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Cómplices traviesos de lo eterno

No sé si lo entiendo demasiado;
pero, inexplicablemente, todo concuerda:
el amor nunca pasa,
el bien no fue jamás en vano,
estalló la semilla ciega,
volvieron a florecer los cerezos,
¡no dieron la razón a quienes gritaron y crucificaron!
Ya no es tiempo de vendas
para las heridas del ayer:
la muerte no tiene poder
cuando esperar no hace más falta
para poder vivir, ya hoy,
cómplices traviesos de lo eterno,
en tierna mano resucitados.


Montaje de elaboración propia a partir de escenas de la película «Los miserables» (1998).
Las canciones son «Sin ti» de Fray Nacho y «Levántate y anda» de Álvaro Fraile.

 

Como el grano de arena que basta para inclinar una balanza es el mundo entero a tu presencia, como la gota de rocío que a la mañana baja sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; pues, si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo habría permanecido algo si no lo hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, que amas la vida.

(Sab 11)

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El Bien reinará

En lo pequeño está lo inmenso.
En la inmensidad del mundo nos nace
el Amor, pobre entre puertas cerradas.
Y en la inmensidad de la incertidumbre
brotan, discretas pero firmes,
las semillas del Reino del Bien,
habitado hoy menos que mañana.


Montaje de elaboración propia a partir de escenas de las películas
«El Señor de los Anillos: Las dos torres» y «Natividad»

 

 

¡Feliz recién nacer!

¡Feliz Natividad!

 

 

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Kutukutu o kalashnikov

Los juguetes de los niños centroafricanos son verdaderos prodigios de la ingeniería doméstica. A falta de todo ―literalmente: de todo―, buenos son unos cuantos desechos y la inagotable imaginación de los más pequeños para conseguir la diversión que en otras latitudes ya solo sabemos comprar a golpe de tarjeta. Mirad, por ejemplo, los kutukutu que se arrastran por doquier sobre la tierra rojiza de Bangassou. Eran viejas suelas de sandalia, latas de sardinas ya consumidas, pedazos de chapa y alambres inservibles, ramas de bambú arrancadas a la orilla del río. Hábiles y cuidadosas manos los han renacido en admirables cochecitos, dotados tantas veces del más completo equipamiento: un ingenioso sistema de suspensión a las cuatro ruedas, puertas de apertura silenciosa que permiten apreciar hasta los más sutiles detalles del salpicadero y ―he aquí la mayor genialidad― un tambor oculto bajo la carrocería que, asociado al giro de las ruedas y rozado por un mondadientes, logra remedar el runrún de un motor cuando el orgulloso propietario tira del vehículo calle abajo. No faltan, por supuesto, los grandes camiones de ronca garganta, al estilo de los que nos llegan, desde Bangui o desde la ribera congolesa, cargados de mercancías… y de personas llevadas como mercancías. O las excavadoras teledirigidas mediante hilos de marioneta, que quizá sueñan con encontrar adoquines al remover la arena de playa.

Más al este, camino de la frontera con Sudán del Sur, también vimos entre las manos de los niños muchos juguetes creados de la nada. Los kutukutu, eso sí, no nos parecieron allá tan abundantes como los gorros de camuflaje, las pistolas de madera o las imitaciones de kalashnikov. En los sueños de cada pequeño, el reflejo de la vida adulta que aguarda y seduce, tramposa tantas veces, a la vuelta de la esquina.

El oriente de la República Centroafricana, de nuestra diócesis de Bangassou, es tierra cargada de pólvora porque así lo quiere el Ejército de Liberación del Señor (LRA), nombre triplemente contradictorio de un grupo de fanáticos ugandeses que, liderado por Joseph Kony, ha hecho del pillaje, la razzia y el crimen sin piedad su forma de vida. Agazapados en las selvas, luchadores de nadie sabe qué causa, protagonistas de ningún telediario nuestro, vagan entre las fronteras gelatinosas del corazón de África sembrando el terror entre los más indefensos, aprovechándose de la mirada impasible de la comunidad internacional y añadiendo eslabones a una cadena de destrucción que nadie consigue romper. Para subsistir en su huida hacia delante, saquean brutalmente las aldeas. Para poder sostener sus efímeros campamentos, echan abajo lo poco que las gentes habían podido levantar a lo largo de su existencia. Para transportar el botín manchado de sangre, secuestran a familias enteras, a las que abandonan después en medio de la nada, tal vez con vida. Para permanecer bien atendidos, esclavizan a las niñas, y las convierten en sus cocineras, sus sirvientas y sus juguetes de usar y tirar. Para asegurar el futuro del movimiento, se llevan también a los niños, les ponen entre las manos un kalashnikov que ya no es de madera, y les roban para siempre el sencillo derecho a construirse un kutukutu y una vida en el amor.

