By

Una mirada en silencio

¿Será tal vez inevitable? Tú, que llegaste como cooperante a África con tu batería de humildades cortada a medida, no puedes en tantas ocasiones resistirte: caer en la tentación que te acompaña sin descanso porque eres quien eres y viniste de donde viniste. Mira que lo habías dicho demasiado, repitiéndolo como un estribillo machacón para intentar grabarlo a fuego en lo más hondo: estamos para «dejarnos hacer», somos presencias humildes, antes escuchar y empaparnos que aspirar a enseñar, acojamos todo como un don y una oportunidad de encuentro… Sin embargo, tu fragilidad se impone, a veces de viva voz; otras, en lo secreto, allá donde las buenas palabras que aprendiste un día a pronunciar se desprenden de todos los adornos y se muestran menos perfectas, más crudas, en profunda lucha.

Me refiero a la humildad buscada y tantas veces perdida. A los juicios severos y los estereotipos que ganan raíces bien adentro. A las miradas menos misericordiosas y al cariño que por algún frente descuidaste. A los esquemas que no se rompen, que no dejan paso a una manera diferente de mirar la vida y exigen, por el contrario, que las cosas se amolden a lo que uno está preparado para asimilar. A las lecciones que, de cuando en cuando, te gusta dar. A las soluciones exprés que fabricas a vuelapluma sin apenas conocer la trama vital que te rodea y que lleva tiempo tejiéndose sin ti ―¡y sin echarte de menos!―. A tu creer, aun no queriéndolo, que eres tú quien viene del lado bueno de la historia… y que los demás se suban al carro si quieren. A ese no saber leer entre líneas cuando experimentas el rechazo, la incomprensión o, sencillamente, la constante evidencia de que eres el diferente, el extranjero: aquí, el que es demasiado y, al mismo tiempo, no podrá nunca llegar a ser del todo.

Entonces sabes que quisiste ir un poco deprisa y creíste estar seguro de demasiadas cosas. Porque ¡qué difícil para este soldado aprender a poner corazón a tierra! ¡Qué dura la batalla que se libra en tus ojos, más acostumbrados a la valoración, al escrutinio, que a la sencilla contemplación! ¡Cuánta batería de mortero somos capaces de desplegar ―en lo visible o en lo invisible, con la palabra dicha o pensada― ante aquellas realidades que nos confunden, que nos trastocan las convicciones, que nos rompen por dentro! Qué complicado se vuelve, por el contrario, reconocernos superados, pobremente desbaratados… y ricamente llamados, por tanto, a traspasar las fronteras de nuestros mundos estrechos. A salir al encuentro de lo distinto, donde el Amor también ―y, quizá, sobre todo― nos espera desde antiguo.

Así, ¿cómo educar a nuestra mirada para que, posada en el otro y en lo otro, se vuelva abrazo tierno antes que juicio, evaluación o enmienda? ¿Cómo grabar a fuego en lo más hondo la certeza de que todo encuentro nace abierto al misterio de lo eterno y, por tanto, se encamina a un infinito mucho más grande que el campo de visión de nuestros pequeños anteojos? ¡A veces cuesta tanto!: esa mayoría de alumnos que nunca hace los deberes y parece desconectada de todo lo que intentas hacer por ella, la gente que se llega sin descanso a tu casa para pedir y más pedir, la crueldad con la que tantas veces son tratados los más sufrientes en un rincón del mundo donde la pobreza apenas deja espacio a las ternuras… Pero, a pesar de todo, ¿de cuánto equipaje inútil habré de desprenderme para poder mostrar a todos mis brazos y mi alma ―tan pobres y egoístas también― verdaderamente disponibles? Definitivamente creo que, en este tiempo de refrescante desierto, el corazón de África me llama más que nunca a intentar cumplir con el consejo que tantos misioneros han recibido en su camino hacia tierra extranjera: «si llegaste el último, ante todo, ver, oír y callar».

