mattina_a_monteluco.jpg

Si creyera tan solo en lo que veo,
creería tan poco,
tan poco…

No creería en la aurora
que, oculta entre los grises colosos
de nuestras ciudades anónimas,
cada mañana resucita la vida.

No creería en la levadura,
fermento humilde del pan
que día a día obra,
discreta y olvidada,
el milagro de saciarnos.

No creería en la semilla
ni en la fuerza apasionada que la impulsa desde la tierra
para que pueda abrirse paso y darnos fruto
desde lo pequeño, lo sencillo, lo oculto.

Ni creería en los bosques,
en su crecer tranquilo y sereno
frente al ruido que nos aturde
cuando unos pocos árboles caen
y ellos callan.

Y es que si creyera tan solo en lo que veo,
creería tan poco,
tan poco…

mattina_a_monteluco.jpg

No creería en los maestros,
porque ellos no creerían
en la sonrisa que todavía no es,
en la ilusión que solo es cuando sonríe.

Ni creería en el silencio;
ni querría aprender a escucharlo,
a sentir la voz de lo profundo
cuando enmudecen mis historias y mis histerias,
mis ruidos y mis miedos.

No creería en la paz ni en la justicia,
ni en el poder de la alegría
ni en la fuerza del ejemplo.
Tampoco en el viento.

No creería en el futuro
que tenemos entre nuestras manos,
en la esperanza de hacerlo nuevo.
De hacerlo bueno.

Ni creería en las estrellas que no vemos
desde este edén de sueños y hormigón.

Si creyera tan solo en lo que veo,
no creería en este atardecer de la Umbría
que se pierden casi todos,
mientras nuestro amor crece,
y tú no lo sabes,
frente al tramonto, en Spoleto.

Y no creería en Ti,
que me haces ver todo en todos
y a Ti en todo.
Y así creer en lo que veo.

tramonto_da_monteluco.jpg

A partir de unos versos de Valeska C.
En Monteluco (Spoleto), un domingo cualquiera de noviembre. Al atardecer.

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alfarero.jpgDos amigos muy queridos pensaron en mí estas últimas semanas al encontrarse, ella con una canción, él con un texto, lanzados al vuelo con el mismo impulso del que intenté contagiarme cuando puse en marcha este pequeño rincón de la red. Y quisieron regalármelos. Para invitarme, para invitarnos, una vez más a ser barro húmedo en manos del Alfarero: a dejarnos modelar por ese amor que todo lo sobrepasa, abandonados a él con plena confianza.

Estos dos amigos no se conocen y sus respectivos regalos nacieron separados por casi dos milenios de historia. Pero hoy ambos se abrazan y se llenan de sentido al encontrarse en este espacio y en este tiempo; al susurrarse (y susurrarnos), con voces distintas pero idéntico espíritu, que estamos llamados, más que a hacer, a dejarnos hacer. Ése es nuestro desafío. Pero también nuestra esperanza.

Las palabras que interrogan…

Y si eres obra de Dios, contempla la mano de tu artífice, que hace todas las cosas en el tiempo oportuno, y de igual manera obrará oportunamente en cuanto a ti respecta. Pon en sus manos un corazón blando y moldeable, y conserva la imagen según la cual el Artista te plasmó; guarda en ti la humedad, no vaya a ser que, si te endureces, pierdas las huella de sus dedos. Conservando tu forma subirás a lo perfecto, pues el arte de Dios esconde el barro que hay en ti. Su mano plasmó tu ser, te reviste por dentro y por fuera con plata y oro puro, y tanto te adornará que el Rey deseará tu belleza. Mas si, endureciéndote, rechazas su arte y te muestras ingrato a aquel que te hizo un ser humano, al hacerte ingrato a Dios pierdes al mismo tiempo el arte con que te hizo y la vida que te dio: hacer es propio de la bondad de Dios, ser hecho es propio de la naturaleza humana. Y por este motivo, si le entregas lo que es tuyo, es decir tu fe y obediencia a él, entonces recibirás de él su arte, que te convertirá en obra perfecta de Dios.

SAN IRENEO (s. II)

…y la canción que responde. De Fray Nacho, sacerdote mercedario entregado a la pastoral penitenciaria, capellán de una prisión y, como el mismo se define, joven aprendiz de cantor:

Al final traigo este barro
tras torpes modelados de alfarero aficionado,
tras la lluvia de esta vida, que la llena de charcos;
a la hora del ocaso vuelvo a tu lado.
Al atardecer, cuando el día se retira ya cansado
y este barro pide a gritos modelarlo,
al calor del hogar que produce tu abrazo,
al sonido de la hoguera vuelvo a tu lado.
Hoy vuelvo a ti, vuelvo a tu lado,
cansado, perdido y agotado.
Y, en esta búsqueda, dame consuelo,
que ando perdido, que ando esperando,
quedarme a tu lado.
Y, al calor que tu das, seca este barro,
que quiero dorarme al calor de tu abrazo,
y quedarme a tu lado.

