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De ayunos y moradas

Y digo yo que esto de ayunar será una invitación a aligerar un poco nuestros equipajes, a descubrir lo mucho en lo poco, a desprendernos de tanto abrigo inútil, a prendarnos de quien sin prendas camina en el frío. Que no se tratará tanto de dejar la carne como de pedir un corazón de carne, unos ojos sensibles, con menos gafas oscuras y menos impermeables. Que nos toca abstenernos de egoísmos, privarnos de lo privado, olvidar por un tiempo nuestras miras chiquitas, sufrir… con cada vida que sufre y no encuentra refugio.

Queremos, sí, estómagos saciados, pero no ombligos que muevan el mundo ni tripas hastiadas de nada. Que esto del ayuno sea, entonces, cambiar el enfoque, derrocar la dictadura del tener, liberarnos de mochilas inútiles, sentir descansada la espalda, salirnos del centro del universo, poner al otro en el centro de nuestro caminar, perder un poquito el norte. Porque difícil será reconstruir moradas si nos afanamos en ponernos morados. Porque sólo es capaz de avistar las brechas de esta humanidad herida quien logra abrir brecha primero en su propia piedra, ésa que protege nuestras luchas pero aprisiona nuestra verdad.

Y digo yo, pues, que esto de ayunar será como un visado para habitar la tierra del otro, como un pasaporte hacia las vidas sin pan, como un vacío que clama por nuevos sentidos, como un abrir esa mano que antaño cerrábamos para defender lo nuestro, como un desnudarnos que nos acerque a los desnudados y expoliados de la historia. Como un silencio necesitado, entonces sí, de escuchar nuevas voces. Las de aquellos que hoy ven apagada la suya entre tanto consumo que nos consume, entre tanto bien mal repartido, entre tanta abundancia desconsolada.

No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea, el día en que el hombre se mortifica? Mover la cabeza como un junco, acostarse sobre estera y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no despreocuparte de tu hermano. Entonces brillará tu luz como la aurora, tus heridas sanarán rápidamente; tu justicia te abrirá camino, detrás irá la gloria del Señor. Y reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre los cimientos de antaño; te llamarán reparador de brechas y restaurador de moradas por habitar.

(del libro de Isaías, capítulo 58)

» Para profundizar…
40 días para cambiar el mundo

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Hay ángeles entre nosotros

basurero1.jpgLos niños del basurero de Cobán viven entre un mar de desechos y silencio.

Los niños del basurero de Cobán se levantan temprano. Apenas tienen que recorrer unos metros, que dar unos pasos, que bajar una cuesta, para alcanzar, abriéndose paso entre las moscas y los zopilotes, las montañas de lo que otros no quisieron. En ellas encontrarán, tal vez, algo para vestirse. En ellas encontrarán, quién sabe, incluso algo para comer.

Los niños del basurero de Cobán son ágiles y vivarachos. La vida los obligó a crecer deprisa. Por eso, cuando, a cualquier hora de la jornada, comienza a adivinarse a lo lejos la voz rasgada con la que aturden basurero2.jpglos tubos de escape de las camionetas que se acercan a depositar los vertidos, ellos echan a correr a su encuentro sin perder ni un segundo. Entonces comienza la escena que día tras día se repite aquí de espaldas al mundo: sin esperar a que se el vehículo se detenga, los pequeños se encaramarán por sus laterales para comenzar a revolver entre la carga. Cada lata o cada botella que consigan ahora se convertirá después, junto a la balanza, en unos pocos quetzales. Junto a esa balanza, antaño emblema de la justicia, que hoy pende inerte a un lado del vertedero como doloroso recuerdo del olvido y la indiferencia.

Los niños del basurero de Cobán rasgan en dos mi corazón. Y yo, que había viajado a Guatemala a encontrarme con los últimos, a dejarme transformar por ellos; y yo, que había cruzado el Atlántico con el deseo de no querer hacer sin dejarme hacer… me basurero3.jpgderrumbo mientras contemplo cómo nuestros desechos caen sobre sus rostros inocentes; mientras experimento con profundo dolor que, en realidad, me separa de ellos un muro (de privilegios, a este lado; de negación, al suyo) que nunca podré traspasar. Un muro que nos aleja, que limita nuestro abrazo, que me impide comprender. Un muro que podemos intuir y racionalizar desde la distancia, pero que cae como una losa sobre el corazón cuando aparece enfrente, desvelando y ocultando al mismo tiempo la realidad desnuda. Un muro levantado con ladrillos de injusticia…

Pero los niños del basurero de Cobán sonríen cuando, cada mañana, abre sus puertas el pequeño barracón que, pintado de mil colores, se levantó hace no mucho en medio de sus casas. Su escuelita. A ella van llegando con cuentagotas algunos días, en tropel otros.basurero4.jpg Sobre las estanterías encontrarán sus cuadernos, papel blanco con mucho futuro por escribir. Hay quienes ya dibujan las letras y quienes están aprendiendo a agarrar el lápiz, quienes todavía no se saben los colores y quienes te piden a gritos que les pongas más sumas. Alguno de los mayores se atreve incluso con las reglas de tres. Y uno no puede pedir ni puntualidad ni silencio, ni fidelidad ni orden. Se siente tentado, más bien, a permitir que estalle la vida entre esas cuatro paredes de block donde el vertedero que nos rodea parece más lejano que nunca, donde todavía es posible construir la esperanza para una generación que ya no debe vivir postrada.

basurero5.jpgLos niños del basurero de Cobán barren la escuelita y te ayudan a recoger las tazas después de recibir su desayuno. Mantener una pequeña (pero constante) presencia a través de las clases matutinas y de las comidas que se sirven a todo aquel que lo necesite ha permitido a Comunidad Esperanza ir ganándose poco a poco la confianza de las familias que viven en tan difíciles condiciones. Ese acercamiento ha sido clave para conseguir que muchos de los pequeños hayan sido escolarizados o se hayan incorporado a los programas de alfabetización. Cada letra nueva que se aprende entre los ladrillos coloreados del barracón del vertedero se convierte entonces en un paso al frente hacia un mañana más justo, hacia un porvenir de verdadera esperanza… hacia una vida en sus manos, en las mismas que un día dejaron durante dos horas de revolver entre la basura para tomar un lápiz y dibujar el futuro.

Los niños del basurero de Cobán encuentran en todo un tesoro. Con su imaginación convierten los desechos más inútiles en potentes bólidos con los que deslizarse por las rampas del lugar o en elegantes cometas para los días de viento. El pequeño Ángel, por su parte, me muestra con orgullo e ilusión una canica que le convierte en rico, que me hace pobre a sus ojos. El pequeño Ángel que vive entre un mar de desechos y basurero6.jpgsilencio, que echa a correr tras el rugir de las camionetas de la basura, que rebusca entre las montañas de lo que otros no quisieron, que ve caer la inmundicia sobre su rostro.

El pequeño Ángel que, sin embargo, ya ha aprendido a agarrar el lápiz y a dibujar la a, que todos los días nos ayuda a recoger las tazas del desayuno, que en lo pequeño descubre maravillas, que sonríe al recordarnos que él tiene una canica, que camina (sin saberlo) hacia un mañana con el que merece la pena soñar. Y así, de alguna forma, hace caer el muro que nos separa. Como cuando me abraza. Como cuando cada uno de esos pequeños niños de Dios me abrazan.

En verdad, hay ángeles entre nosotros.

» Vasijas antiguas…
Entre el esfuerzo y la esperanza