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Me amas cuando menos lo sabes

El amor, intenso y fijo, siempre había estado ahí. Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo.

JOHN WILLIAMS, Stoner

Cada mañana amanece ella un poco antes. Lo hace mecánicamente, sin queja, diligente, deslizándose en silencio para concederle un último sueño reparador. A él, ajeno al estrépito de cualquier alarma, casi tiene que arrancarlo de entre las sábanas pasados diez o quince minutos, temerosa de que, por exceso de piedad, se le acabe escapando a su compañero la hora de salir puntual al trabajo.

Antes de llamarle, la misma rutina, el tedio inevitable de entrar en la cocina y, medio domida, empezar a preparar ese desayuno que un día decidieron compartir juntos para siempre. Él, todavía despreocupado, se ducha luego, se afeita, se cuida; a su pesar y muy despacio, despierta. Y ella, que nació para volar libre y no para vivir en alpargatas, se deja las primeras fuerzas del día —hoy con alegría, ayer quién sabe— en su zumo. El de él. El de naranja.

Todo empezó donde todo empieza: en un principio necesitado de gustar y deseoso de entregar. De entregar hasta lo que parecería más fútil a los ojos de la ciudad dormida, como esos cinco minutos en que todo está oscuro —a veces también la mirada—, salvo el destello del cuchillo entre los gajos y la luz roja del tonto exprimidor. Cinco minutos iguales un día tras otro, vacíos de palabras, preñados de monotonía, desesperadamente evitables. Cinco minutos dedicados a producir algo que a ella, en realidad, ni le agrada ni le interesa: un jugo que detesta desde la infancia y que regaló uno de aquellos primeros domingos solo como detalle del que no conviene sentar precedente. Pero ahí está ahora, un día tras otro, agujereando la malla, seccionando la fruta, sacándose del ojo la ácida gota que se dispara del cacharro, añadiendo una naranja más solo porque sabe que a él le gusta el vaso colmado, preguntándose luego si retirar las pulpas merece la pena, jugando con la idea de no hacerlo, sacando finalmente el colador, un día sí, otro quizás no, pero otro sí y otro también, y ya, sin darse cuenta, finalmente siempre por costumbre, porque en el fondo sabe que él lo prefiere así aunque nunca se lo hayan dicho del todo.

¿Lo verá él, lo entenderá él, aturdido todavía entre legañas, pensando solo en el día que viene por delante, ignorante bajo el plato de la ducha? ¿Coqueteará su compañera, desgastándose ya desde antes del alba, con el pensamiento de que cada mañana se excede en su complacencia, ella que siempre fue pura raza y nervio indomable, mujer que rompe moldes, tesoro de un destino mayor?

Entre ellos y la batalla contra el sueño guarda silencio sobre la mesa el discreto actor secundario. Cada mañana, fresco y vitamínico, el zumo de naranja rutinariamente colado y servido en vaso grande, aparentemente banal y falto de cualquier intención de conquista, que se hace signo menor de un amor inmenso. El amor que se derrama cuando menos se sabe y menos se busca. El que rezuma de las brechas donde se quiebra lo cotidiano. El que de ella él recibe, aun con la guardia baja, cuando menos lo ha merecido, y gratuita y misericordiosamente le da fuerza para lucharse el día, y le estremece la piel y el alma.

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Conversación de fin de año en la cola del super

En lo cotidiano de nuestro ajetreo, no estamos demasiado acostumbrados a mirar o a escuchar más allá de nosotros mismos. Por eso te reconoceré, querido amigo, que al principio, aun sin yo quererlo, me has incomodado. Solo al principio.

Ahí estaba yo, esta mañana, acalorado, apresurado, enfilando la cola de la caja en el supermercado de la esquina. Runrún de compras de última hora, pasillos llenos, calor enlatado de calefacción dentro, frío descarnado afuera, mi abrigo entorpeciéndome, papeles entre mis manos, la cesta, las prisas y un insufrible disco de villancicos martilleando despertares.

En la fila, a pesar de todo, acierto a dejar pasar delante de mí a un señor mayor. Entonces apareces tú. Elogias el gesto y das las gracias por el ejemplo. Y, mientras prosigue el desfile de códigos de barras, comienzas a charlar conmigo. Sin venir a cuento. Rompiendo esa norma tácita que nos hace a todos sentirnos cómodos cuando actuamos como silenciosos autómatas en nuestras junglas de hormigón. Porque en el asiento del autobús, el trayecto del ascensor o la cola del super, los auriculares a todo volumen o la mirada hacia el ombligo son nuestros mejores aliados ante cada tensa espera, el seguro a todo riesgo de dejarnos enredar.

Me hablas de cómo ayer viste a aquella anciana que no se daba cuenta de que venía el tranvía. Te acercas diligente a la cajera cuando ves que se ha quedado sin cambio para el cliente anterior, porque no te importa ofrecerle tu calderilla. Me enseñas las botellas de refresco que estás a punto de adquirir para todos los niños que esta noche van a hacer de tu Nochevieja una auténtica fiesta. Y, viéndome apurado y desarbolado entre mis papeles, mi abrigo y mis prisas, me ayudas a colocar la compra en la caja, poniendo cuidado en dejar las botellas tumbadas «porque, si no, la cinta las tira al avanzar».

Luego pago, hago amago de irme, pero me dejo los benditos papeles y ahí estás tú para tendérmelos mientras me deseas un feliz Año Nuevo con tu mejor sonrisa. Y yo no sé cómo te llamas ni de dónde vienes. Por tu acento te llamarán extranjero; quizá ahora tu amabilidad no merezca ni tan siquiera una tarjeta sanitaria. Pero esta mañana, durante cinco minutos que podrían haber sido de silencio y ombligo, te has implicado —co-(im)-plicado— en lo cotidiano de mi camino para hacerlo un poquito más cómodo, un poquito más vivible, un poquito mejor.