Suena duro, pero es lúcido. ¿Implica renunciar a la lucha? En todo caso, a aquella que nace de tu pobreza, de tu limitación, de tu ansiedad, de tu sed de reconocimiento… aún necesitadas de hacer camino junto a quien te acoge, con cuyo amor y cuya espera todavía no te has encontrado. Ver, oír y callar, entonces, para que el corazón no se llene enseguida de demasiadas imágenes dibujadas a tu medida o de demasiadas palabras inútiles. Ver, oír y callar para que el otro pueda escuchar de verdad su voz en tus entrañas, sentirse bienvenido a tu vida desde lo que es y lo que te puede dar. Ver, oír y callar para recordarte sin descanso que todo puede volverse sorpresa y milagro cuando tú dejas de creerte el maestro de ceremonias. Ver, oír y callar, en fin, para que este pasar por la historia no se convierta en mera caja de resonancia de mis búsquedas chiquitas; sino en eco de un Amor más grande que brota por doquier, que nos habita desde siempre y que puede liberarnos para siempre.

Ver, oír y callar.

O, aun mejor, mirar, escuchar y hacer silencio

VER (MIRAR)

Abrir los ojos. Abrirlos de verdad. Abrirlos también a lo que no te es propio. Salir de la casa donde te sientes en seguro bastión, de las compañías con las que ya sabes moverte, de las comodidades que vuelven cercano el hogar lejano. Pasear las calles, salir a los barrios, comprar a las mamás la fruta, embriagarte de olores. Mirar a los que otros solo ven y casi nadie se acerca. Prepararles la mejor sonrisa y una caricia en la mejilla. Contemplar la belleza de este país sosegado y vitamínico: la tierra ocre de los caminos sin asfalto, los árboles alzados con desmesura, los mangos brotando por doquier, el ocaso que incendia el horizonte. Mirar y ad-mirar.

Fue así, quizás, como descubrimos ―lo sabíamos, pero hacía falta verlo― que Ibrahim pasa sus tardes deambulando de aquí para allá con una garrafa de vino de palma para su venta. O que, en el mercado vespertino de Tokoyo, el pequeño Younouss alterna en su bandeja los jabones y las cerillas mientras trata de abrirse paso entre los recovecos del bullicio por dos o tres monedas. O que Alice pone siempre a nuestra disposición buenos panes de trigo; el puesto abierto, por mucho que en ocasiones la cruel malaria le quite las ganas, hasta que caiga la noche. Cuando todos volverán a su casa, donde a oscuras dirán adiós a otro día de duro trabajo.

He ahí nuestros alumnos, que casi nunca hacen los deberes.

OÍR (ESCUCHAR)

Antes de hablar. Antes incluso de creer que tienes algo importante que decir. Escuchar a las gentes, escuchar en sus miradas y en sus gestos, en su protestar y en su bromear, en su pedir y en su dar, en su despreciarte o en su darte la bienvenida. Aprender la lengua que te solicita y te busca a diestro y siniestro, aquella que hace de verdad palpitar el corazón de este pueblo. Entrar en la lógica de un idioma hermoso donde centro se dice corazón y el corazón está en el centro de la vida: el corazón que duele, el corazón que está dulce, el corazón que golpea, el corazón que se hace uno con otro corazón. Acoger con sorpresa la incesante retahíla de cantos, bailes, palmas y tambores que nos acompaña a todas horas y que celebra con gozo esta existencia en medio de tantas ausencias, de tantas traiciones al don mismo de la vida. Escuchar… y guardar cada palabra como importante, como testimonio del caminar del otro que se entrecruza, siquiera un momento, con el nuestro.

Fue así, tal vez, como pudimos entender los gritos de Émilienne, cuando nos abordó súbitamente en la cárcel a sabiendas de que la Misión Católica trata de liberar, de cuidar y de guardar en lugar seguro a quienes, por su frágil situación, sirven como chivos expiatorios de la ira colectiva: los que son acusados de brujería, linchados en los barrios, encerrados en la pestilente e inhumana prisión local sin derecho a defenderse. Émilienne era una más: acababa de llegar y protestaba vehementemente, tratando de llamar nuestra atención. Pedía la liberación, pero no se preocupaba por la suya. Junto a ella había llegado Madeleine, ya anciana, con evidentes signos de desnutrición y las heridas de la brutal paliza aún supurando en sus entrañas…

«¡Es a ella a quien tenéis que sacar! ¡A ella primero! ¡Lo necesita!», repetía, sorprendiéndonos y alertándonos al tiempo. Se hacía así voz de quien ya no podía articular palabra, de quien apenas se atrevía a mostrar su rostro y prefería esconderse de todo y de todos dentro del mísero habitáculo en el que había quedado confinada. Y sí: también Émilienne había sido acusada de brujería, también a ella la habían apresado las cadenas de la injusticia, también tenía derecho a buscar su vía de escape… pero, en este pedacito de mundo donde tantas veces sobrevivir ya es un premio, quiso invertir todas sus energías en asegurarse de que, en cualquier caso, sería otra, otra que lo necesitaba más, quien saldría primero. Quien saldría, seguramente, sin que nadie más pudiera acompañarla.

