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Cómplices traviesos de lo eterno

No sé si lo entiendo demasiado;
pero, inexplicablemente, todo concuerda:
el amor nunca pasa,
el bien no fue jamás en vano,
estalló la semilla ciega,
volvieron a florecer los cerezos,
¡no dieron la razón a quienes gritaron y crucificaron!
Ya no es tiempo de vendas
para las heridas del ayer:
la muerte no tiene poder
cuando esperar no hace más falta
para poder vivir, ya hoy,
cómplices traviesos de lo eterno,
en tierna mano resucitados.


Montaje de elaboración propia a partir de escenas de la película «Los miserables» (1998).
Las canciones son «Sin ti» de Fray Nacho y «Levántate y anda» de Álvaro Fraile.

 

Como el grano de arena que basta para inclinar una balanza es el mundo entero a tu presencia, como la gota de rocío que a la mañana baja sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; pues, si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo habría permanecido algo si no lo hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, que amas la vida.

(Sab 11)

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El Bien reinará

En lo pequeño está lo inmenso.
En la inmensidad del mundo nos nace
el Amor, pobre entre puertas cerradas.
Y en la inmensidad de la incertidumbre
brotan, discretas pero firmes,
las semillas del Reino del Bien,
habitado hoy menos que mañana.


Montaje de elaboración propia a partir de escenas de las películas
«El Señor de los Anillos: Las dos torres» y «Natividad»

 

 

¡Feliz recién nacer!

¡Feliz Natividad!

 

 

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Es veinticinco

Amarte bastante, amarte mucho,
es aún amar poquito,
con las pocas canas de los veintiocho
y los demasiados desiertos del todavía,
las arenas que nos beberemos luego.

No siempre llegué a tiempo,
es cierto: no siempre alcancé
tu vuelo, tu anhelo, tu cielo.
Mi consuelo
es la indulgencia de tus párpados
y este rabiosamente desear
que mi savia inunde tal vez
ese contoneo que se traen
tus hojas de palmera con el viento.

Sin embargo, bella,
ni tres años no es nada ni marchita la frente.
Febril la mirada y alma aferrada,
rendido a tu risa, ovillado a tu vera,
te espero mañana al filo del tiempo,
por ejemplo,
para celebrar un cumpleaños cualquiera:
tres años y un día
o vete a saber.

Al fin y al cabo, la manecilla gira sola
entre sirocos y oasis
todos los días, todos los minutos.
Y si esta la conmemoro, permíteme,
es solo porque me recuerda
que no puedo perder otro segundo
sin adorar el misterio del Amor grande
que tuvo para ti el que mucho me amó
para que pudiera, siquiera,
amarte bastante
o solo un poquito
y desbordarme.

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Empezar de nuevo

Quizá no nos habían dicho lo bastante
que, detrás de cada rincón,
la vida puede, sencillamente,
volver a empezar…


Montaje de elaboración propia a partir de una escena de la película
«El curioso caso de Benjamin Button»

 

¡Feliz recién nacer!

¡Él vendrá
y nos salvará!

 

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Los renglones borrados de la historia

¿Quién construyo Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?

(BERTOLT BRECHT)

Teresa, a mi lado, me toma el pelo diciéndome que tengo la cabeza llena de nombres propios. Deformación, quizás, de quien se apasionó estudiando la historia del mundo. O, mejor, una cierta historia del mundo.

En las últimas semanas, el paisaje centroafricano se ha llenado también de nombres propios. Tiempo de campaña electoral, baile de candidatos en las camisetas y las gorras que compran los votos de hoy y venden las promesas de siempre. Por los caminos de tierra rojiza circulan de boca en boca los apellidos y las frivolidades de los akota zo ―literalmente, los hombres grandes: los importantes, los potentados, los que tienen dinero, los facilitadores de apaños y favores, quienes aparentemente hacen aquí las cosas posibles―. Los que pasarán, de alguna manera, a la historia oficial de este país; bautizarán sus calles olvidadas, llenarán de negro las páginas de los anales por escribir, y darán nombre a períodos y eras para que no se queden sin brújula los futuros navegantes del tiempo pasado. Hombres grandes de palabras generalmente pequeñas ―y de actos más pequeños todavía― que imponen el ritmo de nuestras tertulias y nos hacen creer que con ellos nos jugamos lo más importante.

Entre tanto ruido y tan pocas nueces, hemos conocido a Nicolas. Un kete zo, un hombre pequeño. Tan pequeño que se había vuelto menos que las gallinas que compartían patio con él en la prisión de Bangassou. A las gallinas, al menos, se las alimenta y cuida, se las protege y guarda.