A lo largo del eje carretero entre Rafaï y Obo, los tongo-tongo ―así se conoce popularmente a los miembros del LRA― nos parecieron insustituibles en la mayoría de las conversaciones. Los ecos aterradores del último ataque se entremezclaban con rumores de todos los pelajes, transmitidos a velocidad de crucero por el virus del miedo y portadores, en el fondo, de las preguntas que acechan a todos sin descanso: «¿cuándo será el siguiente?, ¿cuándo nos tocará a nosotros?». La más radical incertidumbre, el temor a un amanecer desgarrado por los disparos, la conciencia de un mañana que quizá no será, se han enseñoreado ya de estas tierras.

Entretanto, el incesante ir y venir de convoyes militares ugandeses provoca murmullo y despierta las miradas más hostiles. Los soldados ugandeses, enviados para pacificar la zona, son acusados por gran parte de la población local de colaborar ―o, al menos, contemporizar― con sus compatriotas tongo-tongo. Idénticos comentarios suscitan los peul, pueblo nómada dedicado a la ganadería trashumante; conocedor como ninguno de los secretos del bosque y la sabana; y, para no pocos, proveedor privilegiado de la milicia rebelde. Así lo escuchamos repetidamente, por mucho que se haya demostrado que los peul padecen igualmente los ataques indiscriminados del LRA. Cuando falta la paz, se alzan las barreras del recelo, crece el miedo al diferente y se pierde sin remedio la confianza en la bondad que habita lo más profundo de todo ser humano, venga de donde venga.

Los niños, a su vez, miran, escuchan y aprenden. En clase de Sexto ―aquí, los más pequeños de la Secundaria― pregunté una vez a cada alumno por un sueño para su porvenir. Muchos no entendieron a la primera ―¡bien raro habla este europeo, la verdad!―. A la segunda, entre los procedentes del este de la diócesis, la mayoría respondió sin dudar: poder matar a un tongo-tongo era lo más grande a lo que podían aspirar a sus doce o trece años de vida.

Los pocos informes que denuncian esta tragedia aseguran que ya son más de quince mil los desplazados en territorio centroafricano por la violencia del LRA. Un tercio de ellos ―mayoritariamente congoleses― se concentran en la villa de Zémio, precioso enclave en la frontera con el antiguo Zaire que ha visto súbitamente duplicada su población en los últimos tiempos. El campo de refugiados, mar de plástico y paja, constituye, en verdad, una nueva ciudad instalada de golpe y sin preaviso junto a la antigua. En ella tratan de echar raíces los que sus raíces han visto de cuajo arrancadas.

En Zémio ha desembarcado ya una legión de organismos internacionales, cada cual luciendo bandera en sus flamantes todoterrenos y en sus fincas blindadas por vigilancia 24 horas e imponente alambrada de espino. Con más discreción y mucho menos presupuesto, tres hermanas franciscanas consagran al pueblo de Zémio ―al viejo y al nuevo― no unos meses, sino su vida entera; mantienen abiertas las puertas de su casa para todo aquel que necesite un oído atento; pasean por los barrios y conocen sinceramente su palpitar; sostienen una preciosa escuela primaria y cuatro jardines de infancia; enseñan costura y otras artes; gestionan modélicamente una farmacia de proximidad; cuidan de la salud de muchos enfermos y ancianos; pelean por llevar la comunión hasta donde sea necesario… Y, además, sonríen mucho.

A Sor Georgina, superiora de la comunidad y directora de la escuela, su pequeña estatura no le ha impedido ganarse el profundo respeto de las familias de Zémio. Capaz de montarse una y otra vez en una moto para llegar hasta las capillas más abandonadas de la parroquia ―a través de las mismas carreteras de alto riesgo por las que los enviados del ACNUR o de Médicos Sin Fronteras se niegan a transitar―, esta hermana peruana de firme determinación se opuso fieramente a cerrar su escuela cuando, el año pasado, los rumores apuntaban con insistencia a que los tongo-tongo se hallaban en las inmediaciones de la ciudad, preparados para devastarla en cualquier momento. Entonces dio libertad a maestros y alumnos para marcharse, pero mantuvo abiertas las puertas. El miedo de la gente, en principio reacia a permanecer, fue dando paso al coraje y al espíritu de resistencia. Al final, mientras la escuela pública quedó paralizada durante tres meses sin que se cumpliera amenaza alguna, en el colegio de la misión el curso acabó en fiesta.