He ahí las peticiones que nos desbordan, rompiendo tantas veces las lógicas del «sálvese quien pueda», desnudando nuestro egoísmo y vistiéndolo de dignidad.

CALLAR (HACER SILENCIO)

No buscar demasiadas palabras propias para explicar lo que todavía te es, de algún modo, ajeno. No traicionar con tus lenguajes made-in-Europe tantas sutilezas, tantos matices, tantos movimientos de la vida… para cuya comprensión sigues preparándote en lo profundo. Elegir no responder a la ofensa, porque es más profético acogerla con una sonrisa tierna y misericordiosa. Decidir no proponer demasiado, no comentar demasiado, no sugerir demasiado, no trazar demasiados planes… para aprender dentro de ti que aquí son otros los que saben, los que conocen, los que pueden. Para recordarte que primero has de hacer camino con ellos. Intentar, entonces, guardar todo en tu corazón, apartarlo del fragor de la batalla para darle la oportunidad de crecer al calor del fuego lento, donde Otro siempre le da mejores sentidos…

Mientras yo sigo sin callarme y continúo escribiendo esta carta, cómodamente sentado frente a la pantalla —noche oscura, lluvia fina, pueblo durmiente—, ella estará arrancando su todoterreno para atravesar, por última vez en el día de hoy, los caminos tortuosos de mucho barro y ninguna farola que separan su comunidad del hospital diocesano. Le aguardan sus más queridos, cuya vida se apaga lentamente entre las garras del sida y muchas soledades. Va a darles las buenas noches, a rezar con ellos, a tomarlos unos minutos más de la mano. Al mismo tiempo, otra ella descansa de una larga jornada de entrega a los últimos de esta tierra, a todas las Madeleines cuya piel limpiaron sus manos, cuyo alimento preparó con cariño, cuyas tristezas escuchó con tierna paciencia.

Ellas, que nunca se han preocupado de contarnos nada de esto, de darse la más mínima importancia, no querrían, claro, que dijera su nombre. Ni ellas ni muchos otros que entregan su vida desbordantemente en las Áfricas del mundo ―no un año o dos, sino hasta el final― sin preocuparse de enviar tantas líneas de fina redacción ni de recibir los agradecimientos y parabienes que nos llegan por doquier a los que nada hacemos. Sirven en lo secreto, haciendo silencio en lo íntimo, alimentando sus fuerzas de aquello, de aquellos, de Aquel, que verdaderamente construyen y renuevan.

He ahí el milagro que se hace posible cuando nuestras vanidades, nuestros miedos, nuestras grietas y nuestros fardos se acallan. Cuando nos permitimos, sencillamente, mirar, escuchar y guardar en el corazón. Cuando nos sabemos los últimos entre los últimos, que serán ―ellos― los primeros.

Que África siga enseñándonos, entonces, a mirar en silencio.

Vengo a ti, hermano. Me costará, tal vez. Pero, desde el primer momento en que se entrecrucen los caminos de nuestros ojos, arderé en deseos de acogerte entero, de rendirte mi abrazo.

By

Recién nacer la ternura

Aún recuerdo a Mario y la noche que me llamó papá.

Mario, dieciséis años entonces, guatemalteco, alumno del colegio Nuestra Señora de la Esperanza. Me lo habían presentado días atrás como un joven con problemas: demasiados devaneos con el alcohol y la droga, algún robo por aquí y por allá, una mochila tan llena de sueños ―llegar al Bachillerato, estudiar para delineante― como vacía de cuadernos y de buenas notas. Nos lo llevamos a una convivencia bajo severas condiciones porque queríamos apostar por él, a pesar de que otros no pedían sino su castigo. Nos falló a la primera. Cuando todos dormían, lo descubrí entre el licor y la marihuana, lo llevé al salón de la casa y lo reprendí sin estridencias, pero severamente. Tanto que rompió a llorar sin control, como se rompe una vasija quebrada cuando lo que ya no cabe dentro desborda. Su llanto me impresionó. Le dije entonces que lo quería, que exigirle no significaba dejar de amarle y de buscar su bien. Fue en ese momento cuando se abalanzó sobre mí para aferrarse a mi pecho, para abrazarme con toda su fuerza, para pronunciar ―como un niño pequeño, aún balbuceante― aquella palabra que me desconcertó:

¡Papá!

