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Responder con nuestra vida entera

palabras-fragiles.jpgQuienes nos hemos acostumbrado a confiar en exceso en el poder de la palabra y de nuestras palabras corremos el riesgo de olvidar su fragilidad; de creer, aun inconscientemente, que la fuerza de lo dicho o de lo escrito puede llegar a suplantar las huellas del testimonio silencioso, pero auténtico. Será tal vez por eso que tantas veces vivimos preocupados por no haber sabido encontrar la palabra justa, la frase adecuada, la forma sensible, el tono medido, la cita perfecta, la respuesta esperada… e ignoramos como fariseos que al árbol se le conoce por sus frutos, no por su apariencia.

Antes de iniciar nuestra peregrinación por tierras de esperanza en Guatemala, cayó en mis manos una pequeña joya en forma de libro: El último encuentro, una magnífica novela del escritor húngaro Sándor Márai que durante décadas había permanecido sepultada en el olvido, hasta que los últimos años del siglo XX lograron recuperarla para el gran público. En ella asistimos a un apasionante e intenso duelo sin armas entre dos ancianos que han esperado toda una vida para reencontrarse y sanar definitivamente sus heridas del pasado.

Fue al leer uno de los largos monólogos del protagonista cuando las afiladas saetas de Márai lograron punzar mi fibra más sensible. Le recordaba entonces a su interlocutor que…

Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Éstas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera.

SÁNDOR MÁRAI, El último encuentro

Que me conozcan por mis frutos. Que mi respuesta a los interrogantes del camino no sea otra que mi vida entera. Ojalá. Aun a costa de que mis palabras, al fin y al cabo pobres, demasiadas veces huecas, vayan quedándose desnudas…

…hasta, finalmente, hacerse silenciosas y perderse en la noche de los tiempos.

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Camino de Kumasi

bus-ghana.jpgEn estas semanas en las que las horas y los minutos parecen escapárseme de entre las manos, en estos días que nos vuelven a algunos aún más esclavos del inexorable avance de las agujas del reloj, me gusta recordar que muchos hermanos alrededor del planeta saben ofrecernos otra mirada sobre ese aliado que a veces, sin querer, convertimos en enemigo: nuestro tiempo. Así pudo comprobarlo el celebrado periodista polaco Ryszard Kapuściński cuando, a mediados de los años sesenta, viajaba como corresponsal por el África Negra y, mientras presenciaba el alumbramiento de un mosaico de nuevas esperanzas, se detenía con sensibilidad infinita ante los pequeños detalles de un mundo distinto que también es el nuestro…

Basta con aparecer en la plaza en que se amontonan decenas de autobuses para que nos rodee un enjambre de niños gritando, a cual más fuerte, la pregunta de adónde queremos ir: ¿a Kumasi, a Takoradi o a Tamale?

–A Kumasi.

Los que pescan a los pasajeros que van a Kumasi nos dan la mano y, saltando de alegría, nos conducen al autobús adecuado. Están contentos porque, por el hecho de haber encontrado pasajeros, recibirán del conductor una naranja o un plátano.

Nos subimos al autobús y ocupamos los asientos. En este momento puede producirse una colisión entre dos culturas, un choque, un conflicto. Esto sucederá si el pasajero es un forastero que no conoce África. Alguien así empezará a removerse en el asiento, a mirar en todas direcciones y a preguntar: «¿Cuándo arrancará el autobús?» «¿Cómo que cuándo?», le contestará, asombrado, el conductor, «cuando se reúna tanta gente que lo llene del todo.»

tiempo.jpgEl europeo y el africano tienen un sentido del tiempo totalmente diferente: lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: «Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior.» El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y sus exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).

El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.

Todo lo contrario de la manera de pensar europea.

Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: «¿Cuándo se celebrará la reunión?» La respuesta se conoce de antemano: «Cuando acuda la gente.»

RYSZARD KAPUŚCIŃSKI, Ébano

tiempo.pngCuánto podríamos aprender unos y otros del sentido que damos en nuestras sociedades al tiempo. De nuestra eficiencia y capacidad de previsión, de su visión elástica y abierta. Pero hoy, ante todo, quiero empaparme de la enseñanza que nos regalan los viajeros de Kumasi, tan capaces de relativizar la amenaza de los plazos, de liberarse de las cuentas atrás, de mirar con renovada sencillez el discurrir de la vida, de creer que, en el fondo, seguimos siendo dueños de nuestro tiempo.

Y que, por eso, podemos hacer de él un don que se reparte y se entrega a manos llenas, sin medida, sin límite, sin fecha de caducidad.

