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Pongamos que hablo de Madrid

1. Se llama Lucas y su sonrisa es luz en medio de los edificios grises, los trajes grises, las prisas grises y los sueños grises del distrito financiero de Madrid. Quien sea habitual de los bajos de AZCA o conozca el trasiego matutino entre el Paseo de La Habana y la estación de Nuevos Ministerios habrá reparado seguramente en ese muchacho jovial y travieso que aborda con alegría a los viandantes, saluda a diestro y siniestro, y anda siempre dando conversación a los habituales de un barrio que ya ha hecho un poco suyo. Mientras las acciones suben o caen al vacío en los teléfonos móviles de los que no se detienen, mientras las bolsas de El Corte Inglés se chocan unas con otras en un frenesí de pisadas bajo el chorro de aire caliente, mientras tanta gente bien de esta zona bien suda bajo los visones y pasa de largo regalando indiferencia, mientras el estrés devora a ejecutivos con mucho MBA y pocas ganas de ser felices… Lucas, sencillamente, canta, se ríe y te desarma deseándote —a voz en grito— «¡buen día, amigo!».

En algún lugar entre la Castellana y el tráfico incesante, entre las carteras llenas y las miradas vacías, en el bulevar de los sueños rotos, hay alguien que no se cansa de abrir los labios para compartir contigo una sonrisa y recordarte que sí, que éste también puede ser un buen día. Lucas, que vino del calor de Nigeria a este frío de diseño. Lucas, sin papeles. Lucas, que no tiene otra ropa que ponerse. Lucas, un vendedor de La Farola.

2. Lo tengo a mi lado en la fila de la copistería, a pocos metros de la sonrisa de Lucas. Se mueve despacio, ha saludado afablemente, contará más de ochenta años. Con dificultad va desplegando sobre el mostrador viejas revistas de divulgación científica y un par de libros manoseados: un pequeño tesoro —imagino para mis adentros— reunido con paciencia en alguna biblioteca que lo tendrá por su socio más veterano y fiel. Viene a hacer fotocopias en color y parece que no es la primera vez. Ha señalado meticulosamente las páginas que le interesa conservar. Nada de textos: sólo imágenes a gran formato. Todas son fotografías de la superficie de Marte, que contempla con admiración y vista cansada antes de entregárselas al dependiente. Las miro de reojo y muchas me parecen similares, pero a él esto no parece importarle. Seguramente encuentra en cada una de ellas un motivo de emoción que a mí, torpemente, se me escapa. Ruge la fotocopiadora.

Cumplida la misión, mi compañero de mostrador va guardando cuidadosamente las imágenes en una carpeta que había traído consigo. Lo hace con movimientos suaves, como si estuviera manipulando una delicada mercancía o tuviera miedo de perder su recién conquistado planeta. Después se despide con la misma amabilidad con la que se nos había presentado y enfila la calle, camino quizá de esa biblioteca en la que, detrás de un nuevo mostrador, alguien lo saludará por su nombre. Y yo, en silencio, contemplo y admiro. Porque todavía hay quien cree que la pasión no se agota con los años. Porque aún hay viejitos de manos temblorosas que sueñan con ser astronautas.

3. A la hora del crepúsculo, mayores y pequeños, enamorados y desconsolados, castizos y viajantes, transeúntes y acomodados… se congregan junto al Templo de Debod para contemplar la belleza sobrecogedora de un cielo en llamas. En el horizonte, manto blanco sobre la sierra. Junto a nosotros, misterios sagrados del Antiguo Egipto varados a escasos metros del tráfago que palpita en la Gran Vía. Una lámina de agua refleja por igual la piedra milenaria y la majestuosidad del disco solar en retirada. A poniente, abundancia de bosques donde no llegó el hormigón. La bóveda infinita cambia en pocos minutos de color. El astro rey se pasea inmenso y ardiente; cada vez le cuesta más atardecerse. Callamos.

Ante el milagro, todos nos hacemos uno. Vengamos de donde vengamos, busquemos lo que busquemos, creamos en lo que creamos… lo que supera nuestro entendimiento nos congrega sin remedio en un festival de rostros admirados y silencios agradecidos, en la sintonía de quienes se saben unidos por una pequeñez necesitada siquiera de algunos minutos de eternidad.

