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Luis Enrique, 11 años

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Porque la pobreza (y la esperanza) tiene rostros, tiene historias, tiene corazones, tiene anhelos, tiene caminos de ida y vuelta, tiene maíz alrededor, tiene una letrina entre plásticos, tiene mirada… tiene barro en los zapatos.

Escúchale. Se llama Luis Enrique…

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Mi deseo más profundo, la Via Appia, las flores

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Comienzo a comprender −dijo el principito−. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado…

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY, El principito

La Via Appia tiene más de dos mil trescientos años, pero yo siempre creo que todavía están a punto de colocar su último adoquín. Para los antiguos era la regina viarium, la reina de las calzadas. No en vano, atravesaba todo el sur de la Península Itálica para conectar Roma con la Campania, la Calabria y la Apulia, abriendo paso a aquella civilización de la que tantos somos, de alguna forma, herederos. Sobre el mismo pavimento que sintió las pisadas firmes de legionarios, colonos, via-quintili-appia-antica.jpgcomerciantes y peregrinos de un ayer tan lejano, hoy caminamos los que preferimos no someternos al imperio… del tráfico y de las prisas. Al menos, por unas cuantas horas.

La Via Appia es hermosa, increíblemente hermosa. Sobre todo, cuando a sus lados desaparecen las catacumbas, las iglesias, los «pase por aquí con su entrada». Cuando ya no hay coches que resistan los vaivenes que tan poco importaban a los carros. Cuando sólo quedan la piedra firme de su adoquinado eterno; los cipreses y los pinos abrazados en lo alto; las ruinas milenarias que, rotas y dispersas, te hablan desde su silencio. Y, más allá, los campos serenos, rozando al filo del horizonte el cielo. Donde Roma deja de hacer de Roma, para ser más Roma que en ninguna otra parte. Donde uno se escapa… para encontrarse, más que nunca, dentro.

targa-via-appia-antica.jpgEs domingo, quiere llover sobre Roma y he venido a caminar por la Appia. Soy de los privilegiados que la ve nacer a dos pasos de casa y es hora de aprovechar bien tan hermoso regalo. Tengo, además, un buen motivo. Me lo dio ese amigo que, hace unos días, atravesó mi vida con un interrogante sencillo. O sea, de los que tocan y rasgan. Cuál era mi deseo más profundo: ésa fue su pregunta. Y no supe contestarle. Ni supe contestarme. Diría tantos… tantos y ninguno. Cuando arden muchos fuegos adentro, el ímpetu de las llamas no permite muchas veces contemplar lo que están alumbrando. Pero la incógnita persevera y se hace inevitable; necesitamos encontrar en nuestro corazón las palabras, la respuesta: ¿cuál es tu deseo más profundo? Hoy quiero empezar a buscar el mío. Bajo la lluvia. En la Appia.

Camino despacio, mochila al hombro, dos manzanas como alimento. La calzada es una fiesta que se va mudando, discretamente, en silencio íntimo y punzante. Las familias con sus niños, los japoneses y sus cámaras, los señores y las señoras respetables con sus collares aún más respetables, los ciclistas, los fieles, los locos… via-appia-antica.jpgvan abandonando poco a poco la escena, según avanza la Appia hacia el sur, crece la altura de los cipreses y las ruinas dejan de merecer una reseña en la Lonely Planet. Roma ya no se adivina en la distancia y las elegantes villas dan paso a llanuras infinitas por las que hace no mucho pasó el arado. Nos hemos quedado solos. La pregunta y yo.

Conozco bien lo que va a suceder. Comenzará el bombardeo de sentimientos. Se me agolparán montones de ideas; el corazón latirá fuerte. Enfocaré la mirada hacia el horizonte, convencido del poder clarividente de la pose. Me imaginaré el futuro. Lo habitaré. Brotarán palabras más o menos bonitas, más o menos sensibles; palabras que, en cualquier modo, podrían solventarme las próximas tres o cuatro entradas de este blog. Pensaré en lugar de sentir; escribiré en lugar de pensar. Y, al final, todo sonará hueco. Por eso, alcanzados los límites de Roma, renuncio a la batalla. Y, ya de regreso, cuando llego a la altura del montículo que abre la vista de la llanura, a un lado, y de la Villa dei Quintili, al otro, me detengo. Subo despacio. El sol se cuela entre las nubes y la tierra parece responder a su estímulo en este sereno atardecer. Me siento en lo alto para poner sobre el papel alguna idea. Y rezo por esa señal que me abra las puertas de una búsqueda auténtica, no de mis torpes zarandeos.

