Los juguetes de los niños centroafricanos son verdaderos prodigios de la ingeniería doméstica. A falta de todo ―literalmente: de todo―, buenos son unos cuantos desechos y la inagotable imaginación de los más pequeños para conseguir la diversión que en otras latitudes ya solo sabemos comprar a golpe de tarjeta. Mirad, por ejemplo, los kutukutu que se arrastran por doquier sobre la tierra rojiza de Bangassou. Eran viejas suelas de sandalia, latas de sardinas ya consumidas, pedazos de chapa y alambres inservibles, ramas de bambú arrancadas a la orilla del río. Hábiles y cuidadosas manos los han renacido en admirables cochecitos, dotados tantas veces del más completo equipamiento: un ingenioso sistema de suspensión a las cuatro ruedas, puertas de apertura silenciosa que permiten apreciar hasta los más sutiles detalles del salpicadero y ―he aquí la mayor genialidad― un tambor oculto bajo la carrocería que, asociado al giro de las ruedas y rozado por un mondadientes, logra remedar el runrún de un motor cuando el orgulloso propietario tira del vehículo calle abajo. No faltan, por supuesto, los grandes camiones de ronca garganta, al estilo de los que nos llegan, desde Bangui o desde la ribera congolesa, cargados de mercancías… y de personas llevadas como mercancías. O las excavadoras teledirigidas mediante hilos de marioneta, que quizá sueñan con encontrar adoquines al remover la arena de playa.

Más al este, camino de la frontera con Sudán del Sur, también vimos entre las manos de los niños muchos juguetes creados de la nada. Los kutukutu, eso sí, no nos parecieron allá tan abundantes como los gorros de camuflaje, las pistolas de madera o las imitaciones de kalashnikov. En los sueños de cada pequeño, el reflejo de la vida adulta que aguarda y seduce, tramposa tantas veces, a la vuelta de la esquina.

El oriente de la República Centroafricana, de nuestra diócesis de Bangassou, es tierra cargada de pólvora porque así lo quiere el Ejército de Liberación del Señor (LRA), nombre triplemente contradictorio de un grupo de fanáticos ugandeses que, liderado por Joseph Kony, ha hecho del pillaje, la razzia y el crimen sin piedad su forma de vida. Agazapados en las selvas, luchadores de nadie sabe qué causa, protagonistas de ningún telediario nuestro, vagan entre las fronteras gelatinosas del corazón de África sembrando el terror entre los más indefensos, aprovechándose de la mirada impasible de la comunidad internacional y añadiendo eslabones a una cadena de destrucción que nadie consigue romper. Para subsistir en su huida hacia delante, saquean brutalmente las aldeas. Para poder sostener sus efímeros campamentos, echan abajo lo poco que las gentes habían podido levantar a lo largo de su existencia. Para transportar el botín manchado de sangre, secuestran a familias enteras, a las que abandonan después en medio de la nada, tal vez con vida. Para permanecer bien atendidos, esclavizan a las niñas, y las convierten en sus cocineras, sus sirvientas y sus juguetes de usar y tirar. Para asegurar el futuro del movimiento, se llevan también a los niños, les ponen entre las manos un kalashnikov que ya no es de madera, y les roban para siempre el sencillo derecho a construirse un kutukutu y una vida en el amor.

A lo largo del eje carretero entre Rafaï y Obo, los tongo-tongo ―así se conoce popularmente a los miembros del LRA― nos parecieron insustituibles en la mayoría de las conversaciones. Los ecos aterradores del último ataque se entremezclaban con rumores de todos los pelajes, transmitidos a velocidad de crucero por el virus del miedo y portadores, en el fondo, de las preguntas que acechan a todos sin descanso: «¿cuándo será el siguiente?, ¿cuándo nos tocará a nosotros?». La más radical incertidumbre, el temor a un amanecer desgarrado por los disparos, la conciencia de un mañana que quizá no será, se han enseñoreado ya de estas tierras.

Entretanto, el incesante ir y venir de convoyes militares ugandeses provoca murmullo y despierta las miradas más hostiles. Los soldados ugandeses, enviados para pacificar la zona, son acusados por gran parte de la población local de colaborar ―o, al menos, contemporizar― con sus compatriotas tongo-tongo. Idénticos comentarios suscitan los peul, pueblo nómada dedicado a la ganadería trashumante; conocedor como ninguno de los secretos del bosque y la sabana; y, para no pocos, proveedor privilegiado de la milicia rebelde. Así lo escuchamos repetidamente, por mucho que se haya demostrado que los peul padecen igualmente los ataques indiscriminados del LRA. Cuando falta la paz, se alzan las barreras del recelo, crece el miedo al diferente y se pierde sin remedio la confianza en la bondad que habita lo más profundo de todo ser humano, venga de donde venga.