Entre Zémio y Obo son pocos los poblados que quedan en pie y habitados como antaño. Al surcarlos a gran velocidad, confortablemente sentados en un todoterreno, rompiendo el silencio de sus techos caídos y sus lumbres abandonadas, sentimos quizá que traicionamos su memoria; que los violentamos ―¿lo estaremos haciendo también con estas palabras?― desde nuestra mirada chiquita, acomodada y sedienta de extraordinarios; que pasamos demasiado deprisa por lugares cuya historia merecería ser contada despacio, escuchada con el máximo respeto y acogida con un corazón silencioso abierto de par en par.

Obo, capital prefectoral, la última gran población antes de la frontera con Sudán del Sur, es un hermoso enclave en tierras de sabana cuyo apacible silencio, cuyo acogedor carácter, enmascaran meses y meses de sufrimiento y zozobra. Atacada varias veces por comandos del LRA, saqueada sin piedad, desheredada en la ausencia de tantos niños secuestrados y nunca liberados, la ciudad cobija hoy varios campos de refugiados. Son, en su mayoría, centroafricanos de los alrededores, expulsados de sus aldeas de siempre, alejados de las huertas que les proporcionaban antaño el sustento diario, condenados a vivir de los polémicos repartos de víveres pilotados por los organismos internacionales. En su testimonio, un patrón común: ya no les queda valor para salir de los contornos de Obo y volver a las tierras de labranza, allá donde los tongo-tongo aparecen de improviso y se aprovechan con toda crueldad de la vulnerable desnudez de los más pobres.

No es fácil que lo cotidiano y lo necesario puedan abrirse paso entre el continuo temor y el implacable sobresalto. Obo acaba de perder a su médico, al conductor que lo acompañaba y varios millones de francos en vacunas para los niños. El coche fue asaltado y hecho pasto de las llamas hace pocas semanas, en algún lugar sobre la imprevisible ruta entre Rafaï y Zémio. ¿Quién se atreverá a ocupar su puesto? La sanidad, la educación y los servicios esenciales se resienten cuando vivir mañana no es siempre una esperanza plausible.

Era Lunes de Pascua cuando visitamos el instituto público de Obo. Día de fiesta, pero las clases permanecían abiertas porque no debe de quedar dinero ni para cerraduras. Las pizarras guardaban todavía el recuerdo de la última clase, antes de Semana Santa. La luz entraba por los ventanucos y dejaba al descubierto las paredes desconchadas, el cemento levantado, las telarañas por doquier. A falta de otra decoración, los grafitis de los jóvenes arañando muescas al tiempo: Dios, Messi, Ronaldinho. Que será, para no pocos, casi lo mismo.

En una de las aulas, faltando los bancos, el suelo que sirve a los alumnos de gélido pupitre resultaba provisionalmente ocupado por una cabra parturienta. Imagen de desolación sin paliativos que, sin embargo, nos habló de los muros y no de los corazones. En efecto, a los mismos jóvenes que padecen tamaña falta de dignidad nos los habíamos encontrado un día antes en la hermosa explanada abierta ante la iglesia parroquial de Obo, junto al soberbio árbol de mango que da la bienvenida a la Misión Católica. Era Domingo de Resurrección. Se hacía fiesta. Se celebraba la vida. En corro, pequeños y adolescentes, niños y niñas, cantaban, daban palmas y bailaban por parejas el anarumbaté ―chocando rítmicamente los pies y buscando confundir al otro―, moviéndose graciosamente entre la inocencia y la sensualidad. Palmas, golpes de silbato, cautivadores sones de tambor, movimiento impecable de caderas, pies descalzos sobre la tierra, mirada al filo del cielo, cantos y danzas sin fin. Asistimos admirados al pundonor de un pueblo sufriente aferrado con júbilo al bien que tendrá la última palabra, a la fiesta de una humanidad que puede caminar en alegría, a la necesidad de sentirse todavía vivo y también resucitado.

En su lengua zande, el saludo entre dos personas que se encuentran es: «¿Dios está?». Se responde asintiendo: «Dios está».

Nos marchamos de Obo entre los agradecimientos de quienes sencillamente merecían el nuestro. Los que nada tenían llenaron nuestro maletero de piñas, arroz y cacahuetes, en ofrenda de generosidad. Un profesor nos llevó hasta su huerto, nos lo mostró orgulloso, recogió para nosotros coles y pimientos, y nos los tendió gratuitamente con su mejor sonrisa, quizá sin saber que llevábamos meses sin comer estas verduras, para nosotros ahora un verdadero manjar. Dimos gracias entonces por todos los que permanecen al lado de este pueblo no unos días de cómoda visita, sino toda una vida, luchando por que los kutukutu de juguete vuelvan a ganar terreno a los kalashnikov en los sueños de los niños, creyendo que el este ve antes el ocaso solo porque mañana le amanecerá la vida a él primero.

