En el corredor de la vida

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Estoy encerrado en el corredor de la muerte desde hace ya cinco años. Entré aquí cuando era un chaval; ahora me he hecho un hombre y entiendo muchas cosas, pero ya no puedo hacer nada por mi vida. […] Aunque no podéis ayudarme a salir de aquí, siempre podéis escribirme, haceros amigos míos. […] He pensado que quizá vosotros tendréis la posibilidad de encontrar a alguien que quiera escribirme, porque yo en los últimos tiempos no sabía ya cómo pedir ayuda o amistad. […] La soledad de este lugar comienza a hacer efecto sobre mí. Me he dado cuenta de que puedo terminar muriendo aquí por algo que no he cometido. […] En el corredor de la muerte hay personas buenas e inteligentes, pero muchos no han tenido ninguna posibilidad en la vida. Miradme a mí: mi vida estaba apenas comenzando y ahora se acaba por una mentira. ¿Por qué?

DOMINIQUE GREEN,
desde una cárcel de Texas

dominique-green.jpgDominique fue condenado a morir cuando apenas había cumplido dieciocho años. Detenido violentamente e interrogado sin la posibilidad de ver a un abogado, se le acusaba de homicidio. El letrado de oficio que le fue asignado posteriormente presentó las pruebas que podían haberle ayudado en su defensa… fuera de plazo. Su historia, la de una vida difícil (nacido en el seno de una familia muy pobre, hijo de padres separados, cuidado por una madre con problemas psíquicos, madurado en el frío de los suburbios de Houston), se veía abocada a un final sin esperanza.

Pero Dominique se resistía a perder contacto con el mundo. Desde su pequeña celda, desde la misma en la que dibujaba y escribía poemas, se decidió un día a enviar una carta de la que pronto se haría eco la prensa. Dominique se preguntaba si alguien estaría dispuesto a hacerse amigo suyo a través de la correspondencia, a brindarle una ráfaga de la amistad que el mundo le había negado. Y, desde Roma, alguien contestó. Así nacieron la iniciativa “escribe a un condenado a muerte” y la lucha activa contra la pena capital promovidas por la Comunidad de Sant’Egidio.

La Comunidad de Sant’Egidio me invita a una velada-concierto contra la pena de muerte. Es 30 de noviembre, la lluvia nos concede una tregua en Roma. Faltan ya pocos días para que la ONU apruebe una pena-di-morte.jpgmoratoria universal de las ejecuciones (así ocurrió, efectivamente, el pasado lunes 18 de diciembre), y tras esa declaración se esconde mucho trabajo silencioso y encomiable de las buenas gentes de esta comunidad de laicos a favor de una justicia que no contemple la eliminación de la vida, que respete al ser humano y crea en su redención.

Ex condenados a muerte y familiares de víctimas se toman de la mano para hablarnos de perdón y de verdadera justicia, de reconciliación y de fe en el ser humano. Por su parte, la voz rasgada de Enrico Lo Verso y el tono profundo y cautivador de Mariano Rigillo nos leen cartas escritas desde el corredor de la muerte. Cartas que hablan de esperanza, de segundas oportunidades cuando ya todo parece perdido… de la importancia de escuchar una palabra amiga, de sentir una mano que consuele y confíe aun en la distancia. De que todos tenemos derecho a equivocarnos y a seguir siendo amados.

¿Segundas oportunidades? Sí, para nuestro asombro, así concebía Dominique su reclusión en el corredor de la muerte. Como una segunda oportunidad. Lo confiesa entre sus letras, cuando habla de cómo aprende a hacerse mayor a través de las sonrisas de sus compañeros y del cariño que le brindan sus amigos de correspondencia. Cuando sale a la luz desde una verdad punzante su profundo dolor; el sufrimiento de quien llegó siendo niño y morirá sin que la sociedad le haya concedido la posibilidad de ser hombre, y hombre bueno, para el mundo.

La velada toca a su fin. Nicola Piovani acaricia el piano. Nos regala el tema de una de sus bandas sonoras más conocidas, pero nosotros estamos esperando otra. La que acompañaba a Guido Orefice mientras éstela-vida-es-bella.jpg llenaba de alegría la vida de su esposa y de su pequeño en medio del horror del campo de concentración…

Dominique fue ajusticiado en octubre de 2004. Dejaba un rosario cuyas cuentas gustaba de acariciar mientras caminaba por los pasillos de la cárcel. Cada una representaba a un amigo, a alguien que le había concedido, de alguna forma, otra oportunidad. Su esperanza.

Hoy, Dominique, el parque de Primavalle (en Roma) lleva tu nombre. El nombre de un condenado a muerte. El nombre bajo el que ahora crecen las flores, corretean los niños, renacerá la primavera.

Al final reconocemos las notas del maestro Piovani que tan familiares se hacen en nuestra memoria y en nuestro corazón. Y sale Giorgia a cantarnos con su voz maravillosa.

Cierro los ojos.

La vida es bella.

Toda vida es bella.

» Sobre las iniciativas de Sant’Egidio contra la pena capital…
No alla pena di morte