No pude evitar preguntarle por qué, aunque para él la respuesta era evidente. Yo era ―me aseguró― la primera persona en dieciséis años de vida que le había dicho que lo quería.

No es sencillo ser profesor en el colegio Saint Pierre Claver de Bangassou. En septiembre me asignaron varias clases de inglés y religión en los primeros cursos de la Secundaria. Setenta y cinco adolescentes en cada lista: todo un privilegio si nos comparamos con el instituto público, donde llegan a rebasar los doscientos por aula y los chicos han de encontrar un sitio en el suelo desde el que poder seguir las lecciones. Pizarra y tiza para mí; cuaderno y bolígrafo para ellos; y, tres puertas más allá, una pequeña biblioteca donde luchan contra el polvo y las termitas unos cuantos libros de texto traídos de Francia. Desde este año, también una bola del mundo. Casi nada más. Material exiguo, pero mucha ilusión por bandera para dar comienzo a mi primera experiencia como maestro de poco y alumno de muchos.

Pronto me di cuenta de que tendría que pelearme cada hora hasta la extenuación. ¿Qué hacer cuando la puntualidad se vuelve un lujo inalcanzable, cuando el silencio no es una alternativa, o cuando la mitad de los rostros que ansías conocer se te ocultan derrotados con el pupitre como parapeto? ¿Cómo actuar ante todas las alumnas que por vergüenza se niegan a responderte, ante todos los chicos a quienes has de mantener dentro de la sala por mucho que molesten ―porque fuera, mirando por la ventana, sería peor―, o ante aquellos que se burlan de ti cada vez que te cuesta pronunciar una palabra en francés? ¿Es posible que uno no se sienta desbordado al comprobar cómo en tantas ocasiones se tratan estos jóvenes con dureza, cómo no dudan en acusar rápidamente al otro antes incluso de que tú preguntes ―y aun antes de que tú sepas que ha pasado algo malo―, cómo se vuelven implacables contra quien comete un error ―basta una letra mal deslizada en la pizarra―, cómo les cuesta compartir una simple hoja de papel? En fin, ¿existe algún modo de superar esa frontera por la que nunca dejo de ser a sus ojos el profesor exótico, el que contempla todo esto con tanta esperanza como desconcierto, el que echa de menos un ambiente algo más dulce y cariñoso, el que en verdad no entiende ―me dicen algunos― cómo se deben hacer aquí las cosas?

En efecto, aquí las cosas se suelen resolver de otro modo. Vara de madera para dispersar a los que perturban el orden, rodillas sobre la tierra si el chico habla de más, tercera ley de Newton aprendida en cada correctivo. Acción-reacción. Así, no debería haberme extrañado la respuesta que obtuve de un quinceañero cuando pregunté durante una lección de inglés si era preciso recurrir siempre a la amenaza del castigo para que las cosas pudieran funcionar mínimamente. Se levantó hastiado y me contestó: «En este lugar, profesor, o nos trata como animales o no logrará nunca que haya un buen comportamiento». Y ya no supe qué más decir, salvo que me negaba.

Porque los quería.

¿Será entonces que estos jóvenes, que cada día me ilusionan y agotan a partes iguales, no llegan cada mañana a clase sino para pedir que se los quiera? ¿Y será que los primeros necesitados de caridad y misericordia son esos profesores de cuyos labios tantas veces escucho ―y escuchan mis alumnos― que en el colegio estamos rodeados de malvados, de perturbadores del orden, de pequeños ladrones? Verdaderamente Teresa de Calcuta sabía bien de qué hablaba cuando recordaba que la mayor pobreza es no poder llegar a conocer el amor. ¿Cuántos Marios vagan por el mundo sin haber sentido nunca que su vida tiene sentido porque alguien ―y Alguien― los amó primero? ¿Es posible llegar a ser las personas que estamos llamadas a ser sin haber conocido la fuerza irrefrenable de un te quiero conjugado con autenticidad y desde lo más hondo? Entonces, antes que cooperantes, profesores, activistas, ejecutores de un programa, impulsores de un proyecto o promotores de ¿qué? desarrollo, ¿no habremos de ser, sencillamente y allá donde estemos, presencia humilde de los te quiero que otros no dirán? Y, lo que es más, ¿presencia dispuesta también a aprender a amar?

