En lo infinito de mi debilidad

Cuando la lluvia ya no empape la tierra
y se apaguen los frutos de los limoneros;
cuando reposen todos los fuegos
y venza a los rescoldos el viento de la noche;
cuando el guarda apague las luces de la feria
y nada sea ciertamente perfecto,
cuando perfectamente todo podría ser más
y empieces a echarme, sin querer, de menos;
allí, en lo infinito de mi debilidad,
donde ya no puedo y, sin embargo, crezco,
pequeño y entero te amaré.

Porque no es jamás, menos ahora,
tiempo de sequía o de ausencia,
ni el turno de lo oscuro o del silencio.
Sólo es que las grietas no son pocas:
¡mejor, digo yo, barro que hormigón!
Te confesaré, de todas las maneras,
que es entre los vanos de esta vasija
por donde se cuela el agua fecunda
que encenderá mañana nuevos frutos.
Te desnudo entonces mis rendijas
para que la luz no encuentre obstáculo
y así el fuego siga avivándonos
la bendita dicha de amarnos imperfectos,
frágil y eternamente bienaventurados.

No puede ser sino para siempre. Incondicionalmente ojalá.