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Como agua que da vida

No es el martillo el que vuelve perfectos los guijarros, sino el agua, con su danza y su canción.

RABINDRANATH TAGORE, Pájaros perdidos

Allá donde la rudeza destruye, la ternura esculpe.
Catarata de Sachichá, Guatemala, agosto de 2008.

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Un año y un día

Siempre estás tú escanciándome, llenándome este vaso de barro, hasta arriba, con el fresco brebaje de tu vino multicolor, de mil aromas. (…)
No, nunca cerraré las puertas de mis sentidos. (…)
Todas mis ilusiones arderán en fiesta de alegría, y todos mis deseos madurarán en frutos de amor.

RABINDRANATH TAGORE, Gitanjali

Hace algunas semanas leía a un amigo que ha leído a Roger Bartra. No sabía que Roger Bartra fuese un importante antropólogo. Pero eso no importa.

Roger Bartra dice en uno de sus libros que cierta variedad de aves necesita del contacto constante con otros miembros de la misma especie para poder mantener la calidad de su canto. Se ha demostrado que, si aislamos a un ejemplar cualquiera y le impedimos que escuche a sus compañeros, sus melodías irán desafinándose progresivamente. E, incluso, existe la posibilidad de que al cabo de un tiempo acabe olvidando cómo cantar. Es la escucha a los otros lo que permite a cada pájaro de tan peculiar especie seguir creando su música y regalándola al bosque. Sin el eco de quienes están a su lado, terminan quedándose mudos.

Hoy te confieso que, escribiendo en este pequeño rincón, me siento muchas veces pájaro a la busca de ecos con los que recordar la belleza del canto. Porque este compartir lanzando palabras al viento no tendría ningún sentido sin las que llegan de regreso, haciendo escala en tu corazón. Son muchas las huellas que encuentro tras cada mensaje y, recorriendo conmigo la silueta de cada una con las yemas de los dedos, me dejas intuir, siquiera un poquito, cómo ha podido resonar en ti (de qué forma única y especial) lo que, tan torpemente y desde tantas pobrezas, me he atrevido a contarte. Pero, sobre todo, son incontables las veces en que tu respuesta (tu abrirte sincero y generoso), me ha ayudado a llenar de sentidos nuevos, de vida abundante, lo que ya empezaba a fosilizar entre líneas más o menos bonitas; bajo la coraza que inevitablemente hacen crecer algunos miedos, no pocos complejos y nuestras siempre engañosas vanidades. Así, las palabras han conseguido convertirse en abrazo sentido, a pesar de la distancia y, en muchos casos, también del desconocimiento. Y nos han unido de una forma misteriosa que no deja de asombrarme y de modelar en mí una profunda alegría.

Por todo ello, querida lectora, querido lector, quiero decirte desde bien adentro, donde se obra el milagro: GRACIAS.

Hoy hace un año y un día que escribí por primera vez en este blog. Y siempre has estado Tú, llenándome este vaso de barro de mil aromas; trayendo a beber de él a tantos pájaros que combaten mi debilidad y mi olvido con su canto; invitándome (invitándonos) a modelarlo con la fuerza de nuestros deseos, que han de madurar en frutos de amor para este mundo que los anhela.

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El kiwi que quiso volar

kiwi.gifUn kiwi no tiene alas. Mejor dicho: las pequeñas alas que la naturaleza le ha regalado, apenas un par de apéndices, son difíciles de apreciar, escondidas como quedan bajo su plumaje. Por eso, un kiwi nunca podrá volar.

¿Nunca?

–Qué pequeña eres, brizna de hierba.
–Sí, pero tengo a toda la Tierra bajo mis pies.

RABINDRANATH TAGORE

pajaros-barro.jpgNo hay sueños imposibles. Pero volar sobre la realidad presente para poder abrazar la utopía exige dedicación, constancia, cariño, paciencia, confianza… el corazón en el cielo y las manos en el barro.

Y fe. Porque los milagros acontecen a cada paso para quien sabe descubrirlos.

Y tú, ¿quieres volar?

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El árbol de Tagore

El hacha del leñador le pidió al árbol su mango.
Y el árbol se lo dio.

RABINDRANATH TAGORE, Pájaros perdidos

arbol.JPGEste breve, pero intenso, aforismo de Tagore me acompaña y me da luz desde hace ya muchos años. Qué sugerentes, qué potentes, con cuánta fuerza suenan siempre los versos del poeta bengalí. Tal vez porque huyen de las complicaciones y, teniendo mucho que decirnos, saben decirlo sencillo: con el lenguaje de las flores, del viento, de los bosques, del mar…

Son palabras que parecen rozar, pero que tocan bien adentro. Que se presentan humildes y llanas, pero que siempre te permiten seguir extrayendo de ellas nuevos jugos, nuevas historias, nuevas vidas… cada vez que pasan de nuevo ante tu mirada.

Este árbol insensato nos desconcierta. ¿Para qué le devuelve al hacha su mango? Sin él, la cuchilla no se basta, el hacha está incompleta, no puede ser ella misma, no puede talarlo. ¿No se da cuenta de que, con el mango, quizá esté entregando también su vida?

Entregando su vida, perdiéndola, para que el hacha pueda ser lo que está llamada a ser.

Muriendo… ¿o salvándose?

Hubo una vez una cruz. Quizá sacaron sus leños de aquel árbol insensato de Tagore…