Me amas cuando menos lo sabes

El amor, intenso y fijo, siempre había estado ahí. Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo.

JOHN WILLIAMS, Stoner

Cada mañana amanece ella un poco antes. Lo hace mecánicamente, sin queja, diligente, deslizándose en silencio para concederle un último sueño reparador. A él, ajeno al estrépito de cualquier alarma, casi tiene que arrancarlo de entre las sábanas pasados diez o quince minutos, temerosa de que, por exceso de piedad, se le acabe escapando a su compañero la hora de salir puntual al trabajo.

Antes de llamarle, la misma rutina, el tedio inevitable de entrar en la cocina y, medio domida, empezar a preparar ese desayuno que un día decidieron compartir juntos para siempre. Él, todavía despreocupado, se ducha luego, se afeita, se cuida; a su pesar y muy despacio, despierta. Y ella, que nació para volar libre y no para vivir en alpargatas, se deja las primeras fuerzas del día —hoy con alegría, ayer quién sabe— en su zumo. El de él. El de naranja.

Todo empezó donde todo empieza: en un principio necesitado de gustar y deseoso de entregar. De entregar hasta lo que parecería más fútil a los ojos de la ciudad dormida, como esos cinco minutos en que todo está oscuro —a veces también la mirada—, salvo el destello del cuchillo entre los gajos y la luz roja del tonto exprimidor. Cinco minutos iguales un día tras otro, vacíos de palabras, preñados de monotonía, desesperadamente evitables. Cinco minutos dedicados a producir algo que a ella, en realidad, ni le agrada ni le interesa: un jugo que detesta desde la infancia y que regaló uno de aquellos primeros domingos solo como detalle del que no conviene sentar precedente. Pero ahí está ahora, un día tras otro, agujereando la malla, seccionando la fruta, sacándose del ojo la ácida gota que se dispara del cacharro, añadiendo una naranja más solo porque sabe que a él le gusta el vaso colmado, preguntándose luego si retirar las pulpas merece la pena, jugando con la idea de no hacerlo, sacando finalmente el colador, un día sí, otro quizás no, pero otro sí y otro también, y ya, sin darse cuenta, finalmente siempre por costumbre, porque en el fondo sabe que él lo prefiere así aunque nunca se lo hayan dicho del todo.

¿Lo verá él, lo entenderá él, aturdido todavía entre legañas, pensando solo en el día que viene por delante, ignorante bajo el plato de la ducha? ¿Coqueteará su compañera, desgastándose ya desde antes del alba, con el pensamiento de que cada mañana se excede en su complacencia, ella que siempre fue pura raza y nervio indomable, mujer que rompe moldes, tesoro de un destino mayor?

Entre ellos y la batalla contra el sueño guarda silencio sobre la mesa el discreto actor secundario. Cada mañana, fresco y vitamínico, el zumo de naranja rutinariamente colado y servido en vaso grande, aparentemente banal y falto de cualquier intención de conquista, que se hace signo menor de un amor inmenso. El amor que se derrama cuando menos se sabe y menos se busca. El que rezuma de las brechas donde se quiebra lo cotidiano. El que de ella él recibe, aun con la guardia baja, cuando menos lo ha merecido, y gratuita y misericordiosamente le da fuerza para lucharse el día, y le estremece la piel y el alma.