De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas.

(Is 2, 4)

Son tantos los días en los que me pregunto dónde encontrar resquicios por los que colar un pedacito de ternura… Afortunadamente, está Jean Privat. Es huérfano y ya se ha hecho todo un hombre, pero cada día se bate el cobre entre niños de trece años porque quiere sacarse la Secundaria. No lo conozco demasiado todavía y quizá me toma algo el pelo, pero me enamora la sonrisa abierta y luminosa, sin escamoteos, con la que se pasea por el patio del colegio y me saluda cada mañana. También tengo presente a Mauricette, a la que le cuesta un poco más el estudio, pero no tanto ser la primera en pasar con dulzura por el portal de casa cuando uno se pone enfermo o cuando toca despedirse antes de las vacaciones. Admiro, por supuesto, a Loïs, callada y discreta como pocas, pero capaz de pelearse unas notas brillantes en un mundo en el que nadie se toma aún demasiado en serio el hecho de que una mujer vaya al colegio y se construya un futuro. Está, desde luego, Rodrigue, todo sensibilidad y gentileza a pesar de que, a estas alturas de su vida, ya le han fallado casi todos. O el pequeño Grâce-à-Dieu, que es capaz de reventar la mitad de mis clases, de reírse de mí hasta la extenuación, de granjearse el repudio de todos sus educadores… cuando, en realidad, lo que pide a gritos es misericordia ante una vida rota, en la que sobraron muchos palos y faltaron muchos…

TE QUIERO.

Es lo que aprendo a decir y a vivir también cuando mis chicos llenan con ilusión las clases voluntarias de refuerzo que tan temerosamente inicié hace ya un par de meses. O cuando cada tarde escucho a tantos niños y jóvenes ensayar sin descanso los teatrillos de Navidad o los cantos del coro, con el mismo afán que tantas veces les falta para afrontar lo que les pedimos en el cole ―¿porque lo que necesitan es sentirse protagonistas de verdad?―. O cuando, ya de noche, al otro lado de nuestra pared, hay quienes aprovechan la luz que emite la casa ―la misma que falta en las suyas― para releer los apuntes del día después de una dura jornada, trabajo vespertino incluido, una sola comida en el mejor de los casos.

Ellos y tantos otros son los resquicios por donde recién nacerá, también dentro de mí, la ternura. Ellos y todos los demás son esas flores que, por doquier en esta tierra ―también en la casa que nos acoge―, brotan en medio de los peñascos más agrestes, de las paredes más rugosas. Por ellos el Amor vuelve a hacerse niño, a traer el calor a los pesebres de la historia, a susurrar en nuestros corazones con infinita dulzura que podemos amar…

…porque, como todos los Marios del mundo,
ya somos amados.

¡Feliz y
verdadera
Navidad!

By

Yo te saludo, África

Cuando el viajero recorre por primera vez los caminos de Centroáfrica, no puede evitar quedar sorprendido por la intensidad que llegan a adquirir los intercambios de saludos con las gentes a las que encuentra. Si atraviesa el país en coche, bastará un sencillo movimiento de manos alzadas para que los lugareños, al borde del camino, reconozcan el gesto y lo devuelvan multiplicado, mediante un sonoro y risueño «Merciiiii!», mientras el vehículo continúa avanzando sin remedio sobre la tierra ocre y los ecos del agradecimiento se pierden en el aire. Si, por el contrario, transita a pie, contará con algunos segundos más para mirar a los ojos de la persona con la que se cruza y, aun sin conocerla, dirigirle en lengua sango un sencillo «Bara ala» (Yo le saludo), que seguramente desencadenará parecida reacción.