Gracias, Noe. Gracias, Paco. Por permitir que estas líneas sean el lazo que una lo que toca vuestro corazón y el mío. Nuestro barro.

» Vasijas antiguas…
En tus manos, Alfarero

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Dejarnos amar y Modelar este barro

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toto.jpgEstos días creo que vine a vivir a Italia sólo para ver Cinema Paradiso.

Cinema Paradiso, sí. Una de esas películas que tenía apuntadas desde hacía mucho tiempo en el cuaderno del “esto tendrá que esperar a mañana”, y que ahora, cuando el otoño comienza a teñir de ocre las praderas del Celio y el frío ya se hace sentir entre las calles de Roma, he podido disfrutar en toda su intensidad, en toda su delicada sensibilidad.

Dicen que, con ella, Giuseppe Tornatore quiso rendir un sentido homenaje a la magia del cine. Y, desde luego, resulta fascinante admirar con qué delicadeza y finura logra entretejer la historia del séptimo arte con la suya, con la nuestra, haciendo que cada fotograma se abrace fuertemente a la memoria de lo que somos, de lo que fuimos, de lo que fueron quienes nos hicieron ser. He leído también que la película nos habla de valentía, de superación personal, de la fuerza de nuestros sueños de la infancia, de cómo somos capaces de levantarnos después de la más dura caída. Y, en efecto, el pequeño Totò que de pequeño jugaba con los recortes censurados de las películas, alfredo-salvatore.jpgque de joven fantaseaba con su enamorada mientras la grababa furtivamente con su pequeña cámara, llegará a ser un aclamado director de cine y logrará dejar atrás la vida provinciana de la Sicilia profunda de la posguerra.

Pero si éste ha de ser el mensaje, el del triunfo del talento, el del cumplimiento de los sueños perseguidos con fe y constancia, ¿por qué entonces toda la cinta parece cubierta por una pátina indeleble de melancolía?

Quizá porque el Salvatore adulto que, al borde de la cama, echa la vista atrás, atravesando el mar y los recuerdos, ya no se reconoce Totò. Porque, sí, fue fiel al consejo de Alfredo (su amigo, su confidente, su guía ciego, su papá perdido) y se marchó para no volver. Y sí, en su pueblo nunca más le oyeron hablar, porque empezaron a oír hablar de él: de su triunfo, de su vocación hecha carne y éxito. Pero muchas cosas se habían quedado en el camino: Su mirada inocente, siempre fascinada, siempre curiosa, siempre ávida de vivir. Su sonrisa pícara y cómplice. Su curiosidad por este peregrinar tan hermoso que llamamos vida. Su querer descubrir todo en todos. Su ilusión por un sueño que seguía viviendo sólo por inercia. Su familia, desgarrada por el horror de la guerra. Su entender el amor y dejarse apasionar por él. Su gran amor. Sus viejas películas. Incluso Alfredo.

salvatore.jpgO, al menos, así lo sentí yo.

Quizá fue por eso que, cuando la cinta desveló su fine (contenido y explosivo al mismo tiempo) en la pantalla de un ayer que ya no sería, entre las lágrimas de emoción y las notas al viento de Morricone me brotaba la pregunta de cómo será mi Salvatore del mañana. De dónde (en qué corazones o, Dios no lo quiera, en qué cunetas) habrán quedado, dentro de treinta o cuarenta otoños, mis películas y mis miradas, mis amores y mis Alfredos.

Quién sabe. Yo sólo pido, a mis veintitrés años locos, un poco de humildad y un toque de valentía, una pizquita de sensibilidad y unas manos disponibles. No necesito llegar a adulto para poder decir que cumplí todos y cada uno de mis sueños. Que hice lo que desde pequeño había deseado. Que llegué a donde esperaban que llegara. Que nunca me aparté del camino. Que siempre fui coherente. Todo eso, en realidad, no lleva por sí solo a plenitud ninguna. toto-pelicula.jpgPero, por favor, que no venga nunca el día en que, sentado al borde de mi cama, mire a un horizonte perdido y lamente el momento en que me volví sordo ante el viento que susurraba en mi corazón. Porque a tu lado, Señor, los anhelos cambian, las perspectivas se ensanchan, los caminos se embellecen, las intuiciones toman mejores rumbos, los planes se vuelven del revés, las trayectorias se truncan para recién nacer otras mejores y las felicidades crecen al ritmo de los desafíos, del desafío de vivir hasta el final tu Evangelio. Entonces, sin que deje de permanecer nuestro yo más profundo, va surgiendo la vasija hermosa modelada por tus sabias manos. Nuestro yo hecho, de verdad, hombre, persona, amor. Y ocurre siempre, a cualquier edad, si sabemos escuchar lo que nos arde bien adentro y no tenemos miedo de seguir los pasos de la confianza. Así, ya no hace falta nada más. Todo nos viene dado. Regalado.