Y yo no puedo evitar pensar que debe de ser así, de forma tan sencilla y casual, como se inician las pequeñas cadenas de humanidad que rompen la indiferencia y ayudan a cambiar, como gotas de lluvia fresca sobre los campos en estío, no inútilmente, este mundo…

 

¡Feliz 2013! ¡Felices pequeños gestos que
nos reconcilian con la ternura del Hombre!

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En Navidad, siete razones que me mueven a dar gracias por mis alumnos (pequeños maestros)

En el entorno privilegiado de la tutoría de 4º de ESO a la que acompaño, hablábamos el otro día de cuál puede ser el mejor regalo de Reyes para nuestros padres, para nuestra gente querida. Me preguntaba con los alumnos si no sería precioso dejar de agobiarnos por cuánto gastar o qué comprar, para lanzarnos con valentía al papel desnudo y escribir, a quien corresponda, siete —o diez o quién sabe cuántas— razones que nos mueven a dar gracias por el regalado. Porque no hay mejor obsequio que nuestro corazón abierto y nuestro cariño a flor de piel.

Me pareció de justicia, entonces, escribirles a ellos también, aun a toda prisa —pero de todo corazón—, las siete razones por las que, un jueves cualquiera de Adviento a las tantas de la noche, yo, su tutor, les daba las gracias…

1. GRACIAS porque a veces trabajas más de lo que pensamos, sueñas más de lo que pensamos, esperas más de lo que pensamos, te preguntas más de lo que pensamos, lanzas tu corazón al viento más de lo que pensamos. Gracias por tu talento, por tus interrogantes escondidos, por tus deseos de mañanas fecundos, por tus pájaros en la cabeza y tus ciento volando, por esa intimidad maravillosa que es solo tuya y, al mismo tiempo, se hace de todos en la luz que desprendes.

2. GRACIAS por lo bien que me lo paso preparando clases para ti. Quizás a veces no se nota, por lo aburrido que me hago, o porque no me dio tiempo a hilar todo tanto como me habría gustado… o porque —reconozcámoslo— la desamortización de Mendizábal  no se encuentra hoy entre tus diez mayores preocupaciones —¡y bien que haces!—. Pero de veras que disfruto con mi trabajo, buscando cada recurso, aventurando cada idea, imaginándome la noche anterior cómo lograr explicártelo mejor al día siguiente. No te lo cuento como muestra de mi sacrificio por ti. Te lo cuento por lo mucho que me divierte y me llena.

3. GRACIAS por darme razones para creer en el mañana. Porque cada vez que te veo sentado frente a mí, sonriente, expectante, nerviosa, preocupado, buscador, divertido, agobiada, esperanzado… me recuerdas que hay porvenir. Que el futuro está habitado. Que vale la pena levantarse cada día para luchar por un mundo mejor, un mundo que legarte en herencia de ternura, un mundo para todos: un mundo que construir juntos, con menos tarimas y pupitres, con más lazos entretejidos en una red que se extiende por la Tierra entera y se eleva sin remedio hasta el Cielo.

4. GRACIAS por confiar en mí como tutor, quizá solo un poquito, ¿quizá algo más? Aunque no siempre acierte a la hora de acompañarte. Aunque meta la pata. Aunque en alguna ocasión invada demasiado tu espacio y me veas hasta en la sopa. Aunque a veces no sepa transmitirte con todo mi cariño, con mi sonrisa más abierta, que me importas, que te tengo presente, que eres alguien para mí y para todos los que entramos en esta clase con la misión de educarte, de acompañarte en tu crecer, de hacernos mejores en nuestro ayudarte a hacerte mejor.

5. GRACIAS porque me dedico a la enseñanza y, sin embargo, a tu lado no dejo de aprender. Es la mejor paradoja del educador: cuanto más enseña, más se da cuenta de lo poco que sabe. Gracias por educarme en la comprensión, en el cariño, en la disponibilidad, en la escucha. Gracias por recordarme cada día que elegí esta profesión para servir, no para ser servido, y para servirte a ti, no solo como alguien perdido en medio de una masa irreconocible y anónima de alumnos; sino como una persona especial, única, llena de Dios y de futuros.

6. GRACIAS por los momentos de oración al empezar la mañana. Y por tus preguntas a destiempo llenas de curiosidad. Gracias por interrumpir de cuando en cuando la monotonía. Gracias por tus protestas con cara de niño chico. Gracias por tus silencios. Gracias por lo que haces en lo escondido para que la clase sea mejor. Gracias por tu sonrisa y por saludarme con afecto al empezar el día —no sabes cuánto se agradece—. Gracias por protestar sin acritud. Gracias por pensar en los otros. Gracias por lo bien que nos lo pasamos. Gracias por lo bueno y lo que está llamado a ser mejor. Gracias por ser estrella, no fugaz, estrella de las que dan vida y hacen hogar con su calor. Gracias por recordarme cada día que la uva está hecha de vino.

7. GRACIAS porque me ayudas a rezar y me das motivos para acercarme al Buen Padre. Gracias por los ratitos que paso, al filo del amanecer, cuando todavía no se ha despertado la ciudad, rezando junto a T. por ti, por la clase, por vuestras preocupaciones, por vuestros desafíos, por todo lo que empaña vuestra mirada de lágrimas, por todo lo que hacer arder vuestro corazón a fuego crepitante. Gracias por acercarme al Dios de los sencillos, que se acerca a nuestra historia, una Navidad más, para quedarse con nosotros. Contigo.

