso, el que en verdad no entiende ―me dicen algunos― cómo se deben hacer aquí las cosas?
En efecto, aquí las cosas se suelen resolver de otro modo. Vara de madera para dispersar a los que perturban el orden, rodillas sobre la tierra si el chico habla de más, tercera ley de Newton aprendida en cada correctivo. Acción-reacción. Así, no debería haberme extrañado la respuesta que obtuve de un quinceañero cuando pregunté durante una lección de inglés si era preciso recurrir siempre a la amenaza del castigo para que las cosas pudieran funcionar mínimamente. Se levantó hastiado y me contestó: «En este lugar, profesor, o nos trata como animales o no logrará nunca que haya un buen comportamiento». Y ya no supe qué más decir, salvo que me negaba.
pero me enamora la sonrisa abierta y luminosa, sin escamoteos, con la que se pasea por el patio del colegio y me saluda cada mañana. También tengo presente a Mauricette, a la que le cuesta un poco más el estudio, pero no tanto ser la primera en pasar con dulzura por el portal de casa cuando uno se pone enfermo o cuando toca despedirse antes de las vacaciones. Admiro, por supuesto, a Loïs, callada y discreta como pocas, pero capaz de pelearse unas notas brillantes en un mundo en el que nadie se toma aún demasiado en serio el hecho de que una mujer vaya al colegio y se construya un futuro. Está, desde luego, Rodrigue, todo sensibilidad y gentileza a pesar de que, a estas alturas de su vida, ya le han fallado casi todos. O el pequeño Grâce-à-Dieu, que es capaz de reventar la mitad de mis clases, de reírse de mí hasta la extenuación, de granjearse el repudio de todos sus educadores… cuando, en realidad, lo que pide a gritos es misericordia ante una vida rota, en la que sobraron muchos palos y faltaron muchos…
Es lo que aprendo a decir y a vivir también cuando mis chicos llenan con ilusión las clases voluntarias de refuerzo que tan temerosamente inicié hace ya un par de meses. O cuando cada tarde escucho a tantos niños y jóvenes ensayar sin descanso los teatrillos de Navidad o los cantos del coro, con el mismo afán que tantas veces les falta para afrontar lo que les pedimos en el cole ―¿porque lo que necesitan es sentirse protagonistas de verdad?―. O cuando, ya de noche, al otro lado de nuestra pared, hay
Ellos y tantos otros son los resquicios por donde recién nacerá, también dentro de mí, la ternura. Ellos y todos los demás son esas flores que, por doquier en esta tierra ―también en la casa que nos acoge―, brotan en medio de los peñascos más agrestes, de las paredes más rugosas. Por ellos el Amor vuelve a hacerse niño, a traer el calor a los pesebres de la historia, a susurrar en nuestros corazones con infinita dulzura que podemos amar…
Y digo yo que esto de ayunar será una invitación a aligerar un poco nuestros equipajes, a descubrir lo mucho en lo poco, a desprendernos de tanto abrigo inútil, a prendarnos de quien sin prendas camina en el frío. Que no se tratará tanto de dejar la carne como de pedir un corazón de carne, unos ojos sensibles, con menos gafas oscuras y menos impermeables. Que nos toca abstenernos de egoísmos, privarnos de lo privado, olvidar por un tiempo nuestras miras chiquitas, sufrir… con cada vida que sufre y no encuentra refugio.
» Para profundizar…
Los niños del basurero de Cobán viven entre un mar de desechos y silencio.
los tubos de escape de las camionetas que se acercan a depositar los vertidos, ellos echan a correr a su encuentro sin perder ni un segundo. Entonces comienza la escena que día tras día se repite aquí de espaldas al mundo: sin esperar a que se el vehículo se detenga, los pequeños se encaramarán por sus laterales para comenzar a revolver entre la carga. Cada lata o cada botella que consigan ahora se convertirá después, junto a la balanza, en unos pocos quetzales. Junto a esa balanza, antaño emblema de la justicia, que hoy pende inerte a un lado del vertedero como doloroso recuerdo del olvido y la indiferencia.
derrumbo mientras contemplo cómo nuestros desechos caen sobre sus rostros inocentes; mientras experimento con profundo dolor que, en realidad, me separa de ellos un muro (de privilegios, a este lado; de negación, al suyo) que nunca podré traspasar. Un muro que nos aleja, que limita nuestro abrazo, que me impide
Sobre las estanterías encontrarán sus cuadernos, papel blanco con mucho futuro por escribir. Hay quienes ya dibujan las letras y quienes están aprendiendo a agarrar el lápiz, quienes todavía no se saben los colores y quienes te piden a gritos que les pongas más sumas. Alguno de los mayores se atreve incluso con las reglas de tres. Y uno no puede pedir ni puntualidad ni silencio, ni fidelidad ni orden. Se siente tentado, más bien, a permitir que estalle la vida entre esas cuatro paredes de block donde el vertedero que nos rodea parece más lejano que nunca, donde todavía es posible construir la esperanza para una generación que ya no debe vivir postrada.
Los niños del basurero de Cobán barren la escuelita y te ayudan a recoger las tazas después de recibir su desayuno. Mantener una pequeña (pero constante) presencia a través de las clases matutinas y de las comidas que se sirven a todo aquel que lo necesite ha permitido a
silencio, que echa a correr tras el rugir de las camionetas de la basura, que rebusca entre las montañas de lo que otros no quisieron, que ve caer la inmundicia sobre su rostro.