PARA CONOCER MÁS SOBRE LAS VIOLACIONES A LOS DERECHOS HUMANOS COMETIDAS POR EL LRA EN LA REPÚBLICA CENTROAFRICANA…

» Mons. Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, lleva varios años denunciando las atrocidades cometidas por el LRA en los territorios de su diócesis. Estos dos artículos ponen rostro a la tragedia y muestran cómo, a pesar del abandono de las autoridades públicas, una presencia de amor es capaz de traer la esperanza: «Marlene, escapada del infierno» y «Último ataque de la LRA a Rafaï».

» El proyecto «Enough!» contra el genocidio y los crímenes contra la humanidad presentó en junio de 2010 un completo informe, nutrido de testimonios directos y estadísticas fiables, sobre la destrucción causada por el LRA en el este de la República Centroafricana. Se puede consultar (en inglés) pinchando aquí.

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La última palabra

No fue de los poderosos. No será de los que oprimen y condenan. No vino de las sombras. No dará la razón a la injusticia. No se abrió paso a latigazos. No se podrá comprar con treinta monedas ni aun con trescientas. No coronó la desesperanza. No permitirá que las lágrimas sigan corriendo. No acabó en un sepulcro. No nos hurtará la danza y el gozo.

La última palabra fue del Amor.

La última palabra la tendrá el Amor.

Montaje elaborado a partir de la canción «Palabras de Vida» del grupo Ain Karem.

Cuando todo parece hundido sin remedio en el absurdo de la muerte, Dios comienza una nueva creación. La actuación de Jesús no ha terminado en la cruz. Aquel que ofrecía el perdón de Dios a los pecadores, hoy lo sigue ofreciendo. A aquel que se acercaba a los pequeños y maltratados, hoy lo podemos encontrar identificado con todos los pobres y necesitados. El mal tiene mucho poder, pero las autoridades judías y los poderosos romanos que han matado a Jesús no lo han podido aniquilar. Los verdugos no triunfan sobre las víctimas, pero Dios hace justicia a Jesús sin destruir a quienes lo crucifican. En Jesús resucitado descubrimos la intención profunda del Padre confirmada para siempre: una vida plenamente feliz para la creación entera, una vida liberada para siempre del mal. Sólo el amor increíble de Dios puede explicar lo ocurrido en la cruz. Esto es lo que San Pablo intuye cuando escribe conmovido: «El Hijo de Dios me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí».

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, Jesús de Nazaret (adaptación)

Confiar. Descubrir los pequeños prodigios que brotan silenciosos entre nuestras vidas de asfalto. Esperar lo mejor. Contemplar el vuelo grácil y colorido de las mariposas que un día fueron oruga. Creer en el arco iris cuando arrecia la tormenta. Decir miradas tiernas, mirar con palabras de Vida. Anticipar la eternidad en cada segundo que se nos escapa. Dejarnos inundar por un manto de estrellas. Leer en nuestras manos el futuro que podría ser mañana. Escuchar más, hablar poquito. Hablar bonito. Repartir mejor los panes, pescar en abundancia. Empadronarnos en Cirene para cada crucificado de esta tierra. Atravesar con los que sufren el Mar Rojo hacia su liberación. Saber que se puede. Olvidarnos el miedo en cualquier vagón del metro. No regresar a la oficina de objetos perdidos. Pintar un mundo de mil colores para todos los colores. Apagar demasiadas farolas. Que resplandezcan otras luces. Soñar que todos los días sean Pascua. Resucitar.

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Pedacitos de eternidad

Era Pascua y yo pensaba que, si el amor nunca muere,
entonces cada gesto de amor nuestro es un pedacito de eternidad
que fecunda este presente y anticipa una primavera sin inviernos.

Montaje elaborado a partir de la canción «Sólo el amor», compuesta por Silvio Rodríguez
e interpretada por León Gieco. Algunas de las imágenes han sido tomadas del corto de
animación «El alfarero», cuyo visionado os recomiendo vivamente.

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Ana Lucía y Ricardo Alejandro: el año primero

Y del barro nació la vida, un 14 de agosto…

…porque la Vida está llamada a triunfar siempre sobre la desolación.

Ana Lucía y Ricardo Alejandro: el año primero.
Cobán, Guatemala, 14 de agosto de 2008.

» Vasijas antiguas…
Del barro, la vida