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Es veinticinco

Amarte bastante, amarte mucho,
es aún amar poquito,
con las pocas canas de los veintiocho
y los demasiados desiertos del todavía,
las arenas que nos beberemos luego.

No siempre llegué a tiempo,
es cierto: no siempre alcancé
tu vuelo, tu anhelo, tu cielo.
Mi consuelo
es la indulgencia de tus párpados
y este rabiosamente desear
que mi savia inunde tal vez
ese contoneo que se traen
tus hojas de palmera con el viento.

Sin embargo, bella,
ni tres años no es nada ni marchita la frente.
Febril la mirada y alma aferrada,
rendido a tu risa, ovillado a tu vera,
te espero mañana al filo del tiempo,
por ejemplo,
para celebrar un cumpleaños cualquiera:
tres años y un día
o vete a saber.

Al fin y al cabo, la manecilla gira sola
entre sirocos y oasis
todos los días, todos los minutos.
Y si esta la conmemoro, permíteme,
es solo porque me recuerda
que no puedo perder otro segundo
sin adorar el misterio del Amor grande
que tuvo para ti el que mucho me amó
para que pudiera, siquiera,
amarte bastante
o solo un poquito
y desbordarme.

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En lo infinito de mi debilidad

Cuando la lluvia ya no empape la tierra
y se apaguen los frutos de los limoneros;
cuando reposen todos los fuegos
y venza a los rescoldos el viento de la noche;
cuando el guarda apague las luces de la feria
y nada sea ciertamente perfecto,
cuando perfectamente todo podría ser más
y empieces a echarme, sin querer, de menos;
allí, en lo infinito de mi debilidad,
donde ya no puedo y, sin embargo, crezco,
pequeño y entero te amaré.

Porque no es jamás, menos ahora,
tiempo de sequía o de ausencia,
ni el turno de lo oscuro o del silencio.
Sólo es que las grietas no son pocas:
¡mejor, digo yo, barro que hormigón!
Te confesaré, de todas las maneras,
que es entre los vanos de esta vasija
por donde se cuela el agua fecunda
que encenderá mañana nuevos frutos.
Te desnudo entonces mis rendijas
para que la luz no encuentre obstáculo
y así el fuego siga avivándonos
la bendita dicha de amarnos imperfectos,
frágil y eternamente bienaventurados.

No puede ser sino para siempre. Incondicionalmente ojalá.

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Pedacitos de eternidad

Era Pascua y yo pensaba que, si el amor nunca muere,
entonces cada gesto de amor nuestro es un pedacito de eternidad
que fecunda este presente y anticipa una primavera sin inviernos.

Montaje elaborado a partir de la canción «Sólo el amor», compuesta por Silvio Rodríguez
e interpretada por León Gieco. Algunas de las imágenes han sido tomadas del corto de
animación «El alfarero», cuyo visionado os recomiendo vivamente.

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Rosa de Alejandría

Ahora, de improviso, reconocía en los pensamientos de un desconocido aquello que décadas antes le era querido…

VASILI GROSSMAN, Vida y destino

rosa-amarilla.jpgLa historia es sencilla. O no. Un amigo que se llega hasta la bandeja de entrada de mi correo electrónico; él, lector querido de este blog. Para decirme que lo que un desconocido dejó escrito hace años y lo que yo he compartido a lo largo del último en esta alfarería de barros en construcción… se entrelazan. Se complementan. Se explican. Tienen sentido lo uno al lado de lo otro. Como si en realidad hubieran salido del mismo corazón o constituyeran el recuerdo, negro sobre blanco, de idénticas experiencias. Me escriben, en definitiva, porque otro reescribió antes lo que yo había escrito después. O algo así.

Misterio.

El desconocido no lo es tanto. Se llama Manolo García, y tiene mucho arte. Y es verdad: él nunca lo sabrá, pero en los versos y en las notas de su «Rosa de Alejandría» consiguió sincronizar con la precisión del fino relojero aquello que ha hecho palpitar fuerte mi corazón a lo largo de estos meses de búsqueda en Roma. De mi querer adentrarme en el tiempo de las luces. De mi desear ser trigo en las eras (y nunca polvo en las aceras)…

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«Rosa de Alejandría»
(Manolo García :: ver letra)

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Volver a ser Totò

toto.jpgEstos días creo que vine a vivir a Italia sólo para ver Cinema Paradiso.

