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Mi deseo más profundo, la Via Appia, las flores

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Comienzo a comprender −dijo el principito−. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado…

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY, El principito

La Via Appia tiene más de dos mil trescientos años, pero yo siempre creo que todavía están a punto de colocar su último adoquín. Para los antiguos era la regina viarium, la reina de las calzadas. No en vano, atravesaba todo el sur de la Península Itálica para conectar Roma con la Campania, la Calabria y la Apulia, abriendo paso a aquella civilización de la que tantos somos, de alguna forma, herederos. Sobre el mismo pavimento que sintió las pisadas firmes de legionarios, colonos, via-quintili-appia-antica.jpgcomerciantes y peregrinos de un ayer tan lejano, hoy caminamos los que preferimos no someternos al imperio… del tráfico y de las prisas. Al menos, por unas cuantas horas.

La Via Appia es hermosa, increíblemente hermosa. Sobre todo, cuando a sus lados desaparecen las catacumbas, las iglesias, los «pase por aquí con su entrada». Cuando ya no hay coches que resistan los vaivenes que tan poco importaban a los carros. Cuando sólo quedan la piedra firme de su adoquinado eterno; los cipreses y los pinos abrazados en lo alto; las ruinas milenarias que, rotas y dispersas, te hablan desde su silencio. Y, más allá, los campos serenos, rozando al filo del horizonte el cielo. Donde Roma deja de hacer de Roma, para ser más Roma que en ninguna otra parte. Donde uno se escapa… para encontrarse, más que nunca, dentro.

targa-via-appia-antica.jpgEs domingo, quiere llover sobre Roma y he venido a caminar por la Appia. Soy de los privilegiados que la ve nacer a dos pasos de casa y es hora de aprovechar bien tan hermoso regalo. Tengo, además, un buen motivo. Me lo dio ese amigo que, hace unos días, atravesó mi vida con un interrogante sencillo. O sea, de los que tocan y rasgan. Cuál era mi deseo más profundo: ésa fue su pregunta. Y no supe contestarle. Ni supe contestarme. Diría tantos… tantos y ninguno. Cuando arden muchos fuegos adentro, el ímpetu de las llamas no permite muchas veces contemplar lo que están alumbrando. Pero la incógnita persevera y se hace inevitable; necesitamos encontrar en nuestro corazón las palabras, la respuesta: ¿cuál es tu deseo más profundo? Hoy quiero empezar a buscar el mío. Bajo la lluvia. En la Appia.

Camino despacio, mochila al hombro, dos manzanas como alimento. La calzada es una fiesta que se va mudando, discretamente, en silencio íntimo y punzante. Las familias con sus niños, los japoneses y sus cámaras, los señores y las señoras respetables con sus collares aún más respetables, los ciclistas, los fieles, los locos… via-appia-antica.jpgvan abandonando poco a poco la escena, según avanza la Appia hacia el sur, crece la altura de los cipreses y las ruinas dejan de merecer una reseña en la Lonely Planet. Roma ya no se adivina en la distancia y las elegantes villas dan paso a llanuras infinitas por las que hace no mucho pasó el arado. Nos hemos quedado solos. La pregunta y yo.

Conozco bien lo que va a suceder. Comenzará el bombardeo de sentimientos. Se me agolparán montones de ideas; el corazón latirá fuerte. Enfocaré la mirada hacia el horizonte, convencido del poder clarividente de la pose. Me imaginaré el futuro. Lo habitaré. Brotarán palabras más o menos bonitas, más o menos sensibles; palabras que, en cualquier modo, podrían solventarme las próximas tres o cuatro entradas de este blog. Pensaré en lugar de sentir; escribiré en lugar de pensar. Y, al final, todo sonará hueco. Por eso, alcanzados los límites de Roma, renuncio a la batalla. Y, ya de regreso, cuando llego a la altura del montículo que abre la vista de la llanura, a un lado, y de la Villa dei Quintili, al otro, me detengo. Subo despacio. El sol se cuela entre las nubes y la tierra parece responder a su estímulo en este sereno atardecer. Me siento en lo alto para poner sobre el papel alguna idea. Y rezo por esa señal que me abra las puertas de una búsqueda auténtica, no de mis torpes zarandeos.