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Entonces llega ella. Una niña sonriente que, no sin esfuerzo, alcanza la pequeña altura desde la que contemplo estos campos olvidados. Parece buscar algo. Desaparece de mi vista para, a continuación, gritar con enorme alegría. Ya lo ha encontrado. Llama a sus padres que, desde abajo, la esperan, impacientes: «¡Tenéis que venir, tenéis que ver esto!» Ellos se resisten, pero su hija los reclama cada vez con más fuerza. «¡Mirad qué flores tan bonitas! ¡Son las más bonitas que he visto nunca!» La madre la amenaza con un posible robo de su bicicleta, que ha dejado tirada en medio de la Appia. Pero para ella ahora no hay nada más importante que esas flores, en las que yo no había ni tan siquiera reparado. fiore-via-appia-antica.jpgY, en efecto, se ven hermosas, las violetas y las amarillas, acariciando la vida mientras, al fondo, el sol camina hacia el ocaso. Definitivamente, son unas flores bellísimas, que brotan como regalo del cielo en un escenario privilegiado.

La insistencia de la pequeña obtiene su premio. El padre sube y, displicente, escucha la feliz explicación de por qué éstas son las flores más bonitas que jamás alguien haya visto. Es tal el éxtasis de su hija que, terminado el discurso, no puede sino invitarla a que arranque unas cuantas para llevárselas de recuerdo. Ella se lo piensa, divertida, pizpireta. Pero decide no hacerlo: «Così quando tornerò li vedrò ancora più belli!»

«¡Así, cuando vuelva, las podré ver aún más bonitas!»

Ella tiene flores hermosas. Y, cuando las cuida, nada hay más tramonto-via-appia-antica.jpgimportante en el mundo. Pero nunca las arrancará.

Porque ella volverá. Porque ella quiere volver. Porque ella volverá siempre. Y siempre que vuelva encontrará sus flores, por obra de un misterioso milagro, cada vez más hermosas.

Y yo, por primera vez en este domingo en que sobre Roma quiso llover, sonrío con una profunda alegría. Cierro el cuaderno, me levanto, vuelvo a poner mis pies sobre la piedra milenaria y, dando gracias a cada minuto, enfilo el camino de regreso a casa, hacia el mañana, hacia mis flores que crecen en silencio, ¿hacia mi deseo más profundo?

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Hay ángeles entre nosotros

basurero1.jpgLos niños del basurero de Cobán viven entre un mar de desechos y silencio.

Los niños del basurero de Cobán se levantan temprano. Apenas tienen que recorrer unos metros, que dar unos pasos, que bajar una cuesta, para alcanzar, abriéndose paso entre las moscas y los zopilotes, las montañas de lo que otros no quisieron. En ellas encontrarán, tal vez, algo para vestirse. En ellas encontrarán, quién sabe, incluso algo para comer.

Los niños del basurero de Cobán son ágiles y vivarachos. La vida los obligó a crecer deprisa. Por eso, cuando, a cualquier hora de la jornada, comienza a adivinarse a lo lejos la voz rasgada con la que aturden basurero2.jpglos tubos de escape de las camionetas que se acercan a depositar los vertidos, ellos echan a correr a su encuentro sin perder ni un segundo. Entonces comienza la escena que día tras día se repite aquí de espaldas al mundo: sin esperar a que se el vehículo se detenga, los pequeños se encaramarán por sus laterales para comenzar a revolver entre la carga. Cada lata o cada botella que consigan ahora se convertirá después, junto a la balanza, en unos pocos quetzales. Junto a esa balanza, antaño emblema de la justicia, que hoy pende inerte a un lado del vertedero como doloroso recuerdo del olvido y la indiferencia.

Los niños del basurero de Cobán rasgan en dos mi corazón. Y yo, que había viajado a Guatemala a encontrarme con los últimos, a dejarme transformar por ellos; y yo, que había cruzado el Atlántico con el deseo de no querer hacer sin dejarme hacer… me basurero3.jpgderrumbo mientras contemplo cómo nuestros desechos caen sobre sus rostros inocentes; mientras experimento con profundo dolor que, en realidad, me separa de ellos un muro (de privilegios, a este lado; de negación, al suyo) que nunca podré traspasar. Un muro que nos aleja, que limita nuestro abrazo, que me impide comprender. Un muro que podemos intuir y racionalizar desde la distancia, pero que cae como una losa sobre el corazón cuando aparece enfrente, desvelando y ocultando al mismo tiempo la realidad desnuda. Un muro levantado con ladrillos de injusticia…

