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La jaula

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Él creía que amaba
y, por eso,
tenía una jaula.

En algún lugar había de atesorar
las esencias y los momentos,
los recuerdos y las cosechas,
los frutos y sus semillas,
las miradas, los besos.

De algún modo tenía que evitar
que se escapasen los contornos,
que se difuminaran los trazos,
¡los trazos firmes!,
con los que a ella para siempre
él la había dibujado,
enamorado,
¿ciego?

De ahí los barrotes,
colocados con paciencia,
con táctica y estrategia,
con el sigilo propio
de quien camina con miedo,
como quien busca ser amado…
y se disfraza.

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Él creía que amaba
y, por eso,
tenía una jaula.

Pero un día supo
de un Amor que nada guarda ni
nada encierra,
que se consume y se desgasta:
efímero en cada segundo
y, sin embargo,
cada segundo más grande,
más profundo,
más lleno de mañana.

El que se entrega sin medida
ni cálculos ni plazos,
el que no dibuja límites
para dejar libre el espacio,
el que no camufla lo débil
ni se viste para la ocasión
ni se maquilla tras el escenario.

El que no espera del otro,
pero con el otro espera
caminando.

Y quiso probarlo.
Y deseó liberarse de todo.
Y corrió a abrir la jaula.

Fue entonces cuando descubrió,
atónito ante los barrotes,
que era él quien estaba
dentro.

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En Roma, un viernes.
Cuando atardecía, como casi siempre.

Los que no sabemos hacer poesía nos conformamos con inspirarnos torpemente en los que la ofrecen a manos llenas. Como en este hermoso duelo de complicidades, de enamorados que, quizá, entendieron el amor…

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«Sinceramente tuyo»
(Joan Manuel Serrat :: ver letra)

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«Sinceramente tuya»
(Pasión Vega :: ver letra)

» Vasijas antiguas…
Amar

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Si no vives por mí

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Si no vives por mí,
cada mañana nueva es rutina;
cada mirada al mundo, desolación;
cada horizonte, temores;
cada camino desconocido, amenaza;
cada alegría, artificio;
cada tristeza, sinsentido;
cada hermano, silencio;
cada silencio, nada.

Y es que si no vives por mí,
las palabras se vuelven huecas;
las manos, mudas;
y mi amor es
sólo porque espera.

Pero si en un arrebato de locura
hago de mi corazón pesebre
para acogerte, rey sin posada,
las mañanas se vuelven regalo;
las miradas, ternura;
los horizontes, confianza.

Los caminos desconocidos , ¿quizá utopía?,
traen alegrías sinceras
y tristezas que enseñan y levantan.
El hermano se hace prójimo
y junto a él los silencios hablan.
Hablan como hablan las manos,
más que las palabras,
modelando el barro de la vida
con un amor que ya nada espera,
pero que vive en esperanza.

Por eso, nace TÚ en mí para que mi YO muera,
para que el TÚ sea en mi vida primera persona,
para que el otro me descentre y se haga centro;
y así, más que nunca, pueda ser de verdad
YO.

Y TÚ conmigo.

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«Si no muero por ti»

(Almudena :: álbum «Tierra» :: ver letra)

Las fotografías fueron un sueño de Antonio Mas. La canción de Almudena que hoy me inspiró estos versos humides y torpes, un regalo de luz para las últimas semanas del Adviento. Gracias a ti, que la trajiste a mi vida.

A todos los que os acercáis a este pequeño rincón, Feliz Navidad. Feliz recién nacer.

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Si creyera tan solo en lo que veo…

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Si creyera tan solo en lo que veo,
creería tan poco,
tan poco…

No creería en la aurora
que, oculta entre los grises colosos
de nuestras ciudades anónimas,
cada mañana resucita la vida.

No creería en la levadura,
fermento humilde del pan
que día a día obra,
discreta y olvidada,
el milagro de saciarnos.

No creería en la semilla
ni en la fuerza apasionada que la impulsa desde la tierra
para que pueda abrirse paso y darnos fruto
desde lo pequeño, lo sencillo, lo oculto.

Ni creería en los bosques,
en su crecer tranquilo y sereno
frente al ruido que nos aturde
cuando unos pocos árboles caen
y ellos callan.

Y es que si creyera tan solo en lo que veo,
creería tan poco,
tan poco…

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No creería en los maestros,
porque ellos no creerían
en la sonrisa que todavía no es,
en la ilusión que solo es cuando sonríe.

Ni creería en el silencio;
ni querría aprender a escucharlo,
a sentir la voz de lo profundo
cuando enmudecen mis historias y mis histerias,
mis ruidos y mis miedos.

No creería en la paz ni en la justicia,
ni en el poder de la alegría
ni en la fuerza del ejemplo.
Tampoco en el viento.

No creería en el futuro
que tenemos entre nuestras manos,
en la esperanza de hacerlo nuevo.
De hacerlo bueno.

Ni creería en las estrellas que no vemos
desde este edén de sueños y hormigón.

Si creyera tan solo en lo que veo,
no creería en este atardecer de la Umbría
que se pierden casi todos,
mientras nuestro amor crece,
y tú no lo sabes,
frente al tramonto, en Spoleto.

Y no creería en Ti,
que me haces ver todo en todos
y a Ti en todo.
Y así creer en lo que veo.

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A partir de unos versos de Valeska C.
En Monteluco (Spoleto), un domingo cualquiera de noviembre. Al atardecer.