Conversación de fin de año en la cola del super

En lo cotidiano de nuestro ajetreo, no estamos demasiado acostumbrados a mirar o a escuchar más allá de nosotros mismos. Por eso te reconoceré, querido amigo, que al principio, aun sin yo quererlo, me has incomodado. Solo al principio.

Ahí estaba yo, esta mañana, acalorado, apresurado, enfilando la cola de la caja en el supermercado de la esquina. Runrún de compras de última hora, pasillos llenos, calor enlatado de calefacción dentro, frío descarnado afuera, mi abrigo entorpeciéndome, papeles entre mis manos, la cesta, las prisas y un insufrible disco de villancicos martilleando despertares.

En la fila, a pesar de todo, acierto a dejar pasar delante de mí a un señor mayor. Entonces apareces tú. Elogias el gesto y das las gracias por el ejemplo. Y, mientras prosigue el desfile de códigos de barras, comienzas a charlar conmigo. Sin venir a cuento. Rompiendo esa norma tácita que nos hace a todos sentirnos cómodos cuando actuamos como silenciosos autómatas en nuestras junglas de hormigón. Porque en el asiento del autobús, el trayecto del ascensor o la cola del super, los auriculares a todo volumen o la mirada hacia el ombligo son nuestros mejores aliados ante cada tensa espera, el seguro a todo riesgo de dejarnos enredar.

Me hablas de cómo ayer viste a aquella anciana que no se daba cuenta de que venía el tranvía. Te acercas diligente a la cajera cuando ves que se ha quedado sin cambio para el cliente anterior, porque no te importa ofrecerle tu calderilla. Me enseñas las botellas de refresco que estás a punto de adquirir para todos los niños que esta noche van a hacer de tu Nochevieja una auténtica fiesta. Y, viéndome apurado y desarbolado entre mis papeles, mi abrigo y mis prisas, me ayudas a colocar la compra en la caja, poniendo cuidado en dejar las botellas tumbadas «porque, si no, la cinta las tira al avanzar».

Luego pago, hago amago de irme, pero me dejo los benditos papeles y ahí estás tú para tendérmelos mientras me deseas un feliz Año Nuevo con tu mejor sonrisa. Y yo no sé cómo te llamas ni de dónde vienes. Por tu acento te llamarán extranjero; quizá ahora tu amabilidad no merezca ni tan siquiera una tarjeta sanitaria. Pero esta mañana, durante cinco minutos que podrían haber sido de silencio y ombligo, te has implicado —co-(im)-plicado— en lo cotidiano de mi camino para hacerlo un poquito más cómodo, un poquito más vivible, un poquito mejor.

Y yo no puedo evitar pensar que debe de ser así, de forma tan sencilla y casual, como se inician las pequeñas cadenas de humanidad que rompen la indiferencia y ayudan a cambiar, como gotas de lluvia fresca sobre los campos en estío, no inútilmente, este mundo…

 

¡Feliz 2013! ¡Felices pequeños gestos que
nos reconcilian con la ternura del Hombre!