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Entonces llega ella. Una niña sonriente que, no sin esfuerzo, alcanza la pequeña altura desde la que contemplo estos campos olvidados. Parece buscar algo. Desaparece de mi vista para, a continuación, gritar con enorme alegría. Ya lo ha encontrado. Llama a sus padres que, desde abajo, la esperan, impacientes: «¡Tenéis que venir, tenéis que ver esto!» Ellos se resisten, pero su hija los reclama cada vez con más fuerza. «¡Mirad qué flores tan bonitas! ¡Son las más bonitas que he visto nunca!» La madre la amenaza con un posible robo de su bicicleta, que ha dejado tirada en medio de la Appia. Pero para ella ahora no hay nada más importante que esas flores, en las que yo no había ni tan siquiera reparado. fiore-via-appia-antica.jpgY, en efecto, se ven hermosas, las violetas y las amarillas, acariciando la vida mientras, al fondo, el sol camina hacia el ocaso. Definitivamente, son unas flores bellísimas, que brotan como regalo del cielo en un escenario privilegiado.

La insistencia de la pequeña obtiene su premio. El padre sube y, displicente, escucha la feliz explicación de por qué éstas son las flores más bonitas que jamás alguien haya visto. Es tal el éxtasis de su hija que, terminado el discurso, no puede sino invitarla a que arranque unas cuantas para llevárselas de recuerdo. Ella se lo piensa, divertida, pizpireta. Pero decide no hacerlo: «Così quando tornerò li vedrò ancora più belli!»

«¡Así, cuando vuelva, las podré ver aún más bonitas!»

Ella tiene flores hermosas. Y, cuando las cuida, nada hay más tramonto-via-appia-antica.jpgimportante en el mundo. Pero nunca las arrancará.

Porque ella volverá. Porque ella quiere volver. Porque ella volverá siempre. Y siempre que vuelva encontrará sus flores, por obra de un misterioso milagro, cada vez más hermosas.

Y yo, por primera vez en este domingo en que sobre Roma quiso llover, sonrío con una profunda alegría. Cierro el cuaderno, me levanto, vuelvo a poner mis pies sobre la piedra milenaria y, dando gracias a cada minuto, enfilo el camino de regreso a casa, hacia el mañana, hacia mis flores que crecen en silencio, ¿hacia mi deseo más profundo?

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En el corredor de la vida

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Estoy encerrado en el corredor de la muerte desde hace ya cinco años. Entré aquí cuando era un chaval; ahora me he hecho un hombre y entiendo muchas cosas, pero ya no puedo hacer nada por mi vida. […] Aunque no podéis ayudarme a salir de aquí, siempre podéis escribirme, haceros amigos míos. […] He pensado que quizá vosotros tendréis la posibilidad de encontrar a alguien que quiera escribirme, porque yo en los últimos tiempos no sabía ya cómo pedir ayuda o amistad. […] La soledad de este lugar comienza a hacer efecto sobre mí. Me he dado cuenta de que puedo terminar muriendo aquí por algo que no he cometido. […] En el corredor de la muerte hay personas buenas e inteligentes, pero muchos no han tenido ninguna posibilidad en la vida. Miradme a mí: mi vida estaba apenas comenzando y ahora se acaba por una mentira. ¿Por qué?