Pero los niños del basurero de Cobán sonríen cuando, cada mañana, abre sus puertas el pequeño barracón que, pintado de mil colores, se levantó hace no mucho en medio de sus casas. Su escuelita. A ella van llegando con cuentagotas algunos días, en tropel otros.basurero4.jpg Sobre las estanterías encontrarán sus cuadernos, papel blanco con mucho futuro por escribir. Hay quienes ya dibujan las letras y quienes están aprendiendo a agarrar el lápiz, quienes todavía no se saben los colores y quienes te piden a gritos que les pongas más sumas. Alguno de los mayores se atreve incluso con las reglas de tres. Y uno no puede pedir ni puntualidad ni silencio, ni fidelidad ni orden. Se siente tentado, más bien, a permitir que estalle la vida entre esas cuatro paredes de block donde el vertedero que nos rodea parece más lejano que nunca, donde todavía es posible construir la esperanza para una generación que ya no debe vivir postrada.

basurero5.jpgLos niños del basurero de Cobán barren la escuelita y te ayudan a recoger las tazas después de recibir su desayuno. Mantener una pequeña (pero constante) presencia a través de las clases matutinas y de las comidas que se sirven a todo aquel que lo necesite ha permitido a Comunidad Esperanza ir ganándose poco a poco la confianza de las familias que viven en tan difíciles condiciones. Ese acercamiento ha sido clave para conseguir que muchos de los pequeños hayan sido escolarizados o se hayan incorporado a los programas de alfabetización. Cada letra nueva que se aprende entre los ladrillos coloreados del barracón del vertedero se convierte entonces en un paso al frente hacia un mañana más justo, hacia un porvenir de verdadera esperanza… hacia una vida en sus manos, en las mismas que un día dejaron durante dos horas de revolver entre la basura para tomar un lápiz y dibujar el futuro.

Los niños del basurero de Cobán encuentran en todo un tesoro. Con su imaginación convierten los desechos más inútiles en potentes bólidos con los que deslizarse por las rampas del lugar o en elegantes cometas para los días de viento. El pequeño Ángel, por su parte, me muestra con orgullo e ilusión una canica que le convierte en rico, que me hace pobre a sus ojos. El pequeño Ángel que vive entre un mar de desechos y basurero6.jpgsilencio, que echa a correr tras el rugir de las camionetas de la basura, que rebusca entre las montañas de lo que otros no quisieron, que ve caer la inmundicia sobre su rostro.

El pequeño Ángel que, sin embargo, ya ha aprendido a agarrar el lápiz y a dibujar la a, que todos los días nos ayuda a recoger las tazas del desayuno, que en lo pequeño descubre maravillas, que sonríe al recordarnos que él tiene una canica, que camina (sin saberlo) hacia un mañana con el que merece la pena soñar. Y así, de alguna forma, hace caer el muro que nos separa. Como cuando me abraza. Como cuando cada uno de esos pequeños niños de Dios me abrazan.

En verdad, hay ángeles entre nosotros.

» Vasijas antiguas…
Entre el esfuerzo y la esperanza

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Volver a ser Totò

toto.jpgEstos días creo que vine a vivir a Italia sólo para ver Cinema Paradiso.

Cinema Paradiso, sí. Una de esas películas que tenía apuntadas desde hacía mucho tiempo en el cuaderno del “esto tendrá que esperar a mañana”, y que ahora, cuando el otoño comienza a teñir de ocre las praderas del Celio y el frío ya se hace sentir entre las calles de Roma, he podido disfrutar en toda su intensidad, en toda su delicada sensibilidad.

Dicen que, con ella, Giuseppe Tornatore quiso rendir un sentido homenaje a la magia del cine. Y, desde luego, resulta fascinante admirar con qué delicadeza y finura logra entretejer la historia del séptimo arte con la suya, con la nuestra, haciendo que cada fotograma se abrace fuertemente a la memoria de lo que somos, de lo que fuimos, de lo que fueron quienes nos hicieron ser. He leído también que la película nos habla de valentía, de superación personal, de la fuerza de nuestros sueños de la infancia, de cómo somos capaces de levantarnos después de la más dura caída. Y, en efecto, el pequeño Totò que de pequeño jugaba con los recortes censurados de las películas, alfredo-salvatore.jpgque de joven fantaseaba con su enamorada mientras la grababa furtivamente con su pequeña cámara, llegará a ser un aclamado director de cine y logrará dejar atrás la vida provinciana de la Sicilia profunda de la posguerra.

Pero si éste ha de ser el mensaje, el del triunfo del talento, el del cumplimiento de los sueños perseguidos con fe y constancia, ¿por qué entonces toda la cinta parece cubierta por una pátina indeleble de melancolía?