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Kutukutu o kalashnikov

Los juguetes de los niños centroafricanos son verdaderos prodigios de la ingeniería doméstica. A falta de todo ―literalmente: de todo―, buenos son unos cuantos desechos y la inagotable imaginación de los más pequeños para conseguir la diversión que en otras latitudes ya solo sabemos comprar a golpe de tarjeta. Mirad, por ejemplo, los kutukutu que se arrastran por doquier sobre la tierra rojiza de Bangassou. Eran viejas suelas de sandalia, latas de sardinas ya consumidas, pedazos de chapa y alambres inservibles, ramas de bambú arrancadas a la orilla del río. Hábiles y cuidadosas manos los han renacido en admirables cochecitos, dotados tantas veces del más completo equipamiento: un ingenioso sistema de suspensión a las cuatro ruedas, puertas de apertura silenciosa que permiten apreciar hasta los más sutiles detalles del salpicadero y ―he aquí la mayor genialidad― un tambor oculto bajo la carrocería que, asociado al giro de las ruedas y rozado por un mondadientes, logra remedar el runrún de un motor cuando el orgulloso propietario tira del vehículo calle abajo. No faltan, por supuesto, los grandes camiones de ronca garganta, al estilo de los que nos llegan, desde Bangui o desde la ribera congolesa, cargados de mercancías… y de personas llevadas como mercancías. O las excavadoras teledirigidas mediante hilos de marioneta, que quizá sueñan con encontrar adoquines al remover la arena de playa.

Más al este, camino de la frontera con Sudán del Sur, también vimos entre las manos de los niños muchos juguetes creados de la nada. Los kutukutu, eso sí, no nos parecieron allá tan abundantes como los gorros de camuflaje, las pistolas de madera o las imitaciones de kalashnikov. En los sueños de cada pequeño, el reflejo de la vida adulta que aguarda y seduce, tramposa tantas veces, a la vuelta de la esquina.

El oriente de la República Centroafricana, de nuestra diócesis de Bangassou, es tierra cargada de pólvora porque así lo quiere el Ejército de Liberación del Señor (LRA), nombre triplemente contradictorio de un grupo de fanáticos ugandeses que, liderado por Joseph Kony, ha hecho del pillaje, la razzia y el crimen sin piedad su forma de vida. Agazapados en las selvas, luchadores de nadie sabe qué causa, protagonistas de ningún telediario nuestro, vagan entre las fronteras gelatinosas del corazón de África sembrando el terror entre los más indefensos, aprovechándose de la mirada impasible de la comunidad internacional y añadiendo eslabones a una cadena de destrucción que nadie consigue romper. Para subsistir en su huida hacia delante, saquean brutalmente las aldeas. Para poder sostener sus efímeros campamentos, echan abajo lo poco que las gentes habían podido levantar a lo largo de su existencia. Para transportar el botín manchado de sangre, secuestran a familias enteras, a las que abandonan después en medio de la nada, tal vez con vida. Para permanecer bien atendidos, esclavizan a las niñas, y las convierten en sus cocineras, sus sirvientas y sus juguetes de usar y tirar. Para asegurar el futuro del movimiento, se llevan también a los niños, les ponen entre las manos un kalashnikov que ya no es de madera, y les roban para siempre el sencillo derecho a construirse un kutukutu y una vida en el amor.

A lo largo del eje carretero entre Rafaï y Obo, los tongo-tongo ―así se conoce popularmente a los miembros del LRA― nos parecieron insustituibles en la mayoría de las conversaciones. Los ecos aterradores del último ataque se entremezclaban con rumores de todos los pelajes, transmitidos a velocidad de crucero por el virus del miedo y portadores, en el fondo, de las preguntas que acechan a todos sin descanso: «¿cuándo será el siguiente?, ¿cuándo nos tocará a nosotros?». La más radical incertidumbre, el temor a un amanecer desgarrado por los disparos, la conciencia de un mañana que quizá no será, se han enseñoreado ya de estas tierras.

Entretanto, el incesante ir y venir de convoyes militares ugandeses provoca murmullo y despierta las miradas más hostiles. Los soldados ugandeses, enviados para pacificar la zona, son acusados por gran parte de la población local de colaborar ―o, al menos, contemporizar― con sus compatriotas tongo-tongo. Idénticos comentarios suscitan los peul, pueblo nómada dedicado a la ganadería trashumante; conocedor como ninguno de los secretos del bosque y la sabana; y, para no pocos, proveedor privilegiado de la milicia rebelde. Así lo escuchamos repetidamente, por mucho que se haya demostrado que los peul padecen igualmente los ataques indiscriminados del LRA. Cuando falta la paz, se alzan las barreras del recelo, crece el miedo al diferente y se pierde sin remedio la confianza en la bondad que habita lo más profundo de todo ser humano, venga de donde venga.

Los niños, a su vez, miran, escuchan y aprenden. En clase de Sexto ―aquí, los más pequeños de la Secundaria― pregunté una vez a cada alumno por un sueño para su porvenir. Muchos no entendieron a la primera ―¡bien raro habla este europeo, la verdad!―. A la segunda, entre los procedentes del este de la diócesis, la mayoría respondió sin dudar: poder matar a un tongo-tongo era lo más grande a lo que podían aspirar a sus doce o trece años de vida.