Cinema Paradiso, sí. Una de esas películas que tenía apuntadas desde hacía mucho tiempo en el cuaderno del “esto tendrá que esperar a mañana”, y que ahora, cuando el otoño comienza a teñir de ocre las praderas del Celio y el frío ya se hace sentir entre las calles de Roma, he podido disfrutar en toda su intensidad, en toda su delicada sensibilidad.

Dicen que, con ella, Giuseppe Tornatore quiso rendir un sentido homenaje a la magia del cine. Y, desde luego, resulta fascinante admirar con qué delicadeza y finura logra entretejer la historia del séptimo arte con la suya, con la nuestra, haciendo que cada fotograma se abrace fuertemente a la memoria de lo que somos, de lo que fuimos, de lo que fueron quienes nos hicieron ser. He leído también que la película nos habla de valentía, de superación personal, de la fuerza de nuestros sueños de la infancia, de cómo somos capaces de levantarnos después de la más dura caída. Y, en efecto, el pequeño Totò que de pequeño jugaba con los recortes censurados de las películas, alfredo-salvatore.jpgque de joven fantaseaba con su enamorada mientras la grababa furtivamente con su pequeña cámara, llegará a ser un aclamado director de cine y logrará dejar atrás la vida provinciana de la Sicilia profunda de la posguerra.

Pero si éste ha de ser el mensaje, el del triunfo del talento, el del cumplimiento de los sueños perseguidos con fe y constancia, ¿por qué entonces toda la cinta parece cubierta por una pátina indeleble de melancolía?

Quizá porque el Salvatore adulto que, al borde de la cama, echa la vista atrás, atravesando el mar y los recuerdos, ya no se reconoce Totò. Porque, sí, fue fiel al consejo de Alfredo (su amigo, su confidente, su guía ciego, su papá perdido) y se marchó para no volver. Y sí, en su pueblo nunca más le oyeron hablar, porque empezaron a oír hablar de él: de su triunfo, de su vocación hecha carne y éxito. Pero muchas cosas se habían quedado en el camino: Su mirada inocente, siempre fascinada, siempre curiosa, siempre ávida de vivir. Su sonrisa pícara y cómplice. Su curiosidad por este peregrinar tan hermoso que llamamos vida. Su querer descubrir todo en todos. Su ilusión por un sueño que seguía viviendo sólo por inercia. Su familia, desgarrada por el horror de la guerra. Su entender el amor y dejarse apasionar por él. Su gran amor. Sus viejas películas. Incluso Alfredo.

salvatore.jpgO, al menos, así lo sentí yo.

Quizá fue por eso que, cuando la cinta desveló su fine (contenido y explosivo al mismo tiempo) en la pantalla de un ayer que ya no sería, entre las lágrimas de emoción y las notas al viento de Morricone me brotaba la pregunta de cómo será mi Salvatore del mañana. De dónde (en qué corazones o, Dios no lo quiera, en qué cunetas) habrán quedado, dentro de treinta o cuarenta otoños, mis películas y mis miradas, mis amores y mis Alfredos.

Quién sabe. Yo sólo pido, a mis veintitrés años locos, un poco de humildad y un toque de valentía, una pizquita de sensibilidad y unas manos disponibles. No necesito llegar a adulto para poder decir que cumplí todos y cada uno de mis sueños. Que hice lo que desde pequeño había deseado. Que llegué a donde esperaban que llegara. Que nunca me aparté del camino. Que siempre fui coherente. Todo eso, en realidad, no lleva por sí solo a plenitud ninguna. toto-pelicula.jpgPero, por favor, que no venga nunca el día en que, sentado al borde de mi cama, mire a un horizonte perdido y lamente el momento en que me volví sordo ante el viento que susurraba en mi corazón. Porque a tu lado, Señor, los anhelos cambian, las perspectivas se ensanchan, los caminos se embellecen, las intuiciones toman mejores rumbos, los planes se vuelven del revés, las trayectorias se truncan para recién nacer otras mejores y las felicidades crecen al ritmo de los desafíos, del desafío de vivir hasta el final tu Evangelio. Entonces, sin que deje de permanecer nuestro yo más profundo, va surgiendo la vasija hermosa modelada por tus sabias manos. Nuestro yo hecho, de verdad, hombre, persona, amor. Y ocurre siempre, a cualquier edad, si sabemos escuchar lo que nos arde bien adentro y no tenemos miedo de seguir los pasos de la confianza. Así, ya no hace falta nada más. Todo nos viene dado. Regalado.