Los niños, a su vez, miran, escuchan y aprenden. En clase de Sexto ―aquí, los más pequeños de la Secundaria― pregunté una vez a cada alumno por un sueño para su porvenir. Muchos no entendieron a la primera ―¡bien raro habla este europeo, la verdad!―. A la segunda, entre los procedentes del este de la diócesis, la mayoría respondió sin dudar: poder matar a un tongo-tongo era lo más grande a lo que podían aspirar a sus doce o trece años de vida.

Los pocos informes que denuncian esta tragedia aseguran que ya son más de quince mil los desplazados en territorio centroafricano por la violencia del LRA. Un tercio de ellos ―mayoritariamente congoleses― se concentran en la villa de Zémio, precioso enclave en la frontera con el antiguo Zaire que ha visto súbitamente duplicada su población en los últimos tiempos. El campo de refugiados, mar de plástico y paja, constituye, en verdad, una nueva ciudad instalada de golpe y sin preaviso junto a la antigua. En ella tratan de echar raíces los que sus raíces han visto de cuajo arrancadas.

En Zémio ha desembarcado ya una legión de organismos internacionales, cada cual luciendo bandera en sus flamantes todoterrenos y en sus fincas blindadas por vigilancia 24 horas e imponente alambrada de espino. Con más discreción y mucho menos presupuesto, tres hermanas franciscanas consagran al pueblo de Zémio ―al viejo y al nuevo― no unos meses, sino su vida entera; mantienen abiertas las puertas de su casa para todo aquel que necesite un oído atento; pasean por los barrios y conocen sinceramente su palpitar; sostienen una preciosa escuela primaria y cuatro jardines de infancia; enseñan costura y otras artes; gestionan modélicamente una farmacia de proximidad; cuidan de la salud de muchos enfermos y ancianos; pelean por llevar la comunión hasta donde sea necesario… Y, además, sonríen mucho.

A Sor Georgina, superiora de la comunidad y directora de la escuela, su pequeña estatura no le ha impedido ganarse el profundo respeto de las familias de Zémio. Capaz de montarse una y otra vez en una moto para llegar hasta las capillas más abandonadas de la parroquia ―a través de las mismas carreteras de alto riesgo por las que los enviados del ACNUR o de Médicos Sin Fronteras se niegan a transitar―, esta hermana peruana de firme determinación se opuso fieramente a cerrar su escuela cuando, el año pasado, los rumores apuntaban con insistencia a que los tongo-tongo se hallaban en las inmediaciones de la ciudad, preparados para devastarla en cualquier momento. Entonces dio libertad a maestros y alumnos para marcharse, pero mantuvo abiertas las puertas. El miedo de la gente, en principio reacia a permanecer, fue dando paso al coraje y al espíritu de resistencia. Al final, mientras la escuela pública quedó paralizada durante tres meses sin que se cumpliera amenaza alguna, en el colegio de la misión el curso acabó en fiesta.

Entre Zémio y Obo son pocos los poblados que quedan en pie y habitados como antaño. Al surcarlos a gran velocidad, confortablemente sentados en un todoterreno, rompiendo el silencio de sus techos caídos y sus lumbres abandonadas, sentimos quizá que traicionamos su memoria; que los violentamos ―¿lo estaremos haciendo también con estas palabras?― desde nuestra mirada chiquita, acomodada y sedienta de extraordinarios; que pasamos demasiado deprisa por lugares cuya historia merecería ser contada despacio, escuchada con el máximo respeto y acogida con un corazón silencioso abierto de par en par.

Obo, capital prefectoral, la última gran población antes de la frontera con Sudán del Sur, es un hermoso enclave en tierras de sabana cuyo apacible silencio, cuyo acogedor carácter, enmascaran meses y meses de sufrimiento y zozobra. Atacada varias veces por comandos del LRA, saqueada sin piedad, desheredada en la ausencia de tantos niños secuestrados y nunca liberados, la ciudad cobija hoy varios campos de refugiados. Son, en su mayoría, centroafricanos de los alrededores, expulsados de sus aldeas de siempre, alejados de las huertas que les proporcionaban antaño el sustento diario, condenados a vivir de los polémicos repartos de víveres pilotados por los organismos internacionales. En su testimonio, un patrón común: ya no les queda valor para salir de los contornos de Obo y volver a las tierras de labranza, allá donde los tongo-tongo aparecen de improviso y se aprovechan con toda crueldad de la vulnerable desnudez de los más pobres.

No es fácil que lo cotidiano y lo necesario puedan abrirse paso entre el continuo temor y el implacable sobresalto. Obo acaba de perder a su médico, al conductor que lo acompañaba y varios millones de francos en vacunas para los niños. El coche fue asaltado y hecho pasto de las llamas hace pocas semanas, en algún lugar sobre la imprevisible ruta entre Rafaï y Zémio. ¿Quién se atreverá a ocupar su puesto? La sanidad, la educación y los servicios esenciales se resienten cuando vivir mañana no es siempre una esperanza plausible.

