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Cómplices traviesos de lo eterno

No sé si lo entiendo demasiado;
pero, inexplicablemente, todo concuerda:
el amor nunca pasa,
el bien no fue jamás en vano,
estalló la semilla ciega,
volvieron a florecer los cerezos,
¡no dieron la razón a quienes gritaron y crucificaron!
Ya no es tiempo de vendas
para las heridas del ayer:
la muerte no tiene poder
cuando esperar no hace más falta
para poder vivir, ya hoy,
cómplices traviesos de lo eterno,
en tierna mano resucitados.


Montaje de elaboración propia a partir de escenas de la película «Los miserables» (1998).
Las canciones son «Sin ti» de Fray Nacho y «Levántate y anda» de Álvaro Fraile.

 

Como el grano de arena que basta para inclinar una balanza es el mundo entero a tu presencia, como la gota de rocío que a la mañana baja sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; pues, si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo habría permanecido algo si no lo hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, que amas la vida.

(Sab 11)

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Empezar de nuevo

Quizá no nos habían dicho lo bastante
que, detrás de cada rincón,
la vida puede, sencillamente,
volver a empezar…


Montaje de elaboración propia a partir de una escena de la película
«El curioso caso de Benjamin Button»

 

¡Feliz recién nacer!

¡Él vendrá
y nos salvará!

 

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De Flores a Chisec, pasando por Sayaxché:
cuatro enseñanzas

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«En el colegio nos están pidiendo ya que nos hagamos una idea de qué carrera vamos a estudiar y cada vez queda menos tiempo para decidir. Tengo mucho miedo de escoger mal: al fin y al cabo me juego mi futuro.»

De la carta de una amiga, hace unos pocos días.

«Es como un desvío. Como cuando vas por la carrertera y hay un desvío hacia otro sitio pero a lo mejor vas hablando por el móvil, o estás discutiendo o pensando en lo que sea, y no te das cuenta y se te pasa. Y te jodiste porque ya no puedes volver atrás. Pues ese día es lo mismo: un desvío. Y es muy importante, porque puedes elegir por dónde va a seguir todo. Si por ese camino que es nuevo o no. Por eso tenemos que estar muy atentas, Zule, muy atentas. Porque hay muy pocas cosas buenas, y si encima se te pasan porque estás hablando con el móvil o pensando en otra cosa, sería una mierda, una mierda completa.»

De la película Princesas (F. León de Aranoa, 2005).
Diálogo rescatado en el estupendo blog de Fernando,
hace unas pocas semanas.

«El tren sólo pasa una vez en la vida.»

De ayer, de hoy y de siempre. Y de un buen amigo.

Viajar a través de la belleza de Guatemala puede convertirse, si el forastero es capaz de mirar con otro enfoque, en una permanente lección de vida.

Como una de las visitas imprescindibles para quien se acerca a aquellas tierras se erige, sin duda, la magnífica ciudad de Tikal, ruinas de gloria maya alzadas con majestuosidad entre la tupida arboleda que da forma a la selva húmeda y exuberante del Petén. Pero Tikal es un enclave aislado, alcanzable tan solo a través de una modesta carretera desde Flores, la hermosa capital departamental que, varada junto al infinito lago Petén Itzá, ejerce como principal nudo de comunicaciones de la región.bus-guatemala.jpg Por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde se organizan todas las excursiones hacia Tikal. Y, por eso, es precisamente aquí, en Flores, donde el viajero que ya haya admirado la belleza de sus pirámides (y que desee regresar al centro o al sur del país) deberá tomar una importante decisión. Porque, en efecto, dos serán las alternativas que encontrará para volver al corazón de Guatemala: La más cómoda permite viajar en un autobús con abundantes plazas que, seguramente, décadas atrás lo fue de alguna escuela infantil estadounidense. La más interesante, quizá, la ofrecen los conductores de los pequeños colectivos que, con una mayor frecuencia, parten de la estación central…