Los pocos informes que denuncian esta tragedia aseguran que ya son más de quince mil los desplazados en territorio centroafricano por la violencia del LRA. Un tercio de ellos ―mayoritariamente congoleses― se concentran en la villa de Zémio, precioso enclave en la frontera con el antiguo Zaire que ha visto súbitamente duplicada su población en los últimos tiempos. El campo de refugiados, mar de plástico y paja, constituye, en verdad, una nueva ciudad instalada de golpe y sin preaviso junto a la antigua. En ella tratan de echar raíces los que sus raíces han visto de cuajo arrancadas.

En Zémio ha desembarcado ya una legión de organismos internacionales, cada cual luciendo bandera en sus flamantes todoterrenos y en sus fincas blindadas por vigilancia 24 horas e imponente alambrada de espino. Con más discreción y mucho menos presupuesto, tres hermanas franciscanas consagran al pueblo de Zémio ―al viejo y al nuevo― no unos meses, sino su vida entera; mantienen abiertas las puertas de su casa para todo aquel que necesite un oído atento; pasean por los barrios y conocen sinceramente su palpitar; sostienen una preciosa escuela primaria y cuatro jardines de infancia; enseñan costura y otras artes; gestionan modélicamente una farmacia de proximidad; cuidan de la salud de muchos enfermos y ancianos; pelean por llevar la comunión hasta donde sea necesario… Y, además, sonríen mucho.

A Sor Georgina, superiora de la comunidad y directora de la escuela, su pequeña estatura no le ha impedido ganarse el profundo respeto de las familias de Zémio. Capaz de montarse una y otra vez en una moto para llegar hasta las capillas más abandonadas de la parroquia ―a través de las mismas carreteras de alto riesgo por las que los enviados del ACNUR o de Médicos Sin Fronteras se niegan a transitar―, esta hermana peruana de firme determinación se opuso fieramente a cerrar su escuela cuando, el año pasado, los rumores apuntaban con insistencia a que los tongo-tongo se hallaban en las inmediaciones de la ciudad, preparados para devastarla en cualquier momento. Entonces dio libertad a maestros y alumnos para marcharse, pero mantuvo abiertas las puertas. El miedo de la gente, en principio reacia a permanecer, fue dando paso al coraje y al espíritu de resistencia. Al final, mientras la escuela pública quedó paralizada durante tres meses sin que se cumpliera amenaza alguna, en el colegio de la misión el curso acabó en fiesta.

Entre Zémio y Obo son pocos los poblados que quedan en pie y habitados como antaño. Al surcarlos a gran velocidad, confortablemente sentados en un todoterreno, rompiendo el silencio de sus techos caídos y sus lumbres abandonadas, sentimos quizá que traicionamos su memoria; que los violentamos ―¿lo estaremos haciendo también con estas palabras?― desde nuestra mirada chiquita, acomodada y sedienta de extraordinarios; que pasamos demasiado deprisa por lugares cuya historia merecería ser contada despacio, escuchada con el máximo respeto y acogida con un corazón silencioso abierto de par en par.

Obo, capital prefectoral, la última gran población antes de la frontera con Sudán del Sur, es un hermoso enclave en tierras de sabana cuyo apacible silencio, cuyo acogedor carácter, enmascaran meses y meses de sufrimiento y zozobra. Atacada varias veces por comandos del LRA, saqueada sin piedad, desheredada en la ausencia de tantos niños secuestrados y nunca liberados, la ciudad cobija hoy varios campos de refugiados. Son, en su mayoría, centroafricanos de los alrededores, expulsados de sus aldeas de siempre, alejados de las huertas que les proporcionaban antaño el sustento diario, condenados a vivir de los polémicos repartos de víveres pilotados por los organismos internacionales. En su testimonio, un patrón común: ya no les queda valor para salir de los contornos de Obo y volver a las tierras de labranza, allá donde los tongo-tongo aparecen de improviso y se aprovechan con toda crueldad de la vulnerable desnudez de los más pobres.

No es fácil que lo cotidiano y lo necesario puedan abrirse paso entre el continuo temor y el implacable sobresalto. Obo acaba de perder a su médico, al conductor que lo acompañaba y varios millones de francos en vacunas para los niños. El coche fue asaltado y hecho pasto de las llamas hace pocas semanas, en algún lugar sobre la imprevisible ruta entre Rafaï y Zémio. ¿Quién se atreverá a ocupar su puesto? La sanidad, la educación y los servicios esenciales se resienten cuando vivir mañana no es siempre una esperanza plausible.

Era Lunes de Pascua cuando visitamos el instituto público de Obo. Día de fiesta, pero las clases permanecían abiertas porque no debe de quedar dinero ni para cerraduras. Las pizarras guardaban todavía el recuerdo de la última clase, antes de Semana Santa. La luz entraba por los ventanucos y dejaba al descubierto las paredes desconchadas, el cemento levantado, las telarañas por doquier. A falta de otra decoración, los grafitis de los jóvenes arañando muescas al tiempo: Dios, Messi, Ronaldinho. Que será, para no pocos, casi lo mismo.

En una de las aulas, faltando los bancos, el suelo que sirve a los alumnos de gélido pupitre resultaba provisionalmente ocupado por una cabra parturienta. Imagen de desolación sin paliativos que, sin embargo, nos habló de los muros y no de los corazones. En efecto, a los mismos jóvenes que padecen tamaña falta de dignidad nos los habíamos encontrado un día antes en la hermosa explanada abierta ante la iglesia parroquial de Obo, junto al soberbio árbol de mango que da la bienvenida a la Misión Católica. Era Domingo de Resurrección. Se hacía fiesta. Se celebraba la vida. En corro, pequeños y adolescentes, niños y niñas, cantaban, daban palmas y bailaban por parejas el anarumbaté ―chocando rítmicamente los pies y buscando confundir al otro―, moviéndose graciosamente entre la inocencia y la sensualidad. Palmas, golpes de silbato, cautivadores sones de tambor, movimiento impecable de caderas, pies descalzos sobre la tierra, mirada al filo del cielo, cantos y danzas sin fin. Asistimos admirados al pundonor de un pueblo sufriente aferrado con júbilo al bien que tendrá la última palabra, a la fiesta de una humanidad que puede caminar en alegría, a la necesidad de sentirse todavía vivo y también resucitado.