En ambos casos, lo habitual es que el viajero se sienta gratamente reconfortado por los benéficos efectos de su voluntad de acercarse, tímidamente siquiera, a quienes siempre tuvo tan lejos. Es difícil que ese «Merciiiii!» no llegue a sus oídos con una mezcla de calidez y reconocimiento. Quienes lo pronuncian parecen hacerlo con tanta alegría como sorpresa: los has mirado, los has identificado, los has hecho visibles, los has traído a tu vida por un instante.

Pongamos ahora que el viajero es, además, un cooperante o un misionero. Alguien que llega a servir, a ofrecer su tiempo y sus manos entre aquellos que ya le anticipan su gratitud. ¡Qué mejor manera de arrancar su experiencia, de saberse acogido, de creer que el primer paso está dado! La anécdota, sin duda, resultará hermosa entre las fotos que en Europa todos aguardan: las del mercado caótico y bullicioso con telas de mil colores colgando de cada puesto, las de los niños sonrientes de mirada traviesa, las de los atardeceres que hacen arder la selva de naranja. Las que yo también envío, de cuando en cuando.

¿Porque esto es África?

No, las cosas no son tan sencillas. Afortunadamente.

Alguien especial me prometió, unos meses antes de venir, que África iba a modelarme, que me haría regresar distinto. Lo que no me recordó, lo que me permitió descubrir por mis propios medios, es que, para modelar el barro, es preciso primero derretirlo, deshacerlo. Des-hacerlo. Es decir, acabar con aquello que ya parecía hecho, perfilado, terminado… para volver a empezar. Para recrear lo que se había secado y fosilizado, humedeciéndolo y dándole nueva forma.

Yo me des-hago un poquito en este rinconcito del mundo cada vez que siento la derrota de mi cuerpo y de mis fuerzas, las que yo creía tan a prueba de casi todo. El calor húmedo y sofocante, el acecho de las enfermedades, la vulnerabilidad de tus defensas ―que todavía han de tomar la medida a la nueva latitud―, ese sutil pero incesante cansancio que acompaña invariablemente tus pasos a lo largo del día… son como gotas de agua que, cayendo desde lo alto, van horadando poco a poco tus rocosas seguridades, ¿tu pétrea vanidad? Te ponen a ras de suelo, te vuelven del color de la tierra, curan tus expectativas, relativizan tus agobios ―¿qué significará entonces cargar con la cruz del sida?― y te dejan desnudo ante tu humilde condición: no lo puedes todo, eres barro frágil, ahora no tienes que «hacer»: sólo «déjate hacer».

Y sí: yo me des-hago otro poco en este rinconcito del mundo cuando recojo la admiración con la que otros miráis mi presencia aquí, esta apuesta a ojos cerrados, y pongo en el otro platillo de la balanza la infinita pequeñez con la que afronto cada jornada mis quehaceres y mis silencios. Lo que cuentas es que viniste a vivir entre los más pobres de la tierra y lo que vives, sin embargo, tiene exceso de comodidad y poco de desprendimiento, mucho de fatiga y bastante menos de entrega a fondo perdido. Cada vez que acojo falto de paciencia y de ternura a uno de esos niños que, por decenas, vienen desde el amanecer a nuestra puerta para pedir un poco de agua o un cuaderno; cada vez que prefiero quedarme plácidamente encerrado en casa, en vez de salir al encuentro de quienes hoy serán olvidados por casi todos; ¿no escojo, en el fondo, seguir buscándome a mí mismo, por mucho que envuelva tal búsqueda en los atrayentes colores de la solidaridad? Definitivamente, la vasija que soy, la que ha de ir desmigajándose para que el Señor pueda modelar algo nuevo, ha llegado a África sobrada de grietas.

También me des-hago, cómo no, al experimentar en propia carne lo que significa ―aun en mi privilegiada condición― ser el distinto: el que pudo pagarse el largo viaje hasta aquí, el que a duras penas todavía habla la lengua del pueblo, el que se muestra tantas veces incapaz de comprender la cultura local, el que permanece al otro lado de la frontera… El que tiene, sobre todo, un raro color de piel. El blanco de todas las miradas: acogedoras, curiosas, cotillas, exigentes, burlonas o despectivas; pero siempre inevitables y descaradas. Y sólo a veces ―pero también― el blanco del rencor por una historia no reconciliada: la de aquellos, tan blancos como yo, que antes sojuzgaron este continente colonizándolo brutalmente y ahora lo sojuzgan colonizándolo económicamente. Que ¿no? es lo mismo.