El colectivo está a punto de salir hacia la Alta Verapaz y tenemos la suerte de llegar justo a tiempo a la estación. De haber tardado unos pocos minutos más, lo habríamos perdido, pensamos. El vehículo que nos espera no difiere demasiado de los que ya hemos conocido estacion-colectivos.jpgen nuestros trayectos por Cobán, la ciudad que nos acoge: se trata de una furgoneta bajita y de no más de doce plazas en la que, sin embargo, suelen entrar muchos más viajeros, componiendo escenas a medio camino entre lo pintoresco y lo asfixiante, en las que no suelen faltar mujeres dando el pecho a sus bebés, mercancías de los tipos más diversos y, en ocasiones, tampoco alguna que otra gallina. Pero esta vez nos sentimos afortunados: somos cuatro los voluntarios que viajamos y tan solo un par de personas más se unen a la expedición. Por lo menos podremos estirarnos cómodamente hasta la próxima estación, para la que, con un poco de suerte, todavía nos quedarán unos cuantos kilómetros.

Nuestra sorpresa llegará nada más salir de la terminal, cuando el niño que acompaña al conductor (el gritón) saque por primera vez su cabeza por la ventana para anunciar el destino de la camioneta. Lo hace con voz rasgada y sin apenas darse tiempo para pronunciar el nombre completo de la ciudad antes de volver a empezarlo de nuevo: «¡Cobáncobáncobáncobáncobánnnnn!». Y entonces nos percatamos de que la próxima estación es cada calle, cada esquina, cada rincón donde aparezca alguien que (sea premeditamente, sea por un extraño y súbito impulso) mercado-carcha.jpgquiera viajar hacia el sur. El colectivo dibuja, pues, un sinuoso trazado sobre el plano de Santa Elena (la prolongación sobre tierra de la ciudad cuyo corazón late en la isla de Flores), sin evitar ni tan siquiera las estrechas calles del mercado. Cada vez que un pasajero lo detenga, se repetirá inevitablemente el mismo ritual: el gritón descenderá de la camioneta rápidamente y, con un movimiento sencillo y ágil, abrirá la puerta corredera de la cabina para, en menos de tres segundos, dejar acomodado al nuevo compañero de viaje. Y así sucederá hasta salir de la ciudad e, incluso, cuando el vehículo atraviese cualquier enclave mínimamente habitado o el conductor aviste algún distraído caminante, perdido en las soledades de la carretera. Nuestra pretendida e ingenua comodidad, desde luego, quedó arruinada muy pronto.

Primera enseñanza: Las estaciones no solo están donde siempre nos habían dicho que estaban. Cualquier lugar es bueno para subirse al tren si ardes en deseos de viajar. Si no llegaste a tiempo a la parada, ¡prueba a detenerlo!

Estamos atravesando las verdes llanuras del sur del Petén y la camioneta no deja de llenarse. Incluso en los lugares más recónditos aparecen trabajadores del campo; humildes vendedores que prueban suerte con su mercancía hoy a este lado de la carretera, mañana al otro; mujeres con sus niños pequeños en brazos. Los ocupantes del colectivo comenzamos a sufrir las consecuentes estrecheces: el calor y la humedad (de por sí sofocantes en esta zona de Guatemala) se hacen un poco más insoportables, y nuestra amiga I. colectivo-flores-sayaxche.jpgsiente cada vez más cerca el contundente machete para segar la hierba que cuelga del jornalero que viaja pegado a su izquierda. Una hora más tarde, somos más de treinta dentro: algunos sentados, la mayoría de pie y en las posiciones más inverosímiles. El gritón viaja ya con medio cuerpo fuera del vehículo, pero, para nuestro asombro, ello no le impide seguir anunciando con fuerza la disponibilidad del servicio. «¡Sayaxché, Libertad! ¡Hay plazaaaaaaaas!» Los cuatro voluntarios nos miramos atónitos mientras, a nuestro alrededor, nuestros compañeros de expedición (guatemaltecos todos y, deducimos, asiduos a esta línea) asisten impasibles a la escena. Pues sí: parece que todavía hay plazas.

Segunda enseñanza: El tren no es solo para unos pocos elegidos. O para los que llegaron a tiempo. O para los que lo cogieron primero. Por muy lleno que esté, si quieres viajar, siempre hay un espacio para ti.

