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(Des)propósitos de Año Nuevo

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El Infinito es Amor.

Como muy bien sabemos por experiencia propia, el amor consiste en darse y no en coger… Somos una vasija demasiado pequeña para poder contener el Infinito. El amor es extásis. Nos hace ser más, haciéndonos salir de nosotros mismos. Y el Infinito puede expresarse totalmente en él.

Cuando me preguntan por qué hemos nacido, respondo simplemente: «¡Para aprender a amar!».

¡Sí!, La vida me ha enseñado que vivir es un poco de tiempo concedido a nuestras libertades para prepararse al eterno encuentro con el Amor Eterno. Por eso, si hoy puedo transmitir alguna certeza a los que van a luchar para poner más humanidad en todo, es ésta –decididamente, no sé decir otra cosa–: «La vida consiste en aprender a amar».

ABBÉ PIERRE, Testamento (adaptación)

Año Nuevo: tiempo de propósitos, dicen. Aunque yo nunca fui de los que se los plantean y escriben en una lista…

Dice la Real Academia que un despropósito puede ser algo dicho o hecho fuera de conveniencia. Esto me gusta más. Porquelista.jpg dice también la Real Academia que la conveniencia se puede entender como utilidad o provecho. Y como el amor no entiende ni de utilidades ni de provechos, acabo de decidir que este año, por primera vez, quiero tener una lista… de des-propósitos.

Es ésta:

1. Recordar que «somos una vasija demasiado pequeña para contener el Infinito».

2. Salir de mi vasija (para poder empaparme del Amor, con mayúscula).

3. Intentar encontrar en cada segundo, en cada instante, en cada persona, en cada situación, en cada alegría, en cada decepción, en cada mirada, en cada abrazo, en cada injusticia, en cada espalda vuelta, en cada rostro que se muestra… una oportunidad para seguir aprendiendo a amar. O sea, para seguir viviendo.

Y no es para el 2008. Es para la vida. Para esta vida de barro.

¡Feliz Año Nuevo!

Felices 366 nuevos amaneceres, que se nos regalan para mirarlo todo…

…como si siempre fuera la primera vez.

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Responder con nuestra vida entera

palabras-fragiles.jpgQuienes nos hemos acostumbrado a confiar en exceso en el poder de la palabra y de nuestras palabras corremos el riesgo de olvidar su fragilidad; de creer, aun inconscientemente, que la fuerza de lo dicho o de lo escrito puede llegar a suplantar las huellas del testimonio silencioso, pero auténtico. Será tal vez por eso que tantas veces vivimos preocupados por no haber sabido encontrar la palabra justa, la frase adecuada, la forma sensible, el tono medido, la cita perfecta, la respuesta esperada… e ignoramos como fariseos que al árbol se le conoce por sus frutos, no por su apariencia.

Antes de iniciar nuestra peregrinación por tierras de esperanza en Guatemala, cayó en mis manos una pequeña joya en forma de libro: El último encuentro, una magnífica novela del escritor húngaro Sándor Márai que durante décadas había permanecido sepultada en el olvido, hasta que los últimos años del siglo XX lograron recuperarla para el gran público. En ella asistimos a un apasionante e intenso duelo sin armas entre dos ancianos que han esperado toda una vida para reencontrarse y sanar definitivamente sus heridas del pasado.

Fue al leer uno de los largos monólogos del protagonista cuando las afiladas saetas de Márai lograron punzar mi fibra más sensible. Le recordaba entonces a su interlocutor que…

Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Éstas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera.

SÁNDOR MÁRAI, El último encuentro

Que me conozcan por mis frutos. Que mi respuesta a los interrogantes del camino no sea otra que mi vida entera. Ojalá. Aun a costa de que mis palabras, al fin y al cabo pobres, demasiadas veces huecas, vayan quedándose desnudas…

…hasta, finalmente, hacerse silenciosas y perderse en la noche de los tiempos.

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Cien metros, dos minutos

guitarra.jpgIba caminando por el parque y el son de tu guitarra acompañó durante cien metros mis pasos. Era ya de noche, tú estabas escondido entre las enredaderas del recoleto jardín que quedaba al borde del camino y, sencillamente, tocabas. Sin nadie a tu alrededor que aparentemente pudiera escucharte. Quizá sin mayor pretensión que la de lanzar tus notas al viento, para que algún desconocido pudiera acogerlas dentro de sí. Yo lo hice. Te arrancabas por Albéniz y tu punteo llenaba de vida esos cien metros de paseo, esos dos minutos que transcurrían por la Avenida de los Bearneses entre tu guitarra y la luz de la luna, entre la serena paz que se respiraba y tu música, que la volvía aún más encantadora.

