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Una vida en sfumato

gioconda.jpgTantas veces en nuestra vida buscamos caminos seguros, agarraderos fuertes, contornos definidos, líneas claras, planes detallados, trayectorias coherentes, trazos bien marcados… Nos asusta no tener todo bajo el control de nuestras fuerzas, no saber con seguridad qué nos deparará el mañana, no poder prever si tendrá éxito una empresa que deseamos acometer, no ser capaces de entender al milímetro todo lo que nos bulle por dentro. Tal vez es por ello que, en ocasiones, preferimos conservar antes que arriesgar, nos quedamos con lo malo conocido frente a lo bueno por conocer, anteponemos el pragmatismo a nuestros sueños y respondemos con los brazos caídos al desafío de la utopía. Para que nada se salga de la silueta de nuestras aparentes seguridades.

Paradójicamente, una de las más grandes obras de arte de todos los tiempos nos enseña que a veces lo más real, lo más vivo, lo más auténticamente humano… no se construye con trazos firmes, sino con sombras difuminadas. Que solo logramos representarnos con fidelidad cuando renunciamos a encerrarnos en las líneas y los contornos que nosotros mismos hemos creído imaginar…

Fama tan grande como la de Mona Lisa de Leonardo no es una verdadera bendición para una obra de arte. Acabamos por hastiarnos de verla tan frecuentemente en las tarjetas postales, e incluso en tantos anuncios, y nos resulta difícil considerarla como obra de un hombre de carne y hueso en la que éste representó a una persona también de verdad. Pero merece la pena que nos olvidemos de lo que sabemos acerca del cuadro y lo contemplemos como si fuésemos las primeras personas que pusieran sus ojos en él.

Lo que al pronto nos sorprende es el grado asombroso en que Mona Lisa parece vivir. Realmente se diría que nos observa y que piensa por sí misma. Como un ser vivo, parece cambiar ante nuestros ojos y mirar de manera distinta cada vez que volvemos a ella. Incluso ante las fotografías del cuadro experimentamos esta extraña sensación, pero frente al original el hecho es aún más extraordinario. Unas veces parece reírse de nosotros; otras, cuando volvemos a mirarla nos parece advertir cierta amargura en su sonrisa. Todo esto resulta un tanto misterioso, y así es, realmente, el efecto propio de toda gran obra de arte.

Sin embargo, Leonardo pensó conscientemente en cómo conseguir este efecto y por qué medios. El gran observador de la naturaleza supo más acerca del modo de emplear sus ojos que cualquiera de los que vivieron antes de él. Vio claramente un problema que la conquista de la naturaleza había planteado a los artistas. Las grandes obras de los maestros del Quattrocento tenían algo en común: sus figuras parecían algo rígidas y esquinadas, casi de madera. Lo curioso es que, evidentemente, no era responsable de este efecto la falta de paciencia o de conocimientos. Nadie más paciente en las imitaciones de la naturaleza que Van Eyck; nadie que supiera más acerca de la corrección en el dibujo y la perspectiva que Mantegna. Y, sin embargo, a pesar de toda la grandiosidad y lo sugerente de sus representaciones, sus figuras parecen más estatuas que seres vivos. La razón de ello puede proceder de que, cuando más conscientemente copiamos una figura, línea a línea, detalle por detalle, menos podemos imaginarnos cómo se mueve y respira realmente. Parece como si, de pronto, el pintor hubiera arrojado un espejo sobre ella y la hubiera encerrado allí para siempre, como ocurre en el cuento de La bella durmiente.

Los artistas intentaron vencer esta dificultad de diversos modos. Pero sólo Leonardo encontró la verdadera solución al problema. El pintor debía abandonar al espectador algo por adivinar. Si los contornos no estaban tan estrictamente dibujados, si la forma era dejada con cierta vaguedad, como si desapareciera en la sombra, la impresión de dureza y rigidez sería evitada. Esta es la famosa invención de Leonardo que los italianos denominan sfumato, el contorno borroso y los colores suavizados que permiten fundir una sombra con otra y que siempre dejan algo a nuestra imaginación.

