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Cien metros, dos minutos

guitarra.jpgIba caminando por el parque y el son de tu guitarra acompañó durante cien metros mis pasos. Era ya de noche, tú estabas escondido entre las enredaderas del recoleto jardín que quedaba al borde del camino y, sencillamente, tocabas. Sin nadie a tu alrededor que aparentemente pudiera escucharte. Quizá sin mayor pretensión que la de lanzar tus notas al viento, para que algún desconocido pudiera acogerlas dentro de sí. Yo lo hice. Te arrancabas por Albéniz y tu punteo llenaba de vida esos cien metros de paseo, esos dos minutos que transcurrían por la Avenida de los Bearneses entre tu guitarra y la luz de la luna, entre la serena paz que se respiraba y tu música, que la volvía aún más encantadora.

Hay personas que, sin saberlo, consiguen iluminar y convertir en un milagro los pequeños trayectos de nuestro peregrinar por el mundo. Esos cien metros, esos dos minutos, en los que se hacen presentes, nos regalan lo mejor que tienen dentro y se van con la misma naturalidad con la que vinieron.

El valiente que se atreve a iniciar una conversación en los tímidos y silenciosos ascensores de nuestras facultades. La bibliotecaria que me guiña el ojo y me sonríe cada vez que devuelvo tarde un libro y evito por los pelos una sanción. El músico ambulante que acaricia su violín con mimo en medio de las prisas y la indiferencia. El profesor que pregunta a sus alumnos por sus expectativas, sus ilusiones, sus proyectos de futuro… y no solo por la lección del día anterior. Los ancianos que se detienen en los jardines a empaparse del aroma de las flores en primavera. La vendedora del mercado que conoce a cada cliente por su nombre y luce una sonrisa de oreja a oreja a pesar de que llevafarola.jpg trabajando desde la madrugada. El amigo lejano que pierde (¿o gana?) su tiempo para escribirme una carta cariñosa.

Hoy son mis héroes.

Iba caminando por el parque y el son de tu guitarra acompañó durante cien metros mis pasos. Era ya de noche; las farolas iluminaban la preciosa avenida y entretejían su luz con las hojas de los plátanos. Regalaban su luz. Una luz limitada, sí. Una luz que quizá no sea capaz de alumbrar más allá de cien metros de calle o de dos minutos de paseo. Una luz como la tuya, desconocido guitarrista del jardín. Como la de cada uno de mis pequeños héroes de hoy. Como las nuestras. Como la mía, ojalá.

Pero una luz que, abrazada a otra luz y a otra y a otra… es capaz de encender este mundo, de llenarlo de calor, de vencer a la oscuridad, de convertir la vida en un milagro constante.

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El Amor en un lugar invisible

santacruz.jpgLa escena nos sorprende a las afueras de un pueblecito cualquiera de Orense, una tarde cualquiera de julio. Estamos acompañando a personas con discapacidades psíquicas muy profundas. Nos están acompañando personas con discapacidades psíquicas muy profundas.

Llega el momento de ayudarlos a comer. La habitación es un ir y venir de aullidos imprevistos y silencios ensordecedores. Cuando entramos por primera vez, mi amiga se preguntaba y me preguntaba descorazonada qué sentido podía tener la vida de aquellos hermanos nuestros.

Nos acercamos a ayudar a uno de los residentes. Pongamos que se llama Josiño. Siempre sonríe, pero no puede evitar mover con mucha violencia su mano derecha, por lo que resulta complicado acercarle la cuchara a la boca. Su compañero –pongamos que se llama Manoliño– lo mira de lejos, pendiente, atento. A Manoliño le gusta que lo saquen a dar paseos y no se deja ganar a las cartas… a no ser que su rival sea una dama. Todo un galán.
manos.pngHoy Josiño está más nervioso que de costumbre; nos cuesta darle de comer. Manoliño, que nos ve en dificultades desde el otro lado de la mesa, mueve decidido su silla de ruedas hasta donde estamos nosotros, mira fíjamente a Josiño y toma con fuerza su mano. Luego, nos viene a decir con su mirada y con su sonrisa: «Yo os ayudo; intentadlo ahora». Gracias a su colaboración conseguimos terminar el plato.

Cuando ya se acerca el postre, a Josiño se le resbala una de sus sandalias. Manoliño, que sabe bien cómo cuidar a quien ha sido su compañero de habitación por muchos años, hace un esfuerzo ímprobo para alcanzar desde la silla el zapato y volverlo a colocar en el pie de su amigo. Josiño sonríe de nuevo y acerca su mano al rostro del príncipe azul más auténtico que jamás haya visto. Y lo acaricia con ternura infinita.

Mi amiga y yo nos miramos.

Y comprendemos. Y nos rompemos.

Muchos creyeron que habíamos viajado hasta Orense para ayudar.

Y, al final, ¿quién ayudaba a quién?

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El árbol de Tagore

El hacha del leñador le pidió al árbol su mango.
Y el árbol se lo dio.

RABINDRANATH TAGORE, Pájaros perdidos

arbol.JPGEste breve, pero intenso, aforismo de Tagore me acompaña y me da luz desde hace ya muchos años. Qué sugerentes, qué potentes, con cuánta fuerza suenan siempre los versos del poeta bengalí. Tal vez porque huyen de las complicaciones y, teniendo mucho que decirnos, saben decirlo sencillo: con el lenguaje de las flores, del viento, de los bosques, del mar…

Son palabras que parecen rozar, pero que tocan bien adentro. Que se presentan humildes y llanas, pero que siempre te permiten seguir extrayendo de ellas nuevos jugos, nuevas historias, nuevas vidas… cada vez que pasan de nuevo ante tu mirada.

Este árbol insensato nos desconcierta. ¿Para qué le devuelve al hacha su mango? Sin él, la cuchilla no se basta, el hacha está incompleta, no puede ser ella misma, no puede talarlo. ¿No se da cuenta de que, con el mango, quizá esté entregando también su vida?

Entregando su vida, perdiéndola, para que el hacha pueda ser lo que está llamada a ser.

Muriendo… ¿o salvándose?

Hubo una vez una cruz. Quizá sacaron sus leños de aquel árbol insensato de Tagore…