Nicolas es otro de tantos. Otro anciano, pobre y sucio, que sobrevive agachando la cabeza en las periferias de una historia que, parece, no lo recordará. Otro nadie de esta tierra convertido en chivo expiatorio de la ira, la ignorancia y la injusticia. Otro residuo prescindible de la vida de Bangassou desechado al vertedero de la cárcel: el cemento pestilente como único lecho, los garrotazos de los gendarmes como mal menor. Y el miedo en la sala de espera de su corazón. El miedo a volver a ser libre: libre para pasear las calles de su barrio, libre para dejarse ver ante quienes le tienen preparado un nuevo linchamiento colectivo y sin piedad. Porque Nicolas es, para sus vecinos, un brujo, el causante de quién sabe qué desgracia, el culpable necesario, el hombre más pequeño, aquel sobre el que resulta más fácil descargar la frustración y la cólera: el que merece ser apaleado primero; arrastrado después hasta el calabozo; en fin, borrado allí para siempre del tiempo y de la memoria.

A Nicolas, desde luego, no lo aguardaban en la prisión ni una mínima higiene ni algo que llevarse a la boca ni sus derechos. Mucho menos un juicio justo; ni tan siquiera un juicio a secas, a pesar de que los hombres grandes que escriben el Código Penal de Centroáfrica siguen contemplando la brujería como un delito. Por eso, cuando una semana después de su ingreso nos encontramos por primera vez con él, sólo podía habitarle el silencio. Silencio aun a pesar de la celda nauseabunda, del maltrato de los vigilantes, del brazo roto y desencajado que le colgaba ya inerte como recuerdo de la paliza, de la imposibilidad de articular ni el más sencillo movimiento, de todas las manos que no estuvieron dispuestas a llevarlo al baño, del hambre y la sed que a nadie importaron, de la ausencia de cualquier explicación. Silencio y nada más. La mirada al suelo. La condena al olvido.

Ninguna calle para ti, Nicolas.

No para darle tu nombre, claro.

Ninguna calle para que puedas, siquiera, existir.

Con profundo respeto hacia tu vida, Nicolas ―ojalá también con la humildad que ha de revestir a quien se permite contar al mundo una bocanada de tu historia sin que tú lo sepas y sin haber llegado de verdad a comprenderla―, me atrevo a decir que lo peor, lo más doloroso, no fue encontrarte con el brazo dislocado, punzante de dolor, inútil. O con el estómago vacío. O con la ropa maloliente. O con tu dignidad aplastada. Lo peor, desde esta mirada privilegiada y torpe, fue entender que ya no esperabas nada. Que toda lucha era inútil a tus ojos. Que eras demasiado consciente de cómo tu grito habría quedado, en cualquier caso, ensordecido. Que por eso tocaba, sencillamente, callar y dejar morir el tiempo.

Te sabías ya exiliado para siempre de tu tierra, de tu historia y de la historia, aunque de ninguna de ellas hubieras salido en realidad.

Con los tuyos, sin embargo, más renglones hurtados a la biografía del mundo que habitamos. No olvidados. No pasados por alto. Renglones borrados. Deliberadamente. Existencias pequeñas que nos resultan molestas, chinitas sobre el encerado del salón de baile donde coreografían los nombres propios, los hombres grandes, las palabras esdrújulas.

También las mías. También estas.

¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados!: no muchos sabios en lo humano, no muchos poderosos, no muchos nobles. Ha escogido Dios más bien a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a los débiles del mundo para confundir a los fuertes. A los plebeyos y despreciados del mundo ha elegido Dios, a los que nada son.

(1 Cor 1, 26-28)

Nicolas reposa ya en el hospital de la diócesis de Bangassou. Manos amorosas sin eco en los telediarios lo han curado, lavado, limpiado, alimentado y acompañado. Y ahora anda confundiéndonos con su sonrisa de dignidad restaurada, de nadie reconocido alguien, a los que aquí somos mirados como nobles, sabios y fuertes. Él da gracias por que Dios nos ha enviado a rescatarlo. La verdad, no obstante, se nos revela bien distinta: él es el elegido, aquel que nos hace sentir más cerca del Amor que nunca termina. Él es quien hace carne hoy, aquí, en medio de esta presencia nuestra tan pobre y limitada, en lo más profundo de nuestras entrañas realmente endurecidas, la revolución silenciosa del Evangelio. De esa Buena Noticia que grabó en nuestros anales para siempre todos los renglones borrados, a todos los hombres comunes. Que erigió en protagonistas de nuestra salvación a los tullidos, los leprosos, las mujeres rechazadas y los pobres de la Tierra. Que nos invita ahora a hacer visible un Reino con menos nombres propios y más servidores de paños fajados, donde ya no haya grandes y las calles de la historia puedan ser, simplemente, para todos.

En la radio siguen escuchándose a cada minuto los nombres propios de los fuertes y los nobles de este tiempo. Se proclaman los resultados de las elecciones y el futuro parece quedar en manos, una vez más, de los akota zo que rotulan los bulevares y creen designar la trayectoria de este mundo nuestro. Mientras el locutor va desgranando los datos del recuento y repitiendo la misma retahíla de apellidos que no deja de estar en boca de todos, en el corazón guardamos y contemplamos en silencio la sonrisa ¿anónima? de Nicolas. El hombre pequeño que nos devolvió esta semana, sin saberlo, al verdadero movimiento de la historia.

Cuya pequeñez se nos antoja, por eso, tan inmensa y tan sagrada.