Con infinita simplicidad, un muchacho me decía el otro día: «El mundo está mal hecho. Los blancos inventasteis el avión para poder venir aquí cuando quisierais, pero nosotros no tenemos permitido ir donde vosotros.» Y yo, pasado el primer trago, daba gracias en lo profundo. Felizmente, alguien venía a recordarme eso que siempre decimos con mayor convicción de la que sinceramente albergamos: que no estamos aquí para salvar a nadie. Que no nos han llamado, que no nos esperaban, que la vida pasa sin nosotros, que no tiene sentido creernos mínimamente necesarios. Que esto no es un decorado levantado a mayor gloria nuestra y que nadie lo desmontará cuando tomemos el vuelo de regreso. Que somos presencias insignificantes en medio de un sinfín de historias que van y vienen. Que cada una de ellas ya tiene ―y seguirá teniendo― su propio afán. Que no he venido aquí, en definitiva, para modelar ningún futuro ajeno, sino para dejar modelar primero mi barro por Aquel hecho carne entre quienes, a pesar de todo, abren un huequecito para darme la bienvenida al filo de sus luchas, sus penas y sus esperanzas.

…Y me des-hago, ojalá, porque no es justo. Porque todavía no hemos traído a la luz el Reino del amor y la fraternidad por el que cantamos y bailamos festivamente, con gozo inmenso, cada domingo. Porque es imposible no deshacerse, siquiera un poquito.

Este es mi barro. Esta es mi debilidad. Estos son los agujeros y las brechas por los que empieza, tal vez, a derretirse algo de lo viejo. O, por lo menos, estas son las palabras que intentan contarlo. Sobre ellas navego en este momento hacia mis primeros recuerdos de Centroáfrica, para traer de nuevo a mi corazón los sonoros y risueños «Merciiiii!» con que los lugareños, los que se quedaban al borde del camino, correspondían a mis saludos desde el coche. Para sentir ahora que no era yo quien los reconocía, quien los hacía visibles, quien los acogía con la mirada:

¡Eran ellos conmigo!

Con el pequeñito. Con el frágil. Con el que también necesita ser salvado.

Esto tampoco es África. Pero sí el pedacito de África al que voy dando, poco a poco, sentido. Saberme agrietado, presto a derretirme, me quita muchas etiquetas: la de útil, la de necesario, la de competente, la de experimentado, la de cooperante. La de servidor, incluso. Pero me hace saborear la dicha inmensa de que puedo empezar a sentirme en casa…

Humildemente, a echar raíces.

By

Luis Enrique, 11 años

luis-enrique

Porque la pobreza (y la esperanza) tiene rostros, tiene historias, tiene corazones, tiene anhelos, tiene caminos de ida y vuelta, tiene maíz alrededor, tiene una letrina entre plásticos, tiene mirada… tiene barro en los zapatos.

Escúchale. Se llama Luis Enrique…

By

Ana Lucía y Ricardo Alejandro: el año primero

Y del barro nació la vida, un 14 de agosto…

…porque la Vida está llamada a triunfar siempre sobre la desolación.

Ana Lucía y Ricardo Alejandro: el año primero.
Cobán, Guatemala, 14 de agosto de 2008.

» Vasijas antiguas…
Del barro, la vida

By

Hay ángeles entre nosotros

basurero1.jpgLos niños del basurero de Cobán viven entre un mar de desechos y silencio.

Los niños del basurero de Cobán se levantan temprano. Apenas tienen que recorrer unos metros, que dar unos pasos, que bajar una cuesta, para alcanzar, abriéndose paso entre las moscas y los zopilotes, las montañas de lo que otros no quisieron. En ellas encontrarán, tal vez, algo para vestirse. En ellas encontrarán, quién sabe, incluso algo para comer.

Los niños del basurero de Cobán son ágiles y vivarachos. La vida los obligó a crecer deprisa. Por eso, cuando, a cualquier hora de la jornada, comienza a adivinarse a lo lejos la voz rasgada con la que aturden basurero2.jpglos tubos de escape de las camionetas que se acercan a depositar los vertidos, ellos echan a correr a su encuentro sin perder ni un segundo. Entonces comienza la escena que día tras día se repite aquí de espaldas al mundo: sin esperar a que se el vehículo se detenga, los pequeños se encaramarán por sus laterales para comenzar a revolver entre la carga. Cada lata o cada botella que consigan ahora se convertirá después, junto a la balanza, en unos pocos quetzales. Junto a esa balanza, antaño emblema de la justicia, que hoy pende inerte a un lado del vertedero como doloroso recuerdo del olvido y la indiferencia.