Llegamos a Sayaxché, al sur del Petén. Todavía no hemos cubierto ni la mitad del camino pero, alcanzada esta altura del trayecto, el conductor se detiene y nos invita a bajar. sayaxche-rio-pasion.jpgFrente a nuestros ojos, una imagen que, no por ya conocida, nos resulta menos impactante: estamos frente al río de la Pasión, un torrente majestuoso de vida que se abre paso mansamente a través de un ancho cauce al que abrazan veredas de árboles tropicales. Ningún puente se ha atrevido a abrirle una cicatriz; tal es el miedo a lastimar su belleza. ¡No!, no hay puentes, ni tan siquiera en esta ciudad de más de cincuenta mil habitantes, en este importante cruce de caminos. Bien es cierto que el colectivo podría vadear el envite situándose sobre la ingeniosa plataforma móvil que va desplazándose alternativamente entre una y otra orilla, pero parece que, llegados a este punto, le resulta más rentable regresar a Flores. Nos aseguran, de todas formas, que un vehículo idéntico nos espera al otro lado de la Pasión. Cruzamos el río en una barcaza y lo encontramos, efectivamente, dispuesto. Muy pocos nos subimos, pero ahora ya estamos seguros de que ello no nos asegurará ni más comodidad ni una mayor dosis de aire puro en el habitáculo. Entramos en el casco urbano de Sayaxché y le damos dos vueltas. El nuevo gritón repite el ritual, la camioneta se llena y nosotros nos sentimos ya un poco menos extranjeros.

Tercera enseñanza: El viaje es largo y se manifiesta siempre repleto de pasiones. Pasiones que unas veces toca vadear; otras, abrazar; y siempre, afrontar. En todo caso, nuestros trenes, por sí solos, se demuestran incapaces de vencer todos los obstáculos. Haber logrado montarnos en uno no nos garantiza la tranquilidad de un futuro que ya solo dependa de cómo seamos capaces de mantenernos a bordo.

Hemos entrado ya en la Alta Verapaz y confiamos en que, a pesar de las estrecheces, no nos toque vivir nuevos sobresaltos hasta nuestra llegada a Chisec, la localidad en la que nuestros amigos nos van a recoger para llevarnos a un pequeño paraíso: las mágicas y recoletas cuevas de Candelaria. La ciudad en la que hemos de apearnos nos es desconocida pero, una vez bajemos de la camioneta, pensamos orientarnos con la ayuda del conductor antes de que el colectivo siga su camino hacia Cobán, el destino que los gritones llevan anunciando desde que salimos, hace ya unas cuantas horas, de Flores.encrucijada-chisec.jpg Muy pronto, sin embargo, la juguetona trama de este viaje habrá de zarandearnos con un nuevo imprevisto. Porque, en realidad, este servicio no lleva a Cobán y ni tan siquiera alcanza Chisec, nos informan nuestros vecinos. Tan solo nos dejará en el siguiente cruce de caminos, donde otras furgonetas, dicen, aguardan a la espera de viajeros que quieran dirigirse, no solo hacia el sur (la única ruta posible, según nuestra limitada perspectiva), sino también a otros puntos de la geografía más cercana. Nos vemos empujados, pues, a lo que parece una interminable carrera de relevos, en la que cada bifurcación nos obligará a buscar de nuevo asiento en otra camioneta, a parapetarnos en un nuevo reducto de aire más o menos respirable… a preguntarnos, en fin, adónde estamos yendo realmente.

Cuarta enseñanza: Ninguno de nuestros trenes, tan humanos, tan limitados, nos lleva hasta un destino final e inexorable. No hay decisión, por muy definitiva que la consideremos, que tarde o temprano no se vea obligada a pararse ante una nueva encrucijada.