En su lengua zande, el saludo entre dos personas que se encuentran es: «¿Dios está?». Se responde asintiendo: «Dios está».

Nos marchamos de Obo entre los agradecimientos de quienes sencillamente merecían el nuestro. Los que nada tenían llenaron nuestro maletero de piñas, arroz y cacahuetes, en ofrenda de generosidad. Un profesor nos llevó hasta su huerto, nos lo mostró orgulloso, recogió para nosotros coles y pimientos, y nos los tendió gratuitamente con su mejor sonrisa, quizá sin saber que llevábamos meses sin comer estas verduras, para nosotros ahora un verdadero manjar. Dimos gracias entonces por todos los que permanecen al lado de este pueblo no unos días de cómoda visita, sino toda una vida, luchando por que los kutukutu de juguete vuelvan a ganar terreno a los kalashnikov en los sueños de los niños, creyendo que el este ve antes el ocaso solo porque mañana le amanecerá la vida a él primero.

PARA CONOCER MÁS SOBRE LAS VIOLACIONES A LOS DERECHOS HUMANOS COMETIDAS POR EL LRA EN LA REPÚBLICA CENTROAFRICANA…

» Mons. Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, lleva varios años denunciando las atrocidades cometidas por el LRA en los territorios de su diócesis. Estos dos artículos ponen rostro a la tragedia y muestran cómo, a pesar del abandono de las autoridades públicas, una presencia de amor es capaz de traer la esperanza: «Marlene, escapada del infierno» y «Último ataque de la LRA a Rafaï».

» El proyecto «Enough!» contra el genocidio y los crímenes contra la humanidad presentó en junio de 2010 un completo informe, nutrido de testimonios directos y estadísticas fiables, sobre la destrucción causada por el LRA en el este de la República Centroafricana. Se puede consultar (en inglés) pinchando aquí.

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Una mirada en silencio

¿Será tal vez inevitable? Tú, que llegaste como cooperante a África con tu batería de humildades cortada a medida, no puedes en tantas ocasiones resistirte: caer en la tentación que te acompaña sin descanso porque eres quien eres y viniste de donde viniste. Mira que lo habías dicho demasiado, repitiéndolo como un estribillo machacón para intentar grabarlo a fuego en lo más hondo: estamos para «dejarnos hacer», somos presencias humildes, antes escuchar y empaparnos que aspirar a enseñar, acojamos todo como un don y una oportunidad de encuentro… Sin embargo, tu fragilidad se impone, a veces de viva voz; otras, en lo secreto, allá donde las buenas palabras que aprendiste un día a pronunciar se desprenden de todos los adornos y se muestran menos perfectas, más crudas, en profunda lucha.

Me refiero a la humildad buscada y tantas veces perdida. A los juicios severos y los estereotipos que ganan raíces bien adentro. A las miradas menos misericordiosas y al cariño que por algún frente descuidaste. A los esquemas que no se rompen, que no dejan paso a una manera diferente de mirar la vida y exigen, por el contrario, que las cosas se amolden a lo que uno está preparado para asimilar. A las lecciones que, de cuando en cuando, te gusta dar. A las soluciones exprés que fabricas a vuelapluma sin apenas conocer la trama vital que te rodea y que lleva tiempo tejiéndose sin ti ―¡y sin echarte de menos!―. A tu creer, aun no queriéndolo, que eres tú quien viene del lado bueno de la historia… y que los demás se suban al carro si quieren. A ese no saber leer entre líneas cuando experimentas el rechazo, la incomprensión o, sencillamente, la constante evidencia de que eres el diferente, el extranjero: aquí, el que es demasiado y, al mismo tiempo, no podrá nunca llegar a ser del todo.

Entonces sabes que quisiste ir un poco deprisa y creíste estar seguro de demasiadas cosas. Porque ¡qué difícil para este soldado aprender a poner corazón a tierra! ¡Qué dura la batalla que se libra en tus ojos, más acostumbrados a la valoración, al escrutinio, que a la sencilla contemplación! ¡Cuánta batería de mortero somos capaces de desplegar ―en lo visible o en lo invisible, con la palabra dicha o pensada― ante aquellas realidades que nos confunden, que nos trastocan las convicciones, que nos rompen por dentro! Qué complicado se vuelve, por el contrario, reconocernos superados, pobremente desbaratados… y ricamente llamados, por tanto, a traspasar las fronteras de nuestros mundos estrechos. A salir al encuentro de lo distinto, donde el Amor también ―y, quizá, sobre todo― nos espera desde antiguo.

Así, ¿cómo educar a nuestra mirada para que, posada en el otro y en lo otro, se vuelva abrazo tierno antes que juicio, evaluación o enmienda? ¿Cómo grabar a fuego en lo más hondo la certeza de que todo encuentro nace abierto al misterio de lo eterno y, por tanto, se encamina a un infinito mucho más grande que el campo de visión de nuestros pequeños anteojos? ¡A veces cuesta tanto!: esa mayoría de alumnos que nunca hace los deberes y parece desconectada de todo lo que intentas hacer por ella, la gente que se llega sin descanso a tu casa para pedir y más pedir, la crueldad con la que tantas veces son tratados los más sufrientes en un rincón del mundo donde la pobreza apenas deja espacio a las ternuras… Pero, a pesar de todo, ¿de cuánto equipaje inútil habré de desprenderme para poder mostrar a todos mis brazos y mi alma ―tan pobres y egoístas también― verdaderamente disponibles? Definitivamente creo que, en este tiempo de refrescante desierto, el corazón de África me llama más que nunca a intentar cumplir con el consejo que tantos misioneros han recibido en su camino hacia tierra extranjera: «si llegaste el último, ante todo, ver, oír y callar».