DOMINIQUE GREEN,
desde una cárcel de Texas

dominique-green.jpgDominique fue condenado a morir cuando apenas había cumplido dieciocho años. Detenido violentamente e interrogado sin la posibilidad de ver a un abogado, se le acusaba de homicidio. El letrado de oficio que le fue asignado posteriormente presentó las pruebas que podían haberle ayudado en su defensa… fuera de plazo. Su historia, la de una vida difícil (nacido en el seno de una familia muy pobre, hijo de padres separados, cuidado por una madre con problemas psíquicos, madurado en el frío de los suburbios de Houston), se veía abocada a un final sin esperanza.

Pero Dominique se resistía a perder contacto con el mundo. Desde su pequeña celda, desde la misma en la que dibujaba y escribía poemas, se decidió un día a enviar una carta de la que pronto se haría eco la prensa. Dominique se preguntaba si alguien estaría dispuesto a hacerse amigo suyo a través de la correspondencia, a brindarle una ráfaga de la amistad que el mundo le había negado. Y, desde Roma, alguien contestó. Así nacieron la iniciativa “escribe a un condenado a muerte” y la lucha activa contra la pena capital promovidas por la Comunidad de Sant’Egidio.

La Comunidad de Sant’Egidio me invita a una velada-concierto contra la pena de muerte. Es 30 de noviembre, la lluvia nos concede una tregua en Roma. Faltan ya pocos días para que la ONU apruebe una pena-di-morte.jpgmoratoria universal de las ejecuciones (así ocurrió, efectivamente, el pasado lunes 18 de diciembre), y tras esa declaración se esconde mucho trabajo silencioso y encomiable de las buenas gentes de esta comunidad de laicos a favor de una justicia que no contemple la eliminación de la vida, que respete al ser humano y crea en su redención.

Ex condenados a muerte y familiares de víctimas se toman de la mano para hablarnos de perdón y de verdadera justicia, de reconciliación y de fe en el ser humano. Por su parte, la voz rasgada de Enrico Lo Verso y el tono profundo y cautivador de Mariano Rigillo nos leen cartas escritas desde el corredor de la muerte. Cartas que hablan de esperanza, de segundas oportunidades cuando ya todo parece perdido… de la importancia de escuchar una palabra amiga, de sentir una mano que consuele y confíe aun en la distancia. De que todos tenemos derecho a equivocarnos y a seguir siendo amados.

¿Segundas oportunidades? Sí, para nuestro asombro, así concebía Dominique su reclusión en el corredor de la muerte. Como una segunda oportunidad. Lo confiesa entre sus letras, cuando habla de cómo aprende a hacerse mayor a través de las sonrisas de sus compañeros y del cariño que le brindan sus amigos de correspondencia. Cuando sale a la luz desde una verdad punzante su profundo dolor; el sufrimiento de quien llegó siendo niño y morirá sin que la sociedad le haya concedido la posibilidad de ser hombre, y hombre bueno, para el mundo.

La velada toca a su fin. Nicola Piovani acaricia el piano. Nos regala el tema de una de sus bandas sonoras más conocidas, pero nosotros estamos esperando otra. La que acompañaba a Guido Orefice mientras éstela-vida-es-bella.jpg llenaba de alegría la vida de su esposa y de su pequeño en medio del horror del campo de concentración…

Dominique fue ajusticiado en octubre de 2004. Dejaba un rosario cuyas cuentas gustaba de acariciar mientras caminaba por los pasillos de la cárcel. Cada una representaba a un amigo, a alguien que le había concedido, de alguna forma, otra oportunidad. Su esperanza.

Hoy, Dominique, el parque de Primavalle (en Roma) lleva tu nombre. El nombre de un condenado a muerte. El nombre bajo el que ahora crecen las flores, corretean los niños, renacerá la primavera.

Al final reconocemos las notas del maestro Piovani que tan familiares se hacen en nuestra memoria y en nuestro corazón. Y sale Giorgia a cantarnos con su voz maravillosa.

Cierro los ojos.

La vida es bella.

Toda vida es bella.

» Sobre las iniciativas de Sant’Egidio contra la pena capital…
No alla pena di morte