Era Lunes de Pascua cuando visitamos el instituto público de Obo. Día de fiesta, pero las clases permanecían abiertas porque no debe de quedar dinero ni para cerraduras. Las pizarras guardaban todavía el recuerdo de la última clase, antes de Semana Santa. La luz entraba por los ventanucos y dejaba al descubierto las paredes desconchadas, el cemento levantado, las telarañas por doquier. A falta de otra decoración, los grafitis de los jóvenes arañando muescas al tiempo: Dios, Messi, Ronaldinho. Que será, para no pocos, casi lo mismo.

En una de las aulas, faltando los bancos, el suelo que sirve a los alumnos de gélido pupitre resultaba provisionalmente ocupado por una cabra parturienta. Imagen de desolación sin paliativos que, sin embargo, nos habló de los muros y no de los corazones. En efecto, a los mismos jóvenes que padecen tamaña falta de dignidad nos los habíamos encontrado un día antes en la hermosa explanada abierta ante la iglesia parroquial de Obo, junto al soberbio árbol de mango que da la bienvenida a la Misión Católica. Era Domingo de Resurrección. Se hacía fiesta. Se celebraba la vida. En corro, pequeños y adolescentes, niños y niñas, cantaban, daban palmas y bailaban por parejas el anarumbaté ―chocando rítmicamente los pies y buscando confundir al otro―, moviéndose graciosamente entre la inocencia y la sensualidad. Palmas, golpes de silbato, cautivadores sones de tambor, movimiento impecable de caderas, pies descalzos sobre la tierra, mirada al filo del cielo, cantos y danzas sin fin. Asistimos admirados al pundonor de un pueblo sufriente aferrado con júbilo al bien que tendrá la última palabra, a la fiesta de una humanidad que puede caminar en alegría, a la necesidad de sentirse todavía vivo y también resucitado.

En su lengua zande, el saludo entre dos personas que se encuentran es: «¿Dios está?». Se responde asintiendo: «Dios está».

Nos marchamos de Obo entre los agradecimientos de quienes sencillamente merecían el nuestro. Los que nada tenían llenaron nuestro maletero de piñas, arroz y cacahuetes, en ofrenda de generosidad. Un profesor nos llevó hasta su huerto, nos lo mostró orgulloso, recogió para nosotros coles y pimientos, y nos los tendió gratuitamente con su mejor sonrisa, quizá sin saber que llevábamos meses sin comer estas verduras, para nosotros ahora un verdadero manjar. Dimos gracias entonces por todos los que permanecen al lado de este pueblo no unos días de cómoda visita, sino toda una vida, luchando por que los kutukutu de juguete vuelvan a ganar terreno a los kalashnikov en los sueños de los niños, creyendo que el este ve antes el ocaso solo porque mañana le amanecerá la vida a él primero.

PARA CONOCER MÁS SOBRE LAS VIOLACIONES A LOS DERECHOS HUMANOS COMETIDAS POR EL LRA EN LA REPÚBLICA CENTROAFRICANA…

» Mons. Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, lleva varios años denunciando las atrocidades cometidas por el LRA en los territorios de su diócesis. Estos dos artículos ponen rostro a la tragedia y muestran cómo, a pesar del abandono de las autoridades públicas, una presencia de amor es capaz de traer la esperanza: «Marlene, escapada del infierno» y «Último ataque de la LRA a Rafaï».

» El proyecto «Enough!» contra el genocidio y los crímenes contra la humanidad presentó en junio de 2010 un completo informe, nutrido de testimonios directos y estadísticas fiables, sobre la destrucción causada por el LRA en el este de la República Centroafricana. Se puede consultar (en inglés) pinchando aquí.

17 comentarios ››
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17 respuestas a “Kutukutu o kalashnikov”
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  1. Noe dice:
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    Gracias amigos, gracias por ser voz de los sin voz. Gracias por poner palabras a vivencias que sin vosotros muchos de nosotros jamás conoceríamos, mil gracias.

    Sois mis angelitos africanos, y tengo muchísimas ganas de veros, de abrazaros y de invitaros a un bocata de jamón con un buen Rioja :).

    OS QUIERO

  2. miguel perles dice:
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    Hermano, te leo a modo de oración en esta noche lluviosa desde Holanda, y te agradezco que nos compartas todo esto, la verdad es que prácticamente nada de información nos llega a estas latitudes sobre todo lo que nos cuentas…
    Un abrazo bien fuerte, os recuerdo con mucho cariño!
    Paz y bien!!