Eso sí, es preciso tener siempre bien abiertos nuestros ojos y nuestra vida a los milagros que acontecen en lo cotidiano; no perder la mirada nueva sobre cada retazo del camino, sobre cada proyector de cine que hace girar mundos de fantasía entre sus bobinas. Crecer y no dejar de hacernos niños.

Sí, yo quiero llegar a ser el Salvatore que estoy llamado a ser… sin dejar de sentir que, a cada instante, late en mi corazón el ímpetu y la inocencia de mi pequeño Totò.

Al que Tú tan bien conoces.

Y, solo si ya has visto el final y quieres recordarlo…

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Camino de Kumasi

bus-ghana.jpgEn estas semanas en las que las horas y los minutos parecen escapárseme de entre las manos, en estos días que nos vuelven a algunos aún más esclavos del inexorable avance de las agujas del reloj, me gusta recordar que muchos hermanos alrededor del planeta saben ofrecernos otra mirada sobre ese aliado que a veces, sin querer, convertimos en enemigo: nuestro tiempo. Así pudo comprobarlo el celebrado periodista polaco Ryszard Kapuściński cuando, a mediados de los años sesenta, viajaba como corresponsal por el África Negra y, mientras presenciaba el alumbramiento de un mosaico de nuevas esperanzas, se detenía con sensibilidad infinita ante los pequeños detalles de un mundo distinto que también es el nuestro…

Basta con aparecer en la plaza en que se amontonan decenas de autobuses para que nos rodee un enjambre de niños gritando, a cual más fuerte, la pregunta de adónde queremos ir: ¿a Kumasi, a Takoradi o a Tamale?

–A Kumasi.

Los que pescan a los pasajeros que van a Kumasi nos dan la mano y, saltando de alegría, nos conducen al autobús adecuado. Están contentos porque, por el hecho de haber encontrado pasajeros, recibirán del conductor una naranja o un plátano.

Nos subimos al autobús y ocupamos los asientos. En este momento puede producirse una colisión entre dos culturas, un choque, un conflicto. Esto sucederá si el pasajero es un forastero que no conoce África. Alguien así empezará a removerse en el asiento, a mirar en todas direcciones y a preguntar: «¿Cuándo arrancará el autobús?» «¿Cómo que cuándo?», le contestará, asombrado, el conductor, «cuando se reúna tanta gente que lo llene del todo.»

tiempo.jpgEl europeo y el africano tienen un sentido del tiempo totalmente diferente: lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: «Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior.» El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y sus exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).

El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.

Todo lo contrario de la manera de pensar europea.

Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: «¿Cuándo se celebrará la reunión?» La respuesta se conoce de antemano: «Cuando acuda la gente.»

RYSZARD KAPUŚCIŃSKI, Ébano

tiempo.pngCuánto podríamos aprender unos y otros del sentido que damos en nuestras sociedades al tiempo. De nuestra eficiencia y capacidad de previsión, de su visión elástica y abierta. Pero hoy, ante todo, quiero empaparme de la enseñanza que nos regalan los viajeros de Kumasi, tan capaces de relativizar la amenaza de los plazos, de liberarse de las cuentas atrás, de mirar con renovada sencillez el discurrir de la vida, de creer que, en el fondo, seguimos siendo dueños de nuestro tiempo.

Y que, por eso, podemos hacer de él un don que se reparte y se entrega a manos llenas, sin medida, sin límite, sin fecha de caducidad.