Quizá porque el Salvatore adulto que, al borde de la cama, echa la vista atrás, atravesando el mar y los recuerdos, ya no se reconoce Totò. Porque, sí, fue fiel al consejo de Alfredo (su amigo, su confidente, su guía ciego, su papá perdido) y se marchó para no volver. Y sí, en su pueblo nunca más le oyeron hablar, porque empezaron a oír hablar de él: de su triunfo, de su vocación hecha carne y éxito. Pero muchas cosas se habían quedado en el camino: Su mirada inocente, siempre fascinada, siempre curiosa, siempre ávida de vivir. Su sonrisa pícara y cómplice. Su curiosidad por este peregrinar tan hermoso que llamamos vida. Su querer descubrir todo en todos. Su ilusión por un sueño que seguía viviendo sólo por inercia. Su familia, desgarrada por el horror de la guerra. Su entender el amor y dejarse apasionar por él. Su gran amor. Sus viejas películas. Incluso Alfredo.

salvatore.jpgO, al menos, así lo sentí yo.

Quizá fue por eso que, cuando la cinta desveló su fine (contenido y explosivo al mismo tiempo) en la pantalla de un ayer que ya no sería, entre las lágrimas de emoción y las notas al viento de Morricone me brotaba la pregunta de cómo será mi Salvatore del mañana. De dónde (en qué corazones o, Dios no lo quiera, en qué cunetas) habrán quedado, dentro de treinta o cuarenta otoños, mis películas y mis miradas, mis amores y mis Alfredos.

Quién sabe. Yo sólo pido, a mis veintitrés años locos, un poco de humildad y un toque de valentía, una pizquita de sensibilidad y unas manos disponibles. No necesito llegar a adulto para poder decir que cumplí todos y cada uno de mis sueños. Que hice lo que desde pequeño había deseado. Que llegué a donde esperaban que llegara. Que nunca me aparté del camino. Que siempre fui coherente. Todo eso, en realidad, no lleva por sí solo a plenitud ninguna. toto-pelicula.jpgPero, por favor, que no venga nunca el día en que, sentado al borde de mi cama, mire a un horizonte perdido y lamente el momento en que me volví sordo ante el viento que susurraba en mi corazón. Porque a tu lado, Señor, los anhelos cambian, las perspectivas se ensanchan, los caminos se embellecen, las intuiciones toman mejores rumbos, los planes se vuelven del revés, las trayectorias se truncan para recién nacer otras mejores y las felicidades crecen al ritmo de los desafíos, del desafío de vivir hasta el final tu Evangelio. Entonces, sin que deje de permanecer nuestro yo más profundo, va surgiendo la vasija hermosa modelada por tus sabias manos. Nuestro yo hecho, de verdad, hombre, persona, amor. Y ocurre siempre, a cualquier edad, si sabemos escuchar lo que nos arde bien adentro y no tenemos miedo de seguir los pasos de la confianza. Así, ya no hace falta nada más. Todo nos viene dado. Regalado.

Eso sí, es preciso tener siempre bien abiertos nuestros ojos y nuestra vida a los milagros que acontecen en lo cotidiano; no perder la mirada nueva sobre cada retazo del camino, sobre cada proyector de cine que hace girar mundos de fantasía entre sus bobinas. Crecer y no dejar de hacernos niños.

Sí, yo quiero llegar a ser el Salvatore que estoy llamado a ser… sin dejar de sentir que, a cada instante, late en mi corazón el ímpetu y la inocencia de mi pequeño Totò.

Al que Tú tan bien conoces.

Y, solo si ya has visto el final y quieres recordarlo…

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Vuela…

barracon.jpgSeis semanas de misión en Guatemala, seis semanas viviendo con el corazón rasgado entre las sonrisas perennes de quienes han visto rasgado su vivir, seis semanas al lado de aquellos que lo dejan todo por servir a sus hermanos con entrega infinita, seis semanas dejándonos empapar por el amor de un Dios que se manifiesta en lo sencillo y en los sencillos…

Seis semanas para llenarnos de vida, condensadas en veinte minutos de imágenes, música, miradas y esperanza; en una presentación que ojalá pueda hablar más claro que mis palabras…

…y describir lo que para mí es casi indescriptible: la felicidad que rebosa de cada recuerdo, la que ahora nos sentimos llamados a compartir a manos llenas.


SEIS SEMANAS EN COMUNIDAD ESPERANZA :: VUELA…
(la presentación avanza sola al ritmo de la música, así que simplemente siéntate y disfruta)