  3. graciela dice:
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    Gracias por compartir experiencias de vidas tan lindas, eres un ser iluminado por Dios!!! Buena vida para ti y quienes te amen es un placer leer tu blog, me encantaría tener un juguete de esos y mirar a los ojos a mi Nieto. Un abrazo desde Argentina ciudad de Rosario Sta Fé

  4. Joaquín dice:
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    Impresionante mensaje. Me llena de vergüenza (nosotros nos quejamos de cualquier carencia de cosas superfluas, mientras esas personas tienen que dar gracias cada día por estar vivos o conservar todos los miembros de su cuerpo.

    Muchas veces, pienso (¡temo!) que toda esa sangre y sufrimiento clamen contra mí el día en que tengamos que dar cuenta al Señor de nuestros actos y omisiones

  5. Mariella dice:
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    No se que decir… cuanto pecamos de omision, es mejor no saber…, pero es tarde, todo se sabra aquel dia, necesitamos como iglesia reparar, orar y reparar, ofrecernos como reparacion, sin miedo, con Su gracia y por su amor…

  6. Selu dice:
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    Muchas Gracias Alex por compartir tu experiencia de vida no ya con nosotros sino con todos ellos. Mi oración sencilla y mi cariño.

    Un abrazo enorme,
    Selu.

  7. IÑAKI dice:
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    ESTIMADO ALEX:

    ¡BUENOS DÍAS Y FELIZ JORNADA! ¡MUCHAS GRACIAS POR TU COMPARTIR! Tú nos has traido la vida y nos has puesto pueblos y personas que protagonizan el evangelio de este domingo: “Señor te doy gracias porque estás cosas se las has dado a conocer a los sencillos y se las has ocultado a los sabios y entendidos y sobre todo “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. UN FUERTE ABRAZO:
    IÑAKI

  8. Bianchetti Cristina dice:
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    Alex
    LLego a ti por amigos peruanos, soy argentina; emocionante tu artículo, no se como podemos ayudar, son situaciones duras en casi todos los países del mUndo; yo he trabajado con comunidades aborígenes y sirve el trabajo si nos unimos, Dime en que podemos ayudarte, y LA LUZ DE CRISTO VENDRÁ.CRISTINA

  9. laura dice:
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    Gracias Teresa y Alex Por enriquecerme con vuestra vivencia intensa y comprometida. Rezamos por vosotros. Laura

  10. Juan Eduardo dice:
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    Me quedo enmudecido por todo el dolor y el miedo que me transmite vuestro mensaje. Doy gracias a Dios por los que en aquel lugar mantienen con valor la esperanza. Pido a Dios por las personas que os cruzáis en vuestro camino y por vosotros. Para que os dé luz para leer lo que está labrando en vuestro propio corazón tanta vida y tanto sufrimiento.
    Un abrazo.

  11. Jessy dice:
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    Alex:
    Muchisimas gracias por este compartir. No tengo palabras para describir todos los sentimientos por lo leído y oraré con mucha fe para que nuestros hermanos africanos conserven la esperanza y la alegría para superar estos atropellos.

    Bendiciones,
    Jessica

  12. INMACULADA ALABAU dice:
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    Bon dia, Alex:
    Aunque nunca me atreva a escribirte, pero sabes que soy una fiel seguidora vuestra y que siempre os tengo en mis oraciones.
    Y hoy además quiero decirte:”bendita tecnologia”, !Mira por donde! leyendo a un amigo que esta en Africa, tengo noticias de otro que esta en Holanda.
    Un abrazo,
    Inma

  13. flor dice:
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    Alex un dia se cruzo tu pagina en mi camio y cada dia doy gracias a dios por mantenerte con vida para contarnos semejantes atrocidades, de verdad hay gentes asi-
    QUE PENA DIOS MIO

  14. Chumi dice:
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    Y seguiré viendo en las noticias: “Nace un koala en la polinesia….”

    Habiendo otras noticias que nadie conoce.

    Me quedo y me llama la atención lo del sueño de muchos de ellos: matar a un tongo-tongo. Sin plabras.

    Pero lo que importa acá es salir de la crisis….. y que gane el Madrid…:S:S:S

  15. TeSs dice:
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    Caminar a tu lado es lo más maravilloso del mundo.
    Seamos sembradores de kuktukutus… pongamos claveles en los kalashnikov…

    Mbi ye mo la oko oko aho!

  16. Felipe Yanés dice:
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    Álex. Es un inmenso regalo saber de tu vida. Compartir tus experiencias es una enorme alegría que hay cristianos entregados a dar oportunidad a que el Señor sea partícipe de viscisitudes en áreas donde se escapa todo menos el sentido del Evangelio. Gracias por que dejas en claro que a muchos cristianos nos falta el sentido de la coherencia . Seguiré orando por ti y los proyectos del Señor Jesús.

  17. Mikel dice:
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    Ahaa, its fastidious conversation on the topic of this post at this place at this
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