Los niños del basurero de Cobán rasgan en dos mi corazón. Y yo, que había viajado a Guatemala a encontrarme con los últimos, a dejarme transformar por ellos; y yo, que había cruzado el Atlántico con el deseo de no querer hacer sin dejarme hacer… me basurero3.jpgderrumbo mientras contemplo cómo nuestros desechos caen sobre sus rostros inocentes; mientras experimento con profundo dolor que, en realidad, me separa de ellos un muro (de privilegios, a este lado; de negación, al suyo) que nunca podré traspasar. Un muro que nos aleja, que limita nuestro abrazo, que me impide comprender. Un muro que podemos intuir y racionalizar desde la distancia, pero que cae como una losa sobre el corazón cuando aparece enfrente, desvelando y ocultando al mismo tiempo la realidad desnuda. Un muro levantado con ladrillos de injusticia…

Pero los niños del basurero de Cobán sonríen cuando, cada mañana, abre sus puertas el pequeño barracón que, pintado de mil colores, se levantó hace no mucho en medio de sus casas. Su escuelita. A ella van llegando con cuentagotas algunos días, en tropel otros.basurero4.jpg Sobre las estanterías encontrarán sus cuadernos, papel blanco con mucho futuro por escribir. Hay quienes ya dibujan las letras y quienes están aprendiendo a agarrar el lápiz, quienes todavía no se saben los colores y quienes te piden a gritos que les pongas más sumas. Alguno de los mayores se atreve incluso con las reglas de tres. Y uno no puede pedir ni puntualidad ni silencio, ni fidelidad ni orden. Se siente tentado, más bien, a permitir que estalle la vida entre esas cuatro paredes de block donde el vertedero que nos rodea parece más lejano que nunca, donde todavía es posible construir la esperanza para una generación que ya no debe vivir postrada.

basurero5.jpgLos niños del basurero de Cobán barren la escuelita y te ayudan a recoger las tazas después de recibir su desayuno. Mantener una pequeña (pero constante) presencia a través de las clases matutinas y de las comidas que se sirven a todo aquel que lo necesite ha permitido a Comunidad Esperanza ir ganándose poco a poco la confianza de las familias que viven en tan difíciles condiciones. Ese acercamiento ha sido clave para conseguir que muchos de los pequeños hayan sido escolarizados o se hayan incorporado a los programas de alfabetización. Cada letra nueva que se aprende entre los ladrillos coloreados del barracón del vertedero se convierte entonces en un paso al frente hacia un mañana más justo, hacia un porvenir de verdadera esperanza… hacia una vida en sus manos, en las mismas que un día dejaron durante dos horas de revolver entre la basura para tomar un lápiz y dibujar el futuro.

Los niños del basurero de Cobán encuentran en todo un tesoro. Con su imaginación convierten los desechos más inútiles en potentes bólidos con los que deslizarse por las rampas del lugar o en elegantes cometas para los días de viento. El pequeño Ángel, por su parte, me muestra con orgullo e ilusión una canica que le convierte en rico, que me hace pobre a sus ojos. El pequeño Ángel que vive entre un mar de desechos y basurero6.jpgsilencio, que echa a correr tras el rugir de las camionetas de la basura, que rebusca entre las montañas de lo que otros no quisieron, que ve caer la inmundicia sobre su rostro.

El pequeño Ángel que, sin embargo, ya ha aprendido a agarrar el lápiz y a dibujar la a, que todos los días nos ayuda a recoger las tazas del desayuno, que en lo pequeño descubre maravillas, que sonríe al recordarnos que él tiene una canica, que camina (sin saberlo) hacia un mañana con el que merece la pena soñar. Y así, de alguna forma, hace caer el muro que nos separa. Como cuando me abraza. Como cuando cada uno de esos pequeños niños de Dios me abrazan.

En verdad, hay ángeles entre nosotros.

» Vasijas antiguas…
Entre el esfuerzo y la esperanza