Suena duro, pero es lúcido. ¿Implica renunciar a la lucha? En todo caso, a aquella que nace de tu pobreza, de tu limitación, de tu ansiedad, de tu sed de reconocimiento… aún necesitadas de hacer camino junto a quien te acoge, con cuyo amor y cuya espera todavía no te has encontrado. Ver, oír y callar, entonces, para que el corazón no se llene enseguida de demasiadas imágenes dibujadas a tu medida o de demasiadas palabras inútiles. Ver, oír y callar para que el otro pueda escuchar de verdad su voz en tus entrañas, sentirse bienvenido a tu vida desde lo que es y lo que te puede dar. Ver, oír y callar para recordarte sin descanso que todo puede volverse sorpresa y milagro cuando tú dejas de creerte el maestro de ceremonias. Ver, oír y callar, en fin, para que este pasar por la historia no se convierta en mera caja de resonancia de mis búsquedas chiquitas; sino en eco de un Amor más grande que brota por doquier, que nos habita desde siempre y que puede liberarnos para siempre.

Ver, oír y callar.

O, aun mejor, mirar, escuchar y hacer silencio

VER (MIRAR)

Abrir los ojos. Abrirlos de verdad. Abrirlos también a lo que no te es propio. Salir de la casa donde te sientes en seguro bastión, de las compañías con las que ya sabes moverte, de las comodidades que vuelven cercano el hogar lejano. Pasear las calles, salir a los barrios, comprar a las mamás la fruta, embriagarte de olores. Mirar a los que otros solo ven y casi nadie se acerca. Prepararles la mejor sonrisa y una caricia en la mejilla. Contemplar la belleza de este país sosegado y vitamínico: la tierra ocre de los caminos sin asfalto, los árboles alzados con desmesura, los mangos brotando por doquier, el ocaso que incendia el horizonte. Mirar y ad-mirar.

Fue así, quizás, como descubrimos ―lo sabíamos, pero hacía falta verlo― que Ibrahim pasa sus tardes deambulando de aquí para allá con una garrafa de vino de palma para su venta. O que, en el mercado vespertino de Tokoyo, el pequeño Younouss alterna en su bandeja los jabones y las cerillas mientras trata de abrirse paso entre los recovecos del bullicio por dos o tres monedas. O que Alice pone siempre a nuestra disposición buenos panes de trigo; el puesto abierto, por mucho que en ocasiones la cruel malaria le quite las ganas, hasta que caiga la noche. Cuando todos volverán a su casa, donde a oscuras dirán adiós a otro día de duro trabajo.

He ahí nuestros alumnos, que casi nunca hacen los deberes.

OÍR (ESCUCHAR)

Antes de hablar. Antes incluso de creer que tienes algo importante que decir. Escuchar a las gentes, escuchar en sus miradas y en sus gestos, en su protestar y en su bromear, en su pedir y en su dar, en su despreciarte o en su darte la bienvenida. Aprender la lengua que te solicita y te busca a diestro y siniestro, aquella que hace de verdad palpitar el corazón de este pueblo. Entrar en la lógica de un idioma hermoso donde centro se dice corazón y el corazón está en el centro de la vida: el corazón que duele, el corazón que está dulce, el corazón que golpea, el corazón que se hace uno con otro corazón. Acoger con sorpresa la incesante retahíla de cantos, bailes, palmas y tambores que nos acompaña a todas horas y que celebra con gozo esta existencia en medio de tantas ausencias, de tantas traiciones al don mismo de la vida. Escuchar… y guardar cada palabra como importante, como testimonio del caminar del otro que se entrecruza, siquiera un momento, con el nuestro.

Fue así, tal vez, como pudimos entender los gritos de Émilienne, cuando nos abordó súbitamente en la cárcel a sabiendas de que la Misión Católica trata de liberar, de cuidar y de guardar en lugar seguro a quienes, por su frágil situación, sirven como chivos expiatorios de la ira colectiva: los que son acusados de brujería, linchados en los barrios, encerrados en la pestilente e inhumana prisión local sin derecho a defenderse. Émilienne era una más: acababa de llegar y protestaba vehementemente, tratando de llamar nuestra atención. Pedía la liberación, pero no se preocupaba por la suya. Junto a ella había llegado Madeleine, ya anciana, con evidentes signos de desnutrición y las heridas de la brutal paliza aún supurando en sus entrañas…

«¡Es a ella a quien tenéis que sacar! ¡A ella primero! ¡Lo necesita!», repetía, sorprendiéndonos y alertándonos al tiempo. Se hacía así voz de quien ya no podía articular palabra, de quien apenas se atrevía a mostrar su rostro y prefería esconderse de todo y de todos dentro del mísero habitáculo en el que había quedado confinada. Y sí: también Émilienne había sido acusada de brujería, también a ella la habían apresado las cadenas de la injusticia, también tenía derecho a buscar su vía de escape… pero, en este pedacito de mundo donde tantas veces sobrevivir ya es un premio, quiso invertir todas sus energías en asegurarse de que, en cualquier caso, sería otra, otra que lo necesitaba más, quien saldría primero. Quien saldría, seguramente, sin que nadie más pudiera acompañarla.