Eso sí, es preciso tener siempre bien abiertos nuestros ojos y nuestra vida a los milagros que acontecen en lo cotidiano; no perder la mirada nueva sobre cada retazo del camino, sobre cada proyector de cine que hace girar mundos de fantasía entre sus bobinas. Crecer y no dejar de hacernos niños.

Sí, yo quiero llegar a ser el Salvatore que estoy llamado a ser… sin dejar de sentir que, a cada instante, late en mi corazón el ímpetu y la inocencia de mi pequeño Totò.

Al que Tú tan bien conoces.

Y, solo si ya has visto el final y quieres recordarlo…

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Escuchar al corazón

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necesitados.jpg

Etiquetas que sirven para muy poco, nombres que confuden nuestra mirada y equivocan nuestro caminar. Porque, ¿quiénes son hoy los necesitados de nuestro mundo?

Cuando duermo todas las noches,
¿cómo me llamo o no me llamo?
¿Y cuando me despierto quién soy
si no era yo cuando dormía?

Esto quiere decir que apenas
desembarcamos en la vida,
que venimos recién naciendo,
que no nos llenemos la boca
con tantos nombres inseguros,
con tantas etiquetas tristes,
con tantas letras rimbombantes,
con tanto tuyo y tanto mío,
con tanta firma en los papeles.

Yo pienso confundir las cosas,
unirlas y recién nacerlas
entreverarlas, desvestirlas,
hasta que la luz del mundo
tenga la unidad del océano,
una integridad generosa,
una fragancia crepitante.

PABLO NERUDA, Demasiados nombres

Hagamos recién nacer la tierra, para que nuestras cómodas palabras, nuestras apoltronadas etiquetas, acaben por confundirse. Para que no haya necesitados.

Tan solo así lograremos que otros también dejemos de estar tan… necesitados.

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lucia-ricardo.jpgQuerida Ana Lucía,
querido Ricardo Alejandro:

Vosotros todavía no lo sabéis, pero nacisteis del barro y trajisteis la esperanza.

Fue un 14 de agosto de 2007. En Cobán, Guatemala. La ciudad que ahora os ve crecer. Apenas había pasado un día desde que la terrible inundación asolara tantas ilusiones, tantos porvenires. Dieciséis horas de fuerte y persistente lluvia habían sido las responsables de una tragedia que, inundacion.jpgaun habiendo quedado silenciada fuera del país, nos dejaba rasgada el alma. Las riadas, los corrimientos de tierra, los derrumbes y las calles anegadas estaban provocando el caos. Varias personas habían fallecido y miles de familias de la Alta Verapaz quedaban desplazadas de sus hogares en un éxodo de lágrimas. Muchas de ellas acababan de perderlo todo, lo poco que tenían.

O ganaban de nuevo la vida.

La colonia de La Nueva Esperanza, donde estaba la casa de vuestros papás, donde ahora os despierta la luz del sol al rozaros la mejilla cada mañana, fue una de las zonas más afectadas. Situada a apenas quince minutos a pie de nuestra casa en El Esfuerzo, tragedia.jpgera entonces una maraña de chabolas y casitas, algunas escondidas entre la arboleda de las laderas que dominan el río Cahabón; otras, prácticamente varadas junto a su cauce, donde la injusticia se hacía silencio y olvido. El día de la inundación estuvimos ahí, caminando bajo la lluvia incesante entre el barro que escondía más allá de nuestros tobillos, bajando hasta los últimos lodazales por pendientes escabrosas, mirando con un ojo a la montaña que se derrumbaba y con otro al río que crecía sin remedio, mientras tratábamos de convencer a toda velocidad a muchas familias de que abandonaran sus hogares y se dirigieran a los albergues que ya a primera hora de la mañana habían comenzado a improvisarse.