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Una vida en sfumato

gioconda.jpgTantas veces en nuestra vida buscamos caminos seguros, agarraderos fuertes, contornos definidos, líneas claras, planes detallados, trayectorias coherentes, trazos bien marcados… Nos asusta no tener todo bajo el control de nuestras fuerzas, no saber con seguridad qué nos deparará el mañana, no poder prever si tendrá éxito una empresa que deseamos acometer, no ser capaces de entender al milímetro todo lo que nos bulle por dentro. Tal vez es por ello que, en ocasiones, preferimos conservar antes que arriesgar, nos quedamos con lo malo conocido frente a lo bueno por conocer, anteponemos el pragmatismo a nuestros sueños y respondemos con los brazos caídos al desafío de la utopía. Para que nada se salga de la silueta de nuestras aparentes seguridades.

Paradójicamente, una de las más grandes obras de arte de todos los tiempos nos enseña que a veces lo más real, lo más vivo, lo más auténticamente humano… no se construye con trazos firmes, sino con sombras difuminadas. Que solo logramos representarnos con fidelidad cuando renunciamos a encerrarnos en las líneas y los contornos que nosotros mismos hemos creído imaginar…

Fama tan grande como la de Mona Lisa de Leonardo no es una verdadera bendición para una obra de arte. Acabamos por hastiarnos de verla tan frecuentemente en las tarjetas postales, e incluso en tantos anuncios, y nos resulta difícil considerarla como obra de un hombre de carne y hueso en la que éste representó a una persona también de verdad. Pero merece la pena que nos olvidemos de lo que sabemos acerca del cuadro y lo contemplemos como si fuésemos las primeras personas que pusieran sus ojos en él.

Lo que al pronto nos sorprende es el grado asombroso en que Mona Lisa parece vivir. Realmente se diría que nos observa y que piensa por sí misma. Como un ser vivo, parece cambiar ante nuestros ojos y mirar de manera distinta cada vez que volvemos a ella. Incluso ante las fotografías del cuadro experimentamos esta extraña sensación, pero frente al original el hecho es aún más extraordinario. Unas veces parece reírse de nosotros; otras, cuando volvemos a mirarla nos parece advertir cierta amargura en su sonrisa. Todo esto resulta un tanto misterioso, y así es, realmente, el efecto propio de toda gran obra de arte.

Sin embargo, Leonardo pensó conscientemente en cómo conseguir este efecto y por qué medios. El gran observador de la naturaleza supo más acerca del modo de emplear sus ojos que cualquiera de los que vivieron antes de él. Vio claramente un problema que la conquista de la naturaleza había planteado a los artistas. Las grandes obras de los maestros del Quattrocento tenían algo en común: sus figuras parecían algo rígidas y esquinadas, casi de madera. Lo curioso es que, evidentemente, no era responsable de este efecto la falta de paciencia o de conocimientos. Nadie más paciente en las imitaciones de la naturaleza que Van Eyck; nadie que supiera más acerca de la corrección en el dibujo y la perspectiva que Mantegna. Y, sin embargo, a pesar de toda la grandiosidad y lo sugerente de sus representaciones, sus figuras parecen más estatuas que seres vivos. La razón de ello puede proceder de que, cuando más conscientemente copiamos una figura, línea a línea, detalle por detalle, menos podemos imaginarnos cómo se mueve y respira realmente. Parece como si, de pronto, el pintor hubiera arrojado un espejo sobre ella y la hubiera encerrado allí para siempre, como ocurre en el cuento de La bella durmiente.

Los artistas intentaron vencer esta dificultad de diversos modos. Pero sólo Leonardo encontró la verdadera solución al problema. El pintor debía abandonar al espectador algo por adivinar. Si los contornos no estaban tan estrictamente dibujados, si la forma era dejada con cierta vaguedad, como si desapareciera en la sombra, la impresión de dureza y rigidez sería evitada. Esta es la famosa invención de Leonardo que los italianos denominan sfumato, el contorno borroso y los colores suavizados que permiten fundir una sombra con otra y que siempre dejan algo a nuestra imaginación.

ERNST H. GOMBRICH, La Historia del Arte

pincel.jpgTantas veces en nuestra vida buscamos caminos seguros, agarraderos fuertes, contornos definidos, líneas claras, planes detallados, trayectorias coherentes, trazos bien marcados… Pero, al final, lo humano siempre se manifiesta en sfumato. Porque la perfección nos asfixiaría. Porque solo así nuestra vida no queda encerrada en las siluetas que nuestro torpe lápiz es capaz de dibujar, sino que, pudiendo ya rozar el infinito, se abre expectante al pincel sabio del Padre.

Y entonces… solo queda confiar.