He ahí las peticiones que nos desbordan, rompiendo tantas veces las lógicas del «sálvese quien pueda», desnudando nuestro egoísmo y vistiéndolo de dignidad.

CALLAR (HACER SILENCIO)

No buscar demasiadas palabras propias para explicar lo que todavía te es, de algún modo, ajeno. No traicionar con tus lenguajes made-in-Europe tantas sutilezas, tantos matices, tantos movimientos de la vida… para cuya comprensión sigues preparándote en lo profundo. Elegir no responder a la ofensa, porque es más profético acogerla con una sonrisa tierna y misericordiosa. Decidir no proponer demasiado, no comentar demasiado, no sugerir demasiado, no trazar demasiados planes… para aprender dentro de ti que aquí son otros los que saben, los que conocen, los que pueden. Para recordarte que primero has de hacer camino con ellos. Intentar, entonces, guardar todo en tu corazón, apartarlo del fragor de la batalla para darle la oportunidad de crecer al calor del fuego lento, donde Otro siempre le da mejores sentidos…

Mientras yo sigo sin callarme y continúo escribiendo esta carta, cómodamente sentado frente a la pantalla —noche oscura, lluvia fina, pueblo durmiente—, ella estará arrancando su todoterreno para atravesar, por última vez en el día de hoy, los caminos tortuosos de mucho barro y ninguna farola que separan su comunidad del hospital diocesano. Le aguardan sus más queridos, cuya vida se apaga lentamente entre las garras del sida y muchas soledades. Va a darles las buenas noches, a rezar con ellos, a tomarlos unos minutos más de la mano. Al mismo tiempo, otra ella descansa de una larga jornada de entrega a los últimos de esta tierra, a todas las Madeleines cuya piel limpiaron sus manos, cuyo alimento preparó con cariño, cuyas tristezas escuchó con tierna paciencia.

Ellas, que nunca se han preocupado de contarnos nada de esto, de darse la más mínima importancia, no querrían, claro, que dijera su nombre. Ni ellas ni muchos otros que entregan su vida desbordantemente en las Áfricas del mundo ―no un año o dos, sino hasta el final― sin preocuparse de enviar tantas líneas de fina redacción ni de recibir los agradecimientos y parabienes que nos llegan por doquier a los que nada hacemos. Sirven en lo secreto, haciendo silencio en lo íntimo, alimentando sus fuerzas de aquello, de aquellos, de Aquel, que verdaderamente construyen y renuevan.

He ahí el milagro que se hace posible cuando nuestras vanidades, nuestros miedos, nuestras grietas y nuestros fardos se acallan. Cuando nos permitimos, sencillamente, mirar, escuchar y guardar en el corazón. Cuando nos sabemos los últimos entre los últimos, que serán ―ellos― los primeros.

Que África siga enseñándonos, entonces, a mirar en silencio.

Vengo a ti, hermano. Me costará, tal vez. Pero, desde el primer momento en que se entrecrucen los caminos de nuestros ojos, arderé en deseos de acogerte entero, de rendirte mi abrazo.

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Recién nacer la ternura

Aún recuerdo a Mario y la noche que me llamó papá.

Mario, dieciséis años entonces, guatemalteco, alumno del colegio Nuestra Señora de la Esperanza. Me lo habían presentado días atrás como un joven con problemas: demasiados devaneos con el alcohol y la droga, algún robo por aquí y por allá, una mochila tan llena de sueños ―llegar al Bachillerato, estudiar para delineante― como vacía de cuadernos y de buenas notas. Nos lo llevamos a una convivencia bajo severas condiciones porque queríamos apostar por él, a pesar de que otros no pedían sino su castigo. Nos falló a la primera. Cuando todos dormían, lo descubrí entre el licor y la marihuana, lo llevé al salón de la casa y lo reprendí sin estridencias, pero severamente. Tanto que rompió a llorar sin control, como se rompe una vasija quebrada cuando lo que ya no cabe dentro desborda. Su llanto me impresionó. Le dije entonces que lo quería, que exigirle no significaba dejar de amarle y de buscar su bien. Fue en ese momento cuando se abalanzó sobre mí para aferrarse a mi pecho, para abrazarme con toda su fuerza, para pronunciar ―como un niño pequeño, aún balbuceante― aquella palabra que me desconcertó:

¡Papá!

No pude evitar preguntarle por qué, aunque para él la respuesta era evidente. Yo era ―me aseguró― la primera persona en dieciséis años de vida que le había dicho que lo quería.

No es sencillo ser profesor en el colegio Saint Pierre Claver de Bangassou. En septiembre me asignaron varias clases de inglés y religión en los primeros cursos de la Secundaria. Setenta y cinco adolescentes en cada lista: todo un privilegio si nos comparamos con el instituto público, donde llegan a rebasar los doscientos por aula y los chicos han de encontrar un sitio en el suelo desde el que poder seguir las lecciones. Pizarra y tiza para mí; cuaderno y bolígrafo para ellos; y, tres puertas más allá, una pequeña biblioteca donde luchan contra el polvo y las termitas unos cuantos libros de texto traídos de Francia. Desde este año, también una bola del mundo. Casi nada más. Material exiguo, pero mucha ilusión por bandera para dar comienzo a mi primera experiencia como maestro de poco y alumno de muchos.