Una de esas familias era la vuestra.

rostros-distintos.jpgA nuestro centro de acogida en Comunidad Esperanza llegó vuestra mamá, Cristina, de la mano de vuestros hermanitos. Le costaba caminar, embarazada de nueve meses como estaba, pero en su sonrisa arraigaba su fuerza. «Es una niña», insistía ella con convicción. Y no paraba de dar las gracias y de reírse con una encantadora timidez, a pesar de todo lo que había ocurrido. Ya vais conociendo a mamá. Entonces le faltaban cinco días para salir de cuentas.

Fue un 14 de agosto de 2007, sí… cuando de madrugada nos despertaba Doña Canche a los voluntarios, asustada. Queríais ver el mundo. En el día del dolor, de la destrucción, de los brazos caídos y la mirada al cielo, decidisteis que merecía la pena poner los pies sobre la tierra. No imagináis cuánto corrimos, con qué rapidez nos movíamos en la oscuridad mientras mamá reía y reía entre contracción y contracción. inocencia-sepultada.jpgEl servicio de ambulancias no contestaba, las calles seguían llenas de barro, el río que nos separaba del centro de la ciudad se había desbordado… pero había que llegar al hospital.

Llegasteis. Dos. Hermosos, inocentes, llenos de luz. Tú, Lucía, más entrada en carnes. Tú, Ricardo, un poco más delgadito. Entonces el fango destructor se hizo barro en manos del alfarero para modelar el milagro de la vida. Y ya nada volvió a ser lo mismo en nuestro albergue de El Esfuerzo. Porque, aunque no lo sabíais entonces ni lo sabéis todavía, os convertisteis en el testimonio encarnado de que, al final, sobre la desolación triunfa siempre la esperanza; sobre la muerte, el amor; sobre los odres viejos, el vino nuevo que siempre está por venir.

Luego pasaron muchas cosas. Comenzamos a trabajar para asistir a quienes todo lo habían perdido. La Primera Dama de Guatemala vino a visitar nuestro albergue y os tomó en brazos delante de todas las cámaras. La televisión y la prensa se hicieron eco de vuestro nacimiento. gemelos.jpgOs trajeron una enorme cuna y os convertisteis en los mellizos más famosos de Guatemala. El dolor, el desánimo, el miedo al qué vendrá mañana seguían, sin embargo, estando bien presentes entre tantas y tantas familias. Pero, a vuestro lado, siempre se hacía la luz. Erais palabra viva para quienes nada comprendíamos, recuerdo tierno y hermoso de qué es siempre lo más importante. Lo único importante. Por eso, poco nos interesan en realidad la Primera Dama, nuestros descensos por las laderas arrasadas de La Nueva Esperanza, las contracciones de madrugada, las prisas por encontrar una ambulancia, el trayecto al hospital entre ríos desbordados, la cuna gigante, los reportajes de la televisión, o los artículos más o menos fantasiosos de los periódicos. Hacen más emocionante esta carta, le dan un toque sensacional, pero no hablan de lo que, en fin, es fundamental.

No hablan del poder de una sonrisa que se asoma inocente a un mundo que mañana será mejor.

Cuando a mi hermano Richi y a mí nos quedaban apenas unas horas de estancia en Comunidad Esperanza, celebramos vuestro bautizo, bautizo.jpgvuestro sentiros abrazados por una familia universal que intenta vivir en el amor. Y mamá quiso una vez más que nuestro corazón quedara rasgado, profundamente emocionado, cuando eligió que tú, pequeña, te llamarías Ana Lucía, como Ana, Doña Canche, la enfermera de Comunidad Esperanza, y como Lucía, nuestra querida Lucía, que tan bien la había acompañado durante el trayecto al hospital. Y cuando decidió que tú, pequeño, te llamarías Ricardo Alejandro. Como Richi. Como yo.

Y, de alguna forma, como Susana, como Aurora, como Irene, como Arantxa, como Sergio, como Selvin…

en-la-cuna.jpgAsí nuestros nombres y nuestros corazones quedaron ligados para siempre allende el océano. En vuestro ser. En vuestro soñar. En vuestro vivir. En vosotros, hijos del barro que nos disteis vida en medio de la desolación y que hoy traéis a nuestro recuerdo a cuantos sufrieron el azote de la lluvia, perdiéndolo todo… pero ganando lo más importante.

Vuestros padrinos de España no os olvidan. No olvidan a vuestro pueblo. No olvidan la tierra que llenó su caminar de esperanza. No olvidan que, cuando podáis leer esta carta, esa tierra será un lugar mejor.

Y os verán de nuevo. Algún día.

Y siempre.

Un beso grande, pequeños.

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Coleccionar milagros y Confiar y Soñar una tierra nueva

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