Hay personas que, sin saberlo, consiguen iluminar y convertir en un milagro los pequeños trayectos de nuestro peregrinar por el mundo. Esos cien metros, esos dos minutos, en los que se hacen presentes, nos regalan lo mejor que tienen dentro y se van con la misma naturalidad con la que vinieron.

El valiente que se atreve a iniciar una conversación en los tímidos y silenciosos ascensores de nuestras facultades. La bibliotecaria que me guiña el ojo y me sonríe cada vez que devuelvo tarde un libro y evito por los pelos una sanción. El músico ambulante que acaricia su violín con mimo en medio de las prisas y la indiferencia. El profesor que pregunta a sus alumnos por sus expectativas, sus ilusiones, sus proyectos de futuro… y no solo por la lección del día anterior. Los ancianos que se detienen en los jardines a empaparse del aroma de las flores en primavera. La vendedora del mercado que conoce a cada cliente por su nombre y luce una sonrisa de oreja a oreja a pesar de que llevafarola.jpg trabajando desde la madrugada. El amigo lejano que pierde (¿o gana?) su tiempo para escribirme una carta cariñosa.

Hoy son mis héroes.

Iba caminando por el parque y el son de tu guitarra acompañó durante cien metros mis pasos. Era ya de noche; las farolas iluminaban la preciosa avenida y entretejían su luz con las hojas de los plátanos. Regalaban su luz. Una luz limitada, sí. Una luz que quizá no sea capaz de alumbrar más allá de cien metros de calle o de dos minutos de paseo. Una luz como la tuya, desconocido guitarrista del jardín. Como la de cada uno de mis pequeños héroes de hoy. Como las nuestras. Como la mía, ojalá.

Pero una luz que, abrazada a otra luz y a otra y a otra… es capaz de encender este mundo, de llenarlo de calor, de vencer a la oscuridad, de convertir la vida en un milagro constante.

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Amar

amor.jpgHago un pequeño experimento. Busco en Google la palabra amor en diferentes idiomas. Entro en ‘Imágenes’ y exploro los resultados. Encuentro corazones que vuelan, nubes algodonadas, tiernos peluches, parejas en éxtasis, flores que estallan de color. Primavera.

Casi nadie habla del amor en los tiempos de invierno.

Amar cuando arrecia la tormenta. Amar cuando solo somos dos frente al mundo. Amar en la dificultad y en el silencio. Amar el amor de un enfermo. Amar en el cansancio y en la vejez. Amar cuando la vida me puso todo del revés. Amar nuestras heridas y nuestras pobrezas. Amar cuando no se es amado. Amar en el desierto sin oasis. Amar la sonrisa que se desliza entre la desolación. Amar en tiempos de cólera. Amar al que me ofendió. Amar al que menos parece merecerlo. Amar al que querría ser mi enemigo. Amar gastando la vida. Amar incluso si me crucifican. Amar cuando nadie ama.

¿No es entonces cuando el Amor se escribe verdaderamente con mayúsculas?

Una poetisa cubana, Dulce María Loynaz, supo decirlo como nadie en Amor es…, ese hermosísimo poema cuyos versos me he permitido tomar al vuelo para crear una pequeña y sencilla composición en la que palabras, música e imágenes aspiran a abrazarse y a abrazarte. Si quieres, puedes descargarla haciendo clic en el siguiente enlace:


PRESENTACIÓN «AMAR»

Hago otro pequeño experimento. Busco en el «Google» del Evangelio la palabra amor. El sistema se satura.

«El resultado de la búsqueda es infinito», me dice la pantalla.

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El árbol de Tagore

El hacha del leñador le pidió al árbol su mango.
Y el árbol se lo dio.

RABINDRANATH TAGORE, Pájaros perdidos

arbol.JPGEste breve, pero intenso, aforismo de Tagore me acompaña y me da luz desde hace ya muchos años. Qué sugerentes, qué potentes, con cuánta fuerza suenan siempre los versos del poeta bengalí. Tal vez porque huyen de las complicaciones y, teniendo mucho que decirnos, saben decirlo sencillo: con el lenguaje de las flores, del viento, de los bosques, del mar…

Son palabras que parecen rozar, pero que tocan bien adentro. Que se presentan humildes y llanas, pero que siempre te permiten seguir extrayendo de ellas nuevos jugos, nuevas historias, nuevas vidas… cada vez que pasan de nuevo ante tu mirada.

Este árbol insensato nos desconcierta. ¿Para qué le devuelve al hacha su mango? Sin él, la cuchilla no se basta, el hacha está incompleta, no puede ser ella misma, no puede talarlo. ¿No se da cuenta de que, con el mango, quizá esté entregando también su vida?

Entregando su vida, perdiéndola, para que el hacha pueda ser lo que está llamada a ser.

Muriendo… ¿o salvándose?

Hubo una vez una cruz. Quizá sacaron sus leños de aquel árbol insensato de Tagore…