Hay trenes que pasan solo una vez a lo largo de nuestra existencia, quizá. Hay, sin duda, opciones, elecciones, que nos marcan profundamente para el resto de nuestros días; que escriben con tinta indeleble la historia personal de la que somos siempre, y al mismo tiempo, hijos y padres, llave.jpgdeudores y agraciados. Y hay, cómo no, momentos en la vida en los que un arrebato de valentía, una apuesta por la generosidad o un hálito de lucidez, pueden marcar la diferencia para mucho tiempo. Pero me resisto a creer, como la Caye de Princesas, que un instante de despiste (se condense éste en un segundo o en quién sabe cuántos años) pueda sellar nuestro destino y dejarlo visto para sentencia. Como me resisto a creer, mi querida amiga, que te vayas a jugar todo tu futuro en la carta que ese crupier impaciente llamado convencionalismo social te obliga ahora a apostar. Como no puedo concebir, en definitiva, que un Dios que nos ama hasta el infinito no nos conceda (en nuestros dones, en nuestros talentos, en nuestra sensibilidad para escuchar su llamada) la posibilidad inagotable de volver a construir de nuevo el mañana, por mucho que ayer erráramos el camino.

Porque no hay decisión que no traiga consigo nuevas encrucijadas. Porque nuestros billetes hacia felicidades efímeras no son capaces por sí solos de sortear los obstáculos. Porque para tus sueños no hay hora de salida ni estación de embarque predeterminada. Porque en el único tren que de verdad lleva a la plenitud, milagrosamente y por muy lleno que circule…

…siempre, esperándote, ¡hay plazaaaaaaaas!

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El kiwi que quiso volar

kiwi.gifUn kiwi no tiene alas. Mejor dicho: las pequeñas alas que la naturaleza le ha regalado, apenas un par de apéndices, son difíciles de apreciar, escondidas como quedan bajo su plumaje. Por eso, un kiwi nunca podrá volar.

¿Nunca?

–Qué pequeña eres, brizna de hierba.
–Sí, pero tengo a toda la Tierra bajo mis pies.

RABINDRANATH TAGORE

pajaros-barro.jpgNo hay sueños imposibles. Pero volar sobre la realidad presente para poder abrazar la utopía exige dedicación, constancia, cariño, paciencia, confianza… el corazón en el cielo y las manos en el barro.

Y fe. Porque los milagros acontecen a cada paso para quien sabe descubrirlos.

Y tú, ¿quieres volar?

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Encrucijadas

El camino representa de manera admirable y misteriosa el ser mismo del hombre y la mujer: una vida en tránsito, en perpetuo trascenderse a sí misma.

ANDRÉS TORRES QUEIRUGA

Quienes hemos tenido la oportunidad de peregrinar hacia Compostela solemos compartir un sentimiento que brota de nuestros corazones con sorprendente fuerza: el Camino de Santiago es una verdadera metáfora de la vida, encrucijada.pngy quien lo recorre tratando de dar un sentido a cada paso se sitúa en un espacio y un tiempo privilegiados, sagrados, que lo abren a un encuentro con lo más profundo de su ser.

Y, aunque todos tenemos la percepción de que los caminos de Santiago son ya itinerarios bien definidos y señalizados, donde resulta casi imposible perderse y que apenas nos enfrentan a la posibilidad de elegir por dónde queremos avanzar, aún hoy la Ruta Jacobea continúa situando al peregrino ante algunas encrucijadas. Entonces, como en la vida, hay que optar. Mojarse. Quizá, incluso, arriesgarse.

Una de las encrucijadas más célebres del Camino Francés a Santiago es la que nos encontramos a la salida de Villafranca del Bierzo (León), cuando ya rozamos Galicia con los dedos y soñamos con la mágica ascensión al Cebreiro. La ruta histórica, que atravesaba el fondo del angosto valle, había sido sepultada por el asfalto de la carretera nacional y traicionada por el rugir del intenso tráfico. Por eso, muchos peregrinos de antaño buscaron una alternativa por la montaña. dos_caminos.jpgHoy, con la autovía a Galicia ya finalizada y tras haberse habilitado un andadero a la vera de la nacional, ambas opciones resultan ya seguras para el peregrino. Pero la encrucijada no ha desaparecido. Todavía podemos elegir.