ERNST H. GOMBRICH, La Historia del Arte

pincel.jpgTantas veces en nuestra vida buscamos caminos seguros, agarraderos fuertes, contornos definidos, líneas claras, planes detallados, trayectorias coherentes, trazos bien marcados… Pero, al final, lo humano siempre se manifiesta en sfumato. Porque la perfección nos asfixiaría. Porque solo así nuestra vida no queda encerrada en las siluetas que nuestro torpe lápiz es capaz de dibujar, sino que, pudiendo ya rozar el infinito, se abre expectante al pincel sabio del Padre.

Y entonces… solo queda confiar.

6 Responses to Una vida en sfumato

  1. Cris says:

    Hola Álex!

    Me ha encantado la entrada, aunque la verdad es que mi comentario va a ser bastante prosaico (de hecho puedes borrarlo una vez leído, jeje)…Leyendo todo esto lo he enlazado con un trabajo que estoy haciendo, y me gustaría saber si tienes apuntadas las páginas de las que has tomado los fragmentos de Gombrich. Un abrazo

  2. Álex says:

    Leerte es siempre un placer, Cris ;)

    En la edición que yo tengo (la decimosexta), el texto que he compartido aparece en las pp. 300-303 (Ernst H. Gombrich, «La consecución de la armonía. Toscana y Roma, primera mitad del siglo XVI» en La Historia del Arte contada por E. H. Gombrich, Madrid, Debate, 1997).

    La verdad es que es un libro maravilloso, capaz de comunicar como pocos la pasión de su autor por las obras que nos describe.

    Espero que te pueda servir.

    ¡Un besote!

  3. Fernando says:

    Ahí, ahí, citando como buen historiador. :-P Estoy contigo Álex, ese libro es una joya.

    Precioso post. Qué sería de la vida sin esos contornos difusos, sin las contradicciones y los terrenos misteriosos que nos hacen más humanos. Me parece una metáfora magnífica de la fe y de la vida.

  4. Cris says:

    ¡Gracias Alex! Lo he encontrado sin problemas, creo que me ayudara a explicar el tema.
    No conocia este libro,pero tiene buena pinta. De Gombrich lei hace tiempo su Breve Historia del mundo, que aunque para historiadores como tu puede ser demasiado simplificada, esta muy bien como primer acercamiento o como texto didactico.

    Un abrazo

  5. perlegrino says:

    Jelou hermano, estamos aquí Laura y yo, esperando a que llegue Montse … hemos entrado a tu blog, que Laura todavía no había entrado, je, je …

    Nos acordamos mucho de tí, hemos estado todo el rato hablando de tí, en la comida, después, antes… pero en plan bien, ehh!!

    Bueno, a ver si nos vemos pronto, besarkada handi bat, Laura eta Mikel (y Montse que está al caer)

  6. Antonio says:

    Es un verdadero regalo para los demás, Álex, tu capacidad para encontrar huellas, caminos hacia Dios en todo. :D
    Decimos que Dios está presente constantemente, en todo (por ejemplo, en el Arte), pero rara vez estamos con los ojos y el corazón tan abiertos como para darnos cuenta de hasta qué punto es así.
    La verdad es que me impresionó mucho el artículo cuando lo leí hace unos días, y quería felicitarte por él; me ha hecho pensar y me ha servido de mucho. ¡Me ha gustado, Álex! Creo que tienes razón, que la “perfección” que ansiamos solo es perfección desde nuestra perspectiva, como una de esas constelaciones que solamente forman una caprichosa figura desde nuestro planeta. Mas nuestros caminos no son los de Dios. El querer encorsetar a Dios en la perfección de nuestros planes nos cierra a lo inesperado-inacabado (sfumato) del Espíritu. Tienes razón, Álex: solamente nos queda confiar.
    Un artículo precioso. ¡Gracias por compartir tu sensibilidad una vez más y un abrazo fraterno a todos!

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