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En el corredor de la vida

braccio-della-morte.jpg

Estoy encerrado en el corredor de la muerte desde hace ya cinco años. Entré aquí cuando era un chaval; ahora me he hecho un hombre y entiendo muchas cosas, pero ya no puedo hacer nada por mi vida. […] Aunque no podéis ayudarme a salir de aquí, siempre podéis escribirme, haceros amigos míos. […] He pensado que quizá vosotros tendréis la posibilidad de encontrar a alguien que quiera escribirme, porque yo en los últimos tiempos no sabía ya cómo pedir ayuda o amistad. […] La soledad de este lugar comienza a hacer efecto sobre mí. Me he dado cuenta de que puedo terminar muriendo aquí por algo que no he cometido. […] En el corredor de la muerte hay personas buenas e inteligentes, pero muchos no han tenido ninguna posibilidad en la vida. Miradme a mí: mi vida estaba apenas comenzando y ahora se acaba por una mentira. ¿Por qué?

DOMINIQUE GREEN,
desde una cárcel de Texas

dominique-green.jpgDominique fue condenado a morir cuando apenas había cumplido dieciocho años. Detenido violentamente e interrogado sin la posibilidad de ver a un abogado, se le acusaba de homicidio. El letrado de oficio que le fue asignado posteriormente presentó las pruebas que podían haberle ayudado en su defensa… fuera de plazo. Su historia, la de una vida difícil (nacido en el seno de una familia muy pobre, hijo de padres separados, cuidado por una madre con problemas psíquicos, madurado en el frío de los suburbios de Houston), se veía abocada a un final sin esperanza.

Pero Dominique se resistía a perder contacto con el mundo. Desde su pequeña celda, desde la misma en la que dibujaba y escribía poemas, se decidió un día a enviar una carta de la que pronto se haría eco la prensa. Dominique se preguntaba si alguien estaría dispuesto a hacerse amigo suyo a través de la correspondencia, a brindarle una ráfaga de la amistad que el mundo le había negado. Y, desde Roma, alguien contestó. Así nacieron la iniciativa “escribe a un condenado a muerte” y la lucha activa contra la pena capital promovidas por la Comunidad de Sant’Egidio.

La Comunidad de Sant’Egidio me invita a una velada-concierto contra la pena de muerte. Es 30 de noviembre, la lluvia nos concede una tregua en Roma. Faltan ya pocos días para que la ONU apruebe una pena-di-morte.jpgmoratoria universal de las ejecuciones (así ocurrió, efectivamente, el pasado lunes 18 de diciembre), y tras esa declaración se esconde mucho trabajo silencioso y encomiable de las buenas gentes de esta comunidad de laicos a favor de una justicia que no contemple la eliminación de la vida, que respete al ser humano y crea en su redención.

Ex condenados a muerte y familiares de víctimas se toman de la mano para hablarnos de perdón y de verdadera justicia, de reconciliación y de fe en el ser humano. Por su parte, la voz rasgada de Enrico Lo Verso y el tono profundo y cautivador de Mariano Rigillo nos leen cartas escritas desde el corredor de la muerte. Cartas que hablan de esperanza, de segundas oportunidades cuando ya todo parece perdido… de la importancia de escuchar una palabra amiga, de sentir una mano que consuele y confíe aun en la distancia. De que todos tenemos derecho a equivocarnos y a seguir siendo amados.

¿Segundas oportunidades? Sí, para nuestro asombro, así concebía Dominique su reclusión en el corredor de la muerte. Como una segunda oportunidad. Lo confiesa entre sus letras, cuando habla de cómo aprende a hacerse mayor a través de las sonrisas de sus compañeros y del cariño que le brindan sus amigos de correspondencia. Cuando sale a la luz desde una verdad punzante su profundo dolor; el sufrimiento de quien llegó siendo niño y morirá sin que la sociedad le haya concedido la posibilidad de ser hombre, y hombre bueno, para el mundo.

La velada toca a su fin. Nicola Piovani acaricia el piano. Nos regala el tema de una de sus bandas sonoras más conocidas, pero nosotros estamos esperando otra. La que acompañaba a Guido Orefice mientras éstela-vida-es-bella.jpg llenaba de alegría la vida de su esposa y de su pequeño en medio del horror del campo de concentración…

Dominique fue ajusticiado en octubre de 2004. Dejaba un rosario cuyas cuentas gustaba de acariciar mientras caminaba por los pasillos de la cárcel. Cada una representaba a un amigo, a alguien que le había concedido, de alguna forma, otra oportunidad. Su esperanza.

Hoy, Dominique, el parque de Primavalle (en Roma) lleva tu nombre. El nombre de un condenado a muerte. El nombre bajo el que ahora crecen las flores, corretean los niños, renacerá la primavera.

Al final reconocemos las notas del maestro Piovani que tan familiares se hacen en nuestra memoria y en nuestro corazón. Y sale Giorgia a cantarnos con su voz maravillosa.

Cierro los ojos.

La vida es bella.

Toda vida es bella.

» Sobre las iniciativas de Sant’Egidio contra la pena capital…
No alla pena di morte