La ruta de Pradela, la que evita la carretera por la montaña es, sin lugar a dudas, mucho más exigente que la tradicional. Su primera rampa –en la misma encrucijada, aún entre las callejuelas de Villafranca– es todo un preludio de lo que le espera al caminante: una dura ascensión en continuo sube y baja, escasamente señalizada, cuyo sinuoso y rápido descenso por laderas pedregosas puede ser letal para más de un tobillo. No es de extrañar, por tanto, que los veteranos del Camino, las guías de viaje, los hospitaleros de los albergues y las gentes del pueblo opten mayoritariamente por aconsejar la ruta de Pereje –por el valle–, que va ascendiendo suavemente sin que apenas lo noten las piernas, a través de un itinerario en el que resulta imposible perderse y que, además, es mucho más corto.

alto_pradela.jpgCuando, hace ahora dos años, tuve el privilegio de acompañar, junto a mis amigos Pilar y José, a mi grupo de chavales de Chamis en su peregrinación a Santiago, les ofrecí, ante la encrucijada de Villafranca, la posibilidad de elegir por qué alternativa deseaban avanzar hacia Galicia. Algunos optaron por seguir las recomendaciones habituales y ahorrar energías, pensando quizá en la etapa del día siguiente. Otros, por el contrario, prefirieron arriesgarse. Y así nos separamos, para no volver a encontrarnos hasta Vega de Valcarce.

Fue al reunirnos de nuevo cuando comprendimos. Quienes habían escogido la ruta de Pereje, el camino aparentemente cómodo y sencillo, lamentaban la monotonía y el cansancio en los que habían quedado sumidos tras casi quince kilómetros de arcén amarillo, separados apenas de la carretera por un frío muro de cemento.arcen_trabadelo.jpg A pesar de que habían atravesado un precioso valle, el tráfico de coches y camiones, el desfile de peregrinos casi puestos en fila, la dureza del asfalto y la desoladora visión de los colosales viaductos de la autovía, construidos entre su mirada y el cielo, les habían impedido gozar de una etapa que podría haber sido maravillosa.

Por el contrario, los que prefirieron no seguir la ruta fácil, los que se sintieron llamados a ascender por la montaña de la que ya casi nadie se acuerda, vivieron una jornada de hermosa paz, de profunda intimidad, de hermoso compartir, a través de bellísimos paisajes que se les regalaban en una explosión de verdor. Y así pudieron gozar de vistas espectaculares, de aldeas perdidas, de bosques mágicos, de castaños imponentes, de praderas en flor. El valle del Valcarce, mientras tanto, se abría ante sus ojos desde una perspectiva única, como pocos peregrinos pueden ya imaginárselo. castanos.jpgY solo a lo lejos podía apreciarse la traza de lo que parecía, tal vez, un duro arcén de asfalto pintado de amarillo.

El Camino es una metáfora poderosa de la vida, sí. Porque en la vida también nos encontramos con encrucijadas que pueden llevarnos a través de caminos cómodos y seguros, por los que la mayoría desfila tratando de no desgastarse ni de perder demasiadas energías, o de senderos poco transitados en los que el riesgo de perderse, lesionarse o fatigarse es quizá mucho mayor. Como el sendero del Evangelio, que nos rompe por dentro y nos pone contra las cuerdas al pedirnos que amemos sin medida (aunque duela), que perdonemos sin medida (aunque cueste), que demos la vida sin medida (aunque perdamos nuestras fuerzas en el empeño). Porque, para poder ensanchar nuestra visión y mirar desde lo alto, siempre hay que optar por el camino que sube. Porque, para llegar a sentirnos plenos –y no solamente llenos–, no valen los itinerarios fáciles ni las alternativas baratas. Porque, para poder experimentar un amor profundo y verdadero, es preciso haber dado mucho de nosotros primero. Por eso, en la encrucijada, el susurro de Jesús no nos conduce nunca hacia la ruta cómoda y sencilla. Nos pide que arriesguemos la vida. Él vino a traer la guerra y no la paz.

Pero entonces ocurre el milagro: las vistas espectaculares, las aldeas perdidas, los bosques mágicos, los castaños imponentes, las praderas en flor. Y, al fondo del valle, quien acaba lamentando (quienes acabamos lamentando, tantas veces) la monotonía de ese arcén pintado de amarillo.

Vida tiene quien vida dio.