Con la noche en ciernes, se activan las prisas, regresan las voces, se reemprende la vida. Pongamos que hablé de Madrid. En realidad, sólo quería contar la historia de esa ciudad cualquiera, de ese barrio cualquiera, de esa calle cualquiera, donde que se agolpan, cada día a la vuelta de la esquina, los prodigios y las cosas bellas que nos reconcilian con el camino. Que nos recuerdan que vale la pena.

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Los camellos y las sombras

La mayoría ve sombras proyectadas sobre la arena del desierto.

Pero la fotografía no retrata las sombras, ¡sino a los camellos! Las sombras son transitorias: irán haciéndose más pequeñas a medida que el sol se mueva. Solo los camellos permanecerán.

Las sombras están. Los camellos son.

Hay, incluso, un tiempo en que las sombras desaparecen por completo, permitiéndonos contemplar sin distracciones a los camellos. El instante en que el sol alcanza el cénit de su trayectoria y nos ilumina desde más arriba.

Querido joven en quien todos ven sombras, ojalá sea ése el momento en que nos encontremos cada día. El momento en que la luz viene desde lo más alto. El momento en que tu debilidad se vuelve fortaleza. El momento en que nadie se fija en tus oscuridades, porque uno comprende que solo están, que no son. Porque uno sabe que eres mucho más que el espejismo engañoso de tus sombras. Y entiende entre tus lágrimas que tú también necesitas sentirte especial, único en el mundo.

Sencillamente, amado en todo tu ser.

Acompañando a los profesores del proyecto Comunidad Esperanza.
Pensando en niños y jóvenes en riesgo… de no escuchar un “te quiero”.

Cobán, Guatemala, agosto de 2008.

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Si no vives por mí

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Si no vives por mí,
cada mañana nueva es rutina;
cada mirada al mundo, desolación;
cada horizonte, temores;
cada camino desconocido, amenaza;
cada alegría, artificio;
cada tristeza, sinsentido;
cada hermano, silencio;
cada silencio, nada.

Y es que si no vives por mí,
las palabras se vuelven huecas;
las manos, mudas;
y mi amor es
sólo porque espera.

Pero si en un arrebato de locura
hago de mi corazón pesebre
para acogerte, rey sin posada,
las mañanas se vuelven regalo;
las miradas, ternura;
los horizontes, confianza.

Los caminos desconocidos , ¿quizá utopía?,
traen alegrías sinceras
y tristezas que enseñan y levantan.
El hermano se hace prójimo
y junto a él los silencios hablan.
Hablan como hablan las manos,
más que las palabras,
modelando el barro de la vida
con un amor que ya nada espera,
pero que vive en esperanza.

Por eso, nace TÚ en mí para que mi YO muera,
para que el TÚ sea en mi vida primera persona,
para que el otro me descentre y se haga centro;
y así, más que nunca, pueda ser de verdad
YO.

Y TÚ conmigo.

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«Si no muero por ti»

(Almudena :: álbum «Tierra» :: ver letra)

Las fotografías fueron un sueño de Antonio Mas. La canción de Almudena que hoy me inspiró estos versos humides y torpes, un regalo de luz para las últimas semanas del Adviento. Gracias a ti, que la trajiste a mi vida.

A todos los que os acercáis a este pequeño rincón, Feliz Navidad. Feliz recién nacer.

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Creer para ver

Hoy, tan solo dos fotos y seis versos.

1. Mis amigos de la revista digital FAST (estupenda) tienen el cariñoso detalle de publicar el humilde poema que me nació frente al atardecer de Spoleto, pero escogen otras fotografías para acompañarlo. Y me encantan. Ésta en especial:

ver-creer.jpg

En el libro de la calle encontramos a veces los pensamientos más sabios.

2. Me reencuentro una vez más con el arte y la sensibilidad de Antonio Mas. Con el pensamiento callejero en el corazón, me impresionan, sobre todo, una fotografía (el rostro oculto de un mendigo) y los versos con los que ilumina otra de sus instantáneas, otra imagen totalmente distinta. Sin su permiso y con su permiso, yo también juego a mezclarlos y a confundirlos, para recién nacerlos dentro de mí…

mendigo-calle.jpg

No busques lejos
a quien te roza la piel.

No busques fuera
a quien está dentro.

No mires arriba,
mira a tu alrededor.

Vidas entrelazadas, puentes tendidos, caminos de ida y vuelta… Siempre más allá de lo que vemos, siempre más acá de…

» Vasijas antiguas…
Si creyera tan solo en lo que veo