Pronto me di cuenta de que tendría que pelearme cada hora hasta la extenuación. ¿Qué hacer cuando la puntualidad se vuelve un lujo inalcanzable, cuando el silencio no es una alternativa, o cuando la mitad de los rostros que ansías conocer se te ocultan derrotados con el pupitre como parapeto? ¿Cómo actuar ante todas las alumnas que por vergüenza se niegan a responderte, ante todos los chicos a quienes has de mantener dentro de la sala por mucho que molesten ―porque fuera, mirando por la ventana, sería peor―, o ante aquellos que se burlan de ti cada vez que te cuesta pronunciar una palabra en francés? ¿Es posible que uno no se sienta desbordado al comprobar cómo en tantas ocasiones se tratan estos jóvenes con dureza, cómo no dudan en acusar rápidamente al otro antes incluso de que tú preguntes ―y aun antes de que tú sepas que ha pasado algo malo―, cómo se vuelven implacables contra quien comete un error ―basta una letra mal deslizada en la pizarra―, cómo les cuesta compartir una simple hoja de papel? En fin, ¿existe algún modo de superar esa frontera por la que nunca dejo de ser a sus ojos el profesor exótico, el que contempla todo esto con tanta esperanza como desconcierto, el que echa de menos un ambiente algo más dulce y cariñoso, el que en verdad no entiende ―me dicen algunos― cómo se deben hacer aquí las cosas?

En efecto, aquí las cosas se suelen resolver de otro modo. Vara de madera para dispersar a los que perturban el orden, rodillas sobre la tierra si el chico habla de más, tercera ley de Newton aprendida en cada correctivo. Acción-reacción. Así, no debería haberme extrañado la respuesta que obtuve de un quinceañero cuando pregunté durante una lección de inglés si era preciso recurrir siempre a la amenaza del castigo para que las cosas pudieran funcionar mínimamente. Se levantó hastiado y me contestó: «En este lugar, profesor, o nos trata como animales o no logrará nunca que haya un buen comportamiento». Y ya no supe qué más decir, salvo que me negaba.

Porque los quería.

¿Será entonces que estos jóvenes, que cada día me ilusionan y agotan a partes iguales, no llegan cada mañana a clase sino para pedir que se los quiera? ¿Y será que los primeros necesitados de caridad y misericordia son esos profesores de cuyos labios tantas veces escucho ―y escuchan mis alumnos― que en el colegio estamos rodeados de malvados, de perturbadores del orden, de pequeños ladrones? Verdaderamente Teresa de Calcuta sabía bien de qué hablaba cuando recordaba que la mayor pobreza es no poder llegar a conocer el amor. ¿Cuántos Marios vagan por el mundo sin haber sentido nunca que su vida tiene sentido porque alguien ―y Alguien― los amó primero? ¿Es posible llegar a ser las personas que estamos llamadas a ser sin haber conocido la fuerza irrefrenable de un te quiero conjugado con autenticidad y desde lo más hondo? Entonces, antes que cooperantes, profesores, activistas, ejecutores de un programa, impulsores de un proyecto o promotores de ¿qué? desarrollo, ¿no habremos de ser, sencillamente y allá donde estemos, presencia humilde de los te quiero que otros no dirán? Y, lo que es más, ¿presencia dispuesta también a aprender a amar?

De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas.

(Is 2, 4)

Son tantos los días en los que me pregunto dónde encontrar resquicios por los que colar un pedacito de ternura… Afortunadamente, está Jean Privat. Es huérfano y ya se ha hecho todo un hombre, pero cada día se bate el cobre entre niños de trece años porque quiere sacarse la Secundaria. No lo conozco demasiado todavía y quizá me toma algo el pelo, pero me enamora la sonrisa abierta y luminosa, sin escamoteos, con la que se pasea por el patio del colegio y me saluda cada mañana. También tengo presente a Mauricette, a la que le cuesta un poco más el estudio, pero no tanto ser la primera en pasar con dulzura por el portal de casa cuando uno se pone enfermo o cuando toca despedirse antes de las vacaciones. Admiro, por supuesto, a Loïs, callada y discreta como pocas, pero capaz de pelearse unas notas brillantes en un mundo en el que nadie se toma aún demasiado en serio el hecho de que una mujer vaya al colegio y se construya un futuro. Está, desde luego, Rodrigue, todo sensibilidad y gentileza a pesar de que, a estas alturas de su vida, ya le han fallado casi todos. O el pequeño Grâce-à-Dieu, que es capaz de reventar la mitad de mis clases, de reírse de mí hasta la extenuación, de granjearse el repudio de todos sus educadores… cuando, en realidad, lo que pide a gritos es misericordia ante una vida rota, en la que sobraron muchos palos y faltaron muchos…

TE QUIERO.

Es lo que aprendo a decir y a vivir también cuando mis chicos llenan con ilusión las clases voluntarias de refuerzo que tan temerosamente inicié hace ya un par de meses. O cuando cada tarde escucho a tantos niños y jóvenes ensayar sin descanso los teatrillos de Navidad o los cantos del coro, con el mismo afán que tantas veces les falta para afrontar lo que les pedimos en el cole ―¿porque lo que necesitan es sentirse protagonistas de verdad?―. O cuando, ya de noche, al otro lado de nuestra pared, hay quienes aprovechan la luz que emite la casa ―la misma que falta en las suyas― para releer los apuntes del día después de una dura jornada, trabajo vespertino incluido, una sola comida en el mejor de los casos.

Ellos y tantos otros son los resquicios por donde recién nacerá, también dentro de mí, la ternura. Ellos y todos los demás son esas flores que, por doquier en esta tierra ―también en la casa que nos acoge―, brotan en medio de los peñascos más agrestes, de las paredes más rugosas. Por ellos el Amor vuelve a hacerse niño, a traer el calor a los pesebres de la historia, a susurrar en nuestros corazones con infinita dulzura que podemos amar…

…porque, como todos los Marios del mundo,
ya somos amados.

¡